La costurera de la reina Capítulo 5
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Capítulo 5

Almudena había cumplido un año más y disfrutaba saliendo de paseo con sus amigas en sus ratos libres.

Era el día de la verbena de San Isidro y todas las alumnas de doña Eulalia, incluida Luz, tenían previsto acudir a la romería en la pradera de San Isidro por primera vez sin la compañía de sus padres.

Cuando salió de casa, el murmullo de los vecinos ya comenzaba a llenar las calles. Cerca de la esquina, un alguacil rezongaba mientras vigilaba el gentío:

—A ver si este año no tengo que llevarme a ningún borracho al cuartel, que luego dicen que uno tiene mal genio.

Casi todos llevaban canastillas de mimbre con el almuerzo y sus rosarios colgados al cuello.

Almudena y Teresa fueron las primeras en llegar: Almudena vestía jubón azul oscuro con basquiña hasta los pies y un pañuelo blanco le cubría el pecho.

La falda de Teresa era un poco más corta y dejaba ver el borde de su guardapiés verde.

No solía ser atrevida, ni en la moda ni en la vida, así que fue un acontecimiento.

Las dos llevaban mantillas blancas, medias nuevas bordadas y alpargatas limpias.

Luz apareció enseguida con un cesto repleto de rosquillas que había hecho doña Eulalia para sus alumnas.

Miraba a su alrededor con un candor enternecedor.

Tenía diez años y era la primera verbena a la que acudía sin supervisión de su maestra.

Beatriz fue la siguiente: como siempre, era la más elegante, con un toque afrancesado que le iba como anillo al dedo.

Su basquiña no era lisa, sino que en el bajo brillaba un delicado ribete dorado, y el broche que sujetaba el pañuelo del pecho parecía de plata.

Llevaba el pelo recogido en un moño alto, mantilla negra de encaje, pendientes largos de azabache y una cinta de terciopelo negro que envolvía su cuello y destacaba la blancura nívea de su piel.

Si alguien allí parecía una gran dama, sin duda era ella, y lo sabía: caminaba muy erguida, como quien se sabe por encima de la gente que la rodea.

Y entonces llegó Manuela. La calle ya estaba repleta de gente, pero ella se abrió paso sin miramientos.

Se había recogido en parte la sobrefalda para dejar a la vista una falda encarnada que a su vez mostraba las medias bordadas de flores, y el corpiño, bien ajustado con cordones, marcaba su figura sin recato.

Llevaba fajín rojo y un clavel en el pelo.

La mantilla celeste que le cubría la cabeza la hacía destacar aún más, si eso era posible, y dos pequeños rizos oscuros caían sobre su frente de forma deliberada.

Manuela atrajo todas las miradas de los mozos que había por allí y ella, consciente, respondió con una media sonrisa.

—¡Venga, que llegamos tarde! —dijo en cuanto apareció.

Se puso la primera y apretó el paso.

—Manuela, tú no vas de romería, vas a la guerra —dijo Teresa, sin parar de reír.

La joven se giró y le guiñó un ojo.

—Y tú parece que vas a misa de Viernes Santo, hija. ¡Venga, alegrad esas caras! Hoy es un día grande.

El camino hasta el prado se hizo corto y, cuando llegaron, se dirigieron a la ermita para probar el agua bendita.

La pradera ya estaba llena de gente y los primeros compases de guitarras, violines y tambores comenzaban a sonar.

Los aromas cítricos y dulces de los puestecillos de limonada, anís, vino y comida llegaron hasta ellas.

Compraron limonada en uno de los puestos, extendieron una manta sobre la hierba y se sentaron formando un corro.

Pronto el ambiente se llenó de música, baile y fiesta.

Aunque las clases altas y la aristocracia no se mezclaban con el pueblo llano, en la pradera todos compartían el mismo espacio.

Almudena miró a su alrededor.

—¿Os habéis fijado en la cantidad de mujeres que hay vestidas a la francesa?

Beatriz se sentaba muy tiesa, con una elegancia innata. Su mirada se volvió soñadora, aunque también calculadora.

—Dicen que las costureras reales pueden ver los vestidos de Francia antes que nadie.

Almudena miró fijamente a su amiga.

—¿A eso es a lo que aspiras? —le preguntó.

Beatriz suspiró.

—Algún día, Almudena —dijo mientras se ajustaba el moño—, me gustaría coser algo que no termine en este barrio.

—Todas queremos eso —respondió Almudena riendo.

—No —la corrigió ella—. Tú solo quieres trabajar bien. Yo quiero que me vean.

Almudena se quedó pensativa.

—¿Quién?

—Quien deba verme —respondió Beatriz, y sus ojos azules brillaron un instante—. Tal vez alguien de palacio.

—Si alguien puede conseguir que la vean, esa eres tú, querida —le dijo Manuela.

Y tenía razón. Su hermosura era delicada, aristocrática y, desde luego, no pasaba desapercibida. Beatriz sonrió con falsa modestia y Luz retomó el tema.

—Dicen que esta moda es por la influencia de la princesa de Asturias.

Teresa arrugó un poco la nariz.

—Se rumorea que posee un carácter de mil demonios, y que tiene al príncipe subyugado.

Manuela, escandalosa como siempre, soltó una carcajada:

—¡A juzgar por los embarazos que lleva, es fácil averiguar cómo lo consigue!

—¡Chisss! —Almudena miró en torno a ellas con apuro. Manuela era franca y abierta, muy divertida, pero también demasiado lanzada para su gusto.

Luz las miró como si no supiera bien de qué estaban hablando. Todavía era una niña y doña Eulalia había permitido que fuese con ellas solo porque confiaba en su buen juicio. Manuela alzó la barbilla y cogió una rosquilla.

—No me mires así, no he dicho nada que no se sepa.

—Hay que ver, hija, qué bruta eres —le dijo Teresa, sin poder evitar la risa.

—A mucha honra. Vosotras, que sois unas mosquitas muertas —respondió ella, y se quitó la mantilla dejando a la vista el generoso escote, apenas velado por el pañuelo cruzado al frente.

Un mozo que las rondaba le sonrió y ella se levantó y comenzó a bailar con él. No era la primera vez que coqueteaban con los jóvenes de su edad, pero sí la primera que una atravesaba los límites de una sonrisa.

—No la perdamos de vista —dijo Beatriz con un deje de ironía.

—A Manuela no hay quien la pierda de vista —respondió Almudena, y soltó una carcajada—. Ya se encarga ella sola de que todos la vean.

Mientras hablaban entre ellas, también observaban el entorno. Almudena divisó a Domingo un poco más allá, con otros tenderos amigos. No miraba en su dirección, pero ella sabía que, aunque confiara en su buen juicio, estaba pendiente.

No solo vio a su padre. Uno de los mozos que estaban en el corrillo del que bailaba con Manuela no hacía más que mirarla.

Almudena bajó la vista, intimidada, pero luego la volvió a levantar.

Era un joven de su edad o poco más, con el pelo castaño y brillante y una sonrisa preciosa. No pudo evitarlo y respondió con otra.

Estuvieron así hasta que acabó el baile y Manuela regresó junto a ellas, con la respiración agitada y el rostro colorado. Se desplomó en la manta y bebió con avidez de la jarra de limonada.

—¡Oye, que es para todas! —le recriminó Teresa.

—¿Te has divertido? —Luz miraba a Manuela con admiración, como si fuera todo lo que ella aspiraba a ser de mayor.

Manuela asintió.

—Es muy guapo, ¿no os parece?

—Sí que lo es —dijo Beatriz.

—¿Y sabes quién es guapo también? —dijo Teresa—. Su amigo, el que no para de mirar a Almudena.

Todas rieron y Almudena sintió que la sangre subía a sus mejillas. Notó el calor en la cara.

—¡Vale ya! Solo me ha sonreído una vez.

—Una tras otra, diría yo —añadió Beatriz, que tenía una gran capacidad de observación.

Almudena dirigió la vista hacia el chico y, en efecto, de nuevo sus ojos estaban fijos en ella. Sus amigos le dijeron algo y él se levantó, y luego, un poco dubitativo, se dirigió hacia ellas.

—¡Que viene, que viene! —dijo Luz, emocionada.

Almudena intentó que no se le notaran los nervios. El chico llegó hasta ellas, se quitó la gorra y la sostuvo entre las manos, a la altura de la faja roja.

—Buenos días, señoritas —dijo con respeto—. Me llamo Tomás. Mis amigos y yo estamos sentados ahí al lado y me ha sido imposible no fijarme en usted.

Su mirada se encontró con la de Almudena y ella pudo ver las larguísimas pestañas que enmarcaban sus ojos castaños. Aguardó. El joven vaciló, pero luego echó los hombros atrás y cogió valor.

—Me preguntaba si querría bailar conmigo.

Almudena estuvo a punto de rechazarlo, pero luego pensó que tenía ya quince años y que aquel chico era muy guapo. Le gustó su atrevimiento.

—Claro, por qué no. Mi nombre es Almudena —dijo al tiempo que se levantaba.

Hizo caso omiso de las risitas y los codazos de sus amigas y se agarró del brazo de aquel mozo, que la guio hasta una zona donde había varias parejas bailando.

Comenzó a sonar una seguidilla y ellos iniciaron el baile: se acercaban, se alejaban y giraban sin dejar de mantener el contacto visual.

Tomás fue muy respetuoso y Almudena trató de ignorar el hormigueo que le recorría el brazo cada vez que él rozaba su mano en los giros.

Antes de acabar la pieza, se encontró sonriendo a aquel muchacho y coqueteando con él.

Tomás se acercaba y ella hacía un quiebro en el último segundo, un poco más tarde de lo habitual, así que sus cuerpos se aproximaban más de lo necesario.

Luego él retrocedía y ella giraba la cabeza, como si quisiera asegurarse de no perder su atención.

La canción terminó y ellos se miraron, con la respiración agitada. Entonces empezó a sonar un bolero, pero Almudena no dominaba aquel baile y Tomás le propuso dar un paseo. Ella accedió. Caminaron por la pradera hablando de todo y nada, hasta que ella le preguntó a qué se dedicaba.

—Soy aprendiz en el taller de sastre de Luis Zamora —dijo.

Almudena se paró en seco y él se detuvo a esperarla. La miró extrañado.

—¿Ocurre algo?

Ella tragó saliva.

—Pues no lo sé. Dímelo tú. Yo soy alumna de Eulalia Gómez.

—¡Oh!

La cara de Tomás perdió el color de golpe. Cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza. Luego los abrió de nuevo y volvió a esbozar una sonrisa. Ofreció el brazo a Almudena.

—Si para ti no es un problema, para mí no lo será.

Ella no estaba muy convencida.

—Pero tu maestro odia a mi maestra. Quiere hundirla, y está poniendo a todo el mundo en su contra. No sé si me siento cómoda, y a ti te puede ocasionar problemas que nos vean paseando juntos.

Él insistió, con el brazo extendido.

—Solo es un baile y un paseo. Nadie va a decirnos nada. Además, no somos nuestros maestros. Me gusta estar contigo y me apetece caminar un rato más. ¿Qué me dices?

Almudena dudó, pero terminó por asentir. Estaba a gusto con aquel mozo y no quería que sus prejuicios le impidieran pasar un buen rato. Y desde luego que disfrutó. Cuando Tomás la acompañó de vuelta a donde estaban sus amigas, le dijo:

—Espero que volvamos a vernos muy pronto.

Y luego se marchó.

—¡Amiga, cuánto rato le has dedicado! —le espetó Teresa.

Beatriz la miró con una sonrisa contenida, a la espera de que ella les contara todo lo que había hablado con su nuevo amigo.

Sin embargo, no les dijo para quién trabajaba.

No estaba segura de querer compartirlo, porque ni siquiera sabía cómo sentirse al respecto y, además, lo más probable era que no volviera a verlo.

Cuando regresó a su casa, ya atardeciendo, su padre leía sentado junto a la ventana. Levantó la mirada al oírla entrar.

—¿Lo has pasado bien?

Ella asintió.

—¡Muy bien, padre! Ha sido muy divertido.

—He visto que bailabas con un mozo.

Almudena se puso seria.

—¿He hecho mal?

—¡Por supuesto que no! Pero ten cuidado, eres muy joven todavía.

Almudena se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.

—No tiene de qué preocuparse, padre. Solo ha sido un baile.

En efecto, Almudena y Tomás no volvieron a verse en las semanas siguientes.

Sin embargo, pensó en él y en sus ojos pardos a menudo.

Y también pensó en él la mañana que acudió al taller con Teresa, como todos los días, y se encontró a doña Eulalia, a Luz y a Manuela en la puerta: el escaparate estaba destrozado y había un montón de cristales en el interior.

—Pero ¿qué ha ocurrido? —preguntó horrorizada.

María Antonia salió en ese momento de la tienda con la falda remangada y pisando con cuidado para evitar los trozos de cristal.

—Está todo, doña Eulalia, ya lo he comprobado.

La mujer miró a sus alumnas, que se agolpaban a su alrededor. Beatriz acababa de llegar y se puso al lado de Almudena, sin hacer preguntas.

—Alguien ha hecho esto hace apenas un rato. He oído el estruendo y he bajado corriendo, pero ya se habían marchado.

—¿Algún gamberro? —Teresa movió la cabeza incrédula.

Luz tenía los ojos llenos de lágrimas y doña Eulalia le puso una mano en el hombro.

—Peor. Han dejado una nota.

Y les enseñó un papel. Solo contenía una frase, en letra grande y temblorosa:

Fuera de nuestro barrio, no te queremos aquí.