La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El tablero y la fiebre
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El tablero y la fiebre

Capítulo XII

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Osgar murió en pleno invierno, atragantado con su propia carne, maldiciendo hasta el final a un mundo que le parecía un chiste sin gracia.

Y en cuanto la tierra helada se tragó al viejo lobo de Greymarch, Morcar cargó en silencio lo que era suyo —su arca, su plata, su registro paralelo, a Rhedgar— y bajó al sur, sin despedirse de nadie, como había subido dieciséis años antes.

No fue a Dunheath. Todavía no.

Fue a buscar a su hermano, que se moría.

La última carta de Wystan había llegado con tan mala letra que Morcar tardó en descifrarla, y decía poco: solo el nombre de un lugar —una casa solariega tierra adentro, en un pliegue de colinas verdes lejos del mar, donde el enfermo se había retirado años atrás huyendo de la humedad del puerto que le comía los pulmones— y tres palabras: ven, mientras pueda .

Morcar cabalgó ocho días. Y en el octavo, cuando las colinas empezaron a suavizarse y el aire perdió el filo del norte y se llenó de olores casi olvidados —tierra removida, ganado, el verde grasiento de una primavera que allí llegaba de verdad—, sintió algo que no había sentido en dieciséis años y que le costó reconocer, porque le quedaba muy lejos: sintió que volvía a casa.

No a aquella casa concreta, que no conocía.

Al sur. A la tierra que lo había hecho y lo había roto.

Y se despreció por sentirlo, y aun así lo sintió.

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La casa era modesta, oscura, olía a enfermo y a hierbas quemadas.

Aquel olor —a enfermo, a hierbas quemadas, a cuerpo que se apaga— era el olor de la impotencia de toda una época ante la enfermedad.

Contra un mal como el de Wystan, que le comía el pecho desde joven, aquel siglo no tenía nada.

Los físicos, cuando los había, explicaban la salud como un equilibrio de humores en el cuerpo, y trataban de restaurarlo sangrando, purgando, recetando dietas y astros favorables; pero ante la consunción que seca a un hombre por dentro, tosiendo su vida en pañuelos manchados, ni el físico más caro ni la curandera más sabia podían hacer otra cosa que aliviar, entretener el dolor, quemar hierbas que perfumaran la agonía.

La gente se moría de cosas que hoy se curan con nada: de una herida infectada, de unas fiebres, de una tos que no paraba.

Y se moría en casa, despacio, a la vista de todos, sin más consuelo que la costumbre de morir, que era la única medicina que a nadie le faltaba.

Wystan llevaba media vida muriéndose así, con esa lucidez terrible de los enfermos largos, que tienen tiempo de sobra para pensar mientras el cuerpo los abandona.

Y quizá por eso, porque la enfermedad le había robado todo lo demás, había afilado tanto lo único que le quedaba entero: la cabeza.

Wystan yacía en un lecho junto a la única ventana, y de él quedaba tan poco que Morcar, en el umbral, dudó un instante de que fuera él.

El hermano que recordaba —el joven pálido y burlón envuelto en mantas junto al fuego— se había consumido hasta volverse casi transparente.

La piel se le pegaba a los huesos como pergamino mojado.

Cada respiración era un trabajo, un silbido, una negociación con la muerte que iba perdiendo.

Pero los ojos —Morcar lo vio en cuanto Wystan giró la cabeza— seguían siendo los mismos.

Vivos. Afilados. Divertidos, incluso ahora, con esa diversión terrible de los que ya no tienen nada que perder.

—Has tardado —dijo Wystan, y la voz le salió como un roce de hojas—. Creí que me moriría sin verte la cara de piedra por última vez. —Tosió, largo—. Siéntate, hermano. Me queda poco aliento y quiero gastarlo bien.

Morcar se sentó. No supo qué decir. Nunca había sabido qué se dice en esos umbrales; su padre le había reprochado justo eso, la falta de las palabras blandas.

Así que hizo lo único que sabía hacer: le sirvió a su hermano un poco de agua, y le sostuvo la cabeza para que bebiera, y esa fue toda su ternura, y a Wystan le bastó, porque entre ellos siempre había bastado poco.

—Osgar ha muerto —dijo Morcar, por decir algo verdadero.

—Y tú te has quedado con lo suyo sin que nadie te lo diera —completó Wystan, con una sonrisa desdentada—.

Como siempre dije que harías. —Le brillaron los ojos—.

Bien. Bien. Entonces ya estás listo. —Alzó una mano temblorosa y señaló, al otro lado de la estancia, un bulto cubierto por una tela sobre una mesa recia—.

Ayúdame a incorporarme. Quiero enseñarte una cosa antes de que se me acabe la luz. Llevo años esperando enseñártela.

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Morcar apartó la tela.

Debajo había un tablero. Un tablero grande, de madera oscura pulida por el tiempo y por las manos, y sobre él, tallada con una minucia que rozaba la locura, estaba Dunheath.

No la Dunheath de los mapas de los monjes.

La otra. La verdadera. La misma que Wystan le había mostrado una noche, hacía media vida, dibujada en un pergamino gastado, junto a una tronera, con una vela en la mano.

Solo que ahora no era un dibujo. Era un mundo en relieve.

Cada barrio, cada muelle, cada almacén, cada puerta de la muralla, tallados con exactitud; y sobre ellos, hincadas, decenas de pequeñas clavijas de hierro, unas altas y otras bajas, unas en grupo y otras solas, siguiendo un orden que solo su autor conocía.

—Lo mandé tallar hace ocho años —dijo Wystan, contemplándolo con el amor feroz de un padre por un hijo deforme—.

Cuando entendí que el pergamino ya no me bastaba.

Que necesitaba poder mover las cosas. Verlas moverse.

—Alargó un dedo esquelético y tocó una de las clavijas—.

Cada una de estas es algo. Un gremio. Una deuda.

Una lealtad. Una debilidad. Un hombre comprable.

Un muro que parece fuerte y no lo es. Llevo veinte años, hermano —desde antes de aquella noche en la galería—, aprendiendo esta ciudad.

Y ahora la sé de memoria. La sé mejor que nadie que haya vivido nunca.

Mejor que Edric, que la gobierna. Mejor que padre, que la construyó a medias con el abuelo.

La sé como el molinero sabe su molino: pieza a pieza, y sabiendo qué viga, si se quita, lo para todo.

Morcar miraba el tablero, y sentía la vieja atracción, más fuerte ahora, subiéndole por dentro como sube el agua fría por una raíz.

Una cosa así no existía en aquel mundo. Los mapas eran rarezas de monjes: dibujos toscos donde lo importante no era dónde estaban las cosas, sino qué significaban —la Tierra Santa en el centro, el paraíso arriba, los caminos torcidos para que cupiera la fe antes que la tierra—.

Nadie cartografiaba una ciudad de verdad, calle por calle, deuda por deuda, porque a nadie se le ocurría que el mundo pudiera contarse así, y porque los pocos que sabían leer y escribir tenían asuntos más piadosos en que gastar el pergamino.

Wystan había hecho algo que ni los reyes tenían: había convertido una ciudad viva en un objeto que cabía sobre una mesa y se podía tocar, mover, estudiar de noche a la luz de una vela.

Un hombre que poseía aquello poseía Dunheath de una manera en que ni Edric, que la gobernaba, la poseía: la tenía entera, quieta, desmontada en sus piezas, a merced de quien tuviera el estómago de volver a armarla a su gusto.

Morcar pasó la mano por las clavijas frías y entendió que su hermano no le enseñaba un juguete de enfermo.

Le entregaba un arma que no se parecía a ninguna otra, porque no cortaba la carne: cortaba el tiempo, la costumbre, la confianza.

Todo lo que sostiene en pie una ciudad sin que la ciudad se dé cuenta.

—¿Para qué? —preguntó, aunque empezaba a saberlo—. Me dijiste una vez que lo hacías por entender. Solo por entender.

Wystan rió, y la risa se le rompió en tos.

—Te mentí. O me mentí a mí. —Se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano—.

Al principio era verdad. Un enfermo que no puede hacer nada colecciona lo único que puede tener: verdades.

Yo coleccionaba a Dunheath. Pero las verdades, hermano, cuando las juntas todas, dejan de ser una colección y se vuelven otra cosa.

Se vuelven un plan. Uno no lo decide. Ocurre.

Un día miras todas tus verdades ordenadas sobre una mesa y ves, sin quererlo, exactamente por dónde se toma la ciudad.

Y ya no puedes dejar de verlo. Es como una grieta en un muro que crees tuyo: una vez la has visto, te llama.

Se dejó caer contra las almohadas, agotado por el discurso, y cerró los ojos un momento antes de seguir, más bajo.

—Yo nunca podría haberlo hecho. Mírame. No tengo cuerpo, ni tiempo, ni hijos a quienes dejarles nada.

Y además —abrió los ojos, y en ellos había, por un instante, algo casi humano, casi triste— no tengo tu frío.

Yo diseñé la presa, Morcar. Pero para soltar el agua hay que estar dispuesto a ahogar lo que viva debajo, y yo…

yo quería demasiado a Edric para eso. Sí.

Aunque te rías. Es un idiota decente, nuestro sobrino, pero le tengo cariño, el cariño que se le tiene a un perro bueno que no entiende el mundo.

Yo solo quería entender. Verlo claro. Saber que, si alguien hubiera querido, se podía hacer.

—Miró a su hermano—. Tú eres el que quiere.

Siempre lo fuiste. Por eso el tablero es tuyo.

No te pido que lo uses. Te lo doy porque no soporto la idea de que todo esto que sé se muera conmigo en esta cama de mierda.

Que se muera sin que nadie sepa, jamás, lo listos que fuimos los dos hermanos a los que nadie eligió.

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Morcar pasó tres días junto al lecho de su hermano, y en esos tres días aprendió más de Dunheath de lo que habría aprendido en tres años de vivir en ella.