Capítulo 12 #2
En cuanto salió, entró don Pedro con un muchacho que llevaba una tela de lino blanco.
—Bien, señoras, por favor, separen el cuerpo, me lo llevo a mi taller para ajustarlo y trabajar el escote.
—Este vestido tiene apenas un año, ¿no es cierto? —preguntó doña Leonor mientras trabajaba.
El sastre asintió.
—Así es, pero ya nada se hace para durar.
Siempre se quieren cosas nuevas: nuevas modas, nuevos vestidos, nuevos cortes…
No me malinterpreten, soy el primero que aprecia el cambio, pero estas modistas francesas predican el lujo por el lujo y eso no es cristiano.
Al menos Su Alteza acepta modificar vestidos ya existentes.
—No será porque no se los haga nuevos —dijo doña Paula, terminando de cortar el hilván del cuerpo.
—¿Se refiere al detalle del cónsul? —El sastre se permitió una pequeña sonrisa de suficiencia, que enseguida desapareció de su rostro.
Doña Paula negó.
—No exactamente. Pero sí, podría valer. Nunca una princesa había gastado tanto en su guardarropa como María Luisa de Parma. El pueblo murmura.
—El pueblo siempre murmura. —El tono de don Pedro se volvió tan severo como sus ojos—. Pero nada hay que opinar sobre decisiones que provienen de gente mucho más elevada que nosotros.
—Desde luego —dijo doña Paula con humildad.
Cuando el sastre y su ayudante se hubieron marchado, doña Paula comenzó a repartir el encaje con la tela según las indicaciones de la modista. Almudena se sentía cómoda en aquel ambiente y sintió curiosidad, pues no era la primera vez que oía aquel rumor.
—¿Qué es lo del cónsul?
Doña Paula la miró con una chispa de risa en los ojos.
—Pero ¿de dónde sales tú, que no sabes de qué hablo?
—Lamento haber sido indiscreta, señora. —La joven bajó la vista, un poco avergonzada.
Entonces sí, doña Paula rio en voz alta.
—Mujer, entre nosotras no tienes que ser tan formal. Vamos a pasar muchas horas juntas y no es sano estar mordiéndose la lengua. Leonor, ¿quieres contárselo tú?
Doña Leonor se giró hacia Almudena.
—Nuestra futura reina es una mujer de gustos caros, pero eso seguro que ya lo sabes —dijo—.
Le gustan la moda francesa y las modistas francesas.
De hecho, hace pedidos a menudo a la modista de la reina María Antonieta, madame Rose Bertin.
Y no solo eso, hace unos meses se corrió la voz de que había utilizado al cónsul en París para seleccionar unos tejidos, comprarlos y enviarlos a Madrid por vía diplomática.
Almudena sintió que la mandíbula se le aflojaba.
—¿De verdad? Vaya.
—Muchos opinan que no es de recibo ocupar el tiempo del cónsul en estos menesteres femeninos —añadió la costurera real.
—No parece una tarea que un cónsul debiera acometer, desde luego —se atrevió a opinar Almudena.
Su maestra levantó el dedo índice.
—Sin embargo —especificó—, no nos corresponde a nosotras opinar al respecto. Nosotras cosemos, no cotilleamos. Así que, venga, al trabajo.
Esa tarde, de camino a casa, Almudena entró en una tienda de dulces y compró unas frutas confitadas para celebrar con su padre aquel ascenso.
—Sabía que llegarías lejos —le dijo él, lleno de orgullo.
Almudena lo abrazó.
—¡Y aún me queda! No me conformo con ser la primera Serrano que llega a palacio. Espero conocer a la princesa pronto, aunque me da un poco de miedo ese carácter que dicen que tiene.
Estaba tan contenta, tan inmersa en su alegría, que no se dio cuenta de cómo se ensombreció la cara de su padre cuando dijo esa frase. Fue un instante, un pequeño chispazo, y luego Domingo recuperó su radiante sonrisa.
—Poco a poco, hija mía. No quieras correr.
El domingo de esa misma semana se lo contó a sus amigas.
—¿Cómo es trabajar en la corte? —preguntó Teresa—. ¿Has visto ya a la princesa?
Estaban a finales de primavera y Almudena, Teresa, Manuela y Luz paseaban cogidas del brazo por el Prado. Manuela se detuvo justo cuando el sol asomó detrás de una nube y levantó la cara hacia el cielo. Soltó un pequeño ruidito de satisfacción.
—Cuidado con el sol, Manuela —dijo Teresa—, te pondrás muy morena.
Manuela soltó una carcajada.
—¡Hablas como Beatriz! ¿A quién le importa el color de mi piel? No soy una noble, por si no lo has notado. Lo único bueno de no ser rica es que puedo disfrutar del sol en el rostro, no me lo estropees.
—¿Sabes qué? —le dijo Teresa tras un pequeño silencio—. Que tienes razón.
Y se sentó en la hierba con el sol de frente. Luz se echó a reír y la imitó, y pronto las cuatro amigas formaron una fila entre chistes y bromas.
—No, aún no he estado en presencia de Su Alteza —dijo Almudena—, pero no tengo dudas de que pronto la veré.
—Prométeme que me lo contarás en cuanto pase —dijo Teresa.
—¿A quién se lo voy a contar si no es a vosotras?
—Y Beatriz, ¿cómo está? —preguntó Luz, que ya era una mujercita y había avanzado mucho en su aprendizaje.
—Montó en cólera cuando supo que había ido a palacio yo sola, y eso que al día siguiente ya fuimos las dos. Está siendo peor que un dolor de muelas con su ambición y su rivalidad —se sinceró Almudena.
Las demás rieron.
—Ya sabes cómo es, no le hagas ni caso.
Almudena suspiró y asintió.