La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) La última primavera (Caerwyc)
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La última primavera (Caerwyc)

Capítulo XX

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Mientras en Dunheath una familia vivía sus semanas más felices sin saberlo, en Caerwyc, río arriba, unos pocos vivían las suyas más angustiadas, sabiéndolo demasiado bien.

Porque la aldea entera se preparaba para la fiesta con la alegría de siempre —las mujeres cosían cintas, los niños trenzaban coronas, Oswin horneaba las hogazas en espiral, Beran afilaba su cuchillo para tallar los símbolos del roble—, pero cuatro personas en Caerwyc se movían por aquellos preparativos como quien baila en la cubierta de un barco que sabe que se hunde.

Maerwynn. Beran. Eadric. Y, aunque no supiera del todo por qué, Coenred.

Coenred no había subido al recodo. No había visto el tapón.

Pero llevaba semanas durmiendo mal, y en sueños ya no decía solo «fuego»: ahora decía también otra palabra, más baja, que Aethelwyn no lograba entender pero que la despertaba con el corazón en la boca.

El antiguo soldado, el hombre que había huido de un mundo de cosas que se rompen, tenía en el cuerpo esa alarma sorda de los que han vivido cerca de la muerte y aprenden a olerla antes de verla.

No sabía qué venía. Pero sabía que venía.

Y andaba aquellos días más callado que nunca, más pegado a los suyos, reparando cosas de la casa que no hacía falta reparar, como si con clavos y con barro pudiera apuntalar algo que se le escapaba.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Aethelwyn una noche, viéndolo reforzar por tercera vez la misma viga.

Coenred se quedó quieto, con el martillo en la mano.

—No lo sé —dijo, y era verdad—. Nunca sé lo que es, hasta que es.

Pero lo tengo aquí. —Se tocó el pecho—. Como antes de una batalla.

Cuando todo está tranquilo y sabes que dentro de nada dejará de estarlo.

—La miró—. Ten a los niños cerca estos días, Aethelwyn.

No sé de qué. Solo… cerca. ¿Me lo prometes?

Aethelwyn se lo prometió, sin entender, porque a un hombre como Coenred, que pedía tan poco, no se le niega lo poco que pide.

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El arroyo cambió de color un mediodía, tres días antes de la fiesta.

Fue el pequeño, el que bajaba del norte y se unía al río justo por encima del molino.

Amaneció limpio, como siempre, y hacia el mediodía empezó a enturbiarse, a teñirse de un pardo rojizo, sucio, con vetas más oscuras, como si arrastrara sangre o herrumbre o tierra removida de muy adentro.

Los niños lo señalaron, divertidos, sin entender.

Las mujeres torcieron el gesto y siguieron con lo suyo.

Pero Eadric el Tuerto, que estaba herrando y a quien un chiquillo vino a contárselo, dejó el martillo en el yunque, salió a mirar el agua parda con su único ojo, y no dijo nada.

Se acordaba de lo que había prometido. Si el arroyo cambia de color, yo subo.

Recogió una cuerda, un hacha, y fue a buscar a Dunstan y a otros dos hombres de los que no tenían miedo al trabajo duro.

Solo consiguió a Dunstan y a uno más, un mozo joven; los demás tenían la fiesta en la cabeza y una crecida de primavera les parecía poca cosa al lado de las coronas y el vino.

Cuatro habrían sido pocos. Fueron tres. Subieron por la orilla, contra corriente, hacia el recodo, con la tarde ya cayendo.

Lo que encontraron los dejó mudos.

El tapón que Maerwynn y Elswyth habían visto crecer todo el invierno era ya una montaña.

Una barrera enorme de troncos, ramas, maleza y barro que cruzaba el río de pared a pared, más alta que dos hombres, apelmazada, endurecida, con el agua colándose por debajo a una presión que hacía temblar la madera.

Y detrás —Eadric subió a un peñasco para verlo y volvió blanco—, detrás no había un río.

Había un lago. Un lago pardo, ancho, hondo, que se perdía río arriba entre los árboles anegados, un invierno entero de agua y deshielo represado por una pared de leña que gemía, crujía y lloraba filtraciones por cien sitios a la vez.

El arroyo se había teñido porque el tapón, por abajo, empezaba a ceder.

La presión estaba abriendo grietas en la base, arrastrando el barro del fondo, tiñendo el agua que lograba pasar.

Era el aviso último. El que Eadric había estado esperando.

Y ahora que lo tenía delante, comprendió, con una claridad terrible, que había llegado demasiado tarde.

Que aquello ya no se podía deshacer. Que meterse con hachas a cortar aquella montaña, con semejante lago detrás empujando, era una forma de suicidio: en cuanto se soltara la primera viga clave, todo el lago se les vendría encima en un instante y los borraría del mundo.

—No se puede —dijo Dunstan, con la voz rota, mirando el monstruo de agua y madera—. Dios santo, Eadric. No se puede tocar.

—No —dijo Eadric—. No se puede.

—¿Y entonces?

Eadric miró el lago. Miró las grietas de la base, que lloraban barro. Calculó, a su manera de herrero, cuánto aguantaría aquella pared de leña empujada por tanta agua, y cuánto tardaría en reventar del todo.

—Entonces reza para que aguante hasta después de la fiesta —dijo—. Y prepárate para cuando no aguante. Porque cuando reviente, y va a reventar pronto, esto —señaló el lago— baja hasta Caerwyc en el tiempo que se tarda en gritar. Y no habrá quien corra más que el agua.

Bajaron de noche, los tres, en silencio, cargando cada uno el peso de haber visto lo que nadie quería creer.

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Intentaron avisar. Claro que lo intentaron.

Aquella noche, Eadric, Dunstan y Beran hablaron con los hombres del pueblo junto al fuego comunal, y esta vez no pidieron subir a deshacer el tapón —ya era imposible—, sino algo más difícil todavía: pidieron suspender la fiesta.

Pidieron que, en lugar de reunir a toda la aldea en la plaza baja, junto al río, la noche del renacer, la gente se quedara en las casas altas, lejos del agua, listos para correr a la loma de la capilla al primer aviso.

Y otra vez, la aldea los escuchó, y otra vez, no los creyó del todo.

Porque suspender la fiesta de primavera era algo que no se había hecho jamás, ni en los peores años, ni en las peores pestes.

La fiesta era el renacer del mundo; no celebrarla era, para aquella gente, casi peor que morir, porque era romper el pacto antiguo con la tierra que los alimentaba.

Porque el tapón llevaba allí todo el invierno y no había pasado nada.

Porque el cielo, aquellos días, estaba raro pero no roto.

Porque un lago que nadie de ellos había visto, arriba, en un recodo al que casi nadie iba, no pesaba en el ánimo lo que pesaban las coronas ya trenzadas, el pan ya horneado, los niños ya ilusionados.

Para entenderlo hay que entender lo que la fiesta era.

No un entretenimiento que pudiera aplazarse, sino un rito del que —creían— dependía la vida misma.

Celebrar el renacer no era festejar que la primavera había llegado: era ayudar a que llegara, cumplir la parte que a los hombres les tocaba en el viejo trato con la tierra.

Un año en que no se encendieran los fuegos, no se trenzaran las coronas, no se bendijeran los campos, era un año que se ofrecía a que la cosecha fallara, a que el ganado enfermara, a que el mundo, ofendido, no volviera a despertar.

Suspender la fiesta por miedo a una crecida era, para aquella gente, cambiar un peligro que quizá no llegara por otro seguro: era invitar al hambre para esquivar al agua.

Nadie de Caerwyc lo habría hecho, y no por tozudos, sino por fieles a una lógica más antigua que ellos, en la que la desgracia no se conjura escondiéndose, sino cumpliendo los ritos que siempre habían mantenido el mundo en pie.

Así que trenzaron sus coronas, hornearon su pan y prepararon su fiesta, aferrados a la costumbre como a una tabla, sin saber que aquel año, por una sola vez, la tabla no iba a salvar a nadie.

—Celebraremos con cuidado —concedió alguno—. Cerca de las casas. Con los mayores atentos al río.

Fue todo lo que consiguieron. Un cuidado tibio.

Una vigilancia a medias. La aldea, como la ciudad río abajo, había decidido no creer del todo en su propia muerte, que es lo que decide casi todo el mundo casi siempre, y casi siempre acierta, porque la muerte casi nunca viene el día que uno teme. Casi nunca.

Aquella era una de las veces que sí.

Maerwynn no discutió con nadie. Había aprendido, en una vida larga, que hay avisos que no sirven de nada gritados, y que a veces la única forma de salvar algo no es convencer a todos, sino susurrarle a unos pocos.

Así que hizo su ronda callada. Fue de casa en casa, con la excusa de repartir sus flores y sus figuras de paja de siempre, y a las mujeres en quienes confiaba les dejó caer, bajito, casi como un conjuro más, las mismas palabras: la noche de la fiesta, ten a tus hijos calzados.

No los dejes descalzos. Y no te alejes del camino de la loma.

Por si acaso. No explicó más. Unas la miraron raro.

Otras, las que sabían escuchar, asintieron sin preguntar, porque a Maerwynn, cuando bajaba la voz así, se le hacía caso aunque no se entendiera.

A Aethelwyn le dijo algo más.

La encontró tendiendo mantas, y se quedó a su lado, ayudándola, y mientras doblaban el lino, sin mirarla, le dijo:

—Tu hija ya sabe leer el agua. Se lo he enseñado este invierno.

—Dobló una manta—. La noche de la fiesta, hazle caso a ella.

Si Elswyth dice que hay que correr, corred.

No preguntes. No esperes a estar segura.

Cuando estés segura, será tarde. —Le puso en la mano un ramillete de la flor de siempre—.

Y ten cerca al herrero. Eadric sabe. Eadric va a estar preparado, aunque nadie más lo esté. Pegaos a él si el río habla.

Aethelwyn la miró, con el corazón encogido.

—Maerwynn. ¿Vamos a morir?

La vieja curandera se quedó quieta un momento. Y por una vez, no dio una respuesta torcida.