Capítulo 8
Almudena sintió que el suelo se abría bajo sus pies y, por un momento, lo vio todo negro. Teresa la agarró del brazo.
—Respira hondo, no sabemos qué va a decir —dijo para tranquilizarla. Sin embargo, el titubeo de su voz no transmitió mucha confianza.
Beatriz habló con voz fría como el hielo.
—Dudo mucho que tu novio nos defienda.
La puerta de la sala se abrió y entró Tomás, muy despacio. Miraba al suelo y apretujaba la gorra entre las manos. Pasó al lado de las chicas. Almudena lo llamó, pero él no fue capaz de levantar la mirada. Con los hombros encogidos, avanzó hasta colocarse delante del corregidor. Este lo miró.
—¿Jura decir la verdad sobre lo que supiere?
Tomás juró, sin levantar la vista.
—¿Puede afirmar que en el taller de Eulalia Gómez se cosen ropas de hombre?
El muchacho habló con un hilo de voz.
—Lo he visto, sí.
Un revuelo recorrió la sala.
—¿Trabaja allí? —preguntó el teniente de corregidor.
El joven sacudió la cabeza.
—No, pero acudo a menudo a buscar a una de las alumnas de doña Eulalia.
El escribano levantó una ceja, pero no dijo nada.
—¿Tiene algún tipo de relación con una de esas muchachas? —Fue el corregidor el que preguntó.
—Sí, señor —dijo Tomás—. Con la señorita Almudena Serrano.
—¿Era consciente de este hecho, señora? —le preguntó a doña Eulalia.
—Sí, así es —dijo ella—. El joven Tomás corteja a mi alumna desde hace tiempo conforme a la moral y la decencia, yo misma me he ocupado de ello.
—¿Está segura?
Doña Eulalia se irguió aún más, si es que aquello era posible.
—Mi taller actúa conforme a la ley y las normas de la decencia, señor —endureció el tono—. Soy muy consciente de que mi tarea también es velar por la apropiada conducta de mis alumnas y enseñarles rectitud y valores cristianos, y eso hago cada día de mi vida.
El corregidor asintió. El teniente intervino.
—Entonces ¿por qué dejaba que el joven entrara en su taller? ¿Acaso eso no comprometía la reputación de su alumna?
—¡Por supuesto que no! Nunca han estado a solas en mi taller. Dejaba entrar a Tomás a la parte abierta a los clientes, no al aula, y solo los días en que la lluvia o el frío hacían que estar fuera fuese incómodo.
—¿Eso es cierto, joven?
—Sí, señor —dijo Tomás.
Almudena lo miraba con intensidad, como si solo con ese gesto pudiera hacer que Tomás recapacitase.
La sangre le rugía en los oídos y apenas escuchaba lo que decían en el estrado.
Tomás aún no había dicho nada que las comprometiera y se veía que estaba coaccionado por su maestro.
Tal vez su honra ganara, tal vez el amor que sentía por ella fuera suficiente, tal vez…
—¿Y qué vio usted cuando estaba dentro del taller?
Levantó la vista y miró a su maestro. Este hizo un asentimiento seco. Tomás se giró hacia el corregidor y echó los hombros atrás para tomar seguridad.
—Vi casacas masculinas y una capa, señor.
Entonces Almudena sintió un dolor tan grande en el pecho que supo que su corazón se había roto.
El revuelo en la sala fue aumentando hasta que el alguacil llamó al orden con unos golpes de vara en el suelo.
—¡Silencio!
—Mentiroso —murmuró Teresa, tan enfadada que casi lo gritó.
La que no tuvo miramientos fue Manuela.
—¡Miente! —dijo bien alto.
Luz agarró a Almudena de la mano. Estaba asustada, y la joven no sabía si pretendía consolarla o tranquilizarse ella misma. Sea como fuere, el contacto la centró.
—¡Silencio! —repitió el alguacil.
El corregidor suspiró. Veía a menudo a modistas y costureras en aquella sala, denunciadas por cualquier motivo por un gremio que sabía que perdía poder día a día.
No era algo que le agradase, pero la ley tenía que cumplirse, había muchas otras causas esperando y no podía perder más tiempo con aquello. Se dirigió a doña Eulalia.
—¿El muchacho dice la verdad?
—Por supuesto que no, señor. Nunca hemos cosido piezas de hombre. Sé cuál es mi lugar.
—¿Alguien podría testificarlo?
—Desde luego. Cualquiera de mis alumnas, que están sentadas al fondo, o mi oficiala. También mis clientas y todo aquel que me conoce. Todos garantizarán que mi trabajo es exclusivamente femenino.
El corregidor soltó un pequeño quejido, casi inaudible. Suspiró de nuevo.
—Bien, no hace falta llamar a más testigos.
Es evidente que los de su taller la defenderán y los del gremio dirán otra cosa.
Eulalia Gómez tiene aprobado el examen para maestra de niñas.
Y respecto al quebranto del privilegio del gremio, no me vale con la palabra de un menor.
Esta es mi sentencia. En prevención de futuras quejas y en resguardo del orden del arte, se le impone a la demandada multa de seis ducados, con apercibimiento de que no vuelva a incurrir en práctica prohibida alguna, permitiéndosele continuar la enseñanza mientras se despacha su título, sin que se impida el ejercicio de su oficio.
Asimismo, se manda al veedor del gremio, o a quien haga sus veces, que pueda entrar y reconocer su taller cuando lo tuviere por conveniente. Hemos terminado.
El escribano repitió la sentencia mientras la apuntaba.
Desde donde estaba, Almudena alcanzaba a ver la cara de don Luis.
Parecía que había chupado un limón. Sin duda, esperaba una condena mucho mayor y aquello lo había decepcionado.
Seis ducados era una cantidad que, aunque respetable, no haría daño a doña Eulalia, y dejaba claro que el corregidor no les había dado crédito y había dictado esa sentencia para conformarlos y no alargar el asunto.
El alguacil dio un golpe de vara seco en el suelo para indicar el cierre de esa causa.
El silencio se adueñó de la sala, y luego comenzaron los murmullos.
Doña Eulalia hizo una leve reverencia y salió con la misma dignidad con la que había entrado.
Don Luis y Tomás lo hicieron justo después y enfilaron el pasillo hacia la salida.
Al pasar por delante de Almudena, el joven se atrevió a levantar la mirada del suelo.
Almudena lloraba en silencio. Sentía una angustia tan grande que no conseguía deshacerla ni tragando saliva ni respirando hondo.
Se había instalado en su garganta y apenas la dejaba respirar.
Miró a Tomás y vio la culpa y el dolor en sus ojos.
Supo que le habían obligado a mentir, pero no le importó.
La había traicionado. A ella, a su maestra y al amor que se tenían.
Nunca se lo perdonaría, y Tomás leyó todo aquello en su mirada vidriosa.
Sus ojos también se humedecieron, pero los cerró con fuerza, sacudió la cabeza, volvió a agachar la mirada y abandonó la sala detrás de su maestro.
—¡Es un traidor! No merece que vuelvas a mirarlo a la cara —dijo Manuela una vez en la calle.
Todas rodeaban a Almudena como una piña. Ella no podía dejar de llorar. Se sentía traicionada, humillada y dolida. No solo el que creía que era el amor de su vida había conspirado para traicionarla, sino que temía que doña Eulalia no quisiera volver a verla después de aquello.
—Bueno —dijo Beatriz, que tomó la mano de su amiga para calmarla—.
No fue muy inteligente echarse de novio a un discípulo del enemigo de tu maestra, pero ya está hecho.
—Hizo caso omiso de las miradas de sorpresa del resto—.
No digo nada que no sea verdad, y lo sabéis.
Espero que le haya merecido la pena perder tu confianza y tu amor a cambio de nada, porque eso es lo que han conseguido.
—Todavía lo quiero —dijo Almudena, sin parar de llorar.
—¡Pues claro! —Teresa la abrazó por los hombros—. De no ser así, no te dolería tanto. Pero se te pasará, te lo prometo.
Don Luis y otros sastres hablaban en un corrillo cerca de ellas. Tomás también estaba allí. No dejaba de mirar en su dirección y por fin reunió valor y dio unos pasos hacia ellas. Pero Manuela se puso en medio como una gata y alzó la mano.
—Ni se te ocurra, pequeña babosa rastrera —le dijo—. Acércate a ella y te juro que no volverás entero a tu casa.
Tomás vaciló y miró por encima del hombro de Manuela. Vio a Almudena apoyar la frente en el hombro de Teresa, que lo miró con odio, y a Beatriz y a Luz frotarle la espalda. Beatriz le dedicó una mirada con tanto desprecio que Tomás se sintió pequeño y ruin. Agachó la cabeza y se dio la vuelta.
Entonces salió doña Eulalia, que se había rezagado para terminar el papeleo. Se aproximó a las chicas y Almudena se irguió, intentando mantener la compostura. Apenas se atrevió a mirar a su maestra. Ella habló en voz baja:
—Podéis dar una vuelta para despejaros, pero a la tarde os espero en el taller. —Alargó la mano y cogió con suavidad la barbilla de Almudena, que consiguió al fin mirarla a los ojos—. A todas. Tú no tienes la culpa de lo que ha pasado.
Después continuó la marcha y se paró delante de don Luis.
—Esto no ha acabado —amenazó él.
Ella lo miró de arriba abajo.
—Yo creo que sí. El corregidor ha dejado muy claro que considera esto un ataque sin pruebas por parte del gremio. ¿Qué cree que dirá si sigue haciéndole trabajar en balde con falsas denuncias? Mucho cuidado, don Luis —añadió—. Soy paciente, pero no tonta. No dejaré que me pisoteen.
Luego se marchó calle abajo sin volver la vista atrás.