Capítulo 1
El olor a cera y humedad flotaba en la escalera estrecha y empinada, torcida por los años.
Almudena bajó despacio, sujetándose la falda con una mano para no pisarla.
Los escalones de madera crujían bajo sus pies.
A un lado, una cuerda gruesa servía de pasamanos improvisado.
Al otro, la pared estaba cubierta por una capa de hollín que ninguna escobilla conseguía borrar del todo.
Años de subir y bajar con una vela o una lámpara habían dejado una huella indeleble.
Cuando descorrió la cortina que daba paso a la tienda, el aire cambió, impregnado del aroma a madera pulida y tela recién cortada.
La luz que entraba por la puerta abierta la deslumbró y parpadeó para recobrar la visión.
Su padre estaba junto al mostrador, con el cuerpo inclinado y un rollo de tela en la mano.
La clienta, una mujer gruesa con un pañuelo verde anudado bajo la barbilla, observaba cómo desplegaba el paño de lana basta sobre la mesa.
Había rollos de tela apilados en las estanterías: bayetas grises, algodones crudos, una pieza de sarga azul que solo se ofrecía por encargo.
Las varas, codos y cuartas marcados en la madera de la mesa, gastados por el roce de años, brillaban con el reflejo del sol matutino de principios de septiembre.
—Almudena, ve a la trastienda y tráeme el trozo de estameña negra que quedó del pedido de las monjas —dijo su padre sin mirarla—. Lo dejé encima del arcón.
Ella asintió sin palabras, pasó entre los rollos con cuidado y desapareció tras la puerta entornada.
Conocía aquella tienda como si fuera una extensión de su cuerpo: desde el hueco en la estantería donde su madre solía guardar los retales pequeños hasta la pequeña caja de botones que ella misma había ordenado por colores una tarde de lluvia, ningún rincón de aquel espacio tenía secretos para ella.
Afuera, en la calle, la campana de la cercana iglesia de San Luis Obispo daban los buenos días.
La ciudad ya se había despertado y se oían las ruedas de los carros y los pasos apresurados por las aceras.
Dentro, sin embargo, reinaba la calma. El tiempo parecía no correr y su padre, parsimonioso, seguía midiendo aquella pieza con gestos contenidos y serenos.
Almudena pensó, mientras se dirigía al arcón para coger la tela que su padre le había reclamado, que no recordaba la última vez que lo había visto perder los nervios.
Siempre parecía dueño de sí mismo, tal vez incluso demasiado.
Aunque hacía años que tampoco lo había visto sonreír desde el corazón, como hacía antes, cuando madre aún estaba con ellos.
Sacudió la cabeza, suspiró, agarró el rollo de estameña y volvió a la tienda.
Otra mujer había entrado en ese lapso de tiempo. Las ojeras violáceas y el rictus de amargura en la comisura de los labios no conseguían eliminar la bondad en sus ojos tristes. Vio a Almudena y sonrió, y su cara se transformó.
—¡Buenos días, Almudena! Qué alegría verte en la tienda hoy. ¿Cómo estás?
—Muy bien, doña Dolores, muchas gracias por interesarse.
La joven se preguntó cómo había adivinado su padre que doña Dolores aparecería por la puerta y que necesitaría el rollo que le había pedido para un nuevo vestido de luto. Pero así era él, parecía adelantarse a las necesidades de sus clientas.
—Hay que ver cómo te pareces a tu madre —dijo doña Dolores, en un suspiro.
Almudena sonrió.
—Eso me dicen, al menos desde hace un par de años. Será que ya no soy una niña.
Doña Dolores asintió.
—Eres casi toda una mujer. Es una lástima que…
perdona —dijo, y se secó una lágrima de la esquina del ojo—.
No quiero hablar de cosas tristes. Estás muy guapa, Almudena.
Tienes los ojos de tu madre y su piel fina.
Dentro de poco, tu padre tendrá que hacer guardia para quitarte de encima a los pretendientes.
Domingo sacudió la cabeza y esbozó una mueca.
—Prefiero no pensar en eso, doña Dolores.
Cuando las dos mujeres se marcharon, Domingo se giró hacia su hija con una leve sonrisa en los labios.
—¿Qué haces aquí abajo?
Ella lo miró con sus grandes ojos color miel.
—Ya he terminado de arreglar la casa, padre. Ahora iré al mercado antes de ponerme con la comida, pero he pensado que igual necesitaba ayuda.
Su padre suspiró.
—No me gusta que vayas sola por las calles. No es seguro.
—Pero en el barrio todos nos conocemos, padre. No es como si estuviera en un lugar desconocido.
Domingo negó con la cabeza.
—Tienes catorce años, hija mía. Llevas cinco soportando el peso de la casa sobre tus hombros, desde que nos falta tu madre, y no es justo que te ocupes de todo.
—Padre, no me ocupo de la casa sola. La señora Vicenta lleva todos estos años haciéndose cargo, pero ya soy mayor y no me importa hacer más. Me gusta cuidarlo y ayudar en la tienda.
Por primera vez, Domingo la miró a los ojos como si fuera una adulta, no una niña.
Luego miró hacia la calle, salió de detrás del mostrador, se dirigió a la puerta y colgó el cartel de cerrado .
Después le hizo un gesto a su hija y pasaron a la trastienda, donde le indicó que se sentara en una silla.
Almudena se tensó. Aquello no era normal, y no le agradaban las sorpresas. No solían traer nada bueno.
—Doña Dolores tiene razón en una cosa: ya no eres una niña, hija mía —dijo su padre, tomando asiento frente a ella—.
Creces cada día ante mis ojos y dentro de muy poco te convertirás en toda una mujer.
Y yo no me siento capaz de cuidar de ti como me gustaría.
No sin tu madre al lado. Me paso el día metido en el taller y no puedo velar por tu seguridad como sería mi deber.
Almudena guardó silencio. Era paciente por naturaleza, y sabía que no serviría de nada intentar meterle prisa a su padre.
Él diría lo que tuviera que decirle cuando fuera el momento.
Sin embargo, notó el agrio sabor del miedo en la boca.
No le gustaban los cambios. Su padre tomó aire, lo soltó por la boca y, al fin, habló:
—Quiero que pienses en lo que deseas hacer en tu vida.
Sabes que será difícil que te hagas cargo de la tienda cuando yo falte si no estás casada con alguien del gremio.
—Domingo levantó la mano para indicarle que no le interrumpiera—.
Ya sé que falta mucho para ese momento, pero es de hombre precavido pensar en todo.
Me gustaría que tuvieras un medio de ganarte la vida, que, si por lo que sea las cosas se tuercen, no acabes como Vicenta: viuda, sin un oficio, obligada a limpiar y cocinar para los vecinos a cambio de una miseria que apenas le da para sacar adelante a sus hijos.
Almudena sintió el alivio recorrer su cuerpo.
Miró el rostro de su padre. Mostraba ya las arrugas que la edad y el dolor habían tatuado en su piel, pero seguía teniendo las mejillas llenas que ella había heredado de él.
Aunque había perdido mucho peso tras enviudar, su cara se seguía viendo saludable.
Una corriente de cariño se extendió por sus venas.
—No quiero ni pensar en el día que falte, padre. Pero no voy a negar que sí que me gustaría aprender un oficio. Madre cosía tan bien…, y a mí siempre me gustó imitarla, ¿recuerda?
Su padre asintió y parpadeó con fuerza, como si se le hubiera metido algo en un ojo. Almudena continuó:
—Y ahora que, gracias a esa cédula que acaban de publicar, las mujeres podemos aprender costura y trabajar de ello… Sí, quiero ser costurera. Y, ¿quién sabe?, si me esfuerzo lo suficiente tal vez pueda acabar cosiendo en palacio. ¿Se imagina, padre?
El rostro de Domingo se ensombreció.
—Coser para la familia real puede no ser tan buena idea como crees, Almudena. Para los poderosos, el pueblo llano no somos sino peones a su servicio.
—Madre me dijo una vez que mis manos harían cosas importantes —dijo ella con expresión soñadora—. No sé a qué se refería, pero ¿qué hay más importante que coser para palacio? Me gustaría coser para grandes damas, no solo para las mujeres del barrio.
Domingo tragó saliva e hizo un gesto con la mano.
—De todas maneras, es pronto para hablar de eso. Primero tienes que aprender y trabajar duro.
Almudena asintió.
—Tiene razón, padre. ¿Le parece bien que haya escogido este camino?
—A tu madre le habría encantado. —Los ojos de Domingo se iluminaron de orgullo—. ¿Has pensado en alguien?
—Sí, en doña Eulalia, la viuda del sastre. Todo el barrio sabe que era ella la que cosía las prendas que entregaba su marido, pero ahora ya puede hacerlo sin tener que ocultarse. Y sé que el año pasado aprobó el examen para ser maestra de niñas. Además, Teresa aprende con ella ya hace tiempo.
Domingo asintió, satisfecho.
—Sí, doña Eulalia es una buena opción. Es una artesana respetada, aunque no por todos. El gremio de sastres no está muy de acuerdo con que las mujeres accedan a la profesión. Eso lo sabes, ¿no?
—Lo sé y no me importa —dijo Almudena, con la barbilla alta—. Si no les gusta, tal vez deberían preocuparse por hacer mejor su trabajo en lugar de protestar.
Una suave risa emergió de la garganta de Domingo.
—¡Esa es mi pequeña! Siempre luchando contra las injusticias. No has elegido un camino fácil, pero te apoyo. Además, tu mano siempre ha dado puntadas firmes y sé que, con una buena guía, puedes llegar lejos. Sí, hablaré con ella, descuida.
Unos golpes en el cristal de la puerta los interrumpieron. Domingo giró la cabeza y suspiró.
—No sé para qué me empeño en colgar el cartel, si en este barrio la mayoría de la gente no sabe leer. Está bien, ten cuidado de camino al mercado. Te avisaré en cuanto haya hablado con doña Eulalia —dijo, y salió a ver quién llamaba.
Almudena se quedó un rato sentada en la trastienda. Sabía que su vida estaba a punto de cambiar, aunque no vislumbraba hasta qué punto. Pero tampoco era propio de ella darle vueltas a lo que pudiera pasar en el futuro. Por lo pronto, tenía que ir al mercado.