Capítulo 3
El toque de prima la despertó, como todas las mañanas, a las seis. Las campanadas del convento del Carmen y de la iglesia de San Luis confluían a lo largo de la calle y, para quien tenía el sueño ligero, se hacía difícil permanecer en la cama.
Almudena llevaba rato con los ojos abiertos. Su noche había estado cuajada de sueños confusos y muy vívidos en los que se mezclaban el taller de doña Eulalia con los recuerdos de su madre, los dibujos de la libreta y un nombre, repetido una y otra vez: «Isabel».
Parpadeó y se estiró en la cama. No tenía tiempo de pensar más en eso. A las siete empezaba la jornada y no quería llegar tarde el primer día.
Por la ventana entraba luz suficiente para moverse por la casa y, sin encender el candil, se aseó con el agua que reservaba en la jofaina y se vistió antes de salir de su alcoba.
Domingo apareció casi a la vez. A las siete ya solía estar en la tienda para organizar pedidos, recibir la mercancía o adelantar trabajo. Y también, esto lo sabía Almudena, aunque su padre nunca lo había admitido, para estar entretenido, hablar con los vecinos y no sentirse solo en su propio hogar.
Almudena cortó pan, lo untó en aceite y partió un trozo de queso. Domingo sacó vino para él, y para ella tenía preparada una pequeña sorpresa. Vicenta llamó a la puerta y abrió con la confianza que da la costumbre. Llevaba un recipiente en las manos.
—Aquí tiene, Domingo —dijo—. Buenos días, Almudena. Espero que tengas un buen primer día de enseñanza.
Aprovechó para coger los ingredientes para el puchero, ya que cocinaría para padre e hija a cambio de una ración para ella y su hijo pequeño, y se marchó apresurada.
Sus días comenzaban temprano y terminaban tarde.
Vicenta no era mayor. De hecho, era más joven que Domingo, pero se quedó viuda muy pronto.
Almudena apenas recordaba a su marido, un hombre serio y trabajador que murió arrollado por un carro mientras hacía una entrega.
Vicenta se encontró con dos hijos pequeños y sin un oficio.
Así que sobrevivía ayudando a sus vecinos: remendaba, cocinaba, limpiaba y cuidaba niños con todo su cariño a cambio de un par de monedas, tela para hacerse vestidos o, en la mayoría de los casos, un plato de comida para ella y su familia.
No había pasado hambre porque era una buena mujer que supo hacerse un hueco en el barrio, pero desde luego tampoco tenía una vida fácil, y eso se reflejaba en su cara arrugada y su ceño fruncido de manera permanente.
Almudena miró el recipiente que Vicenta había dejado encima de la mesa. Su padre lo destapó.
—¡Chocolate! —exclamó la joven—. Pero, padre, ¿y este lujo?
Su padre sonrió.
—Hoy comienzas tu formación, hija. Es un día importante. Vamos a empezarlo con alegría.
Ella asintió y tomó el tazón. Olía dulce y denso. Disfrutó del sabor en la lengua y del calor que le recorrió la espalda. Luego miró a su padre.
—A partir de esta tarde prepararé yo la comida del día siguiente. Ya está pagando por mi educación, no quiero que cargue con un gasto adicional.
—Como quieras —dijo él—. Pero a Vicenta le viene bien la ayuda, deja que algún día se encargue ella.
Almudena salió a la calle con un nudo de nervios en el estómago.
Aunque no era alguien que se dejase llevar por elucubraciones, su cabeza iba a toda velocidad: ¿se llevaría bien con sus compañeras?
Con Teresa sí, claro, pero ¿y las otras?
Su madre le había enseñado a coser cuando era muy niña, ¿doña Eulalia lo vería como algo positivo o prefería enseñar desde cero?
—¡Buenos días!
Teresa, con la energía que siempre derrochaba, se puso a su lado con una sonrisa deslumbrante. Vivían a dos puertas de distancia, así que era normal que coincidieran en el camino.
—¿Nerviosa? —preguntó, adivinando los sentimientos de su amiga.
Almudena asintió.
—Un poco.
Teresa empezó a parlotear sobre el trabajo en el taller hasta que llegaron a la puerta.
—¡Venga, vamos! —dijo ella—. No querrás que entremos las últimas.
Una vez dentro, los ojos de Almudena tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra del lugar.
El taller que había sido del marido de doña Eulalia constaba de dos estancias que daban a la calle, una de las cuales la maestra había convertido en escuela.
En la primera sala, una larga mesa de madera de pino se asentaba sobre un suelo rojizo y presidía el espacio.
Anaqueles, estantes y cofres ocupaban el resto, de manera similar a la trastienda de Domingo.
Aunque había despuntado el día, el sol todavía era débil, por lo que María Antonia, la oficiala a sueldo de doña Eulalia, había prendido un candil para empezar a organizar la jornada y el fuerte olor del sebo llegó hasta su nariz. Teresa entró detrás de ella y pasó por su lado.
—Buenos días, María Antonia —dijo.
La mujer, que había pasado ya la barrera de los treinta y tenía una expresión seria y concentrada, saludó con educación a las dos recién llegadas.
Teresa se encaminó hacia la mampara que separaba el taller de la escuela, y Almudena la siguió en silencio.
Al cruzar a la otra sala el ambiente cambió.
Había más desorden, pero también más vida.
Varias sillas rodeaban una mesa baja que había conocido tiempos mejores.
Una niña de unos nueve años hablaba en voz baja con otra de la misma edad que Almudena, sentadas en sendos taburetes.
Una mujer de unos cincuenta años, vestida de paño negro y con el pelo oscuro veteado de gris sujeto en un moño tirante, observaba una camisa blanca a la luz de otro candil, acomodada en una banqueta un poco separada de la mesa. Levantó la vista al oírlas entrar.
—¡Ah, bien! Ya estáis aquí. Teresa, acompaña a Almudena a su silla. Bienvenida.
Apenas se habían sentado cuando oyeron la puerta de entrada y luego la voz de María Antonia.
Enseguida otra joven apareció tras la mampara y se quedó de pie, mirando a su alrededor, con los labios apretados y la barbilla un poco levantada.
Llevaba un vestido de buena tela y el cabello rubio dorado recogido, como todas ellas, en un moño bajo en la nuca.
Era preciosa, la joven más hermosa que Almudena hubiera visto nunca.
Sus brillantes ojos azules destacaban por ser poco comunes, y también por atentos y calculadores.
Le dio la impresión de que estaba nerviosa y hacía grandes esfuerzos por ocultarlo.
—Hola, Beatriz —dijo doña Eulalia con voz cálida—. Siéntate en la silla que queda libre, por favor.
Almudena creyó ver que la joven se frotaba las manos en las faldas, como si las tuviera frías o sudorosas; un gesto tan rápido que casi pareció un espejismo. Cuando la recién llegada se hubo acomodado, doña Eulalia se levantó y se acercó a la cabecera de la mesa.
—Bien, niñas. Como veis, hoy se unen dos alumnas nuevas. Espero que las acojáis bien y seamos una gran familia. Beatriz, Almudena, estas son Teresa, Manuela y la pequeña Luz. Y ahora, antes de empezar, recemos.
Las niñas se tomaron de las manos. Teresa recitaba con la cabeza agachada en recogimiento.
Beatriz, como si en lugar de rezar estuviera exigiendo algo que merecía por nacimiento.
Manuela, a quien Almudena reconoció de haberla visto por el barrio, oraba con soltura y determinación, y Luz reprimió un bostezo y trató de no perder el hilo de la plegaria. Al acabar, doña Eulalia se incorporó.
—Hora de trabajar —dijo sin levantar la voz—. Teresa, enseña a Almudena a hacer el dobladillo del derecho. Tu padre me ha dicho que sabes coser, ¿es cierto?
Almudena asintió.
—Así es, doña Eulalia. Mi madre me enseñó de niña.
—Bien, veremos si es suficiente. Luego revisaré el dobladillo.
—¿Y yo? —preguntó Beatriz, con un punto altivo.
—¿Cuánto sabes de costura? —preguntó la maestra.
—Lo bastante para hacer un dobladillo —respondió la joven con seguridad—. También a mí me ha enseñado mi madre.
—Tú comenzarás por hilvanar esta pieza. Manuela, explícale los pasos. Dentro de un rato cambiaremos. Luz, trae los materiales y sigue con el pespunte que dejaste ayer a medias.
La pequeña se levantó corriendo a cumplir el encargo.
—Vive con ella a cambio de su trabajo —explicó Teresa en voz baja.
Almudena asintió y no dijo nada más. Por lo que sabía, doña Eulalia cobraba por enseñar. Si los padres de Luz no podían pagar, o ni siquiera mantenerla, era un arreglo habitual que la aprendiza trabajase a cambio de alojamiento, manutención y educación.
El silencio cayó entonces sobre aquella sala, solo roto por el sonido de las tijeras y la aguja atravesando la tela.
Almudena no había mentido: sabía coser, pero hacía años que no practicaba más allá de zurcir algún descosido.
Desde la muerte de su madre, para ser exactos.
Se sintió un poco torpe, pero prestó atención a todo lo que le decía Teresa.
—Eso es, doblamos la tela al ancho de un dedo. Humedece el hilo para que no se enrede. No tires tanto, que se va a fruncir.
Almudena pronto cogió soltura y cosió el dobladillo antes de lo que pensaba. Levantó la cabeza y sonrió orgullosa a su amiga. Al otro lado de la mesa, Beatriz también había terminado.
Doña Eulalia, que había permanecido muy atenta al principio para corregir cualquier desviación o decirles en qué postura coserían más cómodas, las había dejado después a su aire, en vista de que se manejaban bien.
Había entrado una clienta al taller y ella salió de la clase para atenderla.
El sonido de su voz llegó claro hasta ellas.
—No puedo prometer que este corpiño esté ajustado para el domingo, señora. He de acabar otro encargo antes y María Antonia también está ocupada con ese vestido, pero si mis niñas cosen deprisa, tal vez lo tenga a tiempo.
Su voz era firme y segura, y la clienta aceptó sus condiciones. En cuanto se marchó, la maestra volvió al taller, donde se encontró a las cinco inmersas en una animada charla. No le gustaba que se perdiera el tiempo, pero tampoco quería ser muy dura.
—Luz, trae un poco de agua, por favor. Veamos.
Observó las puntadas de Almudena y asintió, satisfecha.
—Tienes una mano firme. Muy bien.
El trabajo de Beatriz también recibió su aprobación. Entonces la maestra sacó el corpiño y lo colocó sobre la mesa.
—Me alegra ver que todas tenéis un nivel muy similar. Acercaos, os voy a enseñar a ajustar una pieza.
La mañana pasó tan deprisa que, cuando doña Eulalia paró para la pausa, Almudena se sorprendió.
—Bien, basta por ahora. Las de casa, a comer. Luz, ven conmigo.
Cuando Almudena llegó a la tienda, contestó a todas las preguntas de su padre con una sonrisa emocionada.
Luego pasó por la casa de Vicenta para recoger el puchero e incluso tuvo un rato para descansar antes de volver al taller.
Las horas de la tarde se pasaron aún más rápido que las de la mañana y, para cuando quiso darse cuenta, ya se estaba marchando entre comentarios y risas con las compañeras, dejando a Luz con la escoba en la mano.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Teresa, camino a casa.
—Creo que voy a aprender mucho ahí. Y las chicas parecen simpáticas.
—Lo son —dijo su amiga—. Manuela es muy divertida, aunque doña Eulalia trata de pulir un poco ese carácter de maja que tiene.
Y Luz es toda inocencia. Espero que la vida no se la arrebate demasiado pronto.
Ha tenido suerte de caer en casa de doña Eulalia, aunque, desde luego, trabajo no le falta. En cuanto a Beatriz…
Almudena sonrió.
—También era su primer día, y no tenía el apoyo que tengo yo contigo. Seguro que será una buena amiga en cuanto nos conozcamos un poco más.
—Eso espero —dijo Teresa, no muy convencida—. De verdad que sí.