El sabor de la nostalgia #2
Y ganarse a la servidumbre no era ganarse a poca gente.
Una casa señorial como aquella era un mundo entero de personas que vivían de ella y en ella: mayordomos y despenseros, cocineros y pinches, mozos de cuadra, halconeros, lavanderas, costureras, escribanos, capellán, y una nube de criados menores que barrían, acarreaban y servían la mesa.
Todos ellos comían del señor, dormían bajo su techo y veían, día tras día, lo que pasaba de puertas adentro; eran los ojos y los oídos de la casa, y una casa se conoce por dentro no por lo que ve el amo, sino por lo que murmura la cocina.
Morcar lo sabía por Osgar, que gobernaba una fortaleza entera desde el rincón del humo.
Quien se ganaba a la servidumbre compraba, casi sin coste, el mapa vivo de la casa: quién odiaba a quién, quién debía, quién bebía, quién dejaba una puerta sin trancar.
Solo dos personas en todo Dunheath no cayeron.
Los perros, que seguían erizándose.
Y Aethelind.
· · ·
Ella lo vio distinto desde la primera cena.
La cena, en una casa señorial, no era solo comer: era el escaparate diario del poder y de la cortesía.
A la mesa del señor se medía todo —quién se sentaba dónde, a quién se servía primero, qué se ofrecía a los huéspedes—, y un buen anfitrión hacía de ella una obra de gobierno.
En la de Dunheath, aun sin lujos de vanidad, había lo que una casa próspera podía poner: pan blanco de verdad, no el negro de los pobres; carne, que el pueblo probaba tres o cuatro veces al año y que en la mesa del señor no faltaba; pescado en los días de vigilia, que la Iglesia imponía casi la mitad del calendario; vino para los de arriba, cerveza para los demás; y, en las fechas señaladas, especias venidas de tan lejos que valían su peso en plata y se usaban tanto para honrar a un invitado como para presumir de poder alcanzarlas.
Comer bien, y hacer comer bien a los suyos, era una manera de reinar.
Por eso Morcar, que venía de las mesas rudas del norte, se movía en aquella con una soltura que a Aethelind no se le escapó: manejaba el cuchillo y la cortesía, elogiaba cada plato en su punto, servía a los demás antes que a sí mismo.
Era, en la mesa como en todo, demasiado perfecto.
Y lo perfecto, ya lo había pensado ella, siempre esconde un trabajo.
No habría sabido decir qué. Morcar era impecable: cortés, humilde, ingenioso sin pasarse, agradecido sin empalagar.
Contaba historias del norte que hacían reír a la mesa.
Elogiaba a Edric con una medida perfecta.
Se deshacía con el pequeño Alaric, que a sus casi cuatro años ya trepaba por todo y al que Morcar dejaba tirarle de la barba con una paciencia de abuelo.
Todo en él era exactamente lo que debía ser.
Y eso, precisamente eso, fue lo que a Aethelind le puso en la nuca un frío que ya había sentido una vez, hacía mucho, y que el cuerpo le había guardado aunque la memoria lo hubiese perdido.
Porque Aethelind había nacido de una mujer que sabía leer los ríos bajo el hielo.
Y sabía, sin poder explicarlo, que cuando la superficie de algo está demasiado quieta, demasiado perfecta, es casi siempre porque debajo corre una corriente que no quiere que la veas.
La gente de verdad tiene aristas. Se equivoca, se contradice, deja escapar una fealdad, un mal humor, una envidia pequeña.
Morcar no. Morcar era liso. Pulido. Sin aristas por ninguna parte.
Y una superficie sin aristas, había aprendido Aethelind, no es una superficie sin defectos: es una superficie que trabaja mucho, todo el tiempo, para que no se le vea ninguno.
Aquella noche, cuando se quedaron solos, se lo dijo a Edric.
—Tu tío. —Escogió las palabras con cuidado, porque no tenía ninguna prueba y sabía cómo suena la desconfianza sin pruebas—. Hay algo en él que no me gusta.
Edric, que se descalzaba junto al fuego, la miró sorprendido.
—¿Morcar? Pero si es un cielo. El servicio lo adora. Y con Alaric… ¿has visto qué paciencia? El pobre solo quiere pasar sus últimos años en paz, con los suyos. Bastante tuvo con que mi abuelo lo mandara al norte de joven.
—Ya lo sé. —Aethelind se cepillaba el pelo, mirando el fuego—. Y a lo mejor tienes razón y soy injusta. Pero, Edric… los perros se erizan cuando pasa. Los dos. Cada vez. Y los perros no saben de nostalgias.
Edric se rió, y fue a abrazarla, y le dijo que veía sombras donde no las había, que llevaba demasiado tiempo temiendo por Dunheath, por Alaric, por todo, y que a veces el miedo inventa enemigos para tener algo concreto que temer.
Y Aethelind se dejó abrazar, y no insistió, porque no tenía nada más que un frío en la nuca y unos perros nerviosos, y con eso no se acusa a nadie.
Pero antes de dormir, mirando el techo en la oscuridad, pensó en su madre, muerta hacía tanto, y en lo que le habría dicho su madre de aquel hombre liso y perfecto.
Y creyó oírla, muy bajo, desde muy lejos: cuando el río está demasiado quieto, hija, es que se está guardando la crecida.
· · ·
A Ceolwine, Morcar lo abordó con más cuidado que a nadie, porque a Ceolwine lo respetaba, que era su forma de decir que lo temía.
El viejo escribano había servido al padre de Edric, y antes casi al abuelo; llevaba las cuentas de la casa desde antes de que Morcar se marchara, y tenía una memoria que Morcar reconoció al instante como la única en todo Dunheath capaz de rivalizar con la suya.
Un hombre así no se compra con pan de miel.
A un hombre así hay que engañarlo con lo único que un hombre inteligente no sabe rechazar: con la ilusión de estar conversando, por fin, con otro inteligente.
Así que Morcar buscó al escribano, y le pidió —con la humildad del viejo que quiere sentirse útil y no ser una carga— si podía echar un vistazo a los libros de cuentas de la casa.
«Para no estar de sobra, Ceolwine. Toda mi vida he llevado registros, en el norte.
Es lo único que sé hacer. Y me moriría de aburrimiento sin un número entre las manos.
Dejadme ayudar en algo, aunque solo sea sumando columnas que vos ya habéis sumado mejor. »
Ceolwine se lo permitió. Con cautela, pero se lo permitió, porque la petición era razonable y negarla habría sido descortés y sospechoso.
Y así, inclinados los dos sobre los mismos pergaminos a la luz de la misma vela, empezó entre ellos una partida silenciosa que ninguno de los dos nombró nunca pero que ambos supieron jugar desde la primera jugada: Morcar, tanteando, dejando caer aquí una idea, allá una pregunta, midiendo hasta dónde llegaba la lealtad del viejo y por dónde, si acaso, tenía una grieta; y Ceolwine, respondiendo cortés, exacto, sin soltar prenda, observando a aquel pariente demasiado listo y demasiado liso con la desconfianza callada del que ha visto pasar a muchos ambiciosos por muchas cortes y sabe reconocer el olor.
—Dunheath es rica —dejó caer Morcar una tarde, pasando el dedo por una columna—. Rica y generosa. Mi sobrino baja los tributos, abre los graneros… La gente debe de adorarlo.
—Lo adora —dijo Ceolwine, sin levantar la vista.
—Y hace bien. Hace bien. —Morcar sumó en voz baja—. Aunque un viejo como yo, que ha visto malos años en el norte, a veces se pregunta qué pasaría si vinieran aquí. Si el mar se cerrara. Si la cosecha fallara. Tanta generosidad… es hermosa mientras hay de sobra. Pero ¿y cuando falte?
Ceolwine dejó la pluma. Lo miró un momento, con aquellos ojos viejos y afilados como el filo de su caligrafía.