Capítulo 1 #2
Se levantó y sacudió su falda, como si con eso se quitara de encima todas las dudas y preocupaciones.
Se dirigió a la parte trasera de la trastienda, a la puerta que comunicaba con el patio.
Prefería salir por allí y no cruzar por la tienda; oía a su padre atender a un par de mujeres del barrio y no le apetecía mantener una conversación intrascendente con sus vecinas.
El patio interior de la casa era angosto, pero a Almudena le gustaba. Dos vecinas se quejaban junto al lavadero porque alguien había dejado el barreño ocupando la pila.
—Es que ya no se respetan ni los turnos —protestaba Brígida—. No es tan difícil lavar la ropa cuando te toca, digo yo.
Vicenta asintió sin contestar. Almudena pasó de largo sin intervenir; en aquella casa, las pequeñas tensiones eran casi tan habituales como el repicar del pozo.
El patio era el centro neurálgico, donde se juntaban todas las mujeres para lavar, tender o hablar del día a día.
En el centro estaba situado el pozo que abastecía toda la casa de agua fresca.
A un lado, el lavadero, y al fondo, las letrinas.
Esa mañana hacía fresco, así que no encontró a nadie aseándose.
Esos menesteres se llevaban a cabo en cada casa particular, excepto cuando el calor apretaba, y entonces se podía ver a la señora Vicenta ayudando a Rosa, la vecina de enfrente, a lavarse el pelo, o a Pedro y Manuel jugando a las tabas o a la pelota entre recado y recado.
Se cruzó con Pedro, el hijo de Vicenta, que a sus doce ya trabajaba como mozo del zapatero del local contiguo a la tienda de su padre.
Su jornada empezaba con el sol, como la de la mayoría de los comercios del barrio, y bajaba corriendo por las escaleras del patio con el pelo alborotado y la camisa por fuera.
—¡Buenos días, Almudena! —le dijo al pasar.
—Nos hemos dormido, ¿eh? —respondió ella riéndose. Don Julián, el zapatero, era un hombre muy amable que no se enfadaría con él por llegar tarde—. ¡Que tengas buen día! —le dijo mientras él desaparecía por la puerta que comunicaba con la zapatería.
Ella giró hacia el pasillo que llevaba al portal y salió a la calle.
El barrio ya se había puesto en movimiento.
Las mujeres salían de los portales camino a la plaza para abastecerse o a sus puestos de trabajo, los tenderos se asomaban a las puertas para dar los buenos días a los transeúntes y los mozos corrían llevando y trayendo mercancías o haciendo recados.
Era un barrio humilde, pero con mucha vida.
Los vecinos se ayudaban unos a otros y no dejaban que nadie pasara hambre si podían evitarlo.
La vida no era sencilla, pero estaba llena de momentos que merecían la pena.
Al menos, eso era lo que creía Almudena.
—¡Buenos días!
Una joven de su misma edad, con el pelo castaño claro recogido en un moño tirante bajo la cofia, se colocó a su lado y le dirigió una sonrisa deslumbrante.
—¡Teresa! ¿Vas hacia el taller? Es un poco tarde, ¿no?
La joven asintió.
—Sí, mi madre está enferma y he tenido que ir al mercado y dejarlo todo listo antes de entrar al taller. Doña Eulalia ya sabe que a veces me pasan estas cosas, pero luego me quedo hasta más tarde para compensar.
Las muchachas caminaron juntas.
—He hablado con mi padre —dijo Almudena.
No dio más explicaciones, pero su amiga entendió enseguida.
—¿Ya le has contado que quieres aprender con doña Eulalia? ¿Y qué ha dicho?
Almudena sonrió.
—Le parece buena idea.
Teresa dio un gritito y comenzó a saltar a su lado.
—¡Qué bien! Pasaremos todo el día juntas. Además, doña Eulalia es una maestra dura, pero también justa. Enseña muy bien y tiene contactos para colocarnos después. ¿Cuándo empiezas?
—Aún no lo sé. Mi padre hablará con ella estos días, supongo que la semana que viene podría incorporarme.
Teresa no podía parar de sonreír.
—¡Qué ganas tengo! Además, seguro que haces migas con las otras, Manuela y Luz.
Como todas hemos empezado hace poco, nos estamos conociendo aún.
Y, por lo visto, parece que hay otra chica del barrio que también va a unirse al grupo.
Si somos más, seguro que la carga de trabajo disminuye —dijo, y le guiñó un ojo a su amiga.
Se despidieron al llegar a la puerta de la escuela.
El taller de sastre que había regentado el marido de doña Eulalia seguía abierto, aunque la placa había cambiado y ahora ponía: eulalia gómez, costurera.
viuda de eliseo gonzález, maestro sastre .
A través de los ventanales se veía a una oficiala cosiendo sentada a una mesa y a doña Eulalia revisando algunos bocetos.
Una puerta al fondo separaba el taller de la escuela. Teresa se despidió de su amiga.
—Nos vemos pronto.
Almudena continuó su camino hacia la plaza del Carmen.
Estaba al final de la calle, tan cerca de su casa que acudía a diario.
Dejó resbalar un poco el manto que llevaba sobre los hombros: en pocos minutos la temperatura había subido y sintió calor.
Pero entonces llegó a la plaza y se encontró a la sombra del convento del Carmen Descalzo.
Allí volvía a hacer fresco, así que se recolocó el manto y comenzó a pasearse entre los puestos, en los que compró verduras, lentejas y huevos.
En uno de los tenderetes, un par de mujeres comentaban en voz baja:
—Dicen que el corchete pasó ayer por la calle Mayor, que quieren meter en cintura a los vagos.
—Y subir el precio del pan otra vez…
Almudena fingió no escuchar; las quejas eran frecuentes desde hacía meses. Luego entró en la tahona de la esquina atraída por el olor a pan recién hecho.
Volvió a casa un poco cargada pero satisfecha.
Antes de entrar en el portal se detuvo a disfrutar de los rayos del sol.
El verano llegaba a su fin y las temperaturas bajaban.
Odiaba el frío y no tenía ninguna gana de que llegara el invierno, pero era inevitable, así que pensaba disfrutar del calor del otoño todo lo que pudiera.
El olor del pan subía desde la cesta y le dio un pellizco para probarlo.
Aún estaba tibio y el sabor ligeramente ácido de la miga la hizo salivar.
Se concentró en disfrutar de aquel momento.
—¡Se empieza por un pellizco y acabamos sin pan, señorita!
Abrió los ojos y se encontró a su padre en la puerta de la tienda, mirándola con los brazos cruzados, aunque su expresión desmentía la seriedad de su voz. Tapó el pan con la tela que lo cubría y sonrió a su padre con esa sonrisa que ella sabía que lo desarmaba.
—Dejo esto en casa y bajo enseguida a ayudarle —dijo, y se metió en el portal.
Sin duda, aquel iba a ser un buen día. Sin embargo, mientras subía los primeros escalones, detrás de ella oyó la voz aguda de Rosa, la vecina de enfrente, murmurando a Vicenta:
—Ya verás como esto acaba mal, con tanta mujer que se empeña en meterse en oficios de hombres. Luego vienen los disgustos.
Almudena fingió no escuchar, pero el comentario se le clavó en la nuca como una espina.