La costurera de la reina Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

No se volvió a hablar con doña Eulalia del tema, aunque la decisión flotaba en el aire y el ambiente del taller se tiñó de una concentración y una rivalidad que se palpaba en cada interacción.

Sobre todo, por parte de Beatriz. Quería ser la elegida.

Entrar en la corte le permitiría avanzar, aprender más, conocer gente y, si jugaba bien sus cartas, convertirse en modista en un tiempo prudencial.

No concebía el fracaso, y lo que hasta entonces había sido una competitividad con Almudena que no afectaba a su amistad, comenzó a hacerlo.

La miraba de reojo y trataba de superarla en todo.

Almudena, por su parte, sabía que trabajaba bien y se esforzó por hacerlo aún mejor.

Resolvió no preocuparse por Beatriz y ser responsable solo de sus actos.

No respondía a las provocaciones y sonreía a su amiga, que cada vez se alejaba más de ella.

Luz seguía siendo amable y cariñosa con todo el mundo, pero Manuela y, sobre todo, Teresa, su amiga del alma, se pusieron de su lado y comenzaron a responder por ella en cuanto Beatriz intentaba dejarla en evidencia.

—Esas puntadas están torcidas —dijo una mañana Beatriz, bien alto y con una sonrisa de suficiencia, al mirar la labor de Almudena.

Esta alzó las cejas y siguió cosiendo sin decir nada.

—Torcida estás tú, doña perfecta —dijo Manuela, que apenas soportaba ya las miradas de superioridad de la que hasta hacía poco había considerado una amiga.

Doña Eulalia, que, por supuesto, había oído el comentario, se acercó a la labor de Almudena. La estudió con atención y luego se giró hacia Beatriz.

—No lo están. Beatriz, tal vez no escuchaste con atención lo que dije, pero no solo la excelencia en el trabajo es necesaria para obtener mi recomendación.

Beatriz apretó los labios y siguió cosiendo sin añadir nada más, pero a nadie se le escapó la chispa de malicia que destelló en sus preciosos y fríos ojos azules.

Dos semanas tardó doña Eulalia en tomar una decisión.

Dos semanas en las que observó cómo se enrarecía el ambiente entre las jóvenes, pero también eso formaba parte de su plan: quería ver cómo se desenvolvían bajo presión, qué armas utilizaban para destacar, hasta dónde eran capaces de llegar y, sobre todo, si llegarían a contravenir su naturaleza para conseguir lo que querían.

Esa mañana no las hizo esperar: en cuanto ocuparon su lugar, se dirigió a ellas, muy erguida, con las manos unidas al frente y la voz baja de quien rezuma autoridad sin esforzarse.

—Hoy viene doña Leonor a conocer mi veredicto.

Todas la miraron con los ojos brillantes por la expectación.

—No ha sido una decisión fácil. —Doña Eulalia suspiró—. Sabéis que he tenido que valorar muchas cosas, no solo la habilidad de vuestra aguja. Al final, he tomado una decisión. Beatriz, Almudena, os recomendaré a las dos.

Las chicas se miraron la una a la otra, confusas.

—Tenéis fortalezas distintas y doña Leonor puede necesitar de ambas. Si acepta mi consejo, a partir de mañana ya no perteneceréis a este taller y comenzará una nueva andadura para vosotras.

Almudena sintió una enorme alegría y recibió con una sonrisa exultante los abrazos de sus amigas. Teresa, Manuela y Luz nunca habían aspirado a ser las elegidas, así que no había decepción en ellas y estaban contentas de que su amiga pudiera mejorar su posición.

Beatriz, sin embargo, se quedó erguida y con la mandíbula tensa, sin mirar a nadie salvo a su maestra.

—Pero dijo que solo habría una elegida. ¿Para qué me he esforzado tanto si no iba a obtener el resultado que buscaba?

Doña Eulalia la miró con cierta dureza.

—¿No has obtenido lo que buscabas? ¿Acaso no te voy a recomendar para un taller vinculado a la corte? ¿En qué te perjudica que Almudena también reciba una oportunidad?

—Pero he trabajado duro para ser la mejor —insistió ella.

Doña Eulalia oyó la puerta y la voz de doña Leonor.

—Aprende que las cosas no siempre son como queremos, jovencita. Y más te vale que controles ese genio, no creo que doña Leonor te permita estas salidas de tono. No hagas que me arrepienta de mi decisión.

Beatriz asintió con los labios apretados.

Almudena la miró, pero no le dijo nada. Poco después regresó doña Eulalia con doña Leonor, a la que todavía no habían visto.

Era una mujer aún joven. No llegaba a los treinta años y su pelo castaño, recogido en un pulcro moño bajo la cofia, apenas presentaba canas.

Tenía la nariz aguileña, los labios pequeños y el rostro serio, pero sus ojos color avellana claro eran cálidos y desmentían la frialdad de su expresión. Miró a las chicas.

—Estas son Almudena Serrano y Beatriz del Valle —dijo doña Eulalia—. Como te he dicho, son mis mejores alumnas y creo que podrán hacer una buena labor contigo, aunque sentiré perderlas.

—¿Qué os impulsa a cambiar de taller? —preguntó doña Leonor, sin quitarles el ojo de encima.

Beatriz se adelantó.

—Quiero ser la mejor en lo mío, hacerme un nombre, y para eso tengo que trabajar con la mejor —dijo.

—No sé si soy la mejor, pero te lo agradezco —dijo doña Leonor. Miró a Almudena—. ¿Y tú?

La joven miró a los ojos de aquella mujer.

—Me gusta coser y se me da bien. Quiero seguir aprendiendo, labrarme un futuro en el que no tenga que depender de nadie para poder vivir bien.

La costurera hizo un asentimiento con la cabeza.

—El lunes os espero a ambas a las siete en mi taller. No lleguéis tarde.

Se marchó y Almudena miró a Beatriz. Pese a las tensiones de las dos últimas semanas, no olvidaba su amistad anterior ni el apoyo que le había mostrado cuando Tomás rompió su corazón.

—Beatriz, es bonito que las dos avancemos a la vez. No me veas como una rival.

La joven rubia se giró hacia ella y la miró de arriba abajo.

—No te veo como una rival porque no eres rival para mí. Pero es una injusticia que yo no sea la única elegida.

Entonces se levantó, se colocó la basquiña, se puso el manto y se fue sin despedirse de nadie, como si pusiera fin a su relación con el taller de doña Eulalia y aquellas jóvenes de barrio.

—Ya sabes cómo es, si no queda la primera se enfada y pierde la cabeza. Para esta tarde se le habrá pasado y mañana volveréis a estar como siempre, no se lo tengas en cuenta —le dijo Teresa para aligerar la tensión.

Almudena asintió, no muy convencida. Luego miró a Manuela y vio en sus ojos que ella tampoco lo tenía claro.