La última primavera (Dunheath)
Capítulo XIX
· · ·
Nunca fueron tan felices como aquella última primavera, y esa es la parte más difícil de contar.
Porque sería más soportable escribir que los Brynhaeth vivieron sus últimas semanas presintiendo la sombra, con el corazón encogido, despidiéndose sin saberlo de cada cosa.
No fue así. La vida no tiene esa piedad.
Fueron, al contrario, las semanas más luminosas que aquella familia había conocido: el año en que Alaric dejó de ser un bebé y empezó a ser un niño de verdad, con preguntas, con ideas, con esa gracia terrible de los cinco años que hace reír a los padres a media frase; el año en que Aethelind, por fin, después de tantas pérdidas, se permitió creer que la dicha había venido para quedarse; el año en que Edric, viéndolos a los dos, pensaba a veces, tumbado en la galería, que un hombre no podía pedirle más a la vida sin pecar de codicia.
No sabían que se despedían. Y por eso la despedida fue perfecta. Fue una primavera entera sin una sola sombra dentro de casa, aunque la casa estuviera ya, sin saberlo, rodeada de sombras.
Alaric iba a cumplir cinco años y tenía una cabeza que no paraba.
Perseguía a los gatos por los patios. Construía torres de piedras que se derrumbaban y volvía a construirlas, tercamente, «porque las torres se caen para que aprendas a hacerlas mejor».
Nombraba a los caballos, a las gaviotas, a las olas.
Y preguntaba. Preguntaba sin parar, esas preguntas de niño que parecen tontas y no lo son: por qué el mar es más grande que el río si el río llega antes; por qué las estrellas no se caen; por qué los pobres son pobres si el granero del padre está lleno.
Esta última se la hizo a Edric una tarde, y Edric se quedó tanto rato pensando la respuesta que Alaric se aburrió y se fue a perseguir un gato, y Edric le dijo a Aethelind esa noche, maravillado:
—Va a ser mejor señor que yo. Ya lo es, y aún no tiene cinco años.
Yo a su edad no me preguntaba esas cosas.
Yo daba las cosas por hechas. Él no. Él lo mira todo como si tuviera que arreglarlo.
—Sonrió, con esa mezcla de orgullo y de vértigo de los padres—.
A veces me da miedo lo bueno que va a ser.
—A mí también me da miedo —dijo Aethelind, y no dijo de qué, porque no lo sabía, porque era solo un frío en la nuca, el mismo de siempre, que ella achacaba a su costumbre de temer.
· · ·
Morcar los observaba a los tres desde dentro de su máscara, y esperaba.
Se había vuelto imprescindible en la casa.
No de un modo aparatoso —Morcar nunca hacía nada de un modo aparatoso—, sino a la manera del agua, que se mete en todas partes sin que se la sienta entrar.
Aliviaba a Edric de las tareas tediosas que al señor le robaban tiempo; revisaba los muros exteriores «para que el sobrino no se preocupara»; entretenía a Alaric cuando los padres tenían audiencias; conversaba con Aethelind de las cosas del norte con una cortesía que a ella la ponía en guardia sin que pudiera decir por qué.
Era el tío bueno. El pariente atento. La familia entera se había acostumbrado a su presencia como uno se acostumbra a un mueble cómodo, y ya nadie recordaba del todo cómo era la casa antes de que él llegara.
Y mientras se dejaba querer, Morcar contaba los días.
Porque tenía ya la fecha. No la había elegido él solo; se la había regalado el calendario, y era perfecta.
La fiesta de primavera. El día del renacer.
El único día del año en que los señores de Dunheath salían del castillo en carruaje, sin escolta pesada, para el paseo ritual por el burgo; el único día en que cruzaban el puente hacia el valle para bendecir los campos, como mandaba la costumbre desde antes de que hubiera memoria.
Un día de fiesta, de vino, de guardias distraídos, de gente en las calles mirando otra cosa.
Un día en que un carruaje sobre un puente viejo y «mal mantenido» podía tener un accidente, una desgracia, una de esas tragedias que la voluntad de los cielos reparte sin que nadie tenga la culpa.
La fiesta de primavera era, en todo aquel mundo, el día más grande del año, y con razón.
Llegaba justo cuando la gente salía del tiempo del hambre —los meses flacos en que se agotaban las reservas del otoño—, y celebraba lo único que de verdad importaba a quien vive de la tierra: que el mundo no se había muerto, que volvía el verde, que habría otra cosecha.
En ella se mezclaban, como en casi todo, la cruz y lo de antes de la cruz: la Iglesia bendecía los campos y sacaba en procesión a sus santos para pedir un buen año, y por debajo seguían latiendo los ritos viejos, los fuegos, las coronas de flores, las ofrendas al agua, que los curas fingían no ver.
Y era costumbre desde antes de toda memoria que los señores salieran ese día de su castillo, se mostraran a su gente y cruzaran a bendecir los sembrados, para renovar el pacto callado entre el que manda y el que trabaja: yo os protejo, vosotros me sostenéis, y los dos confiamos en que la tierra sea generosa un año más.
Era el día de la vida, de la esperanza, del futuro; el día en que una comunidad entera decía sí a seguir viviendo.
Por eso lo había elegido Morcar. Porque no hay crueldad más limpia que convertir el día de la vida en el día de la muerte, y hacerla pasar, además, por voluntad de los mismos cielos a los que ese día todos daban las gracias.
Todo estaba casi listo. Los cuatro hombres grises ya habían subido al puente de noche, más de una vez, a estudiarlo por dentro, a marcar qué vigas, qué sogas, qué cuñas.
Rhedgar tenía comprados a los dos guardias que harían la ronda equivocada a la hora equivocada.
La duda que Raddulf, Gaston y Osric habían sembrado durante meses tenía ya al pueblo lo bastante inquieto como para que, cuando cayera el golpe, el miedo hiciera el resto.
Solo faltaba esperar a que el día llegara.
Y jugar, mientras tanto, con el niño.
Porque esa era la parte que Morcar no había previsto, la única grieta en su piedra: que el niño lo quería.
Alaric adoraba a su tío. Le llevaba sus torres de piedra para que las viera.
Le pedía que le contara historias del norte, de los lobos y del hielo, y Morcar se las contaba, y el niño lo escuchaba con la boca abierta.
Le tiraba de la barba. Se le dormía a veces en el regazo, en las tardes largas, confiado como solo se duermen los niños en los brazos de quien creen que los quiere.
Y Morcar, con aquel peso caliente y confiado sobre las rodillas, con la respiración lenta del niño en el pecho, sentía a veces —solo a veces, y lo odiaba— algo que se movía muy adentro, en el sitio donde su padre le había dicho que no había nada.
No era piedad; la piedad se le había apagado en una loma del norte, mirando a otra mujer mecer a otro niño.
Era otra cosa, más rara y más cruel: era el fantasma de la vida que no vivió.
Yo podría haber tenido esto, pensaba, mirando dormir al niño que iba a matar.
Una casa. Un hijo. Unas tardes. Si mi padre hubiera puesto el filo en mí, si hubiera creído en mí, yo sería el hombre bueno de esta historia, y no el que soy.
Me lo quitaron. Me quitaron la posibilidad de ser esto.
Y ahora vengo a quitárselo al que sí lo tiene.
Lo pensaba, y lo apartaba, como apartaba todo. Y le acariciaba el pelo al niño dormido con una mano que no temblaba, y calculaba, por encima de aquella cabeza confiada, cuántas semanas faltaban para la fiesta.
Una vez, solo una, el niño lo miró desde el regazo, muy serio, con esos ojos que a veces se le ponían de adulto, y le preguntó:
—Tío, ¿tú estás triste?
Morcar se quedó quieto.
—¿Por qué lo dices, pequeño?
—Porque sonríes con la boca —dijo Alaric, con la crueldad inocente de los niños que ven lo que los grandes esconden— pero no con los ojos. Papá sonríe con los ojos. Tú no. ¿Estás triste?
Y Morcar, el hombre de piedra, sintió por un instante el suelo moverse bajo él, como si aquel niño de cinco años le hubiera metido un dedo en la grieta exacta.
Los perros lo sabían. Aethelind lo intuía.
Y ahora el niño, con una sola frase, había dicho en voz alta lo que ninguno de los adultos se atrevía a decir.
—Estoy viejo, Alaric —respondió, componiendo la sonrisa, esta vez con los ojos también, porque Morcar podía hacer eso cuando hacía falta—. Los viejos sonríen distinto. Ya sonreirás tú así, dentro de muchos, muchos años. Cuando hayas vivido tanto como yo.
El niño se quedó pensándolo, aceptó la respuesta, y se volvió a dormir.
Y Morcar se quedó mirando la pared, con el niño encima, pensando que aquella criatura no viviría «muchos, muchos años», que no llegaría a viejo, que no sonreiría nunca de aquella manera cansada, porque él se encargaría de que no; y esperó, como siempre, a sentir algo por ello.
No sintió nada.
O casi nada. Un roce. Una astilla. La sombra de la sombra de algo. Lo suficiente para saber que aún era un hombre y no del todo una piedra; lo bastante poco como para no cambiar ni una de sus cuentas.
· · ·
Faltaban dos semanas para la fiesta cuando la familia cenó, una noche, los tres solos.