La costurera de la reina Capítulo 13
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Capítulo 13

En efecto, Beatriz se enfadó mucho cuando se enteró de que Almudena había ido sola el primer día a palacio, y ni siquiera la alegría de haber sido nombrada oficiala bastó para apaciguarla.

Al día siguiente acudieron las dos y Beatriz hizo todo lo posible por destacar.

Sonrió a don Carlos y a don Pedro de forma solo un poco menos que escandalosa, preguntó a doña Paula si en algún momento verían a la familia real y se esforzó por hacer un trabajo impecable.

Almudena era muy consciente de los encantos físicos de Beatriz, y no le importaba que la eclipsara en la mayoría de las situaciones: ella no necesitaba destacar, pero sí quería hacer un buen trabajo y que se lo reconocieran.

Así pues, intentó ser cordial con todos, incluidos los guardias de la puerta, a los que trataba con amabilidad, y desempeñar su trabajo lo mejor que pudiera.

Cuando acabaron aquel vestido que tenían que transformar, doña Leonor acudió con doña Paula y la modista al vestidor de la princesa para una prueba excepcional, pero no se llevó a ninguna de ellas.

Almudena no lo reconoció en voz alta, pero se sintió decepcionada: le habría gustado vivir esa experiencia.

Las semanas pasaron y el trabajo en palacio llegaba por rachas.

Paula Pandeavenas, la costurera real, era la única que estaba a sueldo, y llevaba sobre sus hombros el peso de la mayoría de las tareas.

Cuando se le acumulaban, colaboraba con otras costureras como doña Leonor.

Ella solía ser su primera opción, pero a veces doña Leonor no podía responder a su petición porque tenía algún encargo propio cuya fecha de entrega le apuraba.

Aun con todo, Almudena y Beatriz iban a menudo a palacio.

Unas veces una, otras veces otra, y en muchas ocasiones las dos.

El trato entre ellas era frío, aunque cordial: Beatriz había entendido que a doña Leonor no le gustaban los conflictos internos y no quería labrarse una fama de problemática que le pudiera perjudicar.

Sin embargo, en palacio intentaba ser vista a toda costa.

Almudena llegó a pensar que buscaba llamar la atención de algún noble con idea de hacer un buen matrimonio.

Beatriz era muy bella, sí, pero Almudena pensaba que sabía poco de cómo funcionaba el mundo si creía que la simple belleza física iba a encumbrarla a lo alto de la escala social.

De todas maneras, ir a su lado tenía algunas ventajas: los criados y los guardias de la puerta las reconocían enseguida y las dejaban pasar sin identificarse, y los lacayos se dejaban caer por el guardarropa y llevaban chocolate caliente y otras delicias sustraídas discretamente de las cocinas para deleite de las costureras.

Y poco a poco el verano siguió su curso, llegó el invierno, empezó un nuevo año que pasó como un suspiro y, a mediados de diciembre de 1788, el rey Carlos III murió en su cama.

Madrid entera lloró al que habían considerado uno de sus mejores monarcas, un reformista que había traído la Ilustración a España y al que sucedió su hijo Carlos, con poca inclinación al gobierno, que prefería dedicar sus días a la caza y dejaba las tareas importantes en manos del conde de Floridablanca, primer ministro de su padre.

Además, el nuevo monarca cada vez se apoyaba más en un joven guardia de corps que se había convertido en su favorito, Manuel Godoy, y en las opiniones de una reina caprichosa e impopular que gozaba de la antipatía del pueblo y de parte de la corte por su carácter y sus maneras.

Sin embargo, nada de todo aquello alteró lo más mínimo el funcionamiento interno de palacio, que se dispuso a acometer los cambios necesarios para que todo saliera como debía.

Un ejército de limpiadoras y ujieres entró en el guardarropa de la difunta María Amalia y lo adecentó para la nueva reina.

Carlos de la Ruta siguió siendo el encargado del guardarropa y Pedro Alcántara no solo se mantuvo como sastre de la reina, sino que consiguió un honor difícil de alcanzar: que se le adjudicase el tratamiento de don de forma oficial.

En mitad de todos estos cambios, cuando aún no estaba dispuesto el nuevo lugar de trabajo, Almudena acudió un domingo a misa con su padre.

A la salida se despidió de él con un beso en la mejilla.

Aunque faltaba poco para el día de Navidad y los días eran fríos y oscuros, la joven había quedado con sus amigas Manuela, Teresa y Luz para dar un breve paseo antes de la hora de comer.

Hacía semanas que no se veían, y se echaban de menos.

Pensaban ir a la Puerta del Sol para ver los puestos de los vendedores ambulantes, comer castañas y, por qué no, observar a los mozos que también iban allí para ver y ser vistos.

Almudena había quedado frente al escaparate de una confitería con sus amigas.

Iba sola, lo que no era habitual, pero tampoco tenía nada de escandaloso a esa hora y en un lugar con tanta gente.

Ya estaba allí cuando un carruaje negro se detuvo cerca de ella y una mujer madura, muy bien vestida y con porte elegante, bajó ayudada por un lacayo.

Después descendió una joven que, sin duda, era hija de la dama.

Se dirigieron a una perfumería que había allí cerca, casi en la esquina con la calle de Correos.

Al pasar por delante de la fuente de la plaza que había frente a la Casa de Correos, donde abrevaban las mulas y los aguadores llenaban los cántaros, la joven dejó caer algo.

No pareció darse cuenta y siguió caminando apresurada tras su madre.

Almudena echó a correr para recoger la prenda y devolvérsela a su dueña, pero ambas ya habían entrado en la perfumería.

Ella esperó fuera y no pudo evitar echarle un vistazo al trozo de tela que tenía en las manos.

Era un pañuelo de hilo fino, delicado y rodeado de una preciosa puntilla, de un blanco impoluto, solo roto por unos dibujos que hicieron que Almudena frunciera el ceño.

Se parecían mucho a los dibujos de aquella libretita de su madre, la que de vez en cuando sacaba de su caja para abrir y estudiar su contenido, como si a fuerza de mirar los símbolos pudiera conseguir que le desvelasen sus misterios.

El pulso le latió con violencia en las sienes.

¿Qué significaba aquello? ¿Podía ser una casualidad?

Decidió que le preguntaría a su dueña, que justo en ese momento salía por la puerta detrás de su madre.

Almudena se acercó a la señora de manera respetuosa y sonrió a la joven dama. Tendría su edad, tal vez un par de años menos, y era muy bonita, con un rostro agradable, boca pequeña y ojos inmensos que la miraron con curiosidad.

—Disculpen, señoras. He visto que a la señorita se le ha caído un pañuelo antes de entrar en la tienda y he corrido a alcanzarlo para que no lo perdiera —dijo, y tendió el trozo de tela a la mujer más mayor.

Esta alargó la mano para cogerlo, pero lo que llamó la atención de Almudena fue que los enormes ojos de la joven se abrieron aún más y su piel, ya de por sí blanca, adquirió la palidez de un fantasma. Hasta sus labios perdieron el color. Almudena ladeó la cabeza. ¿Qué estaba pasando allí?

—Mercedes —dijo la mujer, girándose para mirar a su hija—. ¿Esto es tuyo?

Ella se adelantó y Almudena percibió su ligero perfume a rosa y azahar. Tomó el pañuelo de manos de su madre y lo miró apenas un segundo.

—Le agradezco el gesto —dijo la joven mirando a Almudena con una fijeza que la incomodó—. Pero no es mío.

—¿Estás segura?

—Lo estoy, madre.

Almudena sabía lo que había visto.

—Estoy convencida de que se le cayó hace unos minutos, señorita.

Entonces se fijó en la expresión de la joven. Intentaba mantener la compostura, pero estaba aterrorizada. La mirada que le dirigía era extraña y Almudena no supo identificarla como otra cosa que no fuera súplica. Le tendió el pañuelo con manos temblorosas.

—Le ruego que lo deje donde lo ha encontrado. Sus intenciones sin duda son buenas, pero le aseguro que ese pañuelo no es mío.

Almudena estuvo a punto de protestar, pero entonces le pareció que la joven pronunciaba las palabras «por favor» en silencio, así que asintió y recogió la prenda.

—Está bien, lo lamento. Es posible que me haya confundido.

—Seguro que sí —dijo la joven, que miró a su madre—. Hoy es un día concurrido y no somos las únicas que van de compras.

La señora miró a Almudena con los ojos entrecerrados, sopesando si se había acercado a ellas para intentar sacarles algo. Entonces asintió y habló con voz seca.

—Sí, habrá sido una confusión. Vamos, Mercedes, el coche espera y hemos quedado con tu tía.

Almudena las vio alejarse sin saber muy bien qué acababa de ocurrir.

El pañuelo se le había caído a aquella joven.

No tenía ninguna duda, pero al ver su expresión asustada decidió seguirle la corriente.

Sintió su mirada cuando giró la cabeza para asegurarse de que Almudena cumplía su petición.

Estaba claro que, por algún motivo, aquello era muy importante para la joven noble.

Así que se acercó de nuevo a la fuente y dejó el pañuelo doblado en el borde.

La fina capa de hielo que cubría el agua se estaba empezando a derretir y apenas había nadie por allí.

Por suerte no hacía viento, o a saber dónde acabaría aquel pedazo de tela.

Después regresó a la confitería, donde sus amigas ya la esperaban. Se saludaron, se dieron besos y se agarraron del brazo para pasear sin congelarse, pero Almudena no perdió de vista en ningún momento el abrevadero.

Y entonces, cuando daban la segunda vuelta a la plaza, la vio: una mujer envuelta con el manto de humo tan habitual en las calles madrileñas avanzaba por la calle Carretas.

Lo que no era tan habitual era cómo llevaba el manto: cubría su cabeza y su cara casi por entero, asomando solo los ojos.

Una tapada de las que ya casi no se veían, pero a quien la gente apenas prestó atención.

Parecía una mujer del pueblo llano, tal vez una viuda que acudía a una cita.

Caminaba con paso firme, pero no demasiado deprisa. Llegó hasta la fuente y se detuvo al lado de una mula que bebía con ganas mientras un mozo descargaba sus alforjas de naranjas en el puesto ambulante de un poco más allá. Almudena no la perdió de vista.

La mujer deslizó apenas el borde del manto, dejando a la vista una barbilla afilada y una mano envuelta en mitones oscuros.

Cogió el pañuelo y lo ocultó entre sus ropas con naturalidad.

Volvió a ajustarse la prenda al rostro, miró con discreción a los lados y se marchó calle abajo, perdiéndose entre el gentío.

Almudena tragó saliva. No sabía lo que acababa de ver, pero por primera vez en su vida tuvo la sensación, leve pero nítida, de que se trataba de algo que no debía conocer.