La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) Comadreja del molino #2
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Comadreja del molino #2

Y entonces, cuando Wulfric ya estaba a punto de llorar de rabia, oyó una risita.

Venía de arriba, del sitio más imposible: del estrecho vano entre el último montón de sacos y la viga del techo, un hueco por el que no cabía ni un gato, donde Elswyth se había metido arrastrándose por detrás de la pila, plana como una hoja, inmóvil, invisible, con el pelo lleno de harina y los ojos brillándole en la penumbra.

—Aquí arriba, torpe —dijo, y se rió.

Wulfric miró aquel hueco imposible, y luego miró, sobre el saco de al lado, a la comadreja, que había salido de no se sabía dónde y observaba la escena con sus ojillos negros como si también ella se estuviera burlando.

Y el niño, entre la rabia y la admiración, entre las ganas de estrangular a su hermana y las ganas de que le enseñara a hacer eso, soltó, señalándolas a las dos:

—¡No vales! ¡Te escabulles igual que esa! ¡Eres una comadreja! ¡Una comadreja del molino, eso es lo que eres!

Y en cuanto lo dijo, algo pasó. No fuera.

Dentro. Elswyth, encajada en su hueco imposible, con la harina en el pelo y la risa en la boca, sintió aquellas palabras posarse sobre ella y quedarse, como se queda el olor de la leña en la ropa, como se queda el frío del agua en los huesos.

Comadreja del molino. No sabía por qué. Solo supo, con esa certeza rara suya de niña que había nacido mirando, que aquellas palabras eran suyas ya para siempre, que se las llevaría puestas a donde fuera, que eran un nombre más verdadero que el que le habían dado bajo el roble.

—Vale —dijo, bajando de un salto, sacudiéndose la harina—. Pues soy una comadreja del molino. Y tú un ternero que grita. Así que la comadreja siempre te va a ganar al escondite. Acostúmbrate.

—¡Ya lo veremos! —dijo Wulfric, y se lanzó a por ella, y rodaron los dos por el suelo harinoso entre carcajadas, blancos de pies a cabeza, mientras la comadreja los miraba desde su saco y el viejo Hunstan, en su rincón, sonreía sin que lo vieran.

Desde aquel día fue «comadreja del molino».

Al principio solo cuando jugaban. Luego, siempre.

Cuando se escapaba de una tarea, cuando esquivaba una pregunta, cuando desaparecía sin avisar para estar sola un rato.

Comadreja del molino. Era un reproche y era un mimo y era, sobre todo, un juramento: significaba te conozco, hermana; sé cómo te escondes; y por muy bien que lo hagas, yo siempre iré detrás a buscarte.

Ninguno de los dos podía saber —¿cómo iban a saberlo, con harina en el pelo y la risa en la boca?

— que aquellas cuatro palabras, dichas en broma una tarde de junio en un molino, serían un día, en otra tierra y bajo otro nombre, la llave que abriría de golpe una tumba de años; que Wulfric las diría por última vez tirado en el suelo de un castillo, con una daga en el costado, y que al oírlas Elswyth entendería, demasiado tarde, a quién acababa de matar.

Pero eso estaba a años de distancia. Y aquella tarde solo eran dos niños blancos de harina, riendo, y una comadreja mirándolos, y un río que giraba una rueda, sin prisa, hacia un mar que no habían visto nunca.

·   ·   ·

La flor la descubrió Elswyth aquel mismo verano, y Beran no quiso explicársela.

Crecía donde no debía crecer: en una grieta de la peña del vado, la peña alta y seca que daba al río, donde no había tierra, ni casi luz, ni más vida que el liquen, ni ninguna razón para que nada floreciera.

Siempre en el mismo sitio. Solo allí: en toda la comarca no se le conocía otro.

Era pequeña, de un morado intenso, casi violeta, con el corazón más oscuro, casi negro.

Al tacto era dura, áspera, y si arrancabas una hoja soltaba una savia amarga que dejaba los dedos manchados un día entero.

Nadie la cogía. Nadie decía por qué. Los mayores cruzaban el vado sin mirarla, o mirándola de reojo, como se mira lo que se conoce demasiado bien y no se nombra.

Elswyth no. A Elswyth le pareció, desde el primer día, la cosa más hermosa de la peña: la única que aguantaba allá arriba, donde todo lo demás estaba seco.

Le preguntó a su madre, que no supo decirle el nombre.

Le preguntó a Maerwynn, que la miró raro y dijo que esa flor «no era de curar, era de recordar», y no explicó más.

Y por fin le preguntó a Beran, el viejo cantor, una tarde en que el anciano tomaba el sol junto al roble del consejo, y Beran, que sabía el nombre verdadero de las cosas, cerró los ojos un momento antes de contestar, como hacía siempre que iba a desenterrar algo muy viejo.

—La llaman de muchas maneras —dijo—. Sangre de piedra.

Flor de la grieta. Los más viejos, los que ya casi no quedan, la llamaban con un nombre en la lengua de antes, que no te voy a decir porque tú aún no sabrías guardarlo.

—Abrió un ojo azul y la miró—. ¿Sabes por qué crece donde crece, niña?

¿En la piedra, en lo duro, donde nada crece?

Elswyth negó con la cabeza.

—Ya lo sé, que no lo sabes. Lo sé yo, que es distinto.

—Beran volvió a cerrar el ojo, al sol—. Esa flor tiene una historia, niña.

Vieja. De antes de tu madre, y de la madre de tu madre.

Y no te la voy a contar. Por lo mismo que no te digo el nombre: porque una historia así no se le da a cualquiera, y tú aún no sabrías guardarla.

Elswyth abrió la boca para protestar. Beran levantó una mano, sin abrir los ojos, y la boca se le cerró sola.

—Maerwynn te dijo bien: no es flor de curar.

Es flor de recordar. Con eso te llega, de momento.

—Abrió el ojo otra vez y la miró un rato largo, como se mira una cuenta que aún no ha vencido—.

Tú déjala donde está y no la cojas, que esa flor no es para llevarla puesta cualquier día.

Un día te contaré la historia entera. Sabrás cuándo es el día.

Elswyth no cogió la flor aquella tarde. Ni en muchas otras. Pero desde entonces, cada vez que cruzaba el vado, la buscaba con la vista en la grieta de la peña, y comprobaba que seguía allí, terca, morada, inquebrantable, y algo dentro de ella se tranquilizaba sin saber por qué.

Historias como la que Beran callaba eran la única historia que le quedaba a la gente de abajo.

Los vencedores tenían los libros, las crónicas, los pergaminos donde se anotaba lo que convenía recordar y se olvidaba lo demás; pero los vencidos, los que no sabían escribir ni figuraban en registro alguno, guardaban su memoria de otra manera: en la boca de los viejos como Beran, en las canciones que se cantaban hilando, en las leyendas atadas a una piedra, a un árbol, a una flor terca que crecía donde no debía.

Beran era uno de los últimos que aún sabían guardar aquella memoria sin letras; y guardarla era también aquello: saber a quién contarla, y cuándo, y a quién todavía no.

Cuando murieran él y los pocos como él, una parte del valle se quedaría sin pasado, callada para siempre bajo el pasado escrito de otros.

La cogería una sola vez en su vida. Años después. En otra primavera, la de una fiesta, cuando tejiera una corona y sintiera, sin poder explicárselo, que aquel año, por fin, había llegado el día. Y aquella misma tarde, en el poyo junto al horno, Beran cumpliría su palabra.

Pero eso quedaba lejos aún. Y ella, aquella tarde de sol junto al roble, no lo sabía.

·   ·   ·

Volvían a casa al atardecer, hermano y hermana, por el sendero del molino, con las piernas cansadas y el pelo aún blanco de harina.

—Els —dijo Wulfric, de pronto, con esa manera suya de soltar las cosas grandes como si no lo fueran—. Cuando seamos mayores, ¿seguiremos jugando al escondite?

—No sé. —Elswyth lo pensó de verdad, como pensaba todo—. Los mayores no juegan.

—Pues yo voy a seguir jugando. —Wulfric le dio una patada a una piedra—.

Y tú te vas a seguir escondiendo, porque no sabes hacer otra cosa.

Y yo te voy a seguir buscando. Siempre. Aunque te escondas muy bien.

Aunque te escondas donde no quepa ni un gato.

—La miró, muy serio para ser él—. Aunque te escondas tanto que ya nadie sepa dónde estás.

Yo lo sabré. Yo te encontraré. Porque soy el único que sabe cómo se esconde una comadreja del molino.

Elswyth se paró en el sendero. Miró a su hermano pequeño, embarrado, harinoso, con las rodillas raspadas y aquella lealtad enorme y torpe que le desbordaba por todas partes, y sintió una cosa cálida y dolorosa a la vez, una ternura que le apretó la garganta y que no supo nombrar hasta muchos años después, cuando ya no le sirviera de nada nombrarla.

—Trato hecho —dijo—. Tú me buscas y yo me dejo encontrar. Pero solo por ti. A los demás que les cueste.

—Trato hecho —dijo Wulfric, y escupió en la mano y se la tendió, muy solemne, como había visto hacer a los hombres para cerrar los tratos importantes.

Y Elswyth, riéndose, escupió en la suya, y se dieron la mano, dos niños en un sendero, sellando sin saberlo la promesa más grande y más terrible de sus vidas: que él la buscaría siempre, y que ella se dejaría encontrar; y que un día, en efecto, ella se escondería tan lejos y bajo un disfraz tan hondo que ni ella misma sabría ya quién era, y que él, contra toda esperanza, contra el río y el olvido y la mentira, la encontraría.

El sol se puso detrás de las colinas del oeste.

El río bajó, manso, hacia el mar.

Y en la grieta de la peña del vado, la flor morada aguantó la noche, como aguantaba todas, esperando el día, aún lejano, en que a alguien le tocara no arrodillarse.