La costurera de la reina Capítulo 6
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Capítulo 6

—¡Han tenido que ser los del taller de Luis Zamora! —dijo Manuela, con las manos en la cintura.

—No lo sabemos —indicó doña Eulalia, aunque la duda se filtraba en su voz.

—¿Quién más podría hacer esto? No han sido discretos con sus comentarios —se indignó Teresa.

—Don Luis no es el único que está en nuestra contra. El gremio no para de hacerme requerimientos —dijo la maestra—. Aunque él se ha mostrado más vehemente, eso es cierto.

—¿Y no va a avisar a las autoridades? —preguntó María Antonia, que había empezado a recoger los trozos de cristal.

—¿Para qué? Todas sabemos que no harán nada. No les gusta el poder de los gremios, pero tampoco se van a meter con ellos para defender a una costurera viuda.

—¿Y qué piensa hacer? —Beatriz echaba chispas por los ojos.

Doña Eulalia sacudió la cabeza.

—Seguir trabajando. No van a conseguir que paremos.

Después de aquello no hubo más incidentes de ese tipo, pero la presión continuaba. Algunas mañanas aparecían papeles enganchados en el escaparate o en la puerta que exigían el cierre del taller, y algunas clientas dejaron de hacer encargos, aconsejadas por sus maridos, en opinión de la costurera.

Almudena no entendía aquel acoso, como tampoco comprendía qué amenaza podían suponer ellas frente a un gremio que llevaba siglos controlando la profesión, aunque sabía que la pérdida de poder era una de las cosas que más asustaban a los hombres. Y el miedo llevaba a la ira.

Las chicas se acostumbraron a recibir algunas miradas hostiles cuando iban por la calle, e incluso comentarios ofensivos.

Cada una reaccionaba a su manera. Almudena hacía oídos sordos; Beatriz se giraba y miraba con desprecio a quien hubiera hablado; Luz encogía los hombros y, a veces, los ojos se le llenaban de lágrimas; Teresa refunfuñaba entre dientes o se defendía con argumentos, y Manuela se encaraba con quien le había faltado al respeto y conseguía que fuese la otra persona la que se sintiera avergonzada.

Respecto al negocio de Domingo, no sufrió represalias. Era un vecino apreciado en el barrio y la cosa no pasó de la advertencia que le hizo el oficial cuando le visitó en la tienda.

Llegó el mes de julio y, con él, un calor asfixiante que hacía que la ciudad caminara más despacio, como si el solo hecho de existir fuera agotador.

Ese domingo, Almudena y su padre se arreglaron para ir a misa y luego dieron un paseo por la calle Mayor hacia la Puerta del Sol.

Aún era temprano y la calle estaba repleta de gente que aprovechaba los últimos momentos de brisa fresca, antes de encerrarse en sus casas hasta que, al atardecer, la vida volviera a bullir de nuevo.

Almudena se había detenido a mirar un escaparate repleto de medias cuando, al girarse, unos rizos castaños bajo una gorra marrón llamaron su atención.

Aguzó la vista. Tal y como le había parecido, Tomás estaba cerca de ella, vestido con una ajustada chaqueta de paño pardo y en compañía de otros mozos más o menos de su edad.

Reía junto con otro chico cuando se quedó quieto, como si hubiera notado los ojos de Almudena posados en él.

Entonces giró la cabeza despacio y Almudena sintió que el calor subía a sus mejillas cuando se encontró esa bonita mirada fija en ella.

Tomás sonrió y todos sus dientes, bien cuidados y blancos, destacaron en la piel morena de su cara. Hizo ademán de acercarse, pero Domingo se puso al lado de su hija.

—Almudena, vamos a casa antes de que el calor apriete.

Ella asintió. Le devolvió la sonrisa a Tomás y se fue con la cabeza gacha, sin llegar a ver la expresión del muchacho, que se la quedó mirando como si hubiera visto un ángel, hasta que uno de sus amigos lo sacó de su atontamiento de un codazo.

Almudena iba a paso rápido, pero eso no era suficiente para justificar su agitación. No; sin duda, haber visto a aquel chico la había afectado. Su padre no se había enterado de nada y caminaba a su lado hablando sobre algo a lo que ella no prestaba ninguna atención.

—¡Almudena!

El reclamo de Domingo la devolvió al mundo.

—Hija, ¿dónde estabas? Te he preguntado si subes a casa conmigo.

—¡Perdone, padre! Pensaba en mis cosas. Sí, subo a casa, con este calor no se puede hacer nada.

En cuanto llegaron, Almudena cogió el puchero y bajó al patio.

En verano era común cocinar allí, pues la temperatura era más soportable que en los angostos espacios de las casas.

Había brasas y Rosa, la vecina que vivía en la misma planta que Almudena, al otro lado del corredor, ya estaba allí.

Rosa era una mujer de salud delicada con la que ella no tenía mucho trato, ya que siempre estaba enferma y casi no salía de su casa.

Su esposo, escribiente en una oficina cercana, era un hombre serio y enjuto que apenas se dejaba ver.

Ambos eran tan piadosos que todo les parecía mal.

Almudena siempre ofrecía su ayuda en lo que fuera necesario, pero no sentía por ellos el cariño que la unía a Vicenta, la viuda que vivía en el segundo y que había cuidado de ella desde que su madre murió.

Incluso apreciaba más a Eusebio y a Brígida, zapateros que vivían en una habitación del segundo y que habían llegado de provincias hacía pocos años.

Un poco gritones, aunque nobles, enseguida se ganaron un rincón en el corazón de la comunidad.

Almudena saludó a la mujer, que había bajado una silla para no desfallecer mientras se hacía la comida.

—Buenos días, Rosa, ¿cómo se encuentra hoy? —preguntó Almudena.

La mujer sonrió sin ganas.

—Dios me ha dado hoy la suficiente energía para salir de casa —dijo, y se persignó—. Quería tomar un poco el aire, aunque sea este tan caliente.

—Todavía se está bien.

En aquel momento, Brígida y Vicenta bajaron también.

—¡Buenos días, vecinas! —dijo Brígida—. Le estaba diciendo a Vicenta que el día invita a lavarse el pelo mientras se hace la comida.

—¡Chicos! —Manuel y Pedro, los hijos de Vicenta, aparecieron a la carrera por las escaleras—. A jugar al rincón, que ahí molestáis.

El patio era pequeño y de pronto pareció estar lleno de gente, pero Almudena disfrutaba de esa vida vecinal.

La gata que cuidaba de que la población de ratas y ratones no creciera demasiado dormía en una esquina a la sombra, como si todo aquel jaleo no fuera con ella.

Almudena vigiló el guiso mientras Vicenta lavaba el pelo de Brígida y luego se turnaban.

Ella también aprovechó para refrescarse con el agua del pozo.

Atendía a la cháchara incesante de Brígida, pero en su mente solo estaba Tomás y lo apuesto que era.

¿Sentiría él lo mismo? Habría jurado que, de no haber aparecido su padre, el joven se habría acercado a hablar con ella.

Cuando subió a casa con la comida, el calor no había abandonado su cuerpo.

En el mes de agosto se celebraba la verbena de San Lorenzo.

Las fiestas del vecino barrio de Lavapiés eran una cita importante para los jóvenes, pues durante tres días bailaban, paseaban y coqueteaban con cierta libertad.

La fiesta comenzaba la víspera de sacar al santo en procesión.

Almudena, por supuesto, fue con sus amigas, y no podía negar que deseaba con todas sus fuerzas encontrarse con Tomás allí, aunque habría tanta gente que sería difícil coincidir.

Sin embargo, bien porque la suerte quiso estar de su parte, bien porque él también estaba pendiente de verla a ella, nada más llegar divisó esos preciosos ojos castaños fijos en ella. Teresa se dio cuenta y le dijo al oído:

—Alguien por aquí tiene ganas de verte.

Almudena contuvo el aliento cuando lo vio caminar hacia ella y se cubrió parte de la cara con el abanico. Iba muy guapo, con calzones oscuros y la faja roja que llevaba en la pradera de San Isidro. Cuando llegó a su lado, saludó con una inclinación de cabeza al resto de las chicas.

—Almudena, ¿quieres que demos un paseo?

Ella asintió, y se puso colorada cuando oyó el coro de risitas que dejó a su espalda.

—¡Cuídala, mozo, es una joya! —gritó Manuela, siempre tan escandalosa—. ¡Ay de ti como no nos la devuelvas de una pieza!

Tomás soltó una carcajada.

—Tienes buenas amigas —le dijo a Almudena.

—Sí, lo son.

Hubo un breve silencio.

—Tenía la esperanza de verte hoy —dijo él.

Almudena iba a contestar, pero comenzó a sonar un violín y Tomás la arrastró a bailar.

Las horas transcurrieron demasiado rápido y, antes de que se dieran cuenta, llegó la hora de regresar a casa.

Quedaron en verse al día siguiente. No a solas, por descontado, pero él acompañaría a Almudena y sus amigas a la procesión del santo.

A la mañana siguiente, Domingo le propuso que fueran juntos.

Cuando Almudena le pidió permiso para acudir con las chicas, él no dijo nada, pero se le vio algo triste y ella se sintió culpable por dejarlo de lado.

Pronto se olvidó, no obstante, en cuanto Tomás le dedicó una de sus sonrisas deslumbrantes al verla llegar y rozó su mano sin que nadie se diera cuenta en el tumulto previo a la salida del santo.

Ella retiró la mano como si se hubiera quemado, pero luego la dejó caer, lo que él interpretó como permiso para volver a tocarla.

Almudena sintió un calor súbito recorrer su cuerpo.

Estaba tan absorta en el contacto con Tomás que se sobresaltó cuando Teresa, que estaba al otro lado, le dio un toque en el hombro.

—¡Pero, chica, ¿qué te pasa?! ¿No ves que la gente se está moviendo? ¡Vamos!

Tras la procesión tuvo lugar una misa al aire libre, y Almudena divisó a su padre con Eusebio y Brígida unas filas más adelante. Lo saludó con la mano cuando se giró en su dirección y vio que él entrecerraba un poco los ojos al mirar a Tomás.

—¿Ese es tu padre? —preguntó él.

Ella asintió. Cuando el santo regresó a su lugar y empezó la fiesta, Tomás se paró frente a ella.

—Almudena, sé que apenas te conozco, pero me gustas mucho —dijo.

Ella sintió que le faltaba el aliento, pero respondió, casi en un susurro:

—Tú también me gustas.

La deslumbrante sonrisa que él le dedicó hizo que le temblaran las rodillas.

—¡Qué afortunado soy! —dijo Tomás, y se acercó un poco más a ella, haciendo caso omiso de la mirada de advertencia de Teresa, que estaba junto a ellos—. Quisiera cortejarte en serio.

Almudena abrió los ojos. ¿Cortejarla? Tomás le quitaba el sueño, sí, pero ella era aún muy joven y los cortejos solían acabar en boda. Además, estaba ese otro asunto.

—Tomás, hay algo que necesito aclarar primero.

—Te escucho.

Almudena carraspeó, incómoda.

—¿Tuviste algo que ver con el ataque al taller de doña Eulalia de hace un par de meses?

Tomás dio un paso atrás. Sus ojos reflejaron miedo y desconfianza, pero su voz sonó firme:

—No, te doy mi palabra. Mi maestro no acepta lo que ella hace, y algunos oficiales tampoco, pero son gentes de honor. Nunca atacarían a una mujer de esa forma tan rastrera.

—¿De verdad?

—Pues claro. Ni yo ni mi taller tuvimos nada que ver. Y me duele que pienses que podría haber participado —dijo muy serio—, pero entiendo que es porque no me conoces. Y eso es lo que quiero, que me conozcas. Demostrarte que soy de fiar.

—Hay algo más —añadió ella. No deseaba estropear ese momento, pero prefería que se terminara ahí antes que seguir sin aclarar las cosas y luego sufrir de manera innecesaria—.

Me gusta lo que hago. Soy buena costurera y quiero ganarme la vida con mi trabajo.

Y, desde luego, no me voy a casar con quince años.

Ni con dieciséis. ¿Esto es un problema para ti?

Tomás se acercó de nuevo:

—Ninguno —aseguró—. Y no permitiré que ningún compañero del gremio te menosprecie en mi presencia. Qué me dices, ¿aceptas?

Ella dudó, y casi se enfadó consigo misma por sentirse indecisa. ¡Tomás le gustaba mucho! Entonces hizo caso a las mariposas de su estómago y asintió. Él ensanchó tanto la sonrisa que ya no le cabía en la cara y le tendió el brazo.

—Me haces muy feliz. Y ahora, si te parece, preséntame a tu padre.