Capítulo 12
Una semana después del episodio de la marquesa de Cañete, Almudena recibió una instrucción imprevista.
—Prepárate, nos vamos a palacio —le dijo doña Leonor.
Almudena sintió que un vuelco violento en el pecho.
Acababa de llegar al taller, así que ni siquiera se había quitado el manto.
Metió en su bolsa de labor la cinta de medir, tiza, dedal, agujas e hilo, y cogió también la fiambrera con su comida.
Se ajustó el pañuelo sobre el pecho y esperó.
Beatriz ese día estaba enferma. Almudena supo que jamás le perdonaría que ella hubiera sido la primera en ir a palacio, pero ya le daba igual.
Al salir, enfilaron la calle del Carmen, donde se mezclaban los aromas del pan horneándose con el fuerte olor a orines que salía de la esquina frente a una taberna.
Las campanas del Buen Suceso dieron las siete y media.
En las calles empezaban a abrir los postigos.
Un mozo descargaba leche de una mula; más allá, una frutera colocaba melones y peras sobre una tabla.
La calle del Arenal estaba llena de mujeres como ellas: limpiadoras, cocineras, zurcidoras de los guardarropas reales, todas con el manto bien apretado y la bolsa de labor bajo el brazo.
Al doblar la esquina, se encontraron con un laberinto de callejuelas compuesto de casas amontonadas y caóticas.
Al otro lado, el Palacio Real parecía despertar.
Allí el ambiente era más tranquilo, aunque decenas de personas, hombres y mujeres, trabajadores de palacio, las cruzaban en dirección a las puertas para empezar su jornada.
Almudena dejó caer un poco su manto: ya había salido el sol y sintió calor.
La piedra de la fachada reflejaba la luz.
Almudena había pasado muchas veces por delante, pero nunca había llegado hasta las puertas.
El aire pareció faltarle y respiró hondo.
Llegaron hasta una de las puertas laterales de servicio, donde un guardia disimulaba un bostezo que se cortó cuando las vio llegar.
—Costureras del guardarropa de la princesa —dijo doña Leonor.
Otro guardia apareció por la puerta.
—Buenos días, doña Leonor. Hoy viene acompañada.
La mujer asintió.
—Ella es Almudena, una de mis oficialas. La verá a menudo por aquí, espero.
El guardia asintió y las dejó pasar sin hacer más preguntas.
Almudena miró a doña Leonor, que le sonrió con complicidad.
Oficiala. Solo la experiencia daba ese grado, sin examen ni prueba que pasar, porque no pertenecían a ningún gremio.
Y para trabajar en palacio se exigía al menos ese nivel.
Llevaba años formándose y sabía que le faltaba poco, pero el orgullo que sintió al oír esa palabra en boca de doña Leonor rebasó su discreción y salió en forma de suspiro ahogado.
Cuando entraron, doña Leonor se giró y apretó su brazo con calidez.
—Te lo has ganado, y también Beatriz. Enhorabuena.
Dentro, el ambiente era fresco y el olor de los candiles recién apagados flotaba en el ambiente. Almudena miró a su alrededor: los techos altos, los ventanales y los espacios amplios le evocaban una grandeza desconocida para ella.
La escalera de servicio se abría a la izquierda, estrecha, de peldaños gastados por décadas de criados que subían y bajaban sin cesar.
Las condujo hasta el primer entresuelo, donde el pasillo se extendía largo y silencioso, iluminado por pequeñas ventanas altas.
Allí se concentraban los oficios: el cuarto de plancha, los mozos de sábanas, la ropa blanca del príncipe, todo perfectamente ordenado.
Las mujeres que ya estaban trabajando levantaron un instante la vista al verlas pasar.
Atravesaron esa sección, pero no fueron hacia la zona del rey, ni hacia la antigua ropería de la reina, que estaba cerrada desde la muerte de María Amalia hacía más de dos décadas, sino hacia el ala sur, donde se encontraban los aposentos de la princesa de Asturias y su servicio.
Al final del corredor vieron el rótulo de madera: real guar darropa de s. a. r. la princesa de asturias . Doña Leonor llamó dos veces.
La puerta se abrió con suavidad y apareció Carlos de la Ruta, encargado del guardarropa de la princesa, delgado, meticuloso, con su chaqueta oscura bien abotonada.
—Adelante —dijo—. Su Alteza ha pedido revisar los vestidos de gala para la ceremonia de la semana próxima. Y hay que ajustar unos cuerpos bordados que llegaron anoche de Parma. Don Pedro y madame Moulinier ya están departiendo con doña Paula.
Doña Leonor inclinó la cabeza.
—A sus órdenes, don Carlos.
La sala principal del guardarropa de la princesa era un cuarto amplio con armarios que cubrían todas las paredes.
Almudena sabía que esos armarios contenían vestidos de mañana y de tarde, cuerpos franceses, casacas y ropa de viaje, basquiñas de distintos tipos y mantillas y tocas que la propia princesa había traído de Italia.
Cada prenda estaba envuelta en un lienzo blanco marcado con cintas de colores según la categoría de la prenda.
Arcones con sedas, plumas, encajes y tocados ocupaban casi cada hueco disponible, excepto en la parte central, donde había una mesa amplia que recibía la luz que entraba por los dos balcones de la pared lateral, que daban al patio central, en torno a la cual en ese momento había tres personas.
Un hombre moreno y robusto, con chaquetilla corta de paño gris y una cinta de medir al cuello, estudiaba con atención los dibujos que una mujer alta y delgada, de aspecto elegante y peinado a la francesa, le mostraba.
Otra mujer observaba un paso más atrás, sin decir nada.
Esta se giró hacia las recién llegadas. Su rostro anguloso, enmarcado por una cofia de un blanco impoluto, parecía severo, pero los ojos oscuros tenían una mirada franca que a Almudena le agradó. Sonrió a doña Leonor.
—Leonor, me alegro de verte. ¿Quién es tu joven oficiala?
—Se llama Almudena y tiene un pulso impecable. Seguro que enseguida se hace a todo.
—Pasad a la sala de costura, enseguida voy.
Los otros dos se giraron y las saludaron con un gesto de cabeza, no del todo amable, pero tampoco despectivo. El hombre, que no podía ser otro que Pedro Alcántara, sastre de María Luisa de Parma, tenía el ceño fruncido.
—Pero este nuevo vestido exige un cuerpo muy diferente.
La mujer mostraba cierta altivez en el porte, aunque hablaba con suavidad y un marcado acento francés.
—Por supuesto. Es un robe à la française , y ya sabe cuánto le gusta a Su Alteza seguir la moda de París. El diseño es cosa mía, pero estoy segura de que usted conseguirá que la confección sea perfecta.
Doña Leonor y Almudena hicieron una pequeña reverencia y se dirigieron al cuarto de costura. De camino, la modista siguió hablando:
—Después del desayuno de Su Alteza acudiré a su vestidor para terminar de elegir las cintas del vestido, el sombrero y los accesorios.
Las voces dejaron de ser audibles cuando entraron en el cuarto de costura. Era una sala más pequeña, bien iluminada, decorada con austeridad, pero con todo lo necesario para el trabajo.
Doña Leonor se dirigió a la mesa y comenzó a sacar los utensilios de la bolsa de labor. Almudena la imitó.
—¿Esa mujer es la modista de la princesa?
Su maestra asintió.
—Una de ellas —dijo—. María Moulinier. Es francesa, lo que en estos tiempos parece casi imprescindible para poder llamarse modista.
—La moda francesa es la que marca tendencia, es normal.
—Sí, pero son legión —dijo doña Leonor en voz baja—. No es que haya tenido nunca problemas con ellas, y mira, cuantas más necesidades creen entre su clientela, más trabajo tendremos nosotras, pero considero que es un poco excesivo.
—No eres la única que piensa así —dijo Paula Pandeavenas, que entró en la sala en ese momento y escuchó lo que decía doña Leonor—.
El propio don Pedro refunfuña y se queja de la cantidad de trajes que pide la princesa debido a la influencia de madame Moulinier y de otras como ella.
Eso por no hablar de los encargos que hace a París.
—¿Y qué opina don Carlos? —preguntó doña Leonor.
Doña Paula sonrió e hizo un gesto ambiguo al aire.
—No se mete en esos temas. Como encargado del guardarropa, solo quiere que todo esté organizado y que la princesa esté satisfecha. Sospecho que está más de acuerdo con don Pedro que con madame Moulinier, pero se guarda mucho de expresar su opinión.
Doña Leonor se frotó las manos.
—Muy bien, ¿qué tenemos que hacer hoy?
Paula Pandeavenas se dirigió a la cómoda que había bajo la ventana y sacó un voluminoso vestido de ceremonia.
—Han traído esto esta mañana —dijo—. Su Alteza quiere cambiarle el forro, sustituir las mangas por otras más cortas con volantes y coserle unos encajes a la parte de la falda para renovarlo.
—¿Para cuándo?
Doña Paula rio.
—Quiere usarlo en la recepción de la semana que viene.
Almudena las miró con la boca abierta. Doña Paula se fijó en su expresión.
—Sí, es mucho trabajo, pero don Pedro se encargará de ajustar el cuerpo y bajar el escote, y nosotras trabajaremos toda la semana en esto. Dijiste que tenías dos ayudantes, Leonor, ¿dónde está la otra? Nos vendrían bien un par de manos más.
Doña Leonor asintió sin dejar de tocar la tela de aquel vestido.
—Hoy está enferma, pero vendré todos los días con las dos, descuida.
María Moulinier entró en ese momento con un cesto.
—Ese hombre es un estrecho de miras —dijo sin hablar con nadie en particular—. Y se las da de artista. ¡Arte es lo mío! Yo creo la imagen de la futura reina, ¡yo tengo la visión!
Entonces miró a las tres mujeres.
—Muy bien, queridas, tenemos mucho que hacer.
Se acercó a la mesa y empezó a sacar de la cesta encajes que irían cosidos a la falda.
El forro sería de un color distinto y les dejó una muestra de la tela.
En cuanto a las mangas, les dijo que entregaría los cortes en un par de días para que pudieran coserlos y añadir los volantes.
Después se marchó a toda prisa, alegando que Su Alteza la estaría esperando para ultimar los detalles del vestido.