La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) La sanadora del litoral #2
72%

La sanadora del litoral #2

Le enseñaba, pero no la abrazaba. La alimentaba, pero no le decía las palabras que la niña esperaba, las que se le veían esperar en los ojos cada vez que hacía algo bien.

La dejaba dormir junto al fuego las noches de tormenta, pero por la mañana la mandaba de vuelta al caserío, aunque la niña habría dado un brazo por quedarse.

Curar sí, se decía Sunniva, apretando los dientes cuando la veía marcharse cabizbaja por el espolón.

Curar sí. Querer no. Ya quise una vez. Ya sé lo que cuesta.

No vuelvo a pagar ese precio. No sobreviviría a pagarlo dos veces.

—Podrías quedarte con ella —le dijo un día una mujer del caserío, viéndolas trabajar juntas—. La cría te adora. Y tú estás sola. Dios os ha juntado, mujer. ¿Qué más quieres?

—No estoy sola —mintió Sunniva—. Estoy tranquila, que es otra cosa.

Y la cría no me adora a mí; adora tener a quién adorar, que a esa edad es una necesidad como el pan.

Cuando crezca, encontrará mejores sitios donde ponerlo.

—Se dio la vuelta, para que no le vieran la cara—.

No soy sitio para el cariño de nadie. Ya no. Se me quemó el sitio.

La mujer se encogió de hombros y se fue, y pensó que la sanadora del litoral era una buena mujer pero rara, y dura, y triste, y que quién entendía a la gente que ha perdido mucho.

·   ·   ·

Fue una mañana de mareas grandes cuando la niña cosió su primera herida.

La trajo un marisquero viejo del caserío, resbalado en las rocas del espolón: el brazo abierto del codo a la muñeca, un corte largo y sucio, de los que no matan pero desangran.

Sunniva lo sentó en el poyo de la puerta, le alzó el brazo y apretó los bordes de la carne con las dos manos para tenerla cerrada.

Y en vez de pedir el hilo para sí, miró a la niña.

—Hierve la crin —dijo—. Y trae la aguja.

Wren no preguntó. Puso el cazo, contó los hervores como le habían enseñado a contarlos, y volvió con la aguja en la palma abierta, ofrecida, como se llevan las cosas que importan. Era una aguja oscura, quemada de un negro viejo que no se iba con nada, ni con arena ni con vinagre.

—Cose tú.

El marisquero fue a decir algo y no lo dijo, porque a la sanadora del litoral no se le discutían ni los remedios ni las ayudas.

Y la niña cosió. Torcida la primera puntada, derecha la segunda, mordiéndose el labio, con las manos más quietas de lo que nadie de su edad tenía derecho a tenerlas.

Sunniva sostenía la herida y no miraba la herida: miraba la aguja, entrando y saliendo de la carne de un vivo, empujada por unos dedos pequeños que no eran los suyos.

«De mi madre a mí,» pensó. «Y de mí, a nadie. Eso fue lo que juré.»

La aguja no sabía nada del juramento. Iba y venía.

Cuando el brazo quedó fajado, el marisquero movió los dedos uno a uno, mirando a la niña como se mira a la gente nueva.

—Buena mano —le dijo—. Mejor que la de muchos.

Wren no contestó, pero la cara se le encendió, y guardó aquellas palabras donde guardaba las pocas que le habían dado. Luego limpió la aguja, la secó en su falda y se la devolvió a Sunniva.

—¿Por qué está tan negra? —preguntó.

—Del fuego —dijo Sunniva.

Y no dijo más, y la niña entendió que no había más, y no volvió a preguntar.

Pero aquella noche, al envolver la aguja en su paño, Sunniva tardó en soltarla un poco más que otras noches.

·   ·   ·

Aquel otoño, una galerna arrojó a la punta los restos de una barca de pesca, y con ellos, a un hombre.

Estaba muerto. Llevaba muerto, por su aspecto, más de un día.

Era joven, y por la ropa, un pescador de alguna aldea de más al sur, de las que a veces se aventuraban demasiado lejos persiguiendo los bancos.

No traía nada que dijera quién era: ni un nombre, ni una señal, ni un rostro reconocible ya.

Solo un cuerpo que el mar había usado y devuelto.

Sunniva lo enterró en la duna, como a los otros, con su piedra plana y su oración vieja. Y Wren, que la ayudó a cavar, se quedó mirando la fila de piedras sin nombre, y preguntó, con esa crueldad inocente de los niños que van directos a lo que los mayores rodean:

—¿A tu hijo también lo enterraste así? ¿Solo con una piedra?

Sunniva se quedó con la azada en el aire.

Nunca le había hablado a la niña de Ari.

Nunca le había hablado a nadie, desde Dunheath, desde aquella madrugada contra una pared mojada con una señora de manos rojas.

No sabía cómo Wren lo sabía; quizá lo había oído en el caserío, donde se sabía todo; quizá simplemente lo había adivinado, como adivinan los niños las heridas de los grandes.

—No —dijo, al fin, muy bajo, clavando la azada en la arena—.

A mi hijo lo enterré tierra adentro. Mirando a la tierra.

Lo más lejos que pude del agua. —Apretó la piedra sobre la tumba del pescador desconocido—.

Porque el agua ya me lo había quitado todo, y no pensaba darle también el descanso de mirarla.

Wren no dijo nada más. Pero se acercó a Sunniva, despacio, y le puso una mano pequeña y sucia en el brazo, y se la dejó ahí, sin exigir nada, sin esperar que la abrazaran, solo estando, como había aprendido de la propia Sunniva que se está con el dolor de los demás.

Y Sunniva, por un instante —solo un instante—, estuvo a punto de romperse. A punto de soltar la azada, y de arrodillarse en la arena, y de abrazar a aquella niña parda y rápida y huérfana, y de dejar que el juramento se le hiciera pedazos, y de volver a querer.

No lo hizo.

Llegó a abrir la boca. La palabra estaba allí, hecha, redonda, esperando desde hacía meses: quédate . Dos sílabas. Le habría costado menos aliento que un suspiro, y habría cambiado dos vidas al precio de una.

Lo que salió fue otra cosa.

—Se hace tarde —dijo—. Vuelve al caserío, antes de que suba la marea y te corte el espolón.

Y se apartó, con suavidad pero con firmeza, y recogió las herramientas, y se quedó con la palabra dentro, atravesada, como se queda una espina que ya no se deja sacar.

Y la niña se fue, otra vez, por el camino de piedras que el agua empezaba ya a cubrir, volviéndose una vez a mirar, esperando algo que no llegó.

Sunniva la vio irse. Y cuando la niña desapareció tras la loma, y solo entonces, se permitió por fin lo que llevaba toda la tarde tragándose, y lloró, sola, de pie sobre una duna llena de muertos ajenos, por un hijo enterrado mirando a la tierra y por otra niña a la que no se dejaba querer.

·   ·   ·

Esa noche no durmió.

Le pasaba a menudo. Se sentaba en el umbral de la casa de piedra, envuelta en la capa de piel que una señora buena le había regalado en otra vida, y miraba el agua.

La marea alta lamía la punta con un rumor constante, y la luna, cuando la había, ponía un camino de plata tembloroso sobre el estuario, desde la orilla hasta perderse mar adentro.

La Isla del Cormorán era una mancha negra recortada contra el brillo, silenciosa ahora, con sus aves dormidas.

Sunniva miraba el agua que había jurado no volver a mirar.

La miraba porque no podía dejar de mirarla, porque una mujer de mar no huye del agua más de lo que el agua huye de la luna, y porque en el fondo, muy en el fondo, había hecho las paces con ella de la única manera posible: aceptando que el agua no era buena ni mala, que no la odiaba a ella en particular, que se limitaba a hacer lo que hacía el agua desde antes de que hubiera hombres para sufrirlo: llevarse cosas, y traer otras, sin preguntar, sin recordar, sin piedad y sin crueldad, indiferente y eterna.

Le quita a uno lo que ama, pensó Sunniva, mirando el camino de plata. Y luego, un día, deja a tus pies el cadáver de un desconocido para que lo entierres. Y no hay en ello ni castigo ni consuelo. Es solo el agua, bajando.

Ignoraba —porque nadie puede saber esas cosas— que aquel mismo río que moría manso en su puerta bajaba, leguas arriba, junto a un vado, junto a un molino, junto a una aldea que ella no había visto nunca; ni que, en aquella aldea, dos niños dormían aquella noche abrazados, ajenos a todo, con harina aún en el pelo de un día lejano; ni que, en una torre gris río abajo, un hombre de ojos grises movía en la oscuridad una clavija de hierro sobre un tablero de madera.

No sabía nada de todo eso. Y aunque lo hubiera sabido, ¿qué habría cambiado?

Una sanadora en el filo del mundo, con su duna de muertos a la espalda y su juramento intacto en el pecho, no podía hacer nada por una aldea que no conocía, ni por una torre en la que nunca había estado, ni por dos niños que dormían leguas arriba con harina en el pelo.

Cada cual bajaba por su propio cauce, ajeno a los demás.

Así había sido siempre. Así sería, creía ella, hasta el final.

Sunniva miró el camino de plata sobre el agua hasta que la luna se puso. Luego entró, atizó el fuego y se acostó sola.

Afuera, la marea empezó a bajar, y se llevó mar adentro, como cada noche, un poco más de la orilla. El agua no guardaba rencor. El agua no guardaba nada. Solo bajaba, con su vieja paciencia de siglos, hacia el mismo mar de siempre.