Gobernante de todos
Capítulo XI
· · ·
De los nueve meses que Aethelind cargó a su tercer hijo, no disfrutó ni uno solo.
No porque no lo quisiera —lo quería con un hambre que le daba miedo—, sino precisamente por eso.
Había aprendido, en las dos tumbas pequeñas bajo el saúco del jardín, que la esperanza era la más cruel de las inquilinas: entraba sin llamar, se instalaba, te llenaba la casa de planes y de nombres susurrados, y luego se marchaba una noche cualquiera llevándose todo consigo y dejándote más vacía que antes de que llegara.
Así que esta vez Aethelind no la dejó instalarse.
La tuvo a raya. Contó las lunas en secreto, como siempre, pero no compró lino, ni tejió, ni volvió a susurrar ningún nombre.
Vivió aquellos meses conteniendo el aliento, con una mano siempre puesta sobre el vientre, no con ternura, sino con vigilancia, como quien guarda una llama en mitad de un temporal y sabe que basta un descuido para quedarse a oscuras.
Edric lo entendía sin que ella se lo dijera, que era como se entendían casi todo.
No le llenó la boca de ánimos que ninguno de los dos se creía.
Hizo cosas más pequeñas y más verdaderas: mandó reforzar el suelo de la galería que crujía, para que ella no se sobresaltara; despidió sin ruido a una dama parlanchina que hablaba demasiado de partos ajenos; y por las noches, cuando la sentía despierta, mirando el techo en la oscuridad, le ponía una mano en la espalda y no decía nada, solo estaba, que era lo único que servía.
La ciudad, en cambio, no supo callar. En Dunheath se corrió la voz de que la señora esperaba otra vez, y la ciudad entera, que la amaba, empezó a rezar con una mezcla de esperanza y miedo que se le pegaba a Aethelind en la piel cada vez que bajaba al burgo.
Le dejaban ofrendas a la puerta del castillo: huevos, cintas, figuras de paja, amuletos de los viejos ritos que nadie confesaba seguir.
Las mujeres del muelle, las mismas a las que ella había cuidado en la peste, encendían velas en el santuario del mar por un niño que no era suyo.
Y Aethelind, que no sabía si aquello la reconfortaba o la aterraba más —porque cuanto más rezaban todos, más grande sería la caída si la esperanza volvía a marcharse—, les daba las gracias con una sonrisa y subía a la torre a seguir conteniendo el aliento.
Y rezaban por interés, además de por cariño, aunque ni ellos se lo dijeran así.
Un buen señor era una rareza y una suerte, y la suerte, en aquel mundo, no se heredaba sola: hacía falta un hijo que la continuara.
La gente de Dunheath había vivido bajo señores que apretaban y bajo un señor que aliviaba, y sabía en la piel la diferencia.
Si Edric moría sin heredero, no se quedaban solo sin señor: se quedaban a merced de lo que viniera —un pariente lejano, un conde con hambre, una disputa entre casas—, y las disputas entre casas se dirimen siempre sobre las espaldas de los de abajo, con levas, con tributos nuevos, con campos pisoteados por caballos ajenos.
Un heredero sano no era, para el pueblo, una alegría de palacio: era la promesa de que la vida buena, la de los tributos justos y el puente de piedra, seguiría un poco más.
Por eso encendían velas las mujeres del muelle.
No rezaban solo por su señora. Rezaban por ellas mismas, por sus hijos, por el pan de los años que venían.
Fueron a los santuarios, como se habían prometido.
A todos. Al de la iglesia, donde el capellán puso las manos sobre el vientre de la señora y pidió por el fruto.
Y a los otros, a los viejos, a los que nadie confiesa visitar: al de la Madre de la Cosecha, y al sin nombre de la colina oeste, entre los árboles, donde Aethelind dejó pan y sal y una hebra de su propio cabello, y le habló en voz baja a algo que no sabía nombrar, pidiéndole no un rey, ni un heredero, ni una espada para Dunheath, sino solo un hijo que respirara. Un hijo que se quedara.
· · ·
Nació en primavera, una noche de lluvia.
De aquella noche, muchos, en Dunheath, contarían después su versión, y con los años las versiones se mezclarían con las canciones y ya nadie sabría del todo qué fue verdad y qué fue el cariño de la memoria.
Pero hubo cosas ciertas. Fue en la cámara de la torre oeste, la más resguardada del viento.
Llovía sin violencia, una lluvia paciente que parecía filtrarse en la piedra misma.
Ardían las chimeneas en todas las estancias nobles.
Y tres parteras, tres comadres que habían visto nacer y morir a media ciudad, se movían alrededor del lecho con la precisión de quien conoce los signos del cuerpo como otros conocen las estrellas.
Fue largo. Fue duro. Y Aethelind —que había parido dos veces solo para enterrar lo parido— lo atravesó de la única manera que sabía: con los dientes apretados y los ojos abiertos, sin gritar, sin implorar, sin rezar siquiera, mirando al techo como si buscara allí algo que no estaba, negándose a soltar una sola lágrima antes de saber si aquella noche traía una vida o una tercera tumba.
La partera mayor, la del cabello blanco, le hablaba bajo, palabras de mujeres, más viejas que cualquier misa.
Y cuando llegó la última ola, la que parte a una mujer en dos, Aethelind por fin dejó salir un sonido: no un grito de dolor, sino un rugido hondo, primitivo, ancestral, como si con él abriera de par en par una puerta que llevaba años cerrada.
Y del otro lado de esa puerta, respondió otro sonido.
Agudo. Breve. Furioso. Vivo.
El llanto de un recién nacido rasgó la estancia, y las parteras exhalaron a la vez, y una de ellas se echó a reír y a llorar al mismo tiempo, y Aethelind, que no había llorado en nueve meses, que no había llorado ni al enterrar a los otros dos porque le parecía que llorar era rendirse, oyó aquel llanto y se rompió por fin, entera, deshecha, con un llanto que le venía de años atrás, de mucho más atrás, de toda la espera del mundo.
—¿Está…? —no pudo terminar. No se atrevía. Había preguntado eso otras veces y le habían dicho que no—. ¿Está…?
—Un varón, mi señora —dijo la partera, y le temblaba la voz—. Vivo. Fuerte. Enfadado con el mundo, mírelo. Ha nacido con los pulmones llenos de tormenta.
Y le pusieron sobre el pecho aquel cuerpo minúsculo, caliente, resbaladizo, que berreaba con toda la furia de sus escasos instantes de vida, con el pelo oscuro y húmedo pegado al cráneo diminuto, y Aethelind lo recibió con los brazos temblando y lo miró, y el niño, al sentir el calor y el latido conocido de aquel pecho que lo había guardado, dejó de llorar poco a poco, y buscó, y se aquietó.
Y por primera vez en la vida de aquella mujer fuerte que sabía leer los ríos bajo el hielo, Aethelind de Brynhaeth no supo qué hacer con lo que sentía. Era demasiado. No cabía.
—Hola —consiguió decir, en un hilo de voz—. Hola. Te has quedado. Gracias por quedarte.
· · ·
Edric subió sin esperar el permiso de nadie.
Había pasado la noche abajo, en el gran salón, en la misma silla de brazos labrados donde su abuelo se había sentado a repartir un mundo, sin comer, sin hablar, con los codos en las rodillas y las manos unidas, midiendo cada crujido del techo, cada paso amortiguado, cada silencio, como quien mide la caída de un puente que aún no ha caído.
Había ofrecido, en la oscuridad, sin saber a quién, cualquier cosa.
Su alma entera a cambio de que ella viviera.
A cambio de que el niño respirara. Si había un precio, lo pagaría. Si había un juramento, lo haría.
Cuando oyó el llanto —aquel llanto vivo, furioso, imposible— no esperó.
Subió las escaleras de tres en tres, tropezó, se levantó, siguió.
Y se detuvo en el umbral de la cámara, sin atreverse a entrar, con el corazón golpeándole como un tambor de guerra, hasta que las parteras se apartaron a un lado formando entre él y su mujer un pasillo silencioso.
Ella lo miró, exhausta, deshecha, despeinada, bañada en sudor y en lágrimas, con un bulto de lino sobre el pecho.
Y sonrió.
Y Edric supo, por esa sonrisa, antes de ver nada más, que esta vez el río no se lo había llevado.
Se acercó. Se arrodilló junto al lecho. Puso una mano en la frente de Aethelind, otra en la espalda diminuta del niño, y la última sobre su propio pecho, como para comprobar que su corazón seguía latiendo, que todo aquello era real.
El niño tenía las manos como botones de hueso, y una de ellas, ciega, se agitó en el aire y le rozó un dedo, y se cerró en torno a él con esa fuerza total de los que aún no saben lo que agarran.
—Es perfecto —dijo Edric, y la voz se le quebró como una rama seca.
—Es nuestro —respondió ella—. Se ha quedado, Edric. Este se ha quedado.
Y los dos lloraron, sin esconderlo, sobre aquel niño diminuto que ya se dormía, ajeno, entre sus dos padres, sin saber cuánto lo habían pedido, ni cuánto lo habían llorado antes de tenerlo, ni sospechar siquiera —¿cómo iba a sospecharlo, si acababa de llegar?
— lo poco que el destino, avaro, iba a dejarlos disfrutar de aquella dicha.
· · ·
El nombre se lo pusieron a la mañana siguiente, y los dos lo tenían ya en la boca antes de decirlo, porque los dos lo habían soñado.
—Alaric —dijo Aethelind, mirándolo dormir.
Edric cerró los ojos un momento, como si la palabra le rozara por dentro, y asintió.
—Ese fue el nombre que oí —dijo—. Anoche, mientras llovía. Creí oírlo en el sonido de la lluvia, o de la gente cantando. No era un grito. Era algo suave. Algo que me llamaba desde el futuro.
—Gobernante de todos —dijo ella—. Pero no por la fuerza.
Ni por el oro. Gobernante como quien guía un bosque sin arrancarlo.
Como quien sabe esperar a que baje el agua antes de cruzar el río.
—Le rozó la mejilla al niño con un dedo—.
Gobernante de su propio destino. Con eso me basta.
Que sepa gobernarse a sí mismo, y que sea justo, y lo demás que se lo lleve el viento.