La costurera de la reina
© inepub.com
Prólogo
María tosió y se apartó del brasero. Su hija, de apenas nueve años, acudió corriendo a su lado.
—Madre, ¿está bien?
La mujer se sentó a la mesa y apoyó la frente en la mano.
—Sí, cariño, es que se me ha olvidado abrir la ventana. Hazlo tú.
La jovencita corrió hasta la ventana que había al lado de la hornilla de ladrillo, sobre la que se apoyaba el caldero, y la abrió. Daba a un patio interior, y las voces de los vecinos que trasegaban por allí llegaron hasta ellas.
—¿Por qué no ha bajado al patio? Con este calor, están todas las vecinas cocinando allí.
La mujer sonrió, cansada.
—No me apetecía mucho, pero baja tú si quieres a jugar con tus amigos.
—¡María!
La voz subió por el hueco de la escalera que comunicaba la tienda con la cocina de la casa. María suspiró, se levantó y sonrió a su hija:
—Voy a ver qué quiere tu padre. Almudena, venga, baja al patio a jugar.
La mujer descendió por la angosta escalera, pero la jovencita, en lugar de salir por la puerta de la vivienda, que daba al corredor y al patio interior, siguió a su madre.
Cuando traspasó la cortina que separaba la escalera de la tienda, ella se quedó detrás y espió por una rendija lateral.
Una mujer con un manto sobre la cabeza esperaba.
Almudena vio las espaldas de su padre tras el mostrador.
—María, esta señora ha venido a recoger una muestra —dijo con voz tensa.
Su madre asintió.
—Un segundo.
Se dirigió a la trastienda y apareció momentos después con un pedazo de tela en la mano. Un pañuelo, tal vez.
—Creo que este puede servirle a tu señora —dijo.
La mujer lo cogió y se lo guardó. Susurró algo a María y le entregó otro retal, que ella escondió con rapidez en la cinturilla de la falda.
—¿Es urgente? —preguntó.
—Dos días o será demasiado tarde.
Almudena apenas pudo escuchar lo que decían. Su padre, mientras tanto, cortaba un trozo de tela sin prestar atención. María asintió de nuevo y le dio un pequeño apretón en el brazo a aquella mujer. Entonces ella se despidió, se cubrió el rostro con el manto y salió a la calle.
—No deberías arriesgarte tanto —dijo su padre.
—Ay, Domingo, no te preocupes. —La voz de su madre sonó ligera—. Nadie nos relaciona con nada.
Almudena era obediente, pero también curiosa. Salió de detrás de la cortina.
—¿Quién era esa señora tan rara, madre?
María miraba una pequeña libreta que solía llevar en el bolsillo interior de su falda. Levantó la mirada y la pequeña vio una gravedad en sus ojos que desmentía su tono despreocupado. Cerró la libreta y la apretó contra su pecho, como si temiera que alguien se la quisiera arrebatar.
Apenas percibió la tensión en la mandíbula de su padre, ni tampoco su ceño fruncido. En cuanto la vio, Domingo sonrió y le guiñó un ojo.
—A veces la gente no sabe lo que quiere, pequeña. Los nobles son caprichosos y solicitan muchas muestras antes de decidirse.
María había vuelto a sacar el pañuelo bordado que le había entregado la mujer y lo observaba con atención. Almudena se acercó y se asomó por encima de la tela. Tenía unas volutas bordadas de manera tosca, como si se hubieran hecho a toda prisa.
—No parece un trabajo muy fino —dijo la pequeña—. Yo puedo hacerlo mejor.
María soltó una carcajada.
—No tengo ninguna duda. Pero en ocasiones no es la finura lo que se premia, sino la rapidez.
—Pues no lo entiendo. —Almudena se cruzó de brazos—. ¿Quién no querría un trabajo bien hecho?
—Tienes razón —dijo su madre, y acarició su pelo oscuro y alborotado—.
Algún día, hija mía, puede que tus manos hagan cosas importantes.
—Luego sacudió la cabeza como si hubiera dicho algo que en realidad no pensaba—.
No le des más vueltas. ¡Venga, al patio!
Estoy oyendo desde aquí a Pedro y a Manuel con Vicenta.
Almudena cruzó la diminuta trastienda. Una mesa desgastada, llena de marcas y rasguños, reinaba en el centro, casi enterrada por rollos y retales de distintos tipos.
Las paredes, cubiertas de estantes repletos de género y utensilios, conseguían que aquel cuarto se viera todavía más pequeño, pero su padre se manejaba bien en él.
Al fondo estaba la puerta que daba al patio del edificio.
Iba a abrirla cuando oyó que a su madre le daba otro ataque de tos, más violento que el anterior.
Aquí no podía echarle la culpa al humo del brasero. Se quedó parada.
La voz de su padre llegó hasta ella suave, empapada de cariño.
—Mi amor, debes descansar. Sube a tumbarte y no te preocupes de nada. Almudena estará bien, Vicenta sin duda le pondrá un plato cuando dé de comer a sus diablillos.
María no respondió. Entre toses, la oyó moverse y después escuchó sus pisadas en la escalera. Almudena hundió la cabeza entre los hombros. Sabía que su madre no se encontraba bien; además, la voz de su padre había sonado preocupada. Y triste. Demasiado triste.