La costurera de la reina Capítulo 2
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Capítulo 2

Domingo había cumplido su promesa y al día siguiente habló con doña Eulalia. Esa misma tarde, cuando cerró la tienda y subió a casa, donde Almudena ya lo esperaba con la cena preparada, le comunicó que empezaba al día siguiente.

—¿Ya? ¿Tan pronto? —preguntó Almudena, confusa.

Su padre asintió.

—Sí, ya sé que no es lo habitual, pero doña Eulalia y yo hemos llegado a un acuerdo enseguida, así que no tiene sentido esperar.

Dice que le conviene dejarlo cerrado cuanto antes —añadió Domingo—.

Parece que algunos oficiales del gremio están muy pendientes de todo lo que hace.

Además, mañana empieza también otra alumna, y supongo que para ella es más fácil enseñar los primeros pasos a las nuevas aprendizas a la vez.

La joven sintió que un nudo de nervios se alojaba en su estómago. Tenía muchas ganas de empezar, pero también sentía incertidumbre por esta nueva etapa.

Cenaron en silencio, porque su padre se dio cuenta de su estado y respetó su mutismo. Pero cuando acabaron de cenar, mientras Almudena retiraba los platos y los dejaba en remojo en un barreño con agua del pozo, él se levantó.

—Espera aquí —dijo.

Entró en su alcoba y volvió a salir con una cajita en las manos. La miró como si le costase desprenderse de ella, y luego se la tendió a Almudena.

—Toma esto, hija —dijo—. Era de tu madre. Aquí guardaba sus útiles de costura. La tengo guardada en el arcón desde que… —carraspeó—, desde que ella nos dejó, y nunca la he abierto. Pero creo que le gustaría que la tuvieras tú.

Almudena se acercó y la tomó con dedos temblorosos. Apenas pudo mirar a su padre.

—Gracias, significa mucho para mí.

La joven se retiró a su alcoba. Todavía no era noche cerrada, aunque casi no quedaba luz.

Encendió un candil con una brasa que había cogido del brasero y colocó un espejo detrás para amplificar la luz.

El aceite era caro, pero sentía que debía abrir esa caja en ese momento y no esperar a la mañana siguiente, y una vela no iluminaba lo bastante. Sabía que su padre lo comprendería.

La caja era de madera y estaba pintada de colores fuertes: verde, azul y amarillo se mezclaban dibujando hojas y flores en un diseño exótico e intrincado. Almudena pasó los dedos sobre la tapa. Cerró los ojos un instante y se preguntó si tal vez fue su madre quien pintó esos motivos.

Entonces contuvo el aliento y abrió la tapa.

Había dedales, agujas e hilos de varios tipos. Almudena fue sacando todos los elementos, los cogía y los observaba con atención, consciente de que su madre había trabajado con ellos años atrás. Se sintió conectada con ella.

«¿Qué pensarías del camino que he elegido, madre? ¿Estarías de acuerdo en que siguiese tus pasos, o habrías preferido algo distinto para mí?». Volvió a suspirar.

—Haga lo que haga, lo haré bien —dijo en voz alta, mirando al cielo.

Iba a meterlo todo en la caja cuando vio algo extraño.

Era como si el interior fuese demasiado pequeño, demasiado angosto.

Por fuera, la caja parecía más grande. La levantó para mirarla de cerca, le dio la vuelta, la observó por delante y por detrás, y entonces, cuando estaba palpando el interior, notó que presionaba una palanquita y el fondo se levantó con un chasquido.

Almudena dejó la caja en la mesa, se levantó y dio un paso atrás, asustada.

¿Había un doble fondo? Esas cosas servían para ocultar secretos.

¿Su madre tenía algo que esconder a los ojos de los demás?

¿De ella? ¿De su padre? Se frotó las manos, caminó hasta la ventana, que daba al patio apenas iluminado por un candil a la entrada, que se apagaría en breve.

Después miró la puerta y valoró si ir a contárselo a su padre.

Pero si su madre conservaba esa caja, tal vez lo que hubiera allí dentro en verdad merecía estar a resguardo.

Almudena dejó de retorcerse las manos, las frotó contra su falda y se acercó de nuevo a la mesa.

Se sentó y tomó la cajita en las manos, con el corazón martilleándole con fuerza en el pecho.

Terminó de levantar la plancha de madera que dividía el fondo y dentro encontró dos cosas: una pequeña libreta con tapas de cuero y una carta.

Las sacó y las dejó sobre la mesa. Quiso empezar por la carta, pero todavía no se sentía preparada para lo que pudiera descubrir.

La libreta, sin embargo, la recordaba. Su madre la guardaba como si fuera su mayor tesoro y nunca dejó que nadie la tocara.

Casi daba la impresión de que la escondía cuando la sorprendían con ella.

Una vez la ojeó mientras su madre descansaba en la cama, cuando ya estaba enferma.

Los dibujos eran extraños, casi hipnóticos. Florituras, volutas, curvas…, motivos que parecían esconder algo. «Madre, ¿qué significan?», le preguntó cuando ella abrió los ojos.

María se la quitó con delicadeza, no con enfado pero sí con prisa.

«Son diseños antiguos, de cuando yo…», se detuvo, como si hubiera hablado de más.

«No importa. No debes enseñárselo a nadie.

Y nunca, jamás, permitas que esta libreta salga de casa.

Promételo». «¿Por qué?». «Porque hay dibujos que pertenecen a ciertos lugares…

y no conviene que salgan de aquí», respondió ella.

Almudena no lo entendió, pero prometió lo que le pedía su madre, aunque jamás olvidaría el miedo que vio en sus ojos.

Así que abrió la libreta. En ella solo había dibujos, los que recordaba de forma vaga.

Volutas, líneas, espirales y otras filigranas aparecían dispuestas en bloques sin relación aparente.

Delante de cada trazo, un número. Solo eso, sin ninguna aclaración.

Había tres páginas con esos motivos. Intentó encontrar un patrón, algo que explicara lo que estaba viendo, pero nada. No parecía tener sentido.

Pasó las páginas hasta el final, las miró del derecho y del revés por si descubría algo, pero nada.

Resopló frustrada. ¿De qué servía haber encontrado aquello si no sabía qué significaba?

Sus ojos se desplazaron entonces hacia el papel amarillento doblado en cuatro que había sobre la mesa. Lo tomó en las manos.

Le parecía un sacrilegio desdoblarlo y leer algo que perteneció a su madre y que ella había decidido esconder.

Pero, por otro lado, si lo había conservado, tal vez fuese porque lo consideraba importante.

Incluso quizá hubiese planeado dárselo a su hija cuando llegara el momento adecuado.

Sea como fuere, debía tomar una decisión.

Almudena no era alguien que funcionase por impulsos. Pensaba muy bien las cosas antes de tomar una decisión, y en aquel momento decidió seguir su instinto. Con manos temblorosas, desplegó el papel.

Como suponía, era una carta. Por suerte, en la iglesia parroquial le habían enseñado a leer, además del catecismo.

Leía con fluidez y, algo más raro, sabía escribir.

En la escuela, la escritura no era una enseñanza fundamental, pero su madre, que leía, escribía y sabía muchas más cosas de lo normal, se encargó de que practicara hasta que consiguió que lo hiciera si no con facilidad, sí con cierta confianza.

Sus ojos se desplazaron por el papel amarillento y se abrieron con sorpresa cuando comenzó a leer:

Querida Isabel:

Hace ya meses que no estás y todos aquí te echamos de menos.

Sé que no debería comunicarme contigo, pero no puedo evitarlo.

Te echo en falta, hermana, y, aunque sé que tu vida es mejor ahora de lo que hubiera sido de haberte quedado, sigo pensando qué hubiera sido de nosotras de haber podido seguir juntas. Qué hubiera sido de mí.

En fin, no volveré a escribirte, sé que es peligroso. Pero quiero que sepas que no pasa un día sin que madre te recuerde. Padre no habla de ti, creo que no se siente capaz, pero sé que también te añora.

Estate tranquila: guardaré tu secreto como te prometí que haría. Espero que seas feliz y que, aunque sea solo de vez en cuando, recuerdes a tu hermana, que te quiere.

Mariana

Dejó caer el papel y se quedó mirando la llama en la boca del candil hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas.

No sabía qué pensar. ¿Quién era Isabel? ¿Quién era Mariana?

¿Era su madre? Pero se llamaba María, nunca oyó que nadie se dirigiera a ella por ese nombre.

Y si ella firmó esa carta, ¿por qué no llegó a enviarla?

Almudena era práctica y meditaba las cosas antes de actuar, pero también era decidida cuando algo se le metía en la cabeza.

Las campanas del convento del Carmen Calzado comenzaron a repicar.

Almudena dio un respingo. Habitualmente rezaba una pequeña plegaria por los muertos cuando oía el toque de ánimas, antes de seguir con sus oraciones habituales y meterse en la cama.

Pero ese día se levantó de la silla y salió de su cuarto.

Llamó a la puerta de la alcoba de su padre y esperó a que este le diera permiso para entrar.

Domingo estaba sentado a una mesita junto a la ventana y escribía en un papel a la luz de una vela. El fuerte olor a sebo quemado impregnaba la estancia. Su padre levantó la mirada y la fijó en la cara de su hija.

—¿Qué sucede?

Ella no dijo nada, pero le tendió la carta.

Domingo la leyó, aunque tardó tanto que Almudena llegó a pensar que lo que hacía era preparar lo que diría a continuación. Cuando ya le empezaba a inquietar su prolongado silencio, Domingo levantó la cara.

—¿Qué quieres saber?

—¿Quién es Isabel?

Domingo volvió la vista hacia la ventana. Fuera, jirones rosados y violetas jalonaban la oscuridad del cielo. La luz de la vela dibujó una línea tensa en su mandíbula. Durante un segundo, Almudena tuvo la certeza de que su padre había dejado de respirar.

—No lo sé.

—Pero madre guardó esta carta en un compartimento secreto de su caja durante años. Algo querrá decir.

—Tu madre no era una mujer común, hija mía. No sé quién es la destinataria de la carta ni tampoco quién la firma. Y, desde luego, no sé por qué la guardó. A veces la gente deja en la tienda cartas para otras personas porque no pueden dárselas en mano, o por otros motivos. Tal vez sea el caso.

Almudena sacudió la cabeza.

—Eso no tiene sentido. ¿Para qué iba a guardar madre una carta que no tiene nada que ver con ella?

Domingo se encogió de hombros.

—No lo sé. No puedo saber qué le pasaba a tu madre por la cabeza cuando guardó esa carta. Lo siento. —Se levantó, cogió la vela y la colocó en una banqueta al lado de la cama—. Es tarde. Hora de rezar y dormir, Almudena.

Pareció que la joven iba a decir algo, pero su padre la interrumpió.

—No pierdas el tiempo con asuntos vanos. Mañana es un día importante para ti.

Entonces se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla. Almudena supo que la conversación había terminado.

—Buenas noches, padre —dijo.

De vuelta en su alcoba, releyó la carta.

Sabía que su padre se había callado algo, al igual que sabía que no conseguiría sonsacarle nada más.

Así pues, decidió no hablarle del cuaderno con los símbolos extraños, volvió a guardar ambas cosas en la cajita y la cerró.

Luego se quitó el pañuelo de pecho, el justillo, la falda y las enaguas, y, solo con la camisa, se metió en la cama.

Aunque su cabeza no dejaba de dar vueltas a aquella carta, pronto la venció el sueño y cerró los ojos.