La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) Los señores del este #2
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Los señores del este #2

Así se hacía la política entre casas: no con ejércitos, que eran caros y peligrosos, sino con embajadas, cortesía y amenazas envueltas en regalos.

Un enviado así era un arma fina. Llegaba con sonrisas y presentes, se le recibía con toda la hospitalidad debida —porque maltratar a un embajador era declarar la guerra—, comía a la mesa del que venía a apretar, y decía lo importante en el último momento, en voz baja, ante los pocos que contaban, siempre de modo que pudiera negarse después: nunca una amenaza abierta, sino una preocupación, un consejo, un temor amistoso por la seguridad de todos.

El arte estaba en oír lo que no se decía.

Edric y Aethelind habían aprendido, en once años de gobernar rodeados de casas más grandes, a leer aquel idioma cortés en que un elogio podía ser un aviso, y una oferta de protección, una extorsión.

—Mi señor de Belcliff —dijo Aldhelm, con dulzura— ama a Dunheath como a la joya de su corona.

Y le preocupa. Le preocupan los tiempos.

Caermoor arma alianzas. Los caminos no son seguros.

Un puerto tan rico, en manos tan… independientes, es una tentación para muchos.

Mi señor solo quiere protegeros. —Bebió—.

Por eso propone, en su generosidad, estrechar los lazos entre las casas.

Un vínculo de sangre, que asegure para siempre la amistad y la protección.

—Y ahí llegó, envuelto en terciopelo—: El pequeño Alaric.

Un niño prometedor. Mi señor tiene una sobrina de tierna edad.

Un compromiso ahora, una boda cuando crezcan…

y Dunheath quedaría para siempre bajo el ala de Belcliff.

Protegida. Segura. Y su heredero, y la… la sangre tan interesante que lo adorna, quedarían, digamos, en buenas manos. En manos amigas.

El salón se quedó muy quieto.

Edric no cambió el gesto, pero Aethelind, que lo conocía, vio cómo se le tensaba la mandíbula.

Porque los dos habían entendido lo mismo bajo el terciopelo: no era una propuesta de matrimonio.

Era una petición de rehén. Querían al niño.

Querían el linaje. Querían tener en su poder, atado por un compromiso desde la cuna, al único ser vivo capaz de despertar un día el derecho de la Marea, para despertarlo ellos, o para asegurarse de que no lo despertara nadie más.

Lo que Belcliff proponía, envuelto en seda, era una costumbre tan vieja como el poder mismo: el rehén.

En aquel mundo, la manera más segura de garantizar la lealtad de una casa era tener en las manos a uno de los suyos.

Se llamaba de muchas formas amables —un compromiso, una crianza, un vínculo entre familias—, y consistía en que un niño, casi siempre el heredero, se enviaba a educarse a la corte del señor de arriba, o se prometía en matrimonio desde la cuna, y allí crecía, bien tratado, colmado de atenciones, y a la vez preso: mientras el niño estuviera bajo su techo, su padre no se atrevería a desobedecer, porque sabía lo que le pasaría al rehén si lo hacía.

No hacía falta encadenar a nadie. Bastaba con tener al hijo.

Fue Aethelind quien respondió, antes que Edric, y lo hizo con una serenidad que heló la sala.

—Agradeced a vuestro señor su preocupación —dijo—.

Y decidle que la sangre de mi hijo no está en venta, ni en préstamo, ni en prenda.

Decidle que Dunheath ha sido amiga de Belcliff cuando Belcliff ha sido amiga de Dunheath, y que seguirá pagando sus tributos como leal vasalla mientras esos tributos sean justos.

Pero que a mi hijo lo casaremos, si Dios quiere, cuando sea un hombre y pueda elegir, con quien su corazón y su juicio le digan.

Como me casaron a mí. —Sostuvo la mirada del embajador sin pestañear—.

Decidle también, con todo respeto, que quien mira demasiado la sangre de un niño tan pequeño suele ser porque ya está pensando en qué hará el día que ese niño estorbe.

Y que una madre, señor Aldhelm, huele esas cosas antes de que se digan.

Aldhelm sonrió, imperturbable, pero algo se le apagó detrás de los ojos.

—Sois tan sabia como hermosa, mi señora —dijo—. Espero, por el bien de todos, que sigáis sabiéndolo todo tan pronto. —Se inclinó—. Los tiempos son inciertos. Cuídense mucho los señores de Dunheath. Y cuiden, sobre todo, de ese niño tan… valioso.

Y se marchó, dejando la amenaza flotando en el aire como el humo de una vela apagada.

·   ·   ·

Morcar había asistido a todo desde un rincón, callado, en su papel de tío enfermo y bienintencionado, y no se había perdido una sola palabra.

Para el mundo, era un pariente más, entristecido por ver a su querida familia acosada. Por dentro, sumaba, como siempre, y lo que sumó aquella tarde le supo casi dulce.

Cada vez más solos, pensó, viendo alejarse la comitiva de Belcliff.

Belcliff los aprieta. Caermoor los ronda.

Y ellos, orgullosos, decentes, acaban de negarle al señor del este lo único que le habría atado a defenderlos.

Bien. Muy bien. Un hombre rodeado de enemigos no cuenta a los amigos: los da por hechos.

Y mientras Edric mira al este, buscando de dónde vendrá el golpe, no mira a su lado, donde estoy yo.

Los señores del este me están haciendo el trabajo sin saberlo.

Cuanto más lo aprieten, más solo estará el día en que el suelo se hunda.

Y nadie vendrá de fuera a socorrer a una casa a la que ellos mismos querían ver caer.

Solo una cosa le enturbió la satisfacción, y fue una sospecha que llevaba semanas creciéndole.