La sanadora en la ciudad #3
Al barquero no lo vieron llorar aquella mañana.
Lo vieron después, los del muelle sur, muchas veces, sin ruido, en mitad del río: paraba los remos donde la corriente era mansa y se quedaba un rato a la deriva, mirando el agua, antes de volver a remar.
Nadie le dijo nunca nada. Hay hombres que solo pueden llorar donde su oficio los deja a solas.
La colina del oeste era donde Dunheath enterraba a los suyos pobres, sin lápida de piedra, que la piedra costaba, sino con una cruz de madera que el primer invierno se comía; y aquella semana la colina era toda del mismo color: gris la tierra removida, grises las cruces nuevas, gris el cielo que no acababa de llover del todo.
Casi todas las tumbas nuevas eran pequeñas, de la medida en que se cavan para los niños.
La lluvia caía igual sobre todas. Sobre la del hijo del barquero y —eso pensó Sunniva, mirando desde un poco más atrás— sobre las otras, las que ella no veía, las que lejos, en otra tierra quemada, cubrían lo que a ella le habían quitado.
Y algo, dentro de ella —aquella mujer a la que un noble frío de ojos grises le había arrancado el mundo entero en una loma del norte—, mirando ahora a otra noble arrodillarse en el barro por un hijo que no era suyo, sintió que se le desataba muy adentro un nudo viejo, uno que llevaba tres años apretándole el pecho: la certeza, dura como una piedra, de que todos los poderosos eran iguales, de que todos contaban a la gente como ganado, de que la crueldad de los ojos grises era la ley del mundo y la bondad una mentira que se cuentan los débiles.
No era verdad. Ahí estaba la prueba, de rodillas en el barro, vestida de gris.
Y aunque Sunniva no habría sabido decirlo con palabras, ni entonces ni después, algo se le curó aquel día que no tenía que ver con gargantas ni con hierbas.
Volvió a caber en el mundo un poco de bondad.
Y a una mujer que ha decidido no volver a querer a nadie, descubrir que la bondad todavía existe es la más peligrosa de las medicinas, porque es la única que vuelve a abrir el corazón que uno había cerrado con llave.
· · ·
La peste amainó con las heladas, como amainan estas cosas, llevándose a los que tenía que llevarse y perdonando al resto sin razón que nadie entendiera.
Cuando Dunheath volvió a respirar, Aethelind hizo llamar a Sunniva a la torre. Le ofreció quedarse: una casa en la ciudad, un puesto, oro, lo que quisiera. Una ciudad entera le debía la vida de sus hijos, y su señora lo sabía y quería pagarlo.
Sunniva declinó. Con dulzura, pero sin dudar.
—No sé estar quieta, señora —dijo—. Lo intenté una vez.
No me sale. Y una ciudad… una ciudad tiene demasiadas ventanas de las que sale el humo de las cocinas al anochecer.
—No lo explicó más. No hacía falta—. Iré hacia la costa.
Hacia el oeste, donde el río se acaba en el mar.
Dicen que allí hay calas vacías, islas que abandonó la gente.
Un sitio con pocas ventanas. Creo que ahí podré estar.
Aethelind no insistió. Había aprendido a respetar los duelos ajenos, que cada uno lleva a su manera.
—Entonces llevaos al menos esto —dijo. Y le puso en las manos, no oro, sino una capa buena, gruesa, forrada de piel, de las de la casa, para el frío de la costa; y, envuelto en ella, un cuchillo de sanar de acero fino, mejor que el viejo y mellado que Sunniva traía.
Un cuchillo así valía más que muchas de las monedas que le había ofrecido, y las dos lo sabían: el oro se gasta, y una hoja buena sigue curando cuando el oro ya se ha ido—.
Para que sigáis haciendo lo que hacéis. Salvando a los de otros.
—Le tomó las manos por última vez—. Gracias, Sunniva.
No os olvidaré. Ninguna madre de Dunheath os olvidará.
Sunniva miró la capa, y el cuchillo, y las manos de la señora sobre las suyas.
—Ni yo a vos, mi señora —dijo Sunniva; y por una vez en tres años, lo dijo sin que le doliera.
Y se marchó hacia el oeste, hacia la costa, hacia el sitio donde el río muere en el mar, con una capa de piel sobre los hombros y un cuchillo bueno en el hato y, por primera vez desde la loma gris y la ceniza, algo parecido a la paz.
Aethelind la vio alejarse por el camino del puerto hasta que la lluvia se la tragó. Luego subió a la torre, a la galería sobre el mar, a la habitación donde seguía, vacía, la cuna que un carpintero le había tallado.
Se sentó junto a ella. Puso la mano en la madera. Y por primera vez en mucho tiempo, aquella tarde no le pareció una tumba.
Le pareció, otra vez, una espera.
Aquel invierno fue duro, pero Dunheath sobrevivió a la peste, y su gente aprendió, si aún le hacía falta aprenderlo, que tenía una señora que bajaba al barro por ellos.
Y cuando la primavera dio paso al verano —tan callado, tan improbable, después de tantas pérdidas—, Aethelind volvió a contar las lunas en secreto. Y volvió a no sangrar.
Y esta vez, contra las dos tumbas del saúco, contra todo pronóstico, la brasa no se apagó.