El tablero y la fiebre #2
Wystan, entre fiebres, le fue enseñando el tablero clavija a clavija.
Le explicó qué gremio odiaba a qué otro y por qué.
Qué comerciante debía dinero a quién y estaría dispuesto a lo que fuera con tal de que la deuda desapareciera.
Qué escribano guardaba rencor a la casa por un desaire antiguo.
Qué tramo de muralla estaba podrido por dentro bajo la piedra buena.
Cómo funcionaba el racionamiento del grano en los años malos, y por tanto cómo se podía provocar, con paciencia, un año malo.
Le habló del puente que Edric había reforzado con piedra —«su orgullo, hermano, su gran obra buena; cuídate de los orgullos de los hombres buenos, que suelen ser por donde se los rompe»—.
Y le habló de la única cosa contra la que el tablero no tenía clavija, la única fuerza que Wystan, en veinte años, no había logrado reducir a hierro sobre madera:
—El amor que le tienen —dijo—. A Edric. A Aethelind.
Eso no lo puedes comprar, ni asustar, ni tallar.
Es la muralla de verdad. Todo lo demás son piedras; eso es raíz.
—Tosió—. Si algún día haces algo, Morcar, recuérdalo: puedes tomar la ciudad en una noche.
Pero no serás su señor mientras lo lloren a él.
Tendrás que hacer que te necesiten. Tendrás que darles algo a lo que agarrarse cuando les quites lo que aman.
Un símbolo. Una esperanza. Algo. Si no, el amor que le tienen a él se convertirá, tarde o temprano, en el cuchillo que te clavarán a ti.
Morcar escuchaba y guardaba. Todo. Como había guardado siempre.
De todas las lecciones de aquel tablero, la que más se le quedó fue la del grano, porque era la más silenciosa y la más cruel.
Una ciudad, le enseñó Wystan, no se rinde por las armas: se rinde por el estómago.
Quien controla el grano en los meses flacos controla la voluntad de todos, porque un hombre pelea mientras tiene fuerzas, pero un hombre que ve a sus hijos con hambre hace lo que sea.
Y el grano se podía manejar. Se podía comprar barato en la cosecha y esconderlo; se podía dejar que un almacén se echara a perder en el momento justo; se podía sobornar a los que repartían las raciones del año malo para que el hambre cayera donde uno quisiera y la gratitud donde uno decidiera.
No hacía falta quemar una ciudad para tomarla: bastaba con tener sus graneros el invierno adecuado y abrirlos después, como quien hace un milagro, para que el hambriento adorase a la mano que le daba el pan que esa misma mano le había quitado.
Era el arma perfecta, porque no dejaba heridas que señalaran al culpable: solo un mal año, de esos que todos le achacan al cielo.
Morcar la guardó junto a las demás, y pensó, sin sombra de horror, que su hermano enfermo había sido, sin salir de una silla, el hombre más peligroso que había conocido nunca.
Y solo una vez, la última tarde, dijo en voz alta lo que llevaba tres días rumiando por dentro.
—Tienen un hijo —dijo—. Me lo escribiste tú.
Nació el año pasado. Un varón. Alaric. —Miró el tablero, donde no había ninguna clavija para un niño de un año—.
Eso lo cambia todo, ¿verdad? Mientras solo eran ellos dos, bastaba con esperar.
Una fiebre, un caballo, un mal parto, y la casa caía en mis manos por sangre, sin que yo tuviera que ensuciarme.
Pero ahora hay un heredero. Y detrás del heredero, si crece, habrá otros.
La grieta se ha cerrado, Wystan. La vía limpia se ha cerrado.
Wystan lo miró largo rato. Y por primera y única vez en aquellos tres días, algo parecido al miedo le cruzó la cara consumida.
—Entonces déjalo —dijo, muy bajo—. Déjalo, hermano.
Toma el tablero, si quieres, tenlo de recuerdo, muévele las clavijas por las noches y siéntete listo, que lo eres.
Pero déjalo ahí. Porque lo que estás pensando, lo que se te está poniendo en esos ojos de piedra mientras miras la clavija que no existe…
eso ya no es mi plan. Mi plan era limpio.
Frío, pero limpio. Números. Lo tuyo es otra cosa.
Lo tuyo tendría que pasar por encima de una mujer que se arrodilla en el barro por los hijos de otros, y de un hombre bueno, y ahora, además, de un niño.
—Le agarró la muñeca con una fuerza sorprendente en aquella mano de muerto—.
No lo hagas. No porque esté mal, que lo está, aunque a ti eso te dé igual.
No lo hagas porque los crímenes de ese tamaño no salen nunca del todo bien.
Siempre queda algo vivo que no debía. Un testigo.
Un cabo. Una gota que la corriente no se lleva.
Y ese cabo, hermano, ese cabo te ahorca.
Morcar no dijo nada. Le sostuvo la mirada a su hermano moribundo con aquella quietud suya, la misma con la que había mirado arder una cala en el norte sin sentir nada.
Y Wystan, que lo conocía mejor que nadie en el mundo, entendió por aquel silencio que ya era tarde.
Que había armado, sin querer, con veinte años de amor a las verdades, la mano que un día haría lo que él nunca se atrevió ni a nombrar del todo.
Soltó la muñeca de su hermano. Cerró los ojos.
—Que Dios me perdone lo que te he enseñado —murmuró—. Y que a ti no te perdone nada. Porque si hay algo peor que un hombre sin piedad, es un hombre sin piedad con un buen mapa.
Murió esa noche, mientras dormía, sin más ruido que el silbido de su último aliento apagándose como se apaga una vela sin cera.
· · ·
Morcar lo enterró él mismo, con ayuda de Rhedgar, en la ladera detrás de la casa, sin cura y sin llanto, porque ni el uno ni el otro sabían llorar y a Wystan no le habrían gustado unas lágrimas fingidas.
Rhedgar cavó la mitad de la fosa y la mitad del silencio. Cavaba bien: con método, sin prisa, cortando la tierra en panes iguales, como quien conoce ese trabajo de más veces de las que quisiera contar.
Cuando la tierra quedó lisa, el norteño no se retiró. Se agachó, buscó entre la hierba y eligió una piedra del tamaño de un puño, gris, sin nada de particular, y la puso sobre el montículo, en el centro, con un cuidado que no casaba con aquellas manos.
—¿Eso qué es? —preguntó Morcar.
—Costumbre de allá arriba. —Rhedgar se sacudió las rodillas—. Una piedra encima, para que el muerto sepa que alguien pasó. Aunque sea uno que no lo conocía.
—Tú no crees en nada de eso.
—Yo no. —Se colgó la pala al hombro—. Ellos puede que sí.
Se quedó un momento mirando la fosa, y luego el valle, con esos ojos de soldado que se quedan siempre a media distancia.
—He abierto muchas de estas, señor. De todos los tamaños. Y de todas he sacado lo mismo: que no es el morir lo que iguala a los hombres. Es esto. Que haya o no haya quien se agache a buscarte la piedra.
Morcar no contestó. Rhedgar echó a andar ladera abajo, y ya de espaldas, como quien habla del tiempo, dijo lo único que dijo nunca de sí mismo:
—Un hombre debería saber quién le pondrá la suya. Yo todavía no lo sé.