La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) La última primavera (Dunheath) #2
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La última primavera (Dunheath) #2

Fue una cena sin importancia, de las que no se recuerdan, y por eso mismo Aethelind la recordaría después —en el poco después que le quedaba— como la más importante de su vida.

Comieron temprano. Alaric contó, con mil aspavientos, la historia de un gato que había subido a un tejado y no sabía bajar, y de cómo él, Alaric, lo había salvado (no lo había salvado; había mirado cómo lo bajaba un criado; pero a los cinco años la verdad es flexible).

Edric se rió tanto que se atragantó con el vino.

Aethelind miró a su marido reírse y a su hijo fanfarronear, en aquella estancia cálida, con el mar respirando fuera y el fuego crepitando dentro, y sintió una de esas felicidades tan completas que casi dan miedo, esas que uno no se atreve a nombrar por no gafarlas.

—¿Sabéis una cosa? —dijo, sin pensarlo, con la copa en la mano—. Soy feliz. Ahora mismo. Aquí. Los tres. No me falta nada. Quería decirlo en voz alta, aunque dé mala suerte. Por si acaso alguna vez lo olvido. Soy feliz.

Edric alzó su copa, conmovido.

—Por acordarnos siempre de esta noche, entonces —dijo—. Cuando seamos viejos, y Alaric gobierne Dunheath, y nosotros lo miremos desde una silla al sol, nos acordaremos de que una vez, una primavera cualquiera, fuimos completamente felices, y no hizo falta nada más que esto.

Brindaron los dos. Alaric, que no entendía, brindó también con su vaso de leche, muy serio, porque le gustaba hacer lo que hacían los mayores.

Y así se quedó grabada aquella cena, en la memoria de una mujer que no llegaría a vieja, ni vería a su hijo gobernar, ni miraría nada desde ninguna silla al sol: tres copas alzadas en una estancia cálida, un brindis por un futuro que no existiría, y la felicidad —esa felicidad entera, temeraria, dicha en voz alta— brillando por última vez antes de apagarse.

Fuera, sobre el mar, las primeras nubes de la primavera empezaban a juntarse en el oeste.

·   ·   ·

Pocos días antes de la fiesta, Edric encontró a su hijo subido a la piedra del juramento.

Fue a media mañana, en el claustro interior.

La losa oscura descansaba en su rincón, entre juramento y juramento, y Alaric estaba de pie encima, muy derecho, con las manos a la espalda y la barbilla alta, jugando a algo que para él no era ningún juego.

Una criada que cruzaba con ropa limpia se detuvo, escandalizada, y ya iba a bajarlo de allí cuando Edric la paró con un gesto y se acercó él, sin prisa, sin ruido.

—¿Qué haces ahí arriba?

—Gobierno —dijo el niño, sin moverse—. Aquí me pusisteis cuando nací. Me lo contó madre. Me pusisteis aquí y dijisteis mi nombre delante de todos.

—Delante de todos —confirmó Edric—. Eras tan pequeño que cabías entero en la piedra.

Alaric bajó la vista a la losa que asomaba entre sus zapatos.

—Está fría —dijo—. ¿Por qué está siempre fría, si la toca todo el mundo?

Edric se acuclilló y puso la palma abierta sobre la piedra.

—Porque vino del norte, y las piedras del norte son lentas —dijo—. Tardan en fiarse de una mano. Por eso se jura encima de ella: para que la palabra no se caliente y no se gaste.

—¿Y yo? ¿Cuándo juro yo?

—Cuando te toque. —Edric cogió la mano del niño y la puso, abierta, bajo la suya, contra la losa fría—. Todavía te sobra tiempo.

«Que sea él quien me entierre a mí,» pensó, con la mano pequeña y caliente bajo la palma. «No le pido a esta piedra nada más.»

Del patio llegó el ruido de los preparativos —martillos, voces, un carro descargando—, y Alaric se bajó de un salto y salió corriendo a verlos, con ese modo suyo de irse a mitad de una cosa hacia la siguiente.

Edric se quedó acuclillado un momento más, con la mano donde el niño la había tenido.

La losa seguía fría.

Lenta, como las piedras del norte. Guardando, a su manera, el nombre que le habían dicho una vez.

·   ·   ·

Alaric decidió su travesura la víspera de la fiesta, y la decidió por amor, que es como se deciden las travesuras que cambian la historia.

Sabía que al día siguiente sus padres saldrían del castillo.

Se lo habían dicho: irían en el carruaje bonito, el de las cortinas, a bendecir los campos, y volverían por la noche, y no, él no podía ir, era muy pequeño, se quedaría en el castillo con las criadas y con el tío Morcar, jugando, y sería un día muy divertido, ya vería.

—Pero es mi día —había protestado Alaric, con toda la justicia de sus casi cinco años—. Es mi día y no vais a estar.

Porque era verdad, y esa era la parte que a Aethelind le costaba más.

El niño había nacido la noche misma del renacer, cinco primaveras atrás, y su cumpleaños y la fiesta eran la misma fecha desde siempre; por eso el pueblo, que no olvida esas cosas, decía que el heredero era hijo del día de la vida.

Los otros años no había importado, o él no había tenido edad de que le importara.

Este año la vuelta sería de noche, y no había manera.

—Escúchame —le dijo Aethelind, agachándose hasta quedar a la altura de aquellos ojos claros que eran los suyos—.

Mañana por la noche, cuando volvamos, te despertaremos.

Aunque sea tardísimo. Y celebraremos tu día los tres solos, sin criadas y sin gremios.

Cinco años. —Le apartó el pelo de la frente—. Te lo prometo.

—¿Aunque esté dormido?

—Aunque estés dormido.

Alaric lo pensó, muy serio, con ese gesto suyo de sopesar las cosas importantes, y aceptó el trato como los aceptaba todos: del todo. Sus padres cumplían las promesas. Eso era el mundo, a los cinco años: que las promesas se cumplen.

Pero Alaric no quería un día muy divertido con las criadas.

Quería ir con sus padres. Quería ir en el carruaje bonito, y cruzar el puente, y ver los campos, y estar cerca de ellos, siempre cerca de ellos, porque a los cinco años el mundo entero cabe en dos personas y estar lejos de esas dos personas, aunque sea un día, es una forma de exilio que no se soporta.

Así que decidió que iría. Sin permiso. Escondido.

Lo planeó él solo, con esa astucia tremenda de los niños pequeños que quieren algo de verdad.

Miró el carruaje en las cuadras. Vio que bajo el asiento había un hueco, tapado por la lona que colgaba, justo del tamaño de un niño de cinco años que sabe hacerse pequeño.

Y decidió que, por la mañana, cuando nadie mirara, en el jaleo de los preparativos, se metería allí, escondido, calladito, y no saldría hasta que el carruaje estuviera lejos, y entonces aparecería, de sorpresa, gritando «¡os he encontrado!

», y sus padres se enfadarían un poco pero se reirían mucho, y ya no podrían devolverlo, y pasaría el día entero con ellos, cerca, en el carruaje bonito, cruzando el puente hacia los campos.

Era un plan perfecto. Un plan de niño. Un plan hecho de puro amor y de ganas de estar cerca.

Aquella noche, al arroparlo, Aethelind le dijo lo que le decía siempre, desde la primera noche, la de la lluvia, cuando lo tuvo por fin sobre el pecho. Se lo dijo en voz baja, ya desde la puerta, como un conjuro pequeño y gastado del que el niño ya ni se enteraba:

—Gracias por quedarte.

Y cerró despacio, sin saber que era la última vez que se lo decía.

Se durmió aquella noche pensando en él, sonriendo en la oscuridad, imaginando la cara de sorpresa de sus padres, sin saber —¿cómo iba a saberlo, si solo tenía cinco años y el corazón lleno de ganas de estar cerca?

— que aquel plan perfecto, aquella travesura de amor, lo metería en el único sitio del mundo donde su tío no había contado con él; que al esconderse en el carruaje para no separarse de sus padres, se ataría a su destino de la manera más terrible; y que un hombre de ojos grises, que ya lo tenía todo calculado —las vigas, las sogas, el peso justo de dos adultos y un cochero sobre un puente vaciado por dentro—, iba a ver aparecer, en el último instante, un peso que no había sumado, una cabecita rizada asomando bajo una lona, e iba a gritar, iba a gritar como no había gritado nunca, demasiado tarde.

Pero eso era mañana.

Esa noche, el niño dormía y sonreía, soñando con una sorpresa feliz.

Sus padres dormían, felices, sin sombra, en la última noche entera de su vida.

Y Morcar no dormía. Estaba en la torre oeste, mirando el río negro y el puente oscuro que lo cruzaba, y las nubes que se juntaban en el oeste prometiendo tormenta para el día de la fiesta, y pensaba que los cielos mismos parecían estar de su parte, que iba a llover, que un puente mojado se rompe mejor y engaña más, que todo, absolutamente todo, estaba saliendo como Wystan le había enseñado a hacer que saliera.

Todo, menos una cosa que aún no sabía.

Que abajo, en una cuadra, un niño había encontrado un hueco bajo un asiento, del tamaño exacto de su amor por sus padres.