La última primavera (Caerwyc) #2
—Algunos, sí —dijo, simplemente—. No sé quiénes.
No lo sé, Aethelwyn, aunque quisiera saberlo.
Solo sé que el río está preso, y que lo que se agarra se suelta, y que se va a soltar pronto.
Haz lo que te digo, y a lo mejor los tuyos están entre los que no.
—Le apretó el brazo, un gesto rarísimo en ella—.
Es todo lo que puedo darte. No es mucho. Es lo que hay.
Y se fue, encorvada, por el sendero del molino, a seguir su ronda de susurros, salvando lo que se podía salvar de la única manera en que se podía: de uno en uno, a media voz, contra la sordera de los muchos.
· · ·
Y Eadric, esa noche, se puso a construir la balsa.
No dijo para qué. Nadie se lo preguntó; a Eadric no se le preguntaba.
En el cobertizo de herramientas, junto a su fragua, cogió una plataforma vieja de tablones que usaba para arrastrar hierro, y la reforzó.
Toda la noche. Clavó travesaños nuevos, la ató con sogas gruesas, le puso ejes y asas donde agarrarse, la hizo capaz de flotar y de aguantar golpes.
Trabajó a la luz de una lámpara, con su único ojo, con la misma furia callada con que forjaba desde el incendio, la furia del que una vez llegó demasiado tarde y juró no volver a llegar tarde nunca.
Porque eso era lo que Eadric había aprendido del fuego que le quitó a Leofrun y a Wynn: que la desgracia viene cuando uno no está preparado, y que la única defensa contra lo que no se puede evitar es tenerlo todo listo para cuando pase.
No podía deshacer el tapón. No podía convencer a la aldea.
No podía parar el río. Pero podía construir una tabla que flotara.
Podía tener, junto a su fragua, lista, esperando, una cosa a la que agarrarse cuando llegara el agua.
No sabía a quién salvaría con ella. No sabía que salvaría a dos niños.
No sabía que una de esas dos criaturas, la seria, la que se sentaba a sus pies desde bebé, sería, andando el tiempo y las aguas, lo único que le quedara en el mundo, y él lo único que le quedara a ella.
Solo sabía que había que estar preparado.
Y clavó, y ató, y reforzó, toda la noche, mientras la aldea dormía soñando con la fiesta, construyendo sin saberlo el arca minúscula que sacaría a Caerwyc del diluvio reducida a un puñado de supervivientes.
Al amanecer, la balsa estaba lista.
Eadric se sentó en el borde, con los brazos muertos de la noche, y el primer sol lo encontró haciendo lo que hacía siempre que se quedaba sin trabajo entre las manos: sacarse del pecho la campanilla derretida y limpiarla con el pulgar.
No sonaba. No había vuelto a sonar. La frotó igual, despacio, mirando la tabla reforzada que aún no sabía a quién llevaría.
—Esta vez no llego tarde —le dijo. A la campanilla, o a la niña que la había llevado al cuello, o a las dos.
La arrimó a la pared del cobertizo, la tapó con una lona, y no le dijo a nadie que estaba allí.
Estaba lista. Con eso bastaba.
Ahora solo quedaba esperar a que el río hablara.
· · ·
Dunstan, la víspera, hizo lo único que estaba en su mano: subió el rebaño.
No se lo consultó a nadie ni dio explicaciones.
A media tarde abrió el aprisco y empujó a las ovejas sendero arriba, hacia el pasto alto de la colina, donde no las llevaba nunca tan temprano porque la hierba aún venía corta.
Los perros lo miraron sin entender, y obedecieron, porque para eso son perros de pastor.
Alguien le gritó desde las eras que adónde iba con el rebaño la tarde antes de la fiesta.
—A la hierba de arriba —dijo Dunstan, sin pararse.
—¡Si arriba no hay hierba!
—Pues a que la esperen.
Y siguió subiendo, con su paso de siempre, el paso del que no ha llegado tarde a nada en su vida porque no ha salido tarde jamás.
Arriba las encerró en el cercado viejo de piedra, comprobó la portilla, y las contó con el bastón, tocándolas una a una con la vista; y cuando acabó volvió a empezar, porque contar era su manera de rezar.
Luego se quedó de pie, apoyado en el bastón, mirando el valle: la aldea abajo, pegada al agua, con sus cintas puestas y sus hogueras preparadas, hermosa como no se había fijado nunca en que era.
El hombre al que llamaban parte del paisaje se estuvo quieto mucho rato, mirando el paisaje del que era parte.
—Yo de agua no sé —les dijo a los perros, o a las ovejas, o a nadie—. De eso saben el herrero y la vieja. Yo sé de lo mío. Y lo mío, esta noche, duerme en alto.
Bajó cuando anochecía, despacio, mirando el río de reojo, como se mira a un forastero que ha entrado en el pueblo y no dice a qué viene.
· · ·
La víspera de la fiesta, Coenred se quedó despierto, velando a los suyos.
Aethelwyn dormía, agotada de coser cintas.
Wulfric dormía despatarrado, con una mano abierta sobre el pecho y la otra aferrada al escudo de cuero viejo que le había cosido su padre con un retal de arnés, y del que no se separaba ni para dormir, listo para una guerra imaginaria incluso en sueños.
Y Elswyth dormía hecha un ovillo, seria incluso dormida, con la piedra de Maerwynn y la cuenta de ámbar de Beran colgando de su cuello sobre la paja; y junto a su cabecera, terminada, la corona de la fiesta, con la flor morada de la peña delante, en el centro, en el sitio donde se pone lo que uno quiere que se vea.
Lo que decía ponerla ahí, Coenred lo sabía, aunque ella creía que no.
Coenred los miró a los tres, uno por uno, largo rato, a la luz de las últimas brasas.
Y sintió, con esa certeza sorda que le venía del pecho y no de la cabeza, que aquella era una de esas noches que un hombre debe grabarse bien, porque va a necesitarla después.
No sabía por qué. No sabía qué venía. Pero grabó la escena: el olor del caldo frío, el crepitar de las brasas, la respiración de su mujer, el ronquido suave de su hijo, la seriedad de su hija dormida. Su casa. Su fuego. Los suyos.
Voy a hacer bien esto, se dijo, como se lo había dicho once años atrás, con la mano sobre el vientre de Aethelwyn, la noche en que supo que iba a ser padre. Aunque no sepa hacer bien ninguna otra cosa. Aunque venga lo que venga. Voy a sacarlos de esta, sea lo que sea. Los voy a sostener a todos.
No sabía —¿cómo iba a saberlo?— que no iba a poder sostenerlos a todos.
Que el río, al día siguiente, le iba a hacer elegir.
Que solo tendría fuerza y tiempo para empujar a una tabla a su mujer, y que su hija quedaría inconsciente en otra balsa, y su hijo sería arrastrado a la noche, y que él mismo se hundiría sin un grito, cumpliendo a medias la promesa que ahora se hacía a sí mismo velando en la oscuridad.
No sabía nada de eso. Y fue mejor que no lo supiera.
Porque así pudo pasar su última noche entera en paz, velando a los suyos, creyendo aún que un padre puede, si se lo propone de verdad, salvar a toda su familia del diluvio.
Afuera, el río bajaba, tapado, hablando con la boca llena. El arroyo seguía pardo. El tapón seguía llorando barro por sus grietas, aguantando, aguantando, cada hora un poco menos.
Y en el oeste, sobre las montañas, las mismas nubes que se juntaban río abajo sobre Dunheath se juntaban también sobre el valle, negras, cargadas, esperando su hora.
Faltaba un día para la fiesta.
Faltaba un día para el día más largo.