La costurera de la reina Capítulo 10
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Capítulo 10

Con el buen tiempo habían llegado también las verbenas y las fiestas populares.

Era mayo, Almudena tenía ya diecisiete años y, al día siguiente de que doña Eulalia comunicara su decisión, comenzaba la verbena de San Isidro.

Ese año acudió a la romería con su padre, para dar gracias al santo por la oportunidad que le habían brindado y para pedirle que siguiera a su lado en esta nueva etapa, pero después se unió a sus amigas, que estaban en el prado disfrutando del sol de la mañana.

Beatriz no había ido, al menos con ellas.

Su enfado seguía intacto y todas sabían que era mejor no molestarla cuando estaba así.

Almudena se sentó en la manta sobre la hierba y estiró las piernas enfundadas en unas medias bordadas.

Miró a sus amigas. Como siempre, Manuela destacaba con su atrevido estilo de maja y los jóvenes la rondaban porque sabían que era de carácter más descarado que el resto.

La falda verde que se vislumbraba bajo la basquiña y el corpiño amarillo atraían la atención tanto como su generoso escote.

Teresa era más discreta, igual que Almudena, y apenas consentían en acortar la falda lo justo para que se vieran los zapatos.

Ambas llevaban el pañuelo de pecho bien ajustado por dentro del corpiño para no dejar a la vista ni un centímetro de piel.

Luz vestía con el recato que requería su edad, pero ya asomaba la mujer en la que no tardaría en convertirse.

Almudena echó de menos a Beatriz y Manuela se lo notó en el rostro.

—¡Ah, no, ni se te ocurra! Si esa desagradecida quiere quedarse en su casa de brazos cruzados, no es nuestro problema —dijo con el dedo índice extendido.

Teresa asintió con vehemencia. No solía estar de acuerdo con Manuela en muchos temas, pero, si se trataba de defender a Almudena, eran un equipo.

Esta dio un trago a la limonada y cerró los ojos para olvidar los conflictos y disfrutar del cálido sol en la cara.

Entonces oyó una voz conocida, una voz que hizo que el corazón le diera un bote en el pecho y amenazara con salírsele por la boca.

Abrió los ojos y, sin poder evitarlo, buscó el origen de aquella voz.

Apenas alcanzaba a ver nada entre el gentío, pero no había duda: Tomás estaba allí, a unos pasos.

Se levantó y lo localizó enseguida. Estaba diferente: parecía mayor, tenía los hombros más anchos y la cara más angulosa.

La mano de Teresa se posó en su brazo y apretó con suavidad.

Como siempre, su amiga estaba a su lado, dándole el apoyo que necesitaba.

Abrió la boca para respirar, porque apenas le entraba el aire en los pulmones.

—Será malnacido —oyó que decía su amiga.

Y entonces vio algo más. Tomás hablaba con una chica morena, cogía su brazo y se acercaba a ella para decirle algo al oído.

El estómago de Almudena se encogió y sintió que la vista se le nublaba.

La joven con la que estaba reía sin recato, a carcajadas, y se colgaba de su brazo como si fueran novios.

Manuela se puso al otro lado y la agarró por el codo.

—Malnacido es poco: rata rastrera e inmunda. Como se acerque voy a meterle esa gorra mugrienta por…

—¡Manuela!

La voz infantil de Luz llegó hasta Almudena, que parpadeó y miró a sus amigas.

—Esperadme aquí —dijo, y antes de que ninguna pudiera reaccionar, echó a andar hacia Tomás.

Este había comenzado un baile con la chica. Se miraban a los ojos y se sonreían de una forma que hizo que Almudena sintiera náuseas. Se detuvo a varios metros de ellos, fuera del círculo de bailarines. Entonces, en un giro, Tomás la vio.

Se quedó paralizado, con los ojos fijos en ella, y su acompañante dejó de bailar cuando se percató de que algo ocurría. Tomás palideció y comenzó a caminar en su dirección. Se quedaron frente a frente, a un paso de distancia.

—Almudena —dijo él, y su voz salió rota. Carraspeó para aclararse la garganta—. Me alegro de verte. ¿Cómo estás?

Almudena parpadeó para despejar la visión, entorpecida por todas las lágrimas que habían acudido de manera muy inoportuna hasta sus ojos. Tragó saliva.

—Estoy. Veo que tú no has perdido el tiempo.

Tomás acusó el golpe y apretó los párpados como si aquello le hubiera dolido. Cuando abrió los ojos, la joven vio el dolor y la culpa que anidaban en ellos.

—Lo siento mucho, no tuve oportunidad de decírtelo. Lamento de veras el daño que te causé. Te juro por mi vida que no tuve más remedio.

Ella asintió.

—Lo sé. Pero eso no cambia lo que hiciste.

—Si hubiera pensado que había la más mínima posibilidad de que me perdonases, de que saliéramos adelante juntos, habría hecho lo que hubiera sido necesario para conseguirlo.

Una sonrisa triste asomó a la cara de Almudena.

—Ni siquiera lo intentaste. Pero ya da igual. En realidad tienes razón, nunca te habría perdonado, nunca habría podido volver a confiar en ti. Es mejor así.

—Tomás, ¿vienes? Me apetece dar un paseo.

La joven morena apareció con cara tensa. Los vio hablando y se paró, esperando una explicación. Tomás miró a ambas, incómodo.

—María, esta es Almudena.

—¡Oh!

Era obvio que le había hablado de ella, puesto que sus ojos se abrieron mucho y la miró como si fuese un fantasma.

—Entiendo —dijo—. Mejor vuelvo con mi madre, ven a buscarme cuando termines de hablar.

Cuando se fue, Almudena actuó como si aquello no le hubiera dolido como una puñalada.

—Parece simpática —dijo en voz baja.

Tomás desvió la vista. Era evidente que no quería hablar de ella.

—Almudena, yo…

Ella levantó la mano y lo cortó.

—Mejor no digas nada más. Te agradezco tus disculpas, pero ahora debo marcharme.

Se dio la vuelta y se dirigió de nuevo hacia su corro, donde Teresa, Manuela y Luz esperaban sin saber si acudir en su ayuda o prepararse para consolarla a su regreso. Sin embargo, cuando su amiga llegó hasta ellas se mantuvo entera. Las miró una a una.

—Estoy bien. Supongo que el tiempo todo lo cura.

Hablar con Tomás le permitió a Almudena cerrar esa etapa.

Ver la culpa en su rostro le hizo darse cuenta de que, en realidad, no era una mala persona.

Lo que más le dolía era la idea de haber estado engañada con respecto a la verdadera naturaleza de su enamorado, pero entendió que no se había equivocado con él.

Era buena persona, pero se encontró en un callejón sin salida y tomó la decisión que le aseguraba un mejor futuro.

Le hizo mucho daño, pero al menos no vivió una mentira con él.

El peso con el que llevaba viviendo tanto tiempo desapareció y descubrió que respiraba mejor.

Sus amigas la miraban no muy convencidas, pero pronto se dieron cuenta de que aquel encuentro había sido beneficioso para ella y brindaron por su futuro.

Almudena rio, comió buñuelos, bailó y hasta aceptó un fandango con un mozo que se acercó atraído por su risa.

—No sabes cuánto me alegro de que te sientas mejor —le dijo Teresa cuando volvían a casa—. Estos meses no eras tú misma. Me hace muy feliz ver que la antigua Almudena ha vuelto.

Ella sonrió a su amiga y entrelazó el brazo con el de ella.

—Lo sé. No ha sido fácil, pero verlo de nuevo me ha ayudado a entender algunas cosas. Me siento más ligera ahora, y más madura.

—¿No te ha dolido verlo con otra?

—Pues sí, no te voy a mentir. Pero no pienso dejar que vuelva a entrar en mi vida, así que él deberá seguir con la suya, digo yo.

—Pues te voy a decir una cosa —dijo Teresa bajando la voz—: Me fijé en él cuando bailabas con ese mozo tan apuesto. ¡Parecía que hubiera visto un muerto! Se puso pálido, luego muy rojo y después se marchó casi a la carrera.

Almudena sonrió, pero había una nota triste en esa sonrisa.

—Supongo que ambos debemos aprender a lidiar con esto. Yo he sacado una cosa en claro: no dejaré que nadie se interponga en mi carrera. Voy a ir a la corte, trabajaré muchas horas y no permitiré que nada me distraiga. Lo primero es lo primero.

—Vale, pero no te olvides de tus amigas como han hecho otras.

Se detuvieron, puesto que ya habían llegado a la casa de Teresa.

—Eso nunca —dijo.

Le dio un beso en la mejilla y continuó hasta su portal.