La costurera de la reina Capítulo 9
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Capítulo 9

—Me siento tan tonta —se lamentó Almudena.

Tras dar un pequeño paseo con sus compañeras para tomar el aire, había vuelto a casa a la hora de la comida, aunque tenía el estómago cerrado. Su padre esperaba con ansia el resultado del juicio y cerró la tienda en cuanto la vio aparecer.

—Lo han obligado a testificar —dijo Domingo—. Sabes que el gremio podría haber arruinado sus posibilidades de futuro si se hubiera negado.

—Aun así, padre. Me ha traicionado, a mí y a mi taller. ¿Debería perdonarlo?

—Eso es cosa tuya, Almudena. Yo no soy quién para decirte lo que debes hacer.

Además, una vez rota la confianza, ¿qué queda?

Eso es muy difícil de reconstruir. Pero que él haya tomado esa decisión no significa que lo haya hecho por gusto.

Sabes que don Luis podría echarlo de su taller y extender una carta por la cual jamás sería admitido en otro taller.

Habría sido condenarse a la pobreza y pisotear todas las posibilidades de avanzar en la vida.

Almudena asintió. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, pero había dejado de llorar. Ya no le quedaban más lágrimas. Lo que le quedaba era ese dolor sordo en el pecho, como si una mano le estrujara el corazón de forma constante. Supo que esa sensación la acompañaría mucho tiempo.

—Entiendo, padre. Pero eso no lo hace menos doloroso.

—Claro. —Su padre le puso la mano en el hombro para consolarla y echó de menos a su mujer.

Ella sabría animar a Almudena mejor que él, pero no estaba, así que haría lo que pudiera—.

Te han roto el corazón, y eso duele mucho.

Pero, aunque ahora no sea un consuelo, te aseguro que con el tiempo pasará.

Eres muy joven. Encontrarás a alguien que sepa quererte como te mereces, en quien puedas confiar, y todo esto no será más que un recuerdo lejano, como un mal sueño.

Almudena se levantó.

—Ojalá tenga razón, padre. —Se agachó y le dio un beso en la mejilla—. Voy a descansar un poco antes de volver al taller, me duele la cabeza.

En el taller no se volvió a hablar del tema.

Doña Eulalia pagó la multa y siguió ejerciendo su trabajo.

Un veedor del gremio de sastres acudió dos veces por sorpresa a inspeccionar el taller, pero ella se aseguraba de que siempre hubiera testigos suficientes para que no pudieran acusarla de nada.

Al no conseguir lo que se proponían, asumieron que no podían echarla y el veedor no apareció más.

Y así llegó el invierno, y después la Navidad, y enseguida comenzó el año 1787.

Poco a poco, conforme el invierno acababa y la primavera tomaba el relevo, Almudena fue recuperándose.

Ya no le dolía el pecho al respirar ni soñaba por las noches con los ojos encharcados y avergonzados de Tomás.

A veces, hasta era capaz de reír con su padre o sus amigas sin que el recuerdo de su traición le cortara la risa de golpe.

Un día, nada más sentarse a la mesa del taller y comenzar a coser unas mangas complicadas que necesitaban puntadas precisas y pequeñas, llamaron a la puerta. Oyeron una voz femenina hablando con María Antonia, y doña Eulalia cambió el gesto y se levantó de inmediato.

—Continuad —dijo, y salió a atender a la visitante.

Sus voces se perdieron cuando ambas se metieron en un pequeño cuarto de la trastienda que usaba como despacho.

Las chicas se miraron. Almudena cosía una manga y de la otra se ocupaba Beatriz, pues eran las únicas con la destreza suficiente para llevar a cabo esa tarea.

Las demás estaban con una camisa y una basquiña.

Solían trabajar en silencio o, de vez en cuando, cantando plegarias, o con el sonido de fondo de una de ellas leyendo algún texto religioso.

Doña Eulalia se tomaba muy en serio su papel de guardiana moral de aquellas jóvenes y ellas eran obedientes, pero cuando se vieron sin supervisión comenzaron a hablar sin dejar de trabajar.

—Vamos, Almudena —dijo Beatriz con sorna—. Te reto a acabar esa manga antes que yo.

Almudena no levantó apenas la vista.

—Lo importante no es acabar primero, sino acabar bien.

Una risa seca surgió de la garganta de Beatriz.

—¿Crees que no puedo ser rápida y, al mismo tiempo, dar las mejores puntadas? ¡Venga, corre, que te adelanto!

Almudena sacudió la cabeza con una sonrisa.

Beatriz siempre quería quedar por encima, pero no lo hacía con maldad, era su naturaleza.

Y también era una buena amiga. Nunca se había callado su opinión acerca de Tomás y fue la única que, sin dejar de apoyarla en su desgracia, no había edulcorado la verdad.

Almudena sabía que no había sido buena idea empezar una relación con un aprendiz de su rival y era un error que no pensaba repetir, pero nunca estaba de más que alguien te lo recordase por si el corazón decidía volver a hacer de las suyas.

Empezó a coser más deprisa y Beatriz, que se percató, apretó también.

Cuando doña Eulalia regresó al aula, tras despedirse de la visita, las encontró calladas, con la cabeza inclinada sobre la labor y caras de concentración.

Una leve sonrisa apareció en sus labios: sabía muy bien que no habían estado así todo el rato pero, a pesar de que era estricta en el cumplimiento de las normas, un grupo de jovencitas necesitaba esparcimiento y era complicado que estuvieran con la boca cerrada demasiado tiempo.

Se sentó y miró a las chicas. Manuela y Teresa eran hábiles y en unos años puede que fueran oficialas en su taller, o incluso que tuvieran uno propio.

A Luz todavía le quedaba un poco; al fin y al cabo no dejaba de ser una niña, aunque era aplicada y obediente.

Pero Almudena y Beatriz eran harina de otro costal.

Ambas destacaban, cada una a su manera. Almudena era callada, discreta y trabajadora, aunque doña Eulalia era consciente de que eso no significaba que fuera dócil, solo que sabía cuándo merecía la pena hablar y cuándo no.

Tenía dedos ágiles y manos finas, y un ojo especial para traducir los dibujos de los patrones a base de puntadas e hilo.

Su voluntad era cosa de admirar y resultaba fácil trabajar con ella.

Beatriz, en cambio, era testaruda y un poco altiva.

Conocía su valía y le gustaba que los demás se la reconocieran.

Era ambiciosa y, desde luego, nada discreta.

Su belleza destacaba como una vela en mitad de la noche oscura, aunque doña Eulalia no tenía claro si era un atributo beneficioso o, por el contrario, podría llegar a ser un peligro.

De lengua afilada y puntada firme, quería ser modista y ascender en el escalafón social, y todas tenían la sensación de que haría lo que hiciera falta para conseguirlo.

El problema que doña Eulalia veía estaba en su carácter demasiado competitivo y en que no encajaba bien no ser la mejor en todo. Y la maestra sabía que lo que iba a anunciar a continuación provocaría conflicto. Suspiró.

—La mujer que se acaba de marchar es Leonor Ribera.

Las chicas la miraron: no les sonaba el nombre.

—Doña Leonor regenta un taller de costura: trabaja para la corte de forma habitual y es estrecha colaboradora de Paula Pandeavenas.

Ahí sí que se miraron unas a otras, desconcertadas.

Paula Pandeavenas era un nombre conocido.

Costurera real, trabajaba a sueldo para la princesa de Asturias, María Luisa de Parma, y para algunas damas escogidas de la corte.

También hacía los vestidos de la pequeña infanta María Amalia, la segunda hija viva de los príncipes y la única que estaba en Madrid con ellos desde que, un par de años antes, la infanta Carlota Joaquina hubiera sido enviada a Portugal para que se criara en la corte de su futuro esposo, Juan de Portugal.

Doña Eulalia volvió a tomar la palabra.

—Doña Leonor está desbordada de tarea. Necesita una ayudante con la que pueda trabajar mano a mano. No una aprendiza, porque ya debe estar avezada en el oficio, pero tampoco una oficiala, pues quiere terminar de formarla según su método de trabajo.

Beatriz alzó la cabeza y se irguió.

—¿Le ha propuesto a alguna de nosotras? —preguntó.

Doña Eulalia la miró con la cabeza ladeada.

—Aún no. No solo es vuestro futuro el que está en juego: también apuesto el prestigio de mi taller. Pero le he dicho que en unas semanas tendrá un nombre. Y su nueva ayudante, con la que sin duda acudirá a la corte a menudo, saldrá de aquí, de esta mesa.

Almudena sintió que un latido inmenso, más fuerte que el resto, bombeó sangre a todo su cuerpo y por un momento la cabeza le dio vueltas.

¿Qué había sido eso? ¿Emoción? ¿Deseo? ¿O la seguridad de que ese puesto tenía que ser para ella, que su destino estaba ahí, al alcance de su mano?

No dijo nada, pero escuchó con atención.

—Para trabajar en la corte no solo es necesario ser buena en el oficio, chicas, eso debéis tenerlo claro.

Se busca un perfil concreto: trabajadora, decente, honrada y discreta, sobre todo discreta.

Habréis de callar cosas que la aristocracia o la familia real digan en vuestra presencia y que podrían hacer tambalear reputaciones.

Reinos enteros, incluso. Deberéis ser invisibles, rápidas y eficientes.

Y jamás dar un escándalo. Una sola mancha en vuestra reputación, la más mínima sospecha acerca de vuestra moral, y seréis apartadas por bueno que sea vuestro trabajo.

Trabajaréis más horas que aquí y más duro, y también ganaréis dinero, porque ya no seréis aprendices, al menos no de manera oficial. ¿Estáis dispuestas?

Todas asintieron, pero ninguna tenía la menor duda de que la elección estaba entre Beatriz y Almudena.