La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) Comadreja del molino
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Comadreja del molino

Capítulo XIII

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De todos los rincones de Caerwyc, el que más querían era el molino.

Estaba río arriba, donde el cauce se estrechaba otra vez después del vado y el agua recobraba las prisas, y allí, sobre una presa de piedra y madera negra de humedad, giraba la gran rueda con su chirrido pausado, eterno, que la aldea entera oía sin oírlo, como se oye el latido del propio corazón.

Dentro olía a grano molido, a harina flotando en el aire como una niebla dulce, a madera vieja y a agua.

El polvo blanco lo cubría todo: las vigas, los sacos apilados hasta el techo, las telarañas de los rincones, y al propio molinero, Hunstan, un hombre grande y callado al que la harina había emblanquecido antes de tiempo y que hablaba tan poco que los niños le habían inventado tres o cuatro vidas secretas, a cual más terrible, solo para tener de qué asustarse.

El molino era la máquina más poderosa que aquella gente conocía, y prácticamente la única.

En un mundo donde todo se hacía con los brazos —arar, segar, cargar, cavar—, el molino era el único sitio donde trabajaba una fuerza que no era humana ni animal: el río, domesticado, empujando una rueda que movía dos piedras enormes capaces de hacer en una mañana lo que cien mujeres moliendo a mano no harían en una semana.

Por eso el molino no era de la aldea, sino del señor: quien poseía la máquina poseía el pan, y no lo regalaba.

Toda Caerwyc estaba obligada a moler allí y solo allí, y a pagar por ello una parte de su propia harina —la maquila, la llamaban—, de modo que cada saco que entraba salía un poco más ligero, y esa merma, grano a grano, año tras año, era uno de los muchos hilos finos con que los de arriba ordeñaban a los de abajo sin que apenas se notase.

Nadie podía tener piedra propia; molerse uno su grano en casa, a escondidas, era robarle al señor, y se castigaba.

Así que todos pasaban por la rueda, todos pagaban su parte, y todos, por eso mismo, miraban el molino con una mezcla de necesidad y rencor que se resumía, casi siempre, en una sola figura: la del molinero.

A Hunstan no le gustaban los niños en el molino. Lo decía. Lo repetía. Y sin embargo nunca los echaba del todo, porque —aunque jamás lo habría confesado— aquel edificio lleno de polvo y de trabajo se le hacía menos solo cuando entre los sacos correteaban Elswyth y Wulfric.

Porque al molinero, en todas partes y desde siempre, se le tenía por ladrón.

Era el oficio peor mirado del mundo campesino, y no del todo sin razón: el molinero pesaba el grano que entraba y la harina que salía, y entre una cosa y otra estaba su mano, y su mano —decían— siempre se quedaba con más de lo justo.

Se contaban de los molineros los mismos chistes crueles en cada valle: que tenían el pulgar de oro de tanto apretarlo en la balanza, que el mejor cerdo de la comarca era siempre el suyo porque lo cebaba con lo que robaba, que a un molinero honrado no lo había visto nadie porque se moría de niño.

Fuera verdad o no importaba poco; el rencor necesitaba una cara, y la del hombre que se quedaba con una parte de tu pan servía mejor que la del señor lejano, que se quedaba con mucho más.

Hunstan cargaba con toda aquella desconfianza heredada sin haber robado, quizá, un solo puñado en su vida; y esa sospecha vieja, sumada a su silencio y a su tamaño, lo había ido dejando solo, apartado de una aldea que lo necesitaba cada semana y no lo quería ningún día.

Por eso, aunque gruñera, no echaba del todo a los dos únicos seres de Caerwyc que entraban en su molino sin mirarlo con recelo.

Aquella primavera, Elswyth tenía ocho años y Wulfric seis, y el molino era su reino.

Que fuera su reino, y que tuvieran tiempo de reinarlo, era ya una suerte que no todos los niños conocían.

La infancia, en aquel mundo, era corta y trabajadora: en cuanto un crío se sostenía en pie y entendía una orden, se le daba una tarea, porque en una casa campesina no sobraban manos ni para los pequeños.

Se guardaban gansos y ovejas, se espantaban pájaros de la siembra, se recogían leña, bayas y espigas caídas tras la siega, se cuidaba a los hermanos aún más pequeños.

Se crecía deprisa porque el mundo no esperaba, y a los siete u ocho años un niño era ya media persona útil, y a los doce o trece, entera.

El juego era lo que se robaba entre tarea y tarea, a la caída de la tarde, en los descansos: un lujo breve, no un derecho.

Por eso aquellas tardes largas de Elswyth y Wulfric en el molino, aquel tiempo suyo, sin más obligación que estar juntos, eran una riqueza que ni ellos sabían que tenían, de esas que solo se reconocen mucho después, cuando ya no se poseen: el paraíso pequeño y descalzo que todo el que sobrevive a su infancia recuerda, sin merecerlo del todo, como el único que de verdad tuvo.

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Vivía allí una comadreja.

Nadie sabía desde cuándo. El molinero la toleraba porque le limpiaba el grano de ratones mejor que ningún gato, y a cambio hacía la vista gorda cuando el animal le robaba, de tanto en tanto, un huevo del gallinero.

Era pequeña, del color de la avellana por el lomo y de la nata por el vientre, rápida como un pensamiento y esquiva como el humo.

Aparecía y desaparecía entre los sacos sin que nadie la viera moverse; un instante estaba allí, mirándote con sus ojillos negros y brillantes, y al siguiente ya no, sin que hubieras visto el salto.

Wulfric llevaba dos años obsesionado con atraparla, o al menos tocarla, y en dos años no lo había conseguido ni una vez.

En cuanto se acercaba, con sus pasos de ternero y sus manos ansiosas, la comadreja se esfumaba.

Con Elswyth era distinto.

Le pasaba con todos los animales, y nadie sabía por qué.

Los pájaros no huían de ella. Los perros nerviosos se calmaban a su lado.

Y la comadreja del molino, que no dejaba acercarse a nadie, a Elswyth la dejaba estar.

No se dejaba tocar —eso no—, pero no huía.

Se quedaba a un par de pasos, sobre un saco, lavándose la cara con las patitas, mirándola con aquellos ojos negros, y las dos, la niña y el animal, se sostenían la mirada en el silencio harinoso del molino como si compartieran un secreto que no cabía en las palabras.

—No es justo —protestaba Wulfric, escondido detrás de un saco, viéndolas—. A mí ni me mira. A ti te deja sentarte al lado. ¿Qué le dices?

—Nada —decía Elswyth—. No hay que decirle nada. Hay que estarse quieto y no querer nada de ella. En cuanto quieres algo de un animal, lo nota, y se va. Tú siempre quieres cogerla. Por eso huye.

—Pero es que quiero cogerla.

—Ya. Por eso nunca la coges. —Y Elswyth sonreía con esa sonrisa suya, seria y suave, y Wulfric bufaba, y la comadreja, como si entendiera, desaparecía entre los sacos de un solo movimiento invisible.

Una de aquellas tardes entró en el molino la mujer de un yuntero de la vega, con su saco al hombro y la desconfianza puesta por delante como un farol.

No saludó. Dejó el saco junto a la balanza y se plantó de brazos cruzados, tan cerca del platillo que casi lo tocaba con la barbilla.

Hizo repetir la pesada. Después metió el dedo mojado en la boca del saco de harina, lo probó, y miró el polvo al trasluz de la puerta como se mira una moneda dudosa.

Al fin cargó y se fue sin una palabra, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el saco.

Hunstan volvió a la tolva. Los niños lo miraban desde los sacos.

—¿Es verdad? —preguntó Wulfric, que no sabía guardarse nada—. Lo que dicen. Que los molineros tenéis el pulgar de oro.

—¡Wulfric! —siseó Elswyth.

Pero Hunstan no se enfadó. Se limpió la mano en el mandil, despacio, y tendió el pulgar hacia el niño: enorme, agrietado, con la harina metida en cada surco como nieve vieja.

—Míralo bien. ¿De qué te parece?

Wulfric lo estudió con seriedad de tratante.

—De piedra —dictaminó.

—Pues eso es lo que hay. —Y el molinero recogió su pulgar y volvió a su grano, y no dijo más.

Fue Elswyth la que se le quedó mirando: la espalda blanca inclinada sobre la tolva, el banco del rincón donde comía solo, el cuenco de uno. Y entendió, sin que nadie se lo explicara, que en aquel molino había dos que vivían dentro porque fuera no los querían.

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El nombre nació una tarde de junio, jugando al escondite.

Era el juego que más les gustaba, el que jugarían toda la vida, aunque no supieran que la vida iba a ser tan corta.

Las reglas eran simples y las mentiras, muchas.

Uno se tapaba los ojos contra la rueda del molino y contaba, y el otro se escondía, y luego venía la búsqueda, y las risas, y las trampas, y las discusiones sobre si valía o no valía.

Casi siempre se escondía Elswyth y buscaba Wulfric, porque a Wulfric no le gustaba esconderse —era incapaz de estarse quieto y callado el tiempo necesario— y en cambio le encantaba buscar, aunque buscara fatal, gritando el nombre de su hermana por todo el molino como si eso fuera a ayudarle.

Aquella tarde, Elswyth se había superado.

Wulfric contó hasta cincuenta —se saltó varios números, como siempre— y empezó a buscar.

Miró detrás de los sacos. Detrás de la puerta.

Bajo la escalera de la tolva. En el hueco de la rueda.

Nada. Subió al piso de arriba, donde se guardaba el grano sin moler, y removió montones, y levantó lonas, y nada.

Bajó. Volvió a subir. El molinero, moliendo lo suyo, lo veía pasar de un lado a otro cada vez más colorado y no decía nada, pero por dentro —se le notaba en el ojo— se divertía como hacía años que no se divertía.

—¡Elswyth! —gritaba Wulfric—. ¡Sal ya! ¡Me rindo! ¡ELSWYTH!

Silencio. Solo el chirrido de la rueda y el rumor del agua.