Capítulo 4
Los días transcurrían veloces. Pasaron las semanas, luego los meses y, para cuando Almudena quiso darse cuenta, ya casi estaban en Navidad.
El trabajo en el taller era exigente y duro, pero ella se sentía feliz con su vida.
Le gustaba su nueva rutina: desayunaba con su padre, cosía, volvía a casa a comer y regresaba a la escuela hasta media tarde.
Después adecentaba la casa y preparaba la comida para el día siguiente. Y así un día tras otro.
Iba y volvía con Teresa, su amiga desde niña.
Las muchachas del taller habían formado un buen grupo y al salir solían dar un paseo hasta la plaza del Carmen, donde ya empezaban a recoger los puestos, para hacer alguna compra de última hora o para caminar un poco después de pasar todo el día sentadas.
Los fines de semana se acercaban hasta la Puerta del Sol, el Prado bajo o incluso la pradera de San Isidro, y se sentaban en corro para ver pasar los carruajes y observar a las damas.
Comentaban los vestidos que llevaban y sus tocados, y soñaban con, algún día, coser ese tipo de ropa.
En ocasiones, incluso Luz las acompañaba, pues doña Eulalia le daba un rato de descanso.
Ese mes de diciembre hacía mucho frío y cuando salían del taller era casi de noche, pero eso no les impedía seguir con su rutina.
Con una buena basquiña de paño negro y un manto de humo bien sujeto alrededor de los hombros, no había frío que se les resistiera.
Almudena llegaba a casa justo cuando Domingo cerraba la tienda y, mientras ordenaba el género, limpiaba y hacía la caja, ella subía a casa y lo organizaba todo.
Era una vida sencilla pero agradable. Almudena estaba satisfecha, si no fuera por los constantes ataques del gremio de sastres, que no veían con buenos ojos que las mujeres se hubieran introducido en su sector con tanta fuerza.
—¡Domingo, te digo que es un problema!
Almudena entró en la tienda con la cabeza gacha y dejó que el manto resbalara hasta sus hombros.
Reconoció al hombre que acababa de hablar: era oficial de Luis Zamora, un sastre cuyo taller se ubicaba calle abajo, a varias manzanas del taller de doña Eulalia.
También era una de las voces más críticas contra su maestra y capitaneaba el movimiento del gremio en el barrio contra las costureras y las modistas.
—Pero, Benito, por favor. Las mujeres siempre han cosido, ¿no querrás decirme ahora que se lo quieres prohibir? Hola, Almudena. ¿Has tenido un buen día?
El hombre saludó a Almudena con un seco gesto de cabeza y ella se lo devolvió sin apenas levantar la mirada. Contestó a su padre y se dirigió hacia la escalera que subía a su casa.
—Tu hija, sin ir más lejos —oyó que decía Benito—. ¿Podrá ser oficiala? ¿Maestra? ¡A qué hemos llegado!
Almudena se quedó sentada en los primeros escalones. Estaba al corriente del conflicto abierto entre el gremio y las costureras y quería saber qué decía aquel hombre.
—¿Prefieres que todo siga como antes? ¿Que solo los hombres sean maestros y sus mujeres cosan sin ningún reconocimiento?
—Es un trabajo familiar, Domingo.
—¿Y si mueres, Benito? Tú no tienes taller propio, pero, si lo tuvieras, tu mujer quedaría desprotegida, no podría continuar con el trabajo que siempre ha desempeñado.
Eso por no hablar de que tendría que casarse con un miembro del gremio para poder mantener el taller abierto al público, ¿eso te gustaría?
—Las cosas siempre han sido así —dijo el hombre, con voz tensa—. Lo que no está bien es la intrusión en terrenos masculinos. Además, mira todas esas modistillas francesas que aparecen como champiñones y que tanto gustan a la futura reina.
—Bueno, Benito, me temo que no nos vamos a poner de acuerdo en este tema. Tú quieres que nada cambie y yo quiero que mi hija tenga un futuro. Vamos a dejarlo aquí. —Su padre rara vez perdía los nervios, pero Almudena percibió en su tono que estaba muy cerca de perderlos—. Tengo que cerrar.
Los pasos del oficial se dirigieron a la puerta.
—Lamento oír eso. Si sigues apoyando a esas mujeres, tal vez don Luis tenga que dejar de abastecerse de telas en tu negocio.
—Haced lo que tengáis que hacer —respondió Domingo con voz fría.
La puerta se cerró, Domingo echó la llave y Almudena subió a casa.
Poco después apareció su padre con un cántaro de agua fresca que acababa de coger del pozo.
Almudena ya había reavivado el brasero y la cocina comenzaba a caldearse.
Su padre se sentó a la mesa mientras ella acercaba el puchero a las brasas para calentarlo.
—¿Tan grave es? —le preguntó, poniendo sobre la mesa una jarra de vino y un vaso.
Domingo se sirvió, dio un trago largo y se lo pensó muy bien antes de responder.
—La gente que vive cómoda en una situación no suele querer que esta cambie —dijo al final—. Debes comprender que es difícil renunciar a los privilegios, hija mía.
—Pero hay trabajo para todos —dijo ella.
—Ellos no lo ven así. Lo único que ven es que, con la cédula que ha salido, las mujeres tienen derecho al libre ejercicio de estos oficios. Tú podrás ser costurera, podrás colocar un cartel en la puerta, y no tendrás que ocultarte detrás de tu marido.
—Aun así, nunca seré maestra. No puedo acceder al gremio, solo trabajar por libre.
—Pero eso a la gente le da igual. Si haces bien tu trabajo, acudirán a ti, aunque seas oficiala.
—Además, yo nunca podré igualarme a un sastre. Doña Eulalia, tal vez…
Domingo suspiró.
—Doña Eulalia es el origen del conflicto en este barrio. Cuando murió su marido, ella debería haber cerrado el taller o haberse casado con otro maestro para mantenerlo en marcha. Ahora, sin embargo, puede anunciarse como costurera y seguir adelante. Y eso es una amenaza para el gremio.
—Y además, enseña —concluyó Almudena.
—Exacto. Se examinó en el Consejo de Castilla para obtener el título. Es una amenaza por partida doble. No la van a dejar en paz, Almudena. Ella ya lo sabe, pero conviene que tú estés preparada también.
—Lo estaré.
Domingo estaba en lo cierto. Aunque ya habían oído comentarios maliciosos y amenazas veladas antes, poco a poco el ambiente se fue enrareciendo.
Una tarde, ya comenzado el año 1785, Almudena acudió, como tantas veces, con Teresa y Beatriz al mercado de la plaza del Carmen.
Estaba comprando legumbres y cebollas cuando una mujer pasó por su lado y dijo en voz alta:
—Mira, ahí van las modernas que se creen que pueden hacer el trabajo de los hombres.
En su tono se percibía ironía y desprecio. Teresa se giró como un rayo. Solía ser tímida, pero saltaba ante las injusticias como una fiera.
—El trabajo de las mujeres, pero reconocido, señora.
Aquella mujer bufó, se ajustó el manto y siguió su camino. La tendera miró a las chicas. Todo el mundo conocía a todo el mundo en el barrio y, por eso, sabía quiénes eran y dónde estudiaban.
—No le falta razón, ¿no estaríais mejor en casa ayudando a vuestros padres?
—Nuestros padres no necesitan nuestra ayuda, sino la tranquilidad de saber que tendremos un oficio sin depender de nadie —dijo Almudena, sin levantar la voz—. Y usted está aquí. No veo a su marido. Nunca lo veo, ahora que lo pienso.
—Murió en la guerra.
—Lo lamento. Por suerte, tiene un hijo varón que heredará el puesto y puede mantenerlo. ¿De qué viviría si no?
La mujer se quedó callada.
De camino a casa, Beatriz, que se había mantenido en silencio, habló:
—Mi padre dice que las modistas francesas alientan el lujo desmedido y que es escandaloso.
—Doña Eulalia no es ni modista ni francesa —respondió Teresa.
—Y aunque lo fuera. Si las damas gustan de esa moda, alguien tendrá que confeccionarla —dijo Almudena.
Beatriz no dijo nada más. Había destacado rápido en el taller. De hecho, Almudena y ella pronto habían demostrado una habilidad muy superior al resto. Beatriz era, además, ambiciosa, y Almudena sabía que, en secreto, aspiraba a ser modista y no quedarse en costurera. Le extrañó el comentario.
—Tú siempre has defendido a las modistas, Beatriz.
La joven asintió.
—Y lo sigo haciendo. Solo repito lo que se comenta por ahí. María Luisa de Parma tiene un gusto muy afrancesado y, por lo que dicen, hace un enorme gasto en pedidos a madame Rose Bertin, la modista de María Antonieta.
—Sí, eso he oído —dijo Almudena.
Las chicas continuaron hablando de sus cosas y el desagradable incidente del mercado quedó en el olvido.
Un par de semanas después, Almudena y sus compañeras estaban en el taller cosiendo unas mangas cuando llamaron a la puerta de entrada.
María Antonia avisó a doña Eulalia y, por el tono que usó, la maestra supo que ocurría algo.
Dejó a las chicas solas y pasó al otro lado de la mampara que separaba el taller de la escuela.
—Buenas tardes, don Luis. ¿Qué se le ofrece?
Las chicas dejaron la labor y aguzaron el oído.
—Buenas tardes, Eulalia. —A ninguna se le escapó que no había utilizado el «doña» con el que solían llamarla por respeto—. Imagino que sabrá a qué he venido.
—Pues no —respondió ella, con voz suave—. ¿Tal vez quiere que colaboremos en algún proyecto? La condesa de Villamayor está renovando vestuario y necesita todas las manos disponibles, según he oído.
Don Luis bufó.
—¡Por supuesto que no! Me basta con las manos que tengo en mi taller. Al menos la condesa sabe de la importancia de un buen sastre, lo que no está de más en estos tiempos aciagos en que cualquiera coge una aguja.
Doña Eulalia esperó en silencio, sin responder a la provocación. El silencio se alargó, pero si don Luis pensaba que con ello iba a obtener alguna respuesta de la maestra, se equivocaba. Beatriz y Almudena se miraron, tensas. Al final, el sastre resopló.
—Vengo a exigirle que cierre de una vez esta vergüenza de taller.
Doña Eulalia extendió su mutismo un poco más. Luego habló.
—Don Luis, usted era compañero de mi marido.
¡Se llevaban bien! Sabe cuántas veces era yo la que cosía sus diseños.
Incluso cortaba los patrones. Su esposa misma, si no recuerdo mal, hace lo propio en el taller de usted.
¿Por qué le ofende tanto que yo siga haciendo lo que hacía antes de la muerte de Eliseo?
—Porque con él al frente era distinto. Honroso. No esto.
La risa de doña Eulalia, suave, llegó hasta ellas.
—Lamento que lo vea así, pero no voy a echar por tierra décadas de esfuerzos solo porque usted y unos cuantos como usted se hayan quedado anclados en el pasado. ¡Esto es el progreso! No hago nada malo, actúo conforme a la ley y no pienso dejar de hacerlo.
—¿Y esa escuela que ha montado? ¡Lo que faltaba, llevando a jovencitas por el mal camino!
—Don Luis, usted sabe que aprobé el examen para ser maestra de niñas. Me ocupo de su educación y también de velar por su decencia y su moral. No encontrará nada que echarme en cara en eso tampoco.
—¡Todo lo que usted hace aquí es censurable! Le aconsejo que se pliegue al sentido común y abandone su empeño.
Doña Eulalia levantó un poco, solo un poco, el tono, tal vez para dejar claro que se estaba hartando de esa situación.
—Es de sentido común de lo que veo que carece el gremio. Muy bien, le he escuchado con respeto, don Luis. Ahora, si me disculpa, mis alumnas me esperan.
—Habrá consecuencias —respondió él con voz tenebrosa.
—Tengo la ley de mi parte. Estaré preparada.
La puerta sonó como un puñetazo al cerrarse.