Capítulo 11
El tiempo demostró que sus temores con respecto a Beatriz eran certeros y nunca recuperaron la amistad. Se veían a diario en el taller de doña Leonor y se saludaban, pero no volvieron a compartir risas ni confidencias.
El ritmo en el taller de doña Leonor era más intenso.
Almudena llegaba a las siete de la mañana y se iba cuando tocaban a vísperas, y a veces más tarde.
Ya no comía con su padre, pues el descanso era más corto y no le daba tiempo de ir y volver.
Doña Leonor les enseñaba mucho y ellas aprendían a pasos agigantados.
En pocas semanas, Almudena estaba cosiendo volantes y piezas que nunca pensó que cosería.
Trabajaban con materiales muy caros y telas finas que apenas habían tocado antes, puesto que las clientas eran damas de la corte.
Las dos jóvenes ansiaban con todas sus fuerzas acudir a palacio con su maestra, pero eso todavía no había ocurrido.
Doña Leonor era una maestra exigente, pero también comprensiva.
A veces, Almudena veía en sus ojos destellos de algo que no sabía describir, como si reconociera en ella a la jovencita que fue en otro tiempo.
Las oficialas del taller, Rita y Águeda, tenían poco más de veinte años, habían sido aprendices allí y se quedaron al acabar su formación.
Trabajaban de sol a sol y se llevaban muy bien entre ellas, aunque no prestaban demasiada atención a las nuevas.
Rita llevaba más tiempo y se encargaba de organizar el taller cuando doña Leonor no estaba.
Águeda mostraba un embarazo muy avanzado y todas sabían que se ausentaría por un tiempo cuando el niño naciera.
Y había un muchacho siempre rondando por allí, Lucas, que llevaba los pedidos o hacía recados.
También el ambiente era más elegante. Contaban con una pequeña recepción con dos cortinas que separaban sendos espacios, y el cuarto de costura era mucho más amplio que el de doña Eulalia.
Había dispuestas tres mesas largas en una estancia iluminada por grandes ventanales en la parte alta de las paredes.
Cestas con retales, ovillos de hilo, tijeras, cintas y agujas se repartían por toda la sala, y cajas con botones y encajes se acumulaban en las estanterías, cómodas y taburetes que había desperdigados por todas partes.
En una esquina, una pesada plancha de hierro sobre un brasero desprendía un leve olor a carbón y a metal caliente.
En una de las mesas trabajaba Águeda, ayudada por una costurera que venía cuando el trabajo se acumulaba.
Rita se sentaba en la segunda, casi siempre rodeada de piezas de algún vestido que hubiera que montar según las indicaciones de la modista que lo hubiera diseñado.
La tercera mesa la ocupaba doña Leonor, y era en esa en la que se acomodaban Almudena y Beatriz, una a cada lado, para que la maestra pudiera supervisarlas de manera continua.
Otra cortina daba acceso a la sala para pruebas, que las chicas vieron el día que llegaron y a la que no habían vuelto a entrar.
Desde luego, había mucho movimiento en el nuevo taller, y a Almudena le encantaba. Pasaba menos tiempo en casa, pero su padre estaba siempre en la tienda y no parecía echarla de menos.
En los ratos de oración y descanso antes de irse a la cama, Almudena sacaba en ocasiones la carta de su madre.
La leía una y otra vez, intentando adivinar quiénes eran Isabel y Mariana, cuál era la historia de aquellas mujeres y qué tenían que ver con su madre.
También observaba una y otra vez los dibujos de la libreta, como si al mirarlos durante mucho tiempo pudiera desvelar su significado.
Pero eso no pasó, y ella sabía que su padre no iba a resultarle de ayuda.
Veía a sus amigas los domingos, cuando salían a pasear después de misa, pero las echaba de menos a diario. Cada día anochecía más tarde y hacía más calor, pero en el taller de doña Leonor eso solo significaba que trabajarían más horas para aprovechar la luz natural.
En la calle se oyó el sonido de un carruaje que se detuvo al llegar a su altura. Doña Leonor levantó la cabeza, alerta. Águeda salió a la recepción justo cuando la puerta se abría. Hubo un intercambio cortés de frases y Águeda regresó a la sala.
—La marquesa de Cañete está aquí, doña Leonor.
Almudena dio un respingo. Sus manos ajustaban un encaje a una camisa, pero su mente se había escapado por un momento de aquel entorno y no se había enterado de nada.
Beatriz la miró, con la ceja levantada. Doña Leonor se incorporó y miró a Rita, aunque estaba cosiendo una pieza complicada del cuerpo y era mejor no interrumpirla.
Águeda, con la tripa, no se movía con agilidad. Así que la maestra giró la cabeza:
—Beatriz, conmigo.
La joven se levantó de un salto y trató de disimular una mirada de suficiencia hacia su compañera. Almudena hizo como si no se hubiera enterado, pero lo cierto era que, a su pesar, le dolió no haber sido la escogida. Entonces, cuando estaba cerca de la puerta, doña Leonor se dio la vuelta:
—Almudena, ven tú también.
Ella dejó lo que estaba haciendo y acudió a toda prisa hasta colocarse al lado de Beatriz, detrás de la maestra.
Sonrió a Beatriz como no había dejado de hacer desde su monumental enfado en el taller de doña Eulalia, pero recibió la misma respuesta de siempre: la más fría de las indiferencias.
Almudena suspiró de forma inaudible: era paciente y comprensiva, pero se estaba cansando de intentar arreglar las cosas.
Borró la sonrisa de su cara y miró al frente.
Cuando salieron del cuarto de costura, las recibió la imagen de una mujer mayor vestida de gris oscuro con detalles violetas.
Su vestido a la francesa tenía profusión de lazos y encajes, y la basquiña con que cubría su falda era de seda negra de la mejor calidad.
Hacía calor, así que no llevaba manto, pero el pañuelo de pecho cubría su escote con recato.
Detrás de ella, una doncella joven sostenía una caja alargada cerrada con cintas.
—Señora marquesa —saludó la costurera, haciendo una ligera reverencia.
—Leonor —respondió la marquesa, con un gesto de cabeza.
Doña Leonor abrió de inmediato la cortina y la invitó a entrar en el cuarto de pruebas, un espacio pequeño pero arreglado con esmero.
El lugar estaba iluminado por una ventana estrecha y alargada que dejaba entrar la luz.
En un rincón, un biombo pintado con flores protegía la intimidad de la clienta.
Un espejo grande, apoyado contra la pared, devolvía reflejos pálidos.
Había dos sillas tapizadas en damasco viejo y una mesita preparada con alfileres, tiza y una cinta de medir.
La doncella entregó la caja a la costurera, que se la pasó a Beatriz con una indicación para que la dejara sobre la cómoda que había contra la pared.
—Es un vestido del año pasado —explicó—. No ha pasado de moda, pero quiero subir la falda.
Doña Leonor asintió. Aquella era una petición habitual: hacía más de diez años que el vestido a la polonesa había llegado a España como una moda europea y las faldas se habían acortado, aunque solo entre las nobles más jóvenes y modernas.
Era un estilo que estaba de capa caída en esos momentos, pero algo había calado.
Cada vez más, las faldas se subían y dejaban ver el zapato, e incluso parte de las medias.
Eso por no hablar de las majas, esas jóvenes de los barrios populares de Madrid, deslenguadas y atrevidas, a las que les gustaba exhibirse ante los mozos y que dominaban el arte de insinuar sin llegar a mostrar el tobillo.
La marquesa llegaba un poco tarde a esa moda, pero a su edad lo admirable era que se hubiese animado a seguirla.
—Muy bien. Déjeme ver cómo le queda ahora —dijo doña Leonor.
La marquesa se quitó la basquiña, que Almudena recogió y colocó sobre una silla, y desapareció detrás del biombo con su doncella.
Doña Leonor preparó alfileres y el hilo fino.
Beatriz tenía las manos entrelazadas por delante, pero apretaba los dedos con fuerza.
Estaba tan nerviosa como Almudena por atender a una clienta noble por primera vez, pero intentaba disimularlo.
Cuando se fijó en que Almudena la miraba, soltó las manos, las frotó un poco en la falda y se las volvió a coger, pero esta vez por detrás.
Almudena quiso acercarse, decirle que no pasaba nada, que era normal estar nerviosa, que ella se sentía igual.
Por un momento, un destello en los ojos de Beatriz le indicó que ella estaba pensando lo mismo.
Pero duró un instante, luego se desvaneció y su antigua amiga volvió la vista al frente.
—Ya estoy lista —dijo la marquesa desde detrás del biombo.
Salió con un vestido de seda azul noche que se veía un poco usado, pero todavía nuevo.
La falda llegaba hasta el suelo. La marquesa se puso frente al espejo y doña Leonor caminó alrededor de ella sin decir nada, concentrada.
Se agachó y tocó la tela del borde. La marquesa la miraba en silencio. Ella se incorporó de nuevo.
—¿Cuánto quiere cortar?
La mujer dudó:
—Un poco, pero no demasiado. Que se vean los zapatos. Tal vez unos dedos de media, pero no más.
—Desde luego —dijo la maestra con una sonrisa tranquilizadora—. No queremos mostrar el tobillo.
—¡Desde luego que no! —exclamó la mujer—. Ya me habían dicho que usted entendía bien la moda, por eso he venido directa.
Doña Leonor hizo una ligera inclinación con la cabeza.
—Gracias por la confianza. Almudena, acércame la cinta de medir, por favor.
Ella le acercó la cinta de lino, con marcas en las diferentes medidas: varas, cuartas y dedos. La marquesa de Cañete, que ni siquiera la había mirado cuando la ayudó con la basquiña, se fijó entonces en su rostro. Inclinó un poco la cabeza y Almudena bajó la vista al sentirse observada.
—Joven, ¿la conozco? —preguntó la aristócrata.
Almudena levantó la mirada, sorprendida.
—¿Me habla a mí, señora?
—Pues claro, ¿a quién va a ser?
—No creo que nos hayamos visto nunca, no.
La mujer siguió mirándola con intensidad.
—Su cara me es familiar. No sé, esos ojos…
—Creo que cuatro dedos serán suficientes, señora.
La intervención de doña Leonor hizo parpadear a la marquesa. Dedicó una mirada más a Almudena y luego giró la cabeza.
—Sí. Bueno, quién sabe. Desde luego, no tiene sentido que nos hayamos visto antes. ¿Cuatro dedos ha dicho? —preguntó bajando la vista hacia la costurera, que estaba a sus pies—. ¿No será mucho?
Doña Leonor sacudió la cabeza.
—No, así nos quedamos a mitad del empeine. Se verá moderno, pero también decente. Aunque podemos bajarlo a tres, si lo desea.
La marquesa dudó.
—Dejémoslo en cuatro. Si está segura de que no es mucho, confiaré en su criterio.
—Se lo prometo, señora. Beatriz, los alfileres, por favor.
Entre las tres enseguida marcaron la altura a la que debían cortar. Cuando se incorporaron, la marquesa preguntó:
—¿Puede estar listo para mañana?
Almudena retuvo el aliento, era un plazo demasiado justo. Sin embargo, doña Leonor respondió sin dudar:
—Por supuesto. Mande a alguien mañana por la tarde a recogerlo o bien venga usted misma si desea comprobar que está de su gusto. El vestido parecerá nuevo con esta pequeña modificación, ya lo verá.
La marquesa sonrió un instante, satisfecha. Luego volvió a mirar a Almudena con los ojos entrecerrados y al final sacudió la cabeza. Cuando se metió de nuevo detrás del biombo, doña Leonor susurró a las chicas:
—Volved al cuarto de costura, sacad las varas de medir y despejad la mesa, me pondré enseguida con este trabajo.
—¿Qué demonios le ha dado a esa mujer contigo? —preguntó Beatriz a Almudena en cuanto salieron del cuarto de pruebas.
La joven se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. Beatriz, quería decirte algo…
Las dos se quedaron frente a frente en la recepción. Beatriz miró a Almudena con esa ceja levantada que le daba un aspecto tan altivo, como si no bastara con la barbilla siempre alzada. Almudena carraspeó.
—No sé muy bien por qué te molestó tanto que doña Eulalia nos recomendara a las dos a doña Leonor, pero quiero decirte que sigo siendo tu amiga. No merece la pena que estés enfadada por algo como esto. Por favor.
La expresión de Beatriz se suavizó un poco.
—Almudena, no se trata solo de que quisiera ser la mejor. Ya lo soy —dijo con un toque altanero—. Pero creo que no ves más allá. Si solo yo hubiera venido aquí, si tú te hubieras quedado en donde doña Eulalia, podríamos seguir siendo amigas.
—¿Y por qué no podemos serlo ahora?
—Porque aquí, Almudena, somos rivales. Este taller es una puerta de acceso a la corte, a trabajos importantes, a un futuro brillante. Y no lo será para las dos, lo mires como lo mires. Haré lo que tenga que hacer, pero prefiero no hacérselo a una amiga.
Sin decir más, siguió andando hacia el taller.
Almudena se quedó allí, de pie. Le dolía perder a Beatriz, pero no podía decirse que no lo hubiera intentado.
Y ella quería llegar a la corte, por supuesto que sí.
No iba a pisar a nadie para lograrlo, pero tampoco iba a dejarse pisar.
Entonces oyó que la marquesa y doña Leonor habían terminado y no quiso volver a sentir aquella mirada escudriñadora puesta en ella.
Aceleró el paso y entró en la sala de costura justo a tiempo de que no la vieran.