La costurera de la reina Epílogo
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Epílogo

Quedaba poco para cerrar, pero Almudena todavía tenía trabajo entre manos. Pasó a la tienda, donde Juan terminaba de cortar un pedido que mandaría al día siguiente al taller de doña Leonor. Ella cogió un rollo de seda azul oscuro para cortar la tela que necesitaba para una basquiña.

—¿Y padre?

Juan levantó la vista un segundo.

—Ha subido ya. Estaba cansado.

Domingo se hacía mayor. Sus movimientos eran cada vez más lentos y los dedos no le respondían como antes, pero todos los días ocupaba su sitio tras el mostrador, sentado en una silla, y conversaba con la clientela como si así pudiera seguir sosteniendo un negocio que hacía años que llevaba su yerno.

Almudena se giró para regresar al taller, pero el ruido de la puerta la detuvo. Una mujer mayor entró y saludó.

—Buenas tardes, Almudena. Iba a su taller, pero ya que está aquí…

Ella la saludó con un gesto de cabeza.

—Dígame qué necesita, Antonia.

La mujer le tendió un pañuelo de seda bordado.

—Mi señora pregunta si tiene usted algo parecido.

Tomó el pañuelo y se dio la vuelta con discreción para quedar de espaldas a la puerta. Lo sostuvo un instante entre los dedos y reconoció el bordado. Se lo guardó en la falda y sacó otro parecido.

—Tal vez este le pueda gustar.

La mujer asintió y se lo guardó a su vez, sin mirarlo.

—Seguro. Se lo haré llegar.

Juan asistió a este intercambio sin decir ni una palabra.

Entonces una niña de casi diez años entró corriendo desde la trastienda.

—¡Mamá! —dijo indignada—. Dile a Manuel que deje de perseguirme, es un pesado.

Juan sonrió y salió al patio, desde donde se oyó su voz.

—Manuel Montesinos, compórtate. Ya tienes ocho años, no puedes perseguir a tu hermana como si fueras un bárbaro.

—Pero si ha sido ella la que…

Isabel, alta para su edad, espigada y con una elegancia que llamaba la atención incluso cuando estaba quieta, se acercó a su madre. Antonia rebuscó en su bolsa, sacó una barrita de caramelo y se la tendió con una sonrisa.

—¿Te han dicho que tienes los ojos de tu madre, Isabel?

La niña asintió, con sus ojos ambarinos rodeados de largas pestañas fijos en la clienta.

—Muy a menudo. Mi abuelo dice que son iguales a los de mi abuela.

Hubo un silencio breve, denso, que la niña no supo interpretar. Luego la mujer se disculpó y se dirigió a la puerta.

—Dos días —dijo, y se marchó.

Isabel miró a su madre con las cejas muy juntas.

—¿Quién es esa señora? Viene de vez en cuando, pero nunca la he visto comprar nada.

Almudena sonrió y atrajo a su hija hacia ella. Acarició su rebelde melena castaña y la besó. Le recordaba mucho a ella misma a su edad: curiosa e impaciente.

—A veces la gente tarda en saber lo que quiere, pequeña. Esta mujer trabaja para una señora noble: hasta que se deciden, puede pasar un tiempo. —Se dirigió a la puerta del taller—. Venga, ven. Ayúdame a cortar esta tela.

La niña miró a través del escaparate, como si intuyera que había algo más detrás de las visitas de aquella mujer. Luego giró la cabeza, dio otro lametón al caramelo y siguió a su madre sin volver la vista atrás.