La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) Los señores del este #3
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Los señores del este #3

Había notado que Osric el Gris, en las últimas reuniones del Anzuelo Hundido, sabía cosas del este que no debería saber.

Detalles de las intenciones de Belcliff.

Movimientos de Caermoor. Un escribano expulsado del archivo de Belcliff no tendría por qué seguir tan al día de los secretos de Belcliff…

a menos que no estuviera tan expulsado como fingía.

A menos que aquel rencor tan bien contado fuera una tapadera, y que Osric siguiera sirviendo, por dinero o por convicción, a los mismos que decía odiar.

Osric juega su propia partida, comprendió Morcar, con el frío placer de quien descubre una clavija que creía saber y resulta esconder otra debajo.

Me usa para descalzar Dunheath, sí. Pero no para dármela a mí.

Para dársela, debilitada, a Belcliff, que es quien de verdad le paga.

Cree que yo soy su herramienta, como Raddulf cree que yo soy la suya, como todos creen que soy la de alguien.

No se alarmó. Al contrario. Archivó el dato, frío y limpio, junto a los otros mil.

Un conspirador que sirve a dos amos es un cabo más que habrá que cortar a su tiempo; pero mientras tanto, mientras sus intereses coincidieran —debilitar Dunheath—, le servía igual.

Ya se ocuparía de Osric cuando Osric dejara de ser útil.

Se ocuparía de todos. Ese era, al fin y al cabo, el último paso del plan, el que nadie de los que brindaban en la taberna sospechaba: que el día que Dunheath cayera, caerían también, uno a uno, todos los que la habían hecho caer, hasta que no quedara vivo nadie capaz de contar cómo había caído.

Salvo él.

·   ·   ·

Fue Alaric quien encontró el anillo, trepado al regazo de su madre en la galería.

La cadena se había salido del vestido, y el niño la pescó al vuelo, como lo pescaba todo: un aro viejo, gastado, con un dibujo que ya casi no se leía.

—¿Qué es esto?

—De tu abuela. La madre de mamá. No la conociste.

—¿Es una llave? —Lo dijo porque colgaba de una cadena como las llaves del despensero, y porque a su edad las cosas son lo que parecen.

Aethelind se quedó un momento callada.

—Algo así.

—¿Y qué abre?

—Nada que nos haga falta. —Le cerró la mano alrededor del aro, un momento, el metal tibio entre los dedos de los dos—. Las llaves no solo abren, Alaric. Algunas están para tener las puertas cerradas.

El niño lo pensó con aquel gesto suyo de sopesar los asuntos grandes.

—Pues es una llave aburrida —dictaminó al fin, y se descolgó del regazo, porque un gato cruzaba la galería y el mundo estaba lleno de asuntos urgentes.

Aethelind lo vio correr tras el gato, gritando un nombre que acababa de inventarle. Volvió a guardarse el anillo bajo el vestido, contra el pecho, donde nadie lo viera.

«Que no te haga falta nunca. Que sea siempre una llave aburrida.»

·   ·   ·

Esa noche, Aethelind no pudo dormir.

Se levantó, como tantas veces, y fue a la galería sobre el mar, y luego, sin decidirlo, a la cámara donde dormía Alaric.

Se quedó de pie junto a la cama, mirando dormir a su hijo, a la luz de una lámpara baja.

El niño dormía como duermen los que aún no saben nada del mundo, boca arriba, con los brazos abiertos, entregado, confiado, seguro de que mientras sus padres velaran nada malo podía alcanzarlo.

Y Aethelind, que había peleado tanto por traerlo al mundo, que lo había pedido a todos los santos y a todos los dioses viejos, que lo había enterrado dos veces antes de tenerlo, sintió por primera vez, mirándolo dormir, no la dicha de siempre, sino un miedo hondo, animal, sin fondo.

Se llevó la mano al anillo de su madre, colgado del cuello.

Perdóname, le dijo, en silencio, a aquella mujer muerta que le había dejado un río bajo el hielo y una sangre que era una diana.

Perdóname por habértela pasado. No la pedí.

No la quería. Y ahora la lleva él, que tampoco la pidió.

Ojalá pudiera arrancársela. Ojalá pudiera hacer de él un niño cualquiera, sin sangre, sin derecho, sin valor para nadie más que para nosotros.

Los niños sin valor viven tranquilos. Son los valiosos los que el mundo se disputa hasta romperlos.

Le apartó un mechón de la frente. El niño se removió, sonrió en sueños, murmuró algo sin sentido, y siguió durmiendo.

Y Aethelind, velándolo, resolvió lo que resuelven todas las madres cuando huelen el peligro: que protegería a su hijo de todo. De Belcliff. De Caermoor. Del mundo entero si hacía falta. Que ningún señor del este le pondría la mano encima a su niño mientras ella respirara.

Miró hacia el este, hacia donde estaban los enemigos que conocía.

No miró hacia la puerta, hacia el pasillo, hacia la estancia de invitados donde, a pocos pasos, un tío bueno y enfermo velaba también, a su manera, por el futuro de aquel niño.

Porque el peligro que mata, casi nunca es el que se vigila.

Es el que duerme bajo el propio techo, y da los buenos días, y recuerda tu nombre, y espera.

Afuera, el mar respiraba. Y el río, invisible en la noche, bajaba hacia él, cargando la primavera que ya venía de camino, y con la primavera, la fiesta, y con la fiesta, la tormenta.

Faltaba muy poco.

La corriente casi había subido del todo.