La costurera de la reina Capítulo 7
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Capítulo 7

Tras más de un año asistiendo al taller, Almudena, que ya había cumplido dieciséis años, sentía que su formación y su habilidad con la aguja habían dado un salto enorme.

Y no solo lo pensaba ella: doña Eulalia había dejado caer en más de una ocasión que tanto ella como Beatriz estaban listas para, tal vez, cambiar a un taller más avanzado donde pudieran aprender más.

La maestra las apreciaba, pero era consciente de que podían tener un futuro mejor si no se quedaban en su escuela.

Almudena soñaba con coser para las grandes damas de la corte.

Beatriz, en cambio, quería ser modista. No era un camino fácil, pero su ambición no había menguado y ser una simple costurera no le satisfacía.

El resto de las chicas no tenían ni sus aspiraciones ni su potencial.

Eran felices estudiando con doña Eulalia y no contaban con dejar su taller ni con salir del barrio para crecer en su profesión.

Esto hacía que, a veces, entre Almudena y Beatriz hubiera cierta competitividad, sobre todo por parte de la segunda, que necesitaba demostrar que su capacidad era superior a la de su amiga.

—Hoy ha intentado dejarme en ridículo delante de doña Eulalia —se lamentó Almudena.

Caminaba con Tomás por el paseo del Prado, aprovechando que la tarde todavía se alargaba y aún no hacía frío.

El trayecto entre la fuente de Cibeles y la recién inaugurada fuente de Neptuno era muy agradable y a ella, como a muchos madrileños, le gustaba admirar las nuevas incorporaciones con las que Carlos III estaba embelleciendo la ciudad.

Sin embargo, aquella tarde apenas prestaba atención a la escultura del dios del mar ni a cómo los rayos de un sol cada vez más bajo arrancaban destellos dorados al mármol blanco.

A un lado del paseo, varios peones cavaban zanjas para el nuevo alcantarillado.

El capataz les gritaba que se dieran prisa antes de que hiciera la ronda el corregidor, siempre vigilante con las obras del rey.

Pasaron por delante de un puesto de rosquillas, y ni el olor anisado de la masa frita la hizo detenerse.

—¿Qué ha hecho exactamente? —preguntó el joven.

Ambos habían iniciado su noviazgo con el beneplácito de Domingo, que solo le hizo prometer a Tomás que no propondría matrimonio a su hija al menos hasta que terminara su formación y aprobase los exámenes de oficial, para lo que aún quedaban algunos años.

Desde entonces se veían todo lo que podían, en sus días libres sobre todo.

Y Tomás, siempre que su horario se lo permitía, acudía a la salida del taller de doña Eulalia para dar un paseo con Almudena cuando la tarde se alargaba, siempre que no hubiera anochecido ya.

Y, por supuesto, jamás iban solos: Teresa y Manuela los acompañaban para guardar el decoro que la reputación de Almudena requería.

Pero muchas veces se quedaban unos pasos por detrás para que la joven pareja pudiera hablar con tranquilidad.

—Tú anda, que nosotras te cubrimos —le había dicho Manuela con un guiño, y luego ella y Teresa se detuvieron frente a la nueva fuente.

Así que Almudena podía quejarse con total libertad.

—Estábamos cosiendo una basquiña para una dama, algo muy simple, ¡lo hemos hecho mil veces! Y Beatriz ha juzgado mis puntadas diciendo que estaban torcidas.

—¿Y lo estaban?

—¡Pues claro que no! —se indignó ella—. Y doña Eulalia lo ha comprobado cuando se ha acercado, pero eso no quita para que su intención fuera maliciosa.

Tomás se arrimó un poco más y el estómago de Almudena dio un vuelco.

Su cercanía siempre la ponía nerviosa. Las rodillas le temblaban y un cosquilleo se extendía por su cuerpo.

Claro que él no se había atrevido a ir más allá de coger su mano, rozar su mejilla y, en una ocasión, darle un suave beso en la frente, pero Almudena se preguntaba qué pasaría si él decidía dar un paso más, si la besaba.

Sabía que no sería capaz de resistirse. Pero no hubo posibilidad de comprobarlo porque en ese instante las sombras de sus amigas se acercaron y el carraspeo de Teresa hizo que él se apartara.

Ambos se miraron frustrados. Tomás suspiró.

—¡Qué ganas tengo de que nos veamos a solas!

—Luego sacudió la cabeza como para alejar ideas que no llevaban a ningún lado—.

No hagas caso de lo que diga Beatriz, Almudena.

Eres muy buena y ella lo sabe. Quiere ser la mejor y por eso intenta echar por tierra tu trabajo, es solo eso. Nadie la toma en serio.

—Supongo que tienes razón —dijo ella, con la mirada baja—. Pero a veces siento que nuestra amistad peligra y no quiero que eso ocurra.

Entonces Teresa se acercó.

—Está anocheciendo. Deberíamos ir ya para casa.

Almudena puso los ojos en blanco. Ella también deseaba estar a solas con Tomás.

Quería cogerle de la mano, al menos, sin que nadie le fuera con el cuento al barrio entero y luego todos la miraran con suspicacia.

Bastante tenía ya con los comentarios maliciosos de los partidarios del gremio de sastres.

Y sabía que a Tomás también le presionaban sus compañeros.

Algunos incluso lo habían acusado de traicionar a su maestro por relacionarse con una de las alumnas de doña Eulalia.

Estando con ella, en un par de ocasiones Tomás había girado la cara y se había tapado con la gorra, volviéndose hacia la pared en un movimiento extraño, y después Almudena comprobó que algún sastre pasaba cerca de ellos.

No le gustaba la sensación de estar en la sombra, pero confiaba en que aquello se solucionase con el tiempo, quién sabía cómo.

A veces tenía miedo de que él decidiera romper la relación por culpa de aquellos contratiempos, pero Tomás nunca había dado muestras de que le afectara.

Y ella estaba muy enamorada. Sentía cosquillas en el estómago cada vez que lo veía aparecer, y una pena sorda se le instalaba en el pecho los días que no pasaba a buscarla por el taller.

Él se presentaría a las pruebas para oficial dentro de un par de años o tres, y ambos contaban con casarse en cuanto eso ocurriera.

Para entonces, Almudena ya tendría bastante experiencia para trabajar por su cuenta y, entre los dos, tal vez con la ayuda de Domingo, conseguirían que Tomás pudiera pagar los exámenes para maestro.

Almudena soñaba con un futuro en común, con una vida tranquila y dichosa en el barrio, rodeada de sus amigas y vecinos, cuidando a su padre en su vejez y trabajando con un marido al que amaba en un taller propio.

Unas semanas más tarde, doña Eulalia les comunicó que el taller de Luis Zamora la había denunciado ante el gremio. Almudena sintió que su mundo se tambaleaba.

—Pero ¿por qué? Si usted no ha hecho nada malo —dijo sin dar crédito.

La maestra cruzó las manos en el regazo y miró a sus alumnas una a una. Parpadeó con lentitud, como si quisiera sopesar bien sus palabras antes de dejarlas salir.

—No he hecho nada malo, no —dijo al fin—. Pero ellos no opinan lo mismo.

—Bueno, pero si todo es legal, ¿cuál es el problema? —Teresa sonó angustiada. Todas lo estaban, pero ella no sabía disimular.

Doña Eulalia suspiró.

—Han encontrado un resquicio legal. No me demandan por mantener el taller abierto, como hubieran podido hace unos años, sino por ejercer de maestra sin licencia.

—Usted pasó las pruebas del Consejo de Castilla, ¿no es así? —preguntó Beatriz, que era la más tranquila de todas.

—Así es, y de eso hace años ya, pero todavía no me han enviado el título. Llevan mucho retraso, de hecho, creo que no quieren enviarlos porque, en realidad, comparten las exigencias de los gremios y están dificultando que podamos ejercer nuestra profesión.

—¿Y qué va a pasar ahora?

—Pues habrá un juicio en tres días, porque han rechazado mi apelación. Así que el jueves no habrá clase, niñas —dijo.

Luego se negó a hablar más del tema y siguió dando clase con normalidad.

Tres días después, las chicas quisieron acompañar a su maestra al salón de Acuerdos de la Casa de la Villa. Esperaron en la calle a que ella saliera y, cuando lo hizo, toda vestida de negro, con la cofia impoluta y sin joyas, se pusieron detrás y la escoltaron hasta la Casa de la Villa.

Era un edificio imponente, con una fachada de granito presidida por un enorme balcón de hierro forjado.

Cuando entraron en la sala se sentaron al fondo, mientras que doña Eulalia se situaba en los primeros bancos a la espera de que convocasen su causa.

Almudena miró a su alrededor: la sala rectangular de paredes encaladas y bancos de madera sobrecogía por su formalidad.

En la mesa central, el corregidor escuchaba con atención al testigo de la causa de un carnicero acusado de pesar mal el género.

A su lado, el escribano registraba su testimonio.

La pluma rasgaba el papel y Almudena casi podía percibir el olor de la tinta.

Al otro lado, un teniente de corregidor tomaba notas con cara de aburrimiento.

El alguacil permanecía en pie frente al estrado.

El juicio acabó rápido: una multa, una advertencia y un golpe seco de la vara del alguacil, que ordenó que los relacionados con aquel juicio abandonaran la sala.

Entonces el corregidor dijo en voz alta:

—Se sigue causa por oficio contra Eulalia Gómez, costurera, por ejercer el magisterio de niñas sin título aprobado y sin haber obtenido la real provisión correspondiente, con quebranto de la decencia del arte y del orden establecido, daño al arte de la sastrería y confusión del orden público.

Doña Eulalia se levantó y caminó hacia el estrado.

El roce de la tela de su vestido llenó el silencio de la sala, que en aquel momento se iluminó con el sol de media mañana que entraba por los altos ventanales de los extremos.

Se detuvo frente al estrado y esperó a que el alguacil llamase a la acusación.

Luis Zamora entró vestido con casaca oscura y corbatín blanco al cuello. No miró a la maestra. Se colocó frente al corregidor e hizo una reverencia.

—Me presento ante el tribunal como veedor del gremio en la causa contra Eulalia Gómez.

Desde atrás, las chicas no podían ver las expresiones de ambos, pero la postura de doña Eulalia, erguida y con los hombros relajados, mostraba que estaba tranquila.

El corregidor leyó la acusación y, acto seguido, el teniente de corregidor leyó la argumentación de doña Eulalia.

—Esta maestra asegura que ha pasado con conformidad los ejercicios de su arte y aguarda el despacho del título, cuya demora no le es imputable, por depender de la Secretaría de la Junta de Damas de la Inclusa y del Real Hospicio.

También recuerda que las mujeres pueden aplicar sus manos a toda labor propia de su sexo sin sujeción a gremio alguno ni a examen de maestros varones, y está dispuesta a presentar testigos fiables que confirmen que, en su casa, las muchachas aprenden labores honestas y provechosas, velando asimismo por su rectitud moral y dignidad.

El corregidor se dirigió a doña Eulalia:

—¿Aprobó usted el examen de maestra de niñas?

—Así es, señor —contestó ella con voz firme—. Al primer intento y con buena nota, hace ya tres años, cuando se aprobó la cédula que nos permitía educar en nuestro arte a las niñas.

—Pero no tiene el título en su poder.

—No, señor. Sin duda, el corregidor conoce el retardo que sufre el despacho de los títulos de las maestras particulares.

—Y usted —dijo dirigiéndose a don Luis— la acusa de ejercer sin título.

—Así es —respondió el sastre—. Llamándose maestra, algo que está prohibido, y enseñando sin título, daña gravemente a la profesión.

—¿Tiene algo que decir en su defensa? —preguntó el corregidor a doña Eulalia.

—Nunca me he hecho llamar maestra, señor, puesto que no puedo al no estar gremiada, sino maestra de niñas, que es lo que soy y a lo que mi título me capacita.

Y en cuanto a ejercer sin título, es una acusación falsa, puesto que sí dispongo de él, como pueden comprobar en los registros de la Junta.

Solo me falta el papel físico que lo acredite, lo que no merma en nada mi capacidad de enseñanza ni mi legalidad al ejercer esta profesión.

—¿No se anuncia como maestra?

—En absoluto. Mi difunto esposo, Eliseo González, era maestro sastre, y en la placa de mi taller especifico que soy su viuda, costurera.

El corregidor se quedó en silencio.

—No veo delito alguno en su actividad.

Almudena vio que don Luis se agitaba un poco, como si estuviera nervioso. Entonces el teniente se dirigió al corregidor.

—La acusación no se limita al ejercicio sin título, señor. Hay una segunda denuncia por quebrantar el privilegio del gremio.

Teresa ahogó un grito con la mano. Almudena tragó saliva. Beatriz abrió mucho los ojos y Manuela tuvo que morderse la lengua, literalmente, para no soltar un grito. Aquella era una acusación muy grave.

—Eulalia Gómez, el gremio de sastres la acusa de coser prendas de hombre, quebrantando así gravemente el privilegio del gremio. ¿Cómo se declara?

—¡Inocente! En mi vida he cosido prendas de hombre ni tengo intención de hacerlo. ¡Eso es una falacia orquestada por un gremio que se siente amenazado y lleva meses buscando mi ruina! —Doña Eulalia levantó la voz, alterada.

Almudena miró a su alrededor: había miembros del gremio de sastres en los bancos y muchos les lanzaban miradas envenenadas.

—El gremio presenta un testigo —dijo el escribano. Alzó la voz y se dirigió al alguacil—. Cítese al mozo Tomás Martínez, de edad de dieciséis años, aprendiz en el taller de Luis Zamora, para que diga la verdad sobre lo que supiere.