La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El puente
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El puente

Capítulo XXI

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Un puente, en aquel mundo, no era poca cosa: era casi un milagro.

Cruzar un río hondo o ancho significaba, para la mayoría de la gente, un vado peligroso que se cobraba ahogados cada año, una barca lenta y cara, o un rodeo de jornadas.

Un buen puente cambiaba la vida de una comarca entera: acercaba los mercados, movía el grano, unía las dos orillas de un mundo que sin él vivía partido.

Por eso construirlos y mantenerlos se tenía por una de las obras más altas que un hombre con poder podía emprender —tan piadosa, decían los curas, como levantar una iglesia—, y por eso solían cobrarse peaje en ellos, un portazgo por cada carro y cada cabeza de ganado que los cruzaba, con que costear la piedra y las reparaciones.

Edric había hecho lo contrario de lo habitual: había pagado el suyo de su propia bolsa y no había cargado el portazgo sobre los pobres, porque un puente, decía, era de todos o no era nada.

Y lo había hecho fuerte para que no se llevara vidas en las crecidas.

Era, en el mundo mezquino de los señores, un acto de una generosidad casi incomprensible.

Y esa misma generosidad, esa piedra puesta para salvar, era la que Morcar iba a usar para matar.

Iba a ser el agua, ayudada por ese mismo puente, la que matara a su gente. Había en ello una simetría que a Morcar le habría parecido casi hermosa, si Morcar hubiera sido capaz de encontrar hermosa alguna cosa.

Porque el plan era ese, y era perfecto por lo sencillo.

La noche de la fiesta, los señores cruzarían el puente en su carruaje, como mandaba la costumbre, para bendecir los campos.

Y el puente cedería. No del todo por sí solo —eso habría sido pedirle demasiado al azar—, sino ayudado, por dentro, donde no se viera, de modo que cuando cayera, cayera como caen las cosas viejas bajo la tormenta: por desgracia, por mala suerte, por la voluntad de unos cielos que aquella noche, convenientemente, prometían agua.

Los cuatro hombres grises llevaban semanas preparándolo.

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Subían de noche, envueltos en la niebla que se levantaba del río, y trabajaban en silencio bajo el tablero del puente, colgados de las vigas maestras como arañas pacientes.

No lo cortaban. Cortar habría dejado marcas de sierra, filos limpios, la firma de una mano.

Lo que hacían era más sutil y más terrible.

El que había sido zapador conocía el peso y la carga: sabía qué viga sostenía qué parte, y en cuáles se podía debilitar la madera por dentro, ahuecándola con una barrena fina, vaciándola de su corazón sin tocar su piel, de modo que por fuera pareciera sana y por dentro estuviera hueca.

El que había sido carpintero de ribera trabajaba las cuerdas internas de tensión, las que ataban la estructura y repartían el peso: las iba deshilachando, hebra a hebra, dejándolas a un pelo de romperse, tan justas que aguantarían el paso de un hombre, de dos, de una carreta ligera…

pero no el de un carruaje cargado, sobre la madera empapada, en una noche de tormenta.

Iban dejándolo todo, noche tras noche, a punto.

Al filo. De manera que la última noche, la de la fiesta, apenas hiciera falta un empujón: unas pocas cuñas retiradas, una cuerda ya casi rota terminada de cortar en el momento justo, y el puente entero, hueco por dentro, vencido por el peso y el agua, se desplomaría como si el tiempo y la tormenta lo hubieran derrotado solos.

Morcar no bajaba a mirarlos trabajar. Un señor no se ensucia las manos con la madera; para eso están las manos que se compran.

Pero recibía cada noche el informe de Rhedgar, escueto, en la penumbra de la poterna, y con cada informe movía en su cabeza una clavija más del tablero de su hermano, acercando la ciudad, palmo a palmo, al vacío.

—¿Aguantará hasta la fiesta? —preguntó una de aquellas noches.

—Aguantará —dijo Rhedgar—. Está calculado para aguantar todo menos lo que le va a pasar.

Un chiquillo podría cruzarlo saltando y no se enteraría.

Pero un carruaje con dos señores y un cochero, sobre la madera mojada, con la corriente golpeando los pilares crecida por la lluvia…

—Se encogió de hombros—. Eso no lo aguanta ni un puente sano.

Y este ya no está sano por dentro. Parecerá lo que la gente querrá que parezca: que el río, crecido, se llevó por delante un puente viejo, y con él, por desgracia, a sus señores.

Morcar asintió. Era exactamente lo que quería oír.

Y sin embargo, aquella noche, por primera vez, algo en el informe le raspó por dentro, y tardó en entender qué era.

Un carruaje con dos señores y un cochero.

Dos señores. No tres.

Porque el niño se quedaba. El niño siempre se quedaba.

Alaric no cruzaría el puente; se quedaría en el castillo, con las criadas, con su tío.

Ese era el punto exacto donde el plan de Morcar se torcía sobre sí mismo, la única cuenta que no le salía redonda: que el heredero, el último palmo de suelo que había que quitar, no estaría en el carruaje.

Sobreviviría a la caída de sus padres. Y un heredero vivo, aunque huérfano, aunque niño, seguía siendo un nombre alrededor del cual el pueblo podía reagruparse.

De ese cabo tendría que ocuparse después.

A su tiempo. Con cuidado. Un accidente más, una fiebre infantil, una desgracia doméstica en las semanas de luto y confusión que seguirían.

Morcar lo había pensado ya, fríamente, mil veces, y mil veces había apartado la cara de pensarlo, porque hasta él, hasta el hombre de piedra, prefería no mirar de frente esa parte concreta del plan.

Matar a Edric y a Aethelind era un movimiento en el tablero. Eran jugadores. Estaban en la partida, aunque no lo supieran; jugaban por Dunheath, y en el juego por una casa, los jugadores caen.

Matar al niño era otra cosa. El niño no jugaba. El niño le llevaba sus torres de piedra para que las viera. El niño se le dormía en el regazo. El niño le había preguntado si estaba triste.

Morcar se quedó mucho rato aquella noche mirando el fuego de su cámara, con el informe de Rhedgar aún en los oídos, buscando dentro de sí la piedra que necesitaba para eso y encontrándola, para su alivio y su condena, casi entera.

Casi. Una astilla se resistía. Una sola.

La astilla que aquel niño, sin saberlo, le había clavado con una frase inocente sobre sus ojos que no sonreían.

Será rápido, se dijo, para acallar la astilla, ofreciéndose la única piedad que sabía ofrecer, que era una piedad de asesino. Cuando le toque, será rápido. Un niño no sufre lo que sufre un hombre. No lo verá venir. Y estará con sus padres. Eso quería, ¿no? Estar con sus padres. Pues estará.

No sabía —¿cómo iba a saberlo?— que aquella frialdad con que despachaba al niño para más tarde, aquel «de ese cabo me ocuparé después», era el error.

El cabo suelto que su hermano le había advertido.

Porque al dejar al niño para después, Morcar dejaba, sin saberlo, una puerta abierta al azar; y el azar, aquella noche de tormenta, iba a meter al niño en el carruaje por su cuenta, sin permiso, y a barajar de nuevo todas las cartas que Morcar creía tener contadas.

Pero eso era mañana.

Esa noche, el plan seguía siendo perfecto.

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Theobald, capitán de la guardia de Edric, olió algo aquellos días, pero no supo qué.

Era un buen soldado, de los de verdad, leal a Edric con esa lealtad de perro noble que Morcar despreciaba y temía a partes iguales.

Y llevaba semanas notando cosas pequeñas que no encajaban.

Un guardia que pedía cambio de turno sin razón clara.

Otro que faltó una noche y volvió con una excusa demasiado redonda.

Una cara nueva en el puerto, un tal soldado retirado que se juntaba con los suyos en las tabernas y les invitaba a vino con demasiada generosidad.

Movimientos de guardia que alguien parecía estar reordenando por debajo, sin que Theobald diera la orden, como si otra mano estuviera peinando su tablero de vigilancias para dejar, la noche de la fiesta, ciertos puestos vacíos y ciertas rondas torcidas.

No tenía nada concreto. Solo el olfato. Pero el olfato de un capitán veterano vale más que muchas pruebas, y Theobald, inquieto, hizo lo que debía: fue a hablar con el señor.

No encontró a Edric, que andaba enredado en los preparativos de la fiesta. Encontró, en cambio, al tío. A Lord Morcar, que aquellos días ayudaba a Edric en todo, incluso —«para aliviar la carga del sobrino en estas fechas tan atareadas»— en supervisar las guardias del castillo.

—Capitán —dijo Morcar, con su afabilidad de siempre—. Os veo preocupado. ¿Algo que deba saber mi sobrino?

Theobald dudó. Le expuso, con prudencia, sus inquietudes: los turnos, las ausencias, la cara nueva del puerto.

Y Morcar lo escuchó con toda la atención del mundo, asintiendo, frunciendo el ceño en los momentos justos, y cuando el capitán terminó, le puso una mano en el hombro con gesto grave y paternal.

—Hacéis bien en estar atento, Theobald. Muy bien.

Un capitán que no desconfía no sirve. —Bajó la voz, en tono de confidencia—.

Pero dejadme deciros una cosa, entre nosotros.

Estos días previos a la fiesta son un desbarajuste.

Los hombres piden cambios para poder celebrar con los suyos, se emborrachan, faltan, mienten sobre por qué faltaron.

Pasa todos los años. Y con los tiempos que corren, con Belcliff apretando y Caermoor rondando, es normal que un buen capitán vea sombras.

—Le apretó el hombro—. Reforzad la guardia esa noche, si os quedáis más tranquilo.

Poned a vuestros hombres de más confianza en los puestos que os preocupen.

Y dejad los turnos difíciles en mis manos, que para eso estoy, para aliviaros.

Vos ocupaos del castillo y de los señores.

Yo me ocupo de que nadie falte donde no debe.

Y Theobald, tranquilizado a medias por aquel tío bueno que se ofrecía a cargar con lo tedioso, le agradeció el consejo, reforzó la guardia del castillo —del castillo, no del puente, no del camino—, y dejó, sin saberlo, los turnos del puente y del camino al valle «en manos» de Lord Morcar.

Que era exactamente donde Morcar los quería.

—Descuidad, capitán —dijo Morcar, viéndolo marchar—. Esa noche, todo estará donde tiene que estar.

Y era verdad. Todo estaría donde Morcar quería que estuviera. Que no era donde debía.

Y sin embargo, aquella misma tarde, Theobald bajó al puente.

No habría sabido decir qué buscaba. Fue sin capa de capitán, como un vecino más, y lo cruzó entero a pie, despacio, pisando fuerte con sus botas claveteadas.

La madera sonaba a lo que suena la madera buena: llena, seca, segura de sí.

Se asomó por el pretil a mirar los pilares, donde el agua crecida se rompía en espuma parda.

Bajó incluso al arranque del arco, por la orilla, y se metió bajo el tablero, y estuvo un rato en la penumbra mirando las vigas maestras: madera vieja, sí, pero con la piel sana, sin una marca de sierra, sin un filo limpio en ninguna parte.

Pasó la mano por la más gruesa. Firme. La golpeó con el puño, por oírla.

No la oyó. El río, hinchado, rugía contra los pilares y se tragaba el golpe, y el segundo, y el tercero.

Theobald se quedó un momento con el puño apoyado en la viga, sintiéndose viejo y ridículo: un capitán de guardia agachado bajo un puente en vísperas de fiesta, buscando a oscuras un enemigo que nadie más veía, golpeando maderas como un chiquillo que llama a una puerta tras la que no vive nadie.

Salió, se sacudió el barro, y subió la cuesta sin volverse.

En la puerta de la muralla, un guardia de los suyos lo saludó y le preguntó si pasaba algo.

—Nada —dijo Theobald.

Y lo dijo otra vez, ya de espaldas, porque la primera no se la había creído ni él.

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La víspera de la fiesta, ya de madrugada, Morcar subió por última vez a la torre oeste, solo, a mirar su obra.

Abajo, el río bajaba negro y crecido, engordado por las lluvias de la semana, golpeando con fuerza los pilares del puente.

La corriente venía fuerte aquel año; el deshielo, y las tormentas, la habían hinchado hasta un caudal que Morcar, que no era hombre de río, miró casi con inquietud.

Mejor, se dijo. Cuanto más fuerte baje, más natural parecerá.

Un río manso no se lleva un puente. Uno crecido, sí. Los cielos me ayudan.

No sabía —nadie en Dunheath lo sabía— que aquel caudal inusual, aquella crecida que a él le venía tan bien para su crimen, no era solo cosa de las lluvias.

Que muy arriba, en un valle que Morcar no había visto nunca, un tapón de troncos gemía en un recodo, a punto de reventar, conteniendo un invierno entero de agua; y que la crecida que a él le parecía una ayuda de los cielos para hundir un puente no era nada, nada, comparada con lo que bajaría cuando aquel tapón se soltara.

Que su pequeño crimen calculado, su elegante desgracia de un puente y un carruaje, iba a coincidir, esa misma noche, con una catástrofe natural mil veces mayor que la borraría, la envolvería, la haría casi invisible entre tanta muerte.

Que el destino, aquella noche, le iba a hacer a Morcar el regalo más terrible que se le puede hacer a un asesino: iba a esconder su crimen entre miles de muertos, de modo que nadie, jamás, contaría sus vigas huecas ni sus cuerdas deshilachadas, porque quién iba a fijarse en un puente caído cuando media comarca bajaba ahogada por el mismo río.

Morcar no sabía nada de eso. Miró el río crecido, y el puente hueco por dentro, y las nubes negras juntándose sobre las montañas del oeste, y sintió la serenidad fría del que ha hecho bien su trabajo y solo espera el momento de cobrarlo.

—Mañana —dijo en voz baja, a la noche, al río, a su padre muerto, a su hermano muerto, a los veinte años de hielo que lo habían traído hasta allí—. Mañana, por fin.

Abajo, en el castillo, dormían sus tres víctimas. La mujer que lo había leído sin poder probarlo. El hombre bueno que lo había abrazado sin recordar por qué debía odiarlo. Y el niño que lo quería, y que había encontrado, en una cuadra, un hueco bajo un asiento del tamaño exacto de su amor.

Los tres dormían, ajenos, la última noche.

Y Morcar velaba, en lo alto de la torre, mirando el puente que iba a matarlos, sin saber que el río —el río de verdad, el que él creía tan solo un decorado conveniente para su desgracia— tenía preparada, aquella misma noche, su propia deuda que cobrar; y que las dos deudas, la del agua y la de la sangre, iban a vencer a la vez, en la misma hora, sobre las mismas gentes, en el día más largo que conocería jamás aquella tierra.

Faltaban unas horas.

Y abajo, en la oscuridad, el río crecido golpeaba ya los pilares del puente hueco, impaciente, como quien olfatea el banquete que le han servido.