La sanadora del litoral
Capítulo XV
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El río, que nacía muy lejos en las montañas del oeste y bajaba manso por valles que Sunniva no conocía, moría al fin allí, en su puerta.
No moría de golpe. Los ríos no mueren de golpe.
Se ensanchaban primero, perdían las prisas, se abrían en un estuario ancho de bancos de arena y marismas donde el agua dulce y la salada se peleaban dos veces al día al ritmo de la marea, sin ganar nunca del todo ni la una ni la otra.
Y allí, en aquel filo del mundo donde el río dejaba de ser río y todavía no era mar, en una punta de tierra baja azotada por el viento, con una casucha de piedra que alguien había abandonado hacía años y que ella había techado de nuevo con sus propias manos, vivía Sunniva.
Frente a la punta, a un tiro de piedra, se alzaba un islote pequeño, pelado, donde anidaban los cormoranes: la Isla del Cormorán, la llamaban los pocos que la llamaban de algún modo.
A marea baja se podía cruzar a pie por un espolón de piedras que el agua descubría; a marea alta quedaba aislada, negra de aves, con sus cientos de cormoranes secándose las alas al viento como un ejército de sombras crucificadas.
A Sunniva le gustaba la isla. Iba a ella a recoger huevos, y algas, y a estar sola de una soledad aún más honda que la de la punta, que ya era mucho decir.
Era un lugar apartado del mundo. Los caminos de Dunheath no llegaban hasta allí; la ciudad quedaba leguas al este, río arriba, y sus gentes, cuando bajaban al mar, lo hacían por el puerto, en la otra orilla, entre mástiles y almacenes.
Nadie tenía nada que buscar en aquella desembocadura de marismas y bancos de arena, salvo algún pescador solitario, algún marisquero, y las mujeres del caserío menguante que se aferraba a la costa un poco más al norte.
Era, exactamente, lo que Sunniva había ido a buscar cuando dejó Dunheath cinco años atrás: un sitio con pocas ventanas.
Un sitio donde el humo de las cocinas al anochecer no le recordara nada.
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Curaba, como siempre. Era lo único que sabía hacer, y lo hacía bien, y la gente de la costa lo sabía.
Venían a buscarla de las aldeas del litoral cuando se torcía un parto, cuando una red abría una mano hasta el hueso, cuando la fiebre del pecho subía con el invierno.
Pagaban con lo que tenían: pescado, huevos, un poco de lana, a veces solo gratitud.
Sunniva no cobraba más. No necesitaba más.
Había aprendido a vivir con casi nada, y en ese «casi nada» había encontrado, si no la felicidad —eso lo había enterrado en una loma del norte, mirando a la tierra—, al menos una especie de tregua.
Un equilibrio. La paz áspera de los que ya no esperan que la vida les dé nada y por eso dejan de tenerle miedo.
Pero había otra cosa que hacía, además de curar, y que no le había pedido nadie.
Enterraba lo que el río dejaba.
Porque aquella punta, aquel filo del mundo donde el agua dulce moría en la salada, era el sitio donde iba a parar todo lo que la corriente arrastraba desde muy arriba y todo lo que la marea traía desde muy afuera.
Troncos. Ramas. Redes perdidas. Restos de barcas.
Un remo. Una bota. Los cadáveres hinchados de las ovejas que se despeñaban en los valles del interior, y de los perros, y de las aves marinas que la tormenta mataba contra los acantilados.
La desembocadura lo recogía todo, con la paciencia de una mano abierta, y lo depositaba en sus bancos de arena para que el sol y las aves lo deshicieran.
La gente de tierra adentro creía que aquellos lugares donde el agua dulce muere en la salada eran umbrales entre dos mundos, sitios de paso donde la frontera entre lo de aquí y lo de allá se adelgazaba, y por eso los rehuía.
Sunniva no. Sunniva vivía justo ahí, en el borde, recogiendo lo que la corriente le dejaba a la puerta, porque había descubierto que en el filo del mundo, donde ya no llega nadie, es donde mejor se esconde el que no quiere que lo encuentren.
Y a veces —no a menudo, pero a veces— traía hombres.
Marineros de algún naufragio lejano del que nadie en la costa había tenido noticia.
Ahogados sin nombre, sin ciudad, sin nadie que los llorara, que la marea depositaba boca abajo en la arena una mañana cualquiera, como un regalo terrible.
Los primeros meses, Sunniva no supo qué hacer con ellos.
Luego entendió que le tocaba a ella, porque no había nadie más, porque una sanadora que había pasado la vida peleando contra la muerte no podía dejar que los muertos se pudrieran al sol como las ovejas.
Así que los enterraba. Uno a uno. En la duna alta, detrás de la casa, cavando ella misma, envolviéndolos en lo que tuviera, poniéndoles encima una piedra plana, sin cruz y sin nombre porque no sabía sus nombres, pero con una oración en la lengua vieja de su madre, la de los que llegaron en los barcos, para que aquellas ánimas sin patria encontraran al menos una orilla.
La duna, con los años, se había ido llenando de piedras planas.
Nadie más se ocupaba de aquellos muertos, porque a nadie le tocaban.
En aquel mundo, un cadáver sin nombre era un problema que todos rehuían: no era vasallo de ningún señor que respondiera por él, ni feligrés de ninguna parroquia que lo enterrara, ni pariente de nadie que lo llorara.
Los ahogados sin patria caían en ese hueco donde no alcanzaban ni la ley ni la Iglesia, y lo normal era dejarlos donde el agua los ponía, para que se los comieran las aves y el sol, porque ocuparse de ellos no daba ni provecho ni salvación.
Que un hombre muriera así —sin sepultura en tierra sagrada, sin una oración, sin nadie que supiera su nombre para rezarlo— era, para la gente de entonces, casi peor que la propia muerte: una segunda muerte, la del olvido, que borraba a un hombre del mundo como si no hubiera existido nunca.
Sunniva, que ya no creía en el cielo de los curas, creía sin embargo en aquello con una terquedad callada: que un muerto merecía, al menos, una mano que lo cubriera y una voz que dijera algo sobre él, aunque fuera en una lengua que ya casi nadie hablaba.
Y como en aquel filo del mundo no había otra mano ni otra voz, ponía las suyas. Piedra a piedra.
—¿Por qué los entierras, si no los conoces? —le preguntó una vez la niña.
—Porque alguien los conoció —dijo Sunniva—.
En alguna parte, alguien está esperando a cada uno de estos que no van a volver.
Y ya que no puedo devolvérselos, al menos puedo tratarlos como si supiera de quién son.
—Apretó la última piedra—. El mar se lleva a la gente sin preguntar.
Lo justo es que a la gente, al menos, la reciba alguien.
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La niña se llamaba Wren, o eso le decían, aunque probablemente no fuera un nombre sino un mote, porque era pequeña, y parda, y rápida, y andaba siempre metiéndose por los huecos como los reyezuelos.
Tenía diez u once años, no lo sabía ni ella.
Era huérfana; a su madre se la había llevado la fiebre y a su padre el mar, que en aquella costa se llevaba a los padres con la misma indiferencia con que se llevaba todo, y vivía de la caridad rotativa del caserío, durmiendo un mes en cada casa, comiendo las sobras, siendo de todos y de nadie.
Los huérfanos como Wren eran, en aquel mundo, moneda menuda que casi nadie quería.
No había casas donde recogerlos, ni más amparo que el que quisiera darles la gente pobre, que ya tenía bastante con lo suyo.
A un niño sin padres se lo repartía el caserío como se reparte una carga: un mes en una casa, otro en otra, a cambio de lo que unas manos pequeñas pudieran hacer —acarrear agua, guardar gansos, machacar raíces— y de las sobras de la olla.
No era crueldad; era pobreza. Nadie tenía de más para dar de balde, y un huérfano de diez años que aún no rendía como un adulto y ya comía casi como uno era, en el cálculo áspero de la supervivencia, una boca antes que unas manos.
Wren había aprendido pronto lo que aprenden esos niños: a hacerse pequeña, a no molestar, a ganarse cada rincón donde dormía, a no esperar cariño porque el cariño no entraba en el trato.
Por eso rondaba a Sunniva. No buscaba comida, que malamente la tenía en el caserío.
Buscaba lo otro, lo que a un niño de todos y de nadie no le daba nadie: que alguien, una sola persona en el mundo, lo mirara como si fuera suyo.
Empezó a rondar a Sunniva sin que nadie la mandara.
Al principio de lejos, espiándola, curiosa.
Luego más cerca. Un día apareció a la puerta y se ofreció a machacar raíces, y Sunniva la dejó, y a la mañana siguiente volvió, y a la otra, hasta que sin que ninguna de las dos lo decidiera, la niña se instaló en la vida de la sanadora como se instala la hiedra en un muro: despacio, sin permiso, agarrándose a cada grieta.
Sunniva le enseñó. No pudo evitarlo. Le enseñó las hierbas, y las mareas, y a leer una fiebre en la piel, y a coser una herida con crin hervida, y a no tener asco de la sangre ni de la muerte.
La niña aprendía deprisa, con un hambre de aprender que a Sunniva le recordaba, dolorosamente, a otra hambre, la de un niño rubio que ya no aprendería nunca nada.
Y ahí, justo ahí, cada vez, Sunniva se detenía.
Porque le había hecho un juramento al camino, ocho años atrás, en una encrucijada barrida por la lluvia: no volver a querer a nadie tanto como para que el mundo pudiera quitárselo.
Y lo cumplía. Con Wren, lo cumplía a rajatabla, y le costaba la vida.