La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) Señales en el agua
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Señales en el agua

Capítulo XVIII

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El río empezó a mentir aquel otoño, y solo tres personas en Caerwyc supieron leer la mentira.

No fue nada que un forastero hubiera notado.

El agua seguía bajando, la rueda del molino seguía girando, las mujeres seguían lavando en el vado.

Pero el río, que Elswyth llevaba casi once años escuchando sin saber que lo escuchaba, había cambiado de voz.

Bajaba con un rumor distinto, más sordo, más adentro, como habla un hombre que oculta algo.

Y su nivel ya no obedecía a las lluvias: llovía tres días y el vado apenas subía; venía una semana seca y el agua crecía sin razón, turbia, arrastrando ramas y hojas que no eran de la estación.

Como si en algún lugar río arriba, donde nadie miraba, el agua estuviera haciendo cosas que no se veían desde la aldea.

La primera en decirlo en voz alta fue Maerwynn.

—El río está preso —dijo una mañana, en la puerta de Oswin, sin que nadie le preguntara, mirando el agua parda que bajaba del norte—. En alguna parte, ahí arriba, algo lo tiene agarrado. Y lo que se agarra, tarde o temprano, se suelta.

Nadie le hizo mucho caso. A Maerwynn se le perdonaban esas frases como se le perdonan al viejo del pueblo las manías: con una sonrisa, un asentimiento, y las espaldas ya vueltas.

Pero Elswyth, que pasaba por allí con la cesta del pan, se detuvo.

Y se quedó mirando el agua parda con la misma cara con que la miraba la curandera.

Maerwynn la vio.

—¿Tú también lo oyes? —le preguntó, en voz baja, para ellas dos.

Elswyth asintió, despacio.

—Suena tapado —dijo la niña—. Como cuando Wulfric habla con la boca llena.

Y la vieja curandera, que hacía diez años había sostenido en sus manos a una recién nacida que la miraba, soltó una de sus risas de hoja seca, sin alegría, con algo parecido al orgullo y algo parecido al miedo.

—Ven conmigo esta tarde —le dijo—. Es hora de que aprendas a leer el agua. Ya la oyes. Solo te falta entender lo que dice. Y me parece que este año va a decir cosas que más nos vale entender.

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Subieron por la orilla aquella tarde, la vieja y la niña, siguiendo el río contra corriente, más allá del molino, más allá de donde solían llegar los niños, hacia el norte, hacia donde el cauce se estrechaba entre paredes de roca y el bosque bajaba hasta el agua.

Maerwynn le fue enseñando por el camino.

Le enseñó a mirar las orillas: dónde el agua había lamido la tierra más arriba de lo normal, dejando una franja de barro y raíces desnudas.

Le enseñó a mirar los remansos: cuántas hojas y ramas se acumulaban, girando, sin poder seguir.

Le enseñó a mirar los animales: cómo los pájaros del agua, las garzas, las fochas, habían bajado hacia el vado, abandonando los tramos altos, como quien se aparta de una casa que va a arder.

Y le enseñó, sobre todo, a estarse quieta y escuchar, que era lo que Elswyth ya sabía hacer mejor que nadie.

—El agua no engaña nunca —dijo Maerwynn, mientras subían—.

Los hombres, sí. El agua, no. El agua hace exactamente lo que le mandan la lluvia, la nieve, la piedra y el tiempo, y si sabes leerla, te cuenta con semanas de adelanto lo que va a pasar.

El problema no es que el río mienta. El problema es que casi nadie sabe ya escucharlo.

Antes sí. Antes, en cada aldea había quien sabía.

Ahora quedamos cuatro viejos y alguna cría rara.

— Le puso una mano nudosa en el hombro—.

Por eso te enseño. Alguien tiene que seguir oyendo, cuando yo ya no esté.

Lo que Maerwynn le estaba pasando a la niña no venía de ningún libro, porque no estaba escrito en ninguno.

Era un saber tan viejo como la gente que vivía junto a los ríos, transmitido de boca a boca y de mano a mano a lo largo de incontables generaciones: saber en qué luna hiela, qué nube trae granizo y cuál solo agua, cuándo adelantar la siega porque el año viene corto, cómo se lee en el vuelo de las aves y en el humor del ganado lo que el cielo aún no ha dicho.

No era magia, aunque a veces lo pareciera y a los curas se lo pareciera siempre.

Era observación paciente acumulada durante siglos, la ciencia de los que no tenían otra, afinada por la única maestra que no perdona, que era el hambre.

Un pueblo que sabía leer su río y su cielo vivía; uno que había olvidado cómo hacerlo moría de una sequía o de una crecida que otros habrían visto venir.

Y aquel saber, en tiempos de Maerwynn, se estaba perdiendo.

Los jóvenes lo escuchaban con media oreja, confiados en que las cosas seguirían siendo como habían sido siempre; la Iglesia lo miraba con recelo por lo que tenía de antiguo y de pagano; y quedaban ya solo unos pocos viejos, y alguna niña rara nacida mirando, capaces de oír lo que el agua decía.

Cuando ellos faltaran, el valle se quedaría sordo.

Y un valle sordo no oye llegar su desgracia.

Llegaron, al caer la tarde, al recodo.

Era un meandro amplio donde el río, obligado por la roca, giraba casi sobre sí mismo antes de seguir hacia el sur. Y allí, en la curva, atravesado de orilla a orilla, se estaba formando algo que a Elswyth se le quedó grabado para siempre.

Troncos. Decenas de troncos.

Las tormentas del otoño habían arrancado árboles enteros de las laderas altas, y la corriente los había ido arrastrando hasta aquel recodo, donde la curva y una roca saliente los detenían.

Un primer tronco se había atravesado, y luego otro se había enganchado en él, y otro, y otro, y con ellos ramas, y maleza, y hojas, y barro, hasta formar una barrera enredada, espesa, que cruzaba el río de lado a lado como una presa que nadie había construido.

El agua se colaba por debajo y por los huecos, a presión, con un rugido sordo y furioso; pero pasaba menos de la que llegaba.

Y detrás de la barrera, río arriba, el agua se remansaba, subía, se ensanchaba, formando poco a poco un lago turbio y creciente que no debería estar allí.

Maerwynn se quedó mirándolo un largo rato, sin decir nada. Y Elswyth, a su lado, sintió por primera vez en su corta vida el miedo verdadero: no el susto de un juego, sino la certeza fría de estar viendo algo enorme y paciente que se preparaba, en silencio, para hacer daño.

—¿Se romperá? —preguntó la niña.

—Todo lo que retiene agua se rompe —dijo Maerwynn—.

Siempre. La única pregunta es cuándo, y cuánta agua tendrá detrás cuando lo haga.

—Miró el lago turbio que crecía tras los troncos—.

Si se soltara ahora, bajaría una buena crecida, se llevaría una barca, asustaría a la gente, y ya.

Pero no se va a soltar ahora. Va a aguantar.

Va a seguir juntando agua todo el invierno, con cada lluvia, con cada deshielo.

Y va a esperar. —Se le endureció la voz—.

Y el día que se suelte, no bajará una crecida.

Bajará un mar de pie. Todo el invierno de agua, de golpe, en un instante, sobre lo que encuentre.

—Sobre la aldea —dijo Elswyth, muy bajo.

Maerwynn no respondió. No hacía falta.

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Bajaron de noche, en silencio, y a la mañana siguiente Maerwynn fue a hablar con Beran.

Elswyth los vio desde lejos, junto al roble del consejo: la curandera y el viejo cantor, cabeza con cabeza, hablando en voz baja mucho rato.

Vio a Beran asentir con gravedad, cerrar los ojos como hacía cuando desenterraba algo muy viejo, y luego negar con la cabeza, despacio, con una tristeza antigua.

Y vio cómo los dos, al terminar, miraban hacia el norte, hacia donde el río escondía su presa, con la misma cara: la cara de los que saben una cosa terrible y saben también que no van a poder convencer a nadie de ella.

Porque lo intentaron. Vaya si lo intentaron.

Beran habló esa noche, junto al fuego comunal, con toda la autoridad de sus años y sus cuentos.

Habló del recodo, y de los troncos, y del agua que se juntaba arriba.

Pidió hombres para subir a deshacer el tapón antes de que creciera más, mientras aún se pudiera, mientras aún fuera un montón de leña y no una montaña de agua.

Y los hombres de Caerwyc lo escucharon, y asintieron, y no hicieron nada.

No por malos. Por hombres. Porque subir hasta el recodo era media jornada de camino malo.

Porque deshacer aquel tapón era un trabajo brutal y peligroso, de meterse en el agua fría de noviembre a tirar de troncos que podían soltarse encima de uno y matarlo.

Porque había que arar, y recoger, y reparar, y cuidar el ganado, y sobrevivir al día que tenían delante, que ya era bastante.

Porque el peligro estaba lejos, arriba, donde no se veía, y los peligros que no se ven cansan menos que los que se tienen delante.

Y porque, en el fondo, ninguno de ellos creía de verdad, con esa parte del alma que mueve las manos, que el río manso de toda la vida, el río del vado y del molino y de la ropa lavada, fuera a levantarse un día y a matarlos a todos.