La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) La Taberna del Anzuelo Hundido
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La Taberna del Anzuelo Hundido

Capítulo XVI

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De día, Lord Morcar era el pariente más querido de Dunheath.

Paseaba por el burgo apoyado en un bastón que no necesitaba, se detenía a preguntar a las tejedoras por sus hijos, dejaba caer una moneda en la escudilla de los tullidos, elogiaba el pan de Aethelind y la justicia de Edric ante quien quisiera oírlo.

El pueblo, que llevaba un año viéndolo hacer, ya no lo miraba como a un extraño, sino como a una de esas presencias amables y algo tristes que adornan una casa noble: el viejo tío bueno, el que volvió del norte a morir en paz.

De noche era otra cosa.

De noche, cuando el castillo dormía y Aethelind lo creía descansando de sus achaques, Morcar se echaba una capa oscura sobre los hombros, bajaba por una poterna que él mismo había localizado en sus paseos —cada muro tiene una— y se hundía en las callejas empedradas de la ciudad baja, hacia el puerto, hacia el laberinto de tabernas y almacenes donde la nobleza no tenía nombre y los hombres hablaban con la lengua más suelta que la bolsa.

Pisaba los charcos sin esquivarlos. Conocía el camino. Llevaba un año aprendiéndolo.

Al final de una calleja sin salida, flanqueada por un tablón astillado y una linterna cubierta de hollín, había una puerta sin cartel.

Dentro, penumbra, humo, olor a sardina frita y a vino agrio.

La llamaban La Taberna del Anzuelo Hundido, y era el sitio perfecto, porque a nadie que importara se le habría ocurrido jamás buscar allí a un Brynhaeth.

La taberna era, en aquel mundo, mucho más que un sitio para beber.

Era la plaza pública de los que no tenían otra: el único techo bajo el que se juntaban, al calor de un fuego, hombres de toda condición que a la luz del día no se habrían dirigido la palabra.

Se bebía cerveza floja, porque el agua de un puerto mataba más que la peste y todo el mundo, hasta los niños, bebía cerveza de la mañana a la noche; la hacían las mismas mujeres que regentaban muchas de aquellas casas, y una jarra costaba poco y calentaba mucho.

Allí se cerraban tratos que ningún notario veía, se contrataban brazos para un barco o para algo peor, se compraban y vendían noticias, y se soltaban, al calor del vino agrio, las lenguas que de día callaban.

Un señor no ponía nunca el pie en sitios así, y esa era justamente su virtud: bajo aquel techo ahumado, la nobleza no tenía ojos ni oídos, y un hombre podía decir en voz alta lo que en otra parte le habría costado el cuello.

Por eso las tabernas del puerto eran el sitio donde de verdad se sabía lo que pensaba una ciudad; y por eso, también, eran el sitio donde mejor se tejía lo que una ciudad no debía llegar a saber jamás.

Allí lo esperaban, cada pocas noches, los hombres que Wystan le había regalado sin conocerlos: las clavijas del tablero, cobrando por fin carne, y voz, y rencor.

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No los había reclutado de golpe. Un ejército se levanta con trompetas; una conspiración, con paciencia, uno a uno, tanteando, midiendo, comprando poco y prometiendo mucho.

A Raddulf lo encontró primero. Era comerciante de sal, un hombre grueso de cejas pobladas y ojos astutos que se movían todo el rato como midiendo el peso de las cosas.

Tenía una queja concreta y por eso era fácil: en tiempos de Edric, los hombres libres del puerto —pescadores, barqueros, gente menuda— habían ganado voz en cómo se repartían las rutas y los aranceles.

A Raddulf, que soñaba con un puerto gobernado por los que tenían oro y no por los que olían a pescado, aquello le parecía el mundo del revés.

«Un puerto no se gobierna con votos de descalzos,» le había dicho la primera noche, escupiendo en el suelo.

«Se gobierna con el que más tiene, que es el que más pierde si va mal.

» Su motivo era limpio y por eso poco fiable: quería dinero y quería mandar, y un hombre que solo quiere eso sirve a quien más le ofrezca, y cambia de amo sin pestañear.

Morcar lo sabía. Raddulf creía estar usando al viejo noble para hacerse dueño del puerto.

Que lo creyera. Le convenía que lo creyera.

El agravio de Raddulf era, en realidad, el pleito más viejo de todas las ciudades.

Un puerto que prosperaba se llenaba de dinero, y el dinero, en cuanto es mucho, quiere mandar.

Los grandes mercaderes —los que movían la sal, la lana, el vino— se juntaban en hermandades y gremios y aspiraban a gobernar el puerto a su medida: fijar ellos los aranceles, repartirse ellos las rutas, decidir ellos quién comerciaba y quién no.

Contra ellos estaban los otros, los pequeños, que eran mayoría.

A un hombre como Raddulf, que medía el mundo en peso y precio, que el descalzo tuviera voz le parecía una monstruosidad contra natura: para él, la ciudad debía pertenecer a quien más tenía, porque —se decía— es el que más arriesga y el que mejor la administra.

Era la vieja pelea entre los pocos ricos y los muchos pobres por quién manda en una villa, una pelea que en aquel siglo se libraba, con distintos nombres, en cada puerto y en cada mercado del mundo.

Edric, sin proponérselo, había tomado partido por los muchos. Y los pocos no se lo perdonaban.

A Gaston de Erlen lo encontró en el fondo de una jarra.

Curtidor venido a menos, de una familia que había sido próspera y ya no lo era, con la voz rota por el vino y las manos manchadas para siempre del oficio que lo había arruinado.

Culpaba de su ruina a todo el mundo menos a sí mismo: a los gremios, a los impuestos, a los tiempos, a Edric, a la suerte.

Su motivo no era el oro, como el de Raddulf, ni las ideas, como el del tercero.

Su motivo era más simple y más peligroso: el rencor puro, el resentimiento de quien ha caído y necesita que caigan también los que quedaron arriba, no para subir él —ya sabía que él no iba a subir—, sino solo para no ser el único hundido.

Gaston era el más débil de los tres. Bebía.

Y los que beben, hablan. Morcar tomó nota, desde el principio, de que a Gaston, llegado el día, habría que vigilarlo o silenciarlo.

Un rencor borracho es una antorcha en un pajar: útil para prender el fuego, imposible de controlar después.

La ruina de Gaston tenía, además, una explicación que él nunca quiso ver.

En las ciudades, cada oficio se agrupaba en su gremio, una hermandad que era a la vez cofradía, escuela y muralla: fijaba quién podía ejercer el oficio y quién no, cuántos años debía servir un aprendiz antes de ser oficial y un oficial antes de ser maestro, qué calidad debía tener el trabajo, qué precio se podía cobrar.

El gremio protegía a los suyos —les daba clientela, les enterraba a los muertos, mantenía a las viudas—, pero también los ataba corto, y ay del que se salía de la raya, o del que, por vicio o por mala suerte, dejaba caer la calidad de su labor.

A ese el gremio lo soltaba, y sin el gremio un artesano no era nada: no tenía a quién vender, ni quien respondiera por él, ni sitio en las procesiones donde cada oficio desfilaba con su estandarte.

Gaston había sido de una familia de curtidores respetada, con su puesto en la cofradía y su banco en la iglesia; y lo había ido perdiendo todo —el nombre, el crédito, el gremio— a fuerza de vino y de culpar a otros de lo que se hacía él solo.

Un hombre así, caído del mundo que lo sostenía, resentido, con el orgullo intacto y todo lo demás roto, era exactamente la clase de leña seca que Morcar buscaba para su fuego.

Y estaba Osric. Osric el Gris.

Osric era el más peligroso de los tres, porque era el único inteligente.

Había sido escribano en el archivo de Belcliff, uno de los buenos, de los que custodian pergaminos, decretos y tratados; y lo habían expulsado, años atrás, por algo de lo que nunca hablaba con claridad —unas cuentas alteradas, un documento que apareció donde no debía, un chantaje que salió mal; según a quién se le preguntara, la historia cambiaba—.

Lo cierto es que había salido de Belcliff con una mancha y un rencor frío, y que se había refugiado en Dunheath sin dejar del todo, sospechaba Morcar, sus antiguas amistades del este.

Osric no quería oro ni venganza. Osric quería lo que quieren los hombres a los que el mundo ha despreciado por listos: quería tener razón.

Quería demostrar que la fuerza vence a la virtud, que las «fundaciones de poder» duran más que «los cuentos de honra», que un archivo de decretos pesa más que el amor de un pueblo.

Era una ambición de las abstractas, y por eso Morcar la respetaba y la temía a la vez: los que quieren oro se compran; los que quieren tener razón no se sacian nunca.