La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El sabor de la nostalgia
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El sabor de la nostalgia

Capítulo XIV

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Morcar volvió a Dunheath un día de finales de invierno, casi veinte años después de haberla dejado, y lo primero que le sorprendió fue que no había cambiado casi nada.

Había imaginado, en las noches largas del norte, que la encontraría distinta.

Más grande, o más pequeña, o más pobre, o transformada por el tiempo en algún lugar ajeno que ya no le doliera.

Y no. Ahí estaba, tal cual, encajada entre sus dos murallas sobre la loma que dominaba el puerto: los tejados de pizarra oscura brillando de lluvia, el bosque de mástiles meciéndose en la bahía, el olor —aquel olor que le asaltó de golpe en cuanto cruzó la puerta norte y que era el olor de toda su infancia— a sal, a brea, a pescado, a humo de roble, a algas en la marea baja.

Y por encima de todo, dominándolo, la torre gris de la casa, con su piedra vieja y sus almenas austeras, recortada contra un cielo del color del estaño, exactamente como la había mirado por última vez desde lo alto de la calzada la mañana en que se marchó.

Se detuvo el ruano viejo un momento, sin que él se lo pidiera, como si el animal notara que su jinete necesitaba respirar.

Y Morcar, el hombre de piedra, el que había visto arder una cala sin sentir nada, tuvo que agarrarse al arzón de la silla porque le temblaron las manos.

No era ternura. Que nadie se engañe: en aquel pecho no quedaba ya sitio para la ternura.

Era otra cosa, más honda y más sucia, una mezcla que no tenía un solo nombre: el vértigo de volver al lugar exacto donde a uno lo rompieron, el rencor intacto después de veinte años de guardarlo en hielo, y —esto fue lo que más le sorprendió, lo que más se despreció por sentir — una añoranza real, verdadera, casi insoportable, de todo lo que aquella ciudad le había negado.

La casa que no fue suya. La vida que no vivió.

El hombre bueno y querido que quizá, en otro reparto, podría haber sido.

«Este es el sabor de la nostalgia,» pensó, y se lo tragó como quien traga una medicina amarga. «Dicen que a los viejos los mata. A mí no. A mí me va a alimentar.»

Espoleó al caballo y bajó hacia la ciudad, componiendo el rostro a cada paso, poniéndose la máscara pieza a pieza, hasta que, cuando llegó a la escalinata del castillo, el hombre que desmontó no era el lobo del norte, sino un pariente cansado y enfermo, de sonrisa triste y ojos húmedos, que había hecho un largo viaje solo para morir cerca de los suyos.

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Edric bajó a recibirlo en persona, y ese fue el primer golpe, porque Edric no lo reconoció.

¿Cómo iba a reconocerlo? La última vez que se habían visto, Edric era un muchacho de dieciséis años que miraba desde un rincón cómo su abuelo despachaba a un tío al norte; y Morcar, un hombre joven al que la humillación aún no había terminado de tallar la cara.

Ahora Edric era el señor de Dunheath, un hombre en la plenitud de la vida, ancho de hombros, de mirada serena, con las primeras canas en las sienes y ese aplomo tranquilo de los que gobiernan bien porque no necesitan demostrarlo.

Y Morcar era un desconocido de barba entrecana que le tendía las manos desde el pie de la escalinata.

—¿Tío… Morcar? —dijo Edric, y en su voz había desconcierto, y luego, cuando el desconcierto se resolvió, una calidez sincera que a Morcar le supo peor que cualquier desprecio—.

¡Tío Morcar! Por todos los santos. Padre…

mi padre hablaba de vos a veces. Del hermano que se fue al norte.

—Bajó los últimos escalones y, para asombro de Morcar, lo abrazó, un abrazo torpe y verdadero, el abrazo de un hombre bueno que recibe a un pariente perdido—.

Bienvenido a casa. Bienvenido a vuestra casa.

Vuestra casa. Las palabras cayeron sobre Morcar como cae la sal sobre una herida.

Mi casa. La llama mi casa el que me la quitó sin saber siquiera que me la quitaba.

La decencia de este hombre es más cruel que toda la crueldad de Osgar.

Osgar sabía lo que hacía. Este me abraza sin saber a quién abraza.

Este es capaz de quererme sin culpa, porque ni siquiera recuerda que hay algo que perdonarme.

—Sobrino —dijo Morcar, y dejó que la voz se le quebrara justo lo necesario—.

Perdona a un viejo si se emociona. Han sido muchos años.

Muchos inviernos en una tierra que no era la mía.

—Se apartó, se secó un ojo que no lloraba—.

Solo quería volver a ver el mar antes de que…

en fin. Uno se hace mayor, y el norte es frío, y de pronto un día no piensa más que en el olor del puerto donde jugaba de niño.

Enfermé de eso, sobrino. De nostalgia. No sabía que fuera una enfermedad hasta que la cogí.

Edric le puso una mano en el hombro, conmovido.

—Pues os curaréis aquí —dijo—. Tenéis casa, y mesa, y familia, todo el tiempo que queráis. Venid. Tenéis que conocer a Aethelind. Y a Alaric, mi hijo. —Se le iluminó la cara al decir el nombre, con esa luz de los padres—. Sobre todo a Alaric.

Y lo hizo pasar, con el brazo sobre los hombros, al interior del castillo, al gran salón, al mismo salón de los ciervos y las olas donde, veinte años atrás, un viejo junto al fuego le había dicho a un hijo menor que no ponía el filo de la casa en un acero que no se templaba.

Recibir así a un pariente no era solo cortesía: era una de las leyes más sagradas de aquel mundo.

La hospitalidad se tenía casi por un mandamiento; abrir la puerta al que llega cansado —al viajero, al peregrino, al deudo perdido— era un deber ante Dios y ante los hombres, y negarlo, una vergüenza que manchaba a una casa durante generaciones.

Bajo aquel techo, un huésped quedaba sagrado: se le daba pan, sal, fuego y cama, y a cambio se confiaba en que él honraría esa confianza, porque quien comía el pan de una casa y luego le hacía daño cometía el peor de los crímenes conocidos, uno que ni la ley ni el cielo perdonaban.

Toda aquella red de acogida, tejida durante siglos para que un mundo peligroso fuera habitable, descansaba sobre una sola apuesta: que el que entra no traicione.

Casi nunca fallaba. Por eso, cuando fallaba, era devastador.

Edric abría de par en par su casa, su mesa y su hijo a un hombre que había venido a arrebatárselos, y lo hacía con la conciencia tranquila del que cumple una ley buena.

Morcar cruzó aquel umbral sagrado sabiendo exactamente lo que era. Y no sintió nada.

Dentro, miró la silla de respaldo alto, vacía ahora, la silla del señor.

Y sonrió por dentro, muy despacio, con una sonrisa que no le llegó a la cara.

Ya estoy dentro.

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Los perros lo delataron, o intentaron delatarlo.

Fue esa misma tarde, en el patio, cuando Edric le enseñaba la casa.

Los perros del castillo —dos alanos grandes, buenos, que se dejaban tirar de las orejas por los niños del servicio— se levantaron al ver acercarse a Morcar y se le quedaron mirando fijos, tiesos, con el pelo del lomo erizado y un gruñido bajo naciéndoles en la garganta.

No ladraron. No atacaron. Solo lo miraron, con esa fijeza inquietante de los animales que perciben algo que los hombres no perciben, y no dejaron de mirarlo hasta que un mozo, avergonzado, se los llevó.

—Perdonad —dijo Edric, incómodo—. No sé qué les pasa. Son mansos como corderos. Será que no os conocen.

—Los animales y los viejos —dijo Morcar, con una sonrisa mansa— desconfían de todo lo nuevo. Es la edad. —Y cambió de tema.

Pero mientras lo cambiaba, sin que se le notara, tomó nota. Los perros. Habrá que tener cuidado con los perros. Los perros y los niños ven lo que la gente decente se niega a ver. Y archivó el dato, frío y limpio, junto a los otros mil que ya empezaba a acumular.

Porque desde el primer día, mientras se dejaba querer, Morcar contaba.

Miraba el castillo y no veía muros: veía las clavijas del tablero de Wystan cobrando carne.

Aquel mayordomo de ojos serviles: comprable.

Aquel maestro de armas, Maelric, orgulloso de su sala: manejable por el orgullo.

Aquel escribano viejo de manto azul, Ceolwine, que lo miraba un instante de más cada vez que se cruzaban: peligroso; listo; había que domarlo o neutralizarlo.

Aquella guardia relajada, confiada, sin miedo: fácil de infiltrar, precisamente porque no temía nada.

Cada rostro, cada rutina, cada rencor mal escondido entre criados iba a parar al registro interminable que Morcar llevaba detrás de aquellos ojos grises y húmedos de tío nostálgico.

Y se hacía querer. Ah, eso lo hacía bien.

Había traído del norte, en las alforjas, vino de las tierras altas, raro y bueno, y lo repartía en las cenas con generosidad de quien no espera nada a cambio.

A los criados les regalaba pan de miel y les preguntaba por sus familias, por sus hijos, por sus penas, y se acordaba de los nombres —siempre se acordaba de los nombres; Osgar se lo había enseñado: quien recuerda el nombre de un hombre pequeño lo tiene medio comprado—.

En pocas semanas, la mitad del servicio del castillo hablaba del pobre Lord Morcar con el cariño lastimoso que se reserva a los viejos solos y buenos.