La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El sabor de la nostalgia #3
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El sabor de la nostalgia #3

—Cuando faltó, mi señor —dijo despacio—, en los años en que faltó, esa misma generosidad fue lo que impidió que la gente se muriera de frío y de rencor, como se murió en otras ciudades más previsoras.

La gente que come del granero del señor en el mal año no se rebela contra él en el peor.

Lord Edric lo entiende. Su padre lo entendía.

Es una cuenta, también, aunque no se escriba en estos libros. La cuenta más importante de todas.

Y volvió a coger la pluma.

Hombres como Ceolwine eran la memoria de una casa.

En un mundo donde casi nadie sabía leer y los señores iban y venían, el viejo escribano que llevaba media vida sobre los mismos libros era el único que recordaba de verdad: qué se debía y desde cuándo, qué se había prometido y a quién, qué costumbre regía cada renta, qué había pasado el año de la peste y el año de la crecida.

Un señor podía morir y su heredero encontrarse gobernando a ciegas de no ser por el clérigo de cuentas que le explicaba, con voz baja y pluma segura, cómo funcionaba en realidad lo que había heredado.

Por eso un escribano fiel valía más que una torre.

Y por eso Morcar lo temía: no se le podía comprar con pan de miel, porque no servía por interés, sino por lealtad, y la lealtad, había aprendido con rabia, era la única mercancía sin precio.

Ceolwine acababa de decírselo sin querer, defendiendo el amor del pueblo como quien defiende un asiento contable: había cuentas que no se escribían en ningún libro y que, sin embargo, eran las que de verdad sostenían una casa en pie.

Morcar guardó la lección. Y guardó también la certeza de que a aquel viejo, llegado el día, habría que borrarlo, porque una memoria fiel es lo primero que estorba a quien quiere reescribir una casa.

Morcar sonrió, cortés, y no insistió. Pero por dentro archivó dos cosas.

La primera: que Ceolwine no se dejaría comprar ni engañar, y que por tanto, llegado el momento, habría que apartarlo.

La segunda, más importante, la que confirmaba la lección de Wystan en el lecho de muerte: que la fuerza de aquella casa no estaba en sus muros ni en su oro, sino en ese amor que hasta el viejo escribano defendía como una cuenta sagrada.

Y que mientras ese amor viviera, ningún crimen, por perfecto que fuese, lo haría a él señor de Dunheath.

Habrá que hacer que lo necesiten, pensó, repitiendo por dentro las palabras de su hermano muerto. Habrá que darles algo a lo que agarrarse cuando les quite lo que aman. Un símbolo. Una esperanza. Un niño, quizá.

Y sin querer, o queriéndolo del todo, sus ojos se posaron, al otro lado del patio, sobre la ventana tras la que dormía la siesta un niño de casi cuatro años que un día heredaría todo aquello.

·   ·   ·

Días después, a la hora quieta de la siesta, Aethelind bajó al escritorio con un pretexto de velas nuevas.

Ceolwine copiaba. Ella dejó las velas, y se quedó junto al pupitre mirando las columnas de números, largas y limpias como surcos.

—¿Os ayuda mucho mi tío con las cuentas?

—Suma bien —dijo el escribano, sin levantar la pluma—. Rápido, y sin mover los labios. No es cosa que se aprenda en una casa noble.

—¿Y qué suma?

La pluma se detuvo medio latido. Siguió.

—Lo que hay, mi señora. Los números tienen eso: no se les puede preguntar para qué los quieren.

Aethelind pasó un dedo por el canto de la mesa. En el patio ladró uno de los alanos, una sola vez, y se calló.

—¿A vos os gustan los perros, Ceolwine?

El viejo levantó por fin la vista. Se miraron un instante, el tiempo justo de pesarse.

—Son buenos jueces —dijo—. No saben leer. A veces eso ayuda.

—A veces —dijo Aethelind.

No dijeron más, porque no hacía falta y porque decir más habría sido ya acusar. Ella recogió su pretexto de haber venido y se fue por la galería, más ligera y más asustada a la vez, como quien comprueba que no está sola en una casa a oscuras.

Y Ceolwine mojó la pluma y siguió copiando; pero aquella tarde, al terminar, guardó los libros en el arca y probó el cierre dos veces. No habría sabido decir por qué.

O no habría querido.

·   ·   ·

Aquella noche, Morcar subió solo a lo alto de la torre oeste, donde nadie lo vería, y miró la ciudad dormida a sus pies.

El puerto. Los mástiles. Las dos murallas. Los tejados mojados. Y, más allá, bajando de las montañas del oeste hacia el mar, ancho, lento, plateado bajo la luna, el río.

Lo miró largo rato, con las manos cruzadas a la espalda, respirando el aire salado de su infancia. Y sintió, otra vez, aquel sabor de la nostalgia subiéndole por la garganta: el vértigo, el rencor, la añoranza sucia de lo que pudo ser.

Solo que esta vez no lo tragó como una medicina.

Esta vez lo saboreó.

Volví, pensó. Tardé veinte años, padre, pero volví. Y esta vez no me voy a ir con un caballo y un consejo. Esta vez, cuando salga de esta casa, será porque ya no queda en ella nadie que pueda decirme que estoy mal hecho.

Abajo, en la oscuridad, uno de los alanos del patio, sin motivo, alzó el hocico hacia la torre y aulló, largo, una sola vez, como aúllan los perros cuando pasa algo que no ven.

Nadie le hizo caso.

Y el río siguió bajando, callado, hacia el mar, contando ya —aunque nadie supiera leerlo— las estaciones que faltaban para la crecida.