El tablero y la fiebre #3
Y no volvieron a hablar de ello.
Enterrar así a un hombre no era poca cosa en aquel mundo.
Morir era, para casi todos, el trance más vigilado de la vida: importaba muchísimo morir en paz con la Iglesia —confesado, absuelto, ungido— y reposar después en tierra bendecida, porque de ello dependía, creían, la suerte del alma por toda la eternidad.
Al que moría sin sacramentos y se enterraba sin cura, en una ladera cualquiera, sin cruz ni responso, la gente lo tenía por perdido, condenado, echado fuera del rebaño hasta en la muerte.
Wystan lo había querido así, o al menos no había hecho nada por evitarlo, y Morcar lo enterró sin un rezo porque ninguno de los dos creía ya en nada que se pudiera rezar.
Los dos hermanos a los que nadie había elegido se despedían también de eso, del cielo de los demás, con el mismo desdén frío con que se habían despedido de la casa que no les dieron.
Si había un infierno para los hombres como ellos, pensó Morcar echando la última palada, sería un sitio muy poblado, y muy parecido al mundo.
Aquella noche, la última en la casa de su hermano, Morcar no durmió.
Veló junto al tablero, con una vela mala, como habría velado Wystan.
No sabía llorar; eso se lo habían quitado antes de que le hicieran falta las lágrimas.
Y las palabras de los responsos eran de un cielo en el que ninguno de los dos creía.
Pero algo había que hacer con aquello que le pesaba en el pecho y no tenía nombre, y un hombre hace el duelo con lo que sabe hacer.
Morcar sabía mover clavijas.
Alargó la mano y movió una. Una sola. Una de las del grano, la lección que más se le había quedado. La levantó de su agujero y la puso donde su hermano habría dicho que iba mejor, y se quedó mirando aquel cambio mínimo en la ciudad de madera como otros miran una vela encendida por un muerto.
—Buenas noches, hermano —dijo, en voz alta, en la casa vacía.
Y desde aquella noche, todas las noches de su vida, dondequiera que el tablero estuviera, Morcar movería una clavija antes de dormir. Una sola. Nunca dijo por qué. Nunca lo supo del todo ni él. Los que lo vieran hacerlo, años después, creerían que planeaba.
Planeaba. Y rezaba. En Morcar, las dos cosas habían acabado siendo la misma.
Al alba cubrió el tablero con la tela, lo cargó con cuidado —era, ahora, lo más valioso que poseía, más que toda la plata del arca—, y se quedó de pie en la casa vacía, en el sur, en la tierra que lo había hecho, con la ciudad de sus mayores a solo unos días de camino y un mapa completo de cómo tomarla bajo el brazo.
No fue a Dunheath. Aún no.
Un hombre que ha aprendido de Osgar y de Wystan a la vez sabe dos cosas que casi nadie sabe juntas: cómo se maneja el miedo, y cómo se lee una ciudad.
Y sabe una tercera, que es la más importante: que las cosas grandes no se hacen con prisa.
Que hay que dejar que maduren hasta que caen solas en la mano.
Alaric tenía un año. Crecería. Y mientras creciera, Morcar tenía tiempo.
Tiempo para instalarse, poco a poco, sin ruido, en la región. Para dejarse ver, más adelante, como lo que el mundo esperaría ver: un pariente lejano y cansado, enfermo de nostalgia, que vuelve a la tierra de sus mayores a pasar los últimos años cerca del único sobrino que le queda.
Porque toda ciudad de puerto tenía, bajo su cara honrada de gremios y mercados, otra cara que no salía en ninguna crónica: la de los muelles de noche, las tabernas de la parte baja, el mundo flotante de los que el mar y la mala suerte arrojaban a tierra.
Marineros varados sin barco, soldados sin guerra ni señor, jugadores endeudados hasta el cuello, contrabandistas, hombres huidos de otro sitio con otro nombre.
Gente sin raíces y sin nada que perder, que en un puerto se juntaba porque un puerto es una puerta, y por las puertas pasa cuanto no encuentra sitio en ninguna parte.
Esa era la cantera de Morcar. No buscaría a sus hombres entre los honrados, que tienen algo que arriesgar y por eso dudan, sino entre los otros, entre los que ya habían perdido lo que se pierde y solo les quedaba venderse a quien pagara mejor y preguntara menos.
En las tabernas que Wystan le había marcado en el tablero con una clavija baja y discreta, un hombre paciente, con plata en la bolsa y ninguna prisa, podía ir reuniendo uno a uno a los pocos que necesitaba.
Los encapuchados que una noche lejana cruzarían un puente no nacieron esa noche.
Se recogieron despacio, en la sombra, mucho antes.
Tiempo, sobre todo, para que aquel niño creciera lo bastante como para subirse un día, en una noche de tormenta, a un carruaje.
Morcar cargó el tablero en la mula, montó en su ruano —viejo ya, como él, pero terco, como él— y enfiló, despacio, sin prisa ninguna, el camino que bajaba hacia el mar.
Detrás dejaba a un hermano en una ladera y una advertencia sin escuchar.
Delante, un río que aún no sabía la deuda que iban a hacerle cobrar.
La corriente empezaba a subir.