La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) La sanadora en la ciudad #2
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La sanadora en la ciudad #2

Sunniva sabía cosas que los curanderos de Dunheath no sabían.

Sabía que a la peste silbante no se la vence con sangrías, sino con lo contrario: con caldo, con calor, con vapores de agua y hierbas que ablandaban la placa de la garganta.

Sabía cuándo una garganta cerrada podía abrirse con un tubo de caña hervida introducido con mano firme —una cosa terrible de ver y de hacer, que salvó al menos a tres niños que ya se ahogaban—.

La primera vez que lo hizo delante de Aethelind, en un cuarto de tejedores alumbrado por una mala lámpara de aceite de pescado, la señora tuvo que sostener al pequeño mientras Sunniva le abría un ojal en la garganta hinchada con la punta del cuchillo y metía la caña; y por la caña salió, con un silbido distinto, primero sangre y luego aire, y el niño, que se estaba muriendo amoratado, tragó aquel aire como se traga la vida.

Aethelind, que había visto ya muchas cosas en aquellos días, se giró hacia la pared y vomitó, y luego se limpió la boca con el dorso de la mano y volvió a poner las manos donde Sunniva le dijo, sin que se lo pidieran dos veces.

Esa fue, quizá, la hora en que la sanadora empezó a mirarla de otro modo.

Y sabía, sobre todo, lo que solo saben los que han cuidado mucho: distinguir a los que aún podían salvarse de los que ya no, para gastar las fuerzas donde servían.

Y Aethelind no se apartó de su lado. No dio órdenes desde lejos.

Sostuvo cabezas, limpió vómitos, veló a niños ajenos toda la noche, aprendió de Sunniva y la obedeció como una aprendiz obedece a la maestra, sin que el rango se interpusiera jamás.

Las dos mujeres, la señora y la vagabunda, se entendieron en el idioma sin palabras de las manos que curan, y en las pausas robadas al agotamiento, cuando se sentaban un momento contra la pared de una casa a beber un poco de agua antes de volver a entrar, empezaron, poco a poco, a entenderse también en el otro.

—No tenéis hijos —dijo Sunniva una de aquellas madrugadas. No fue una pregunta ni una crueldad. Fue el reconocimiento de una sanadora que había visto muchos cuerpos y sabía leerlos—. Y los habéis querido. Y os han faltado.

Aethelind, que a nadie le confesaba aquello, que ni siquiera lloraba delante de Edric, se encontró asintiendo en la oscuridad, sin fuerzas ya para guardar el secreto.

—Dos —dijo—. Que yo sepa. —Miró sus propias manos—. A veces pienso que por eso me duelen tanto estos. Los de fuera. Como si me tocara quererlos a todos, ya que no puedo quedarme con ninguno.

Sunniva no dijo nada durante un rato. Miraba la calle mojada, las antorchas temblando bajo la lluvia.

—Yo tenía uno —dijo al fin, con una voz que había dejado de temblar hacía tanto que ya no lo sabía—.

Un niño. Se llamaba… —se detuvo; hacía tres años que no pronunciaba aquel nombre en voz alta, y descubrió que aún le cortaba la garganta como una placa de la peste—.

Se llamaba Ari. Se me lo llevó el fuego.

Y yo estaba curando a otro cuando ardió.

—Se rió, un sonido sin risa—. Así que ya veis, señora.

Salvo hijos ajenos. Como vos. Solo que a mí, primero, me quitaron el mío.

Aethelind no le dijo que lo sentía. Había aprendido, en aquellos días, que «lo siento» es lo que se dice cuando no se siente de verdad.

Lo que hizo fue tomarle la mano —la mano de la sanadora, encallecida, marcada— y sostenerla en la oscuridad, sin decir nada, dos mujeres sentadas contra una pared mojada, unidas por lo único que de verdad une a los seres humanos, que no es la alegría, sino la pérdida.

Y así estuvieron un rato. Y luego se levantaron, porque dentro un niño silbaba, y volvieron a entrar.

Había en aquella casa otra cría, más pequeña, a la que la fiebre ya le iba soltando la garganta pero no el miedo. No quería dormir. Cada vez que el sueño la vencía se despertaba con un respingo, buscando aire, y volvía a empezar, y la madre, deshecha, ya no tenía voz ni para ella.

—Cantadle algo —le pidió a Sunniva, con la fe de los agotados—. Vos que sabéis de niños. A esta la duerme el cantar.

Las manos de Sunniva se detuvieron sobre el hato de las hierbas.

Fue solo un instante. Quien no la conociera —y allí no la conocía nadie— habría visto a una sanadora eligiendo una raíz.

Pero Aethelind llevaba noches enteras trabajando hombro con hombro con aquellas manos, y las había visto abrir gargantas sin temblar, y las vio ahora quedarse quietas como se queda el agua cuando pasa por encima un ave de presa.

—Yo no canto —le dijo Sunniva a la madre, con la voz llana—. Canto peor que un carro.

—Yo canto peor todavía —dijo Aethelind—, pero soy señora y a mí nadie se atreve a decírmelo.

Se sentó en el borde del jergón, tomó a la niña contra su pecho, y le cantó bajito una canción del puerto, una de mecer, de las que las mujeres del muelle les cantan a los hijos que esperan barcos.

Desafinaba. Era verdad que desafinaba. La niña se durmió antes del tercer verso, que es para lo que sirven esas canciones.

Sunniva recogió el hato despacio, de espaldas, más despacio de lo que aquel hato necesitaba.

«Antes del último verso,» pensó. «Siempre antes del último verso.»

Y no dijo nada, y Aethelind no preguntó nada, y por eso mismo, entre las dos, quedó dicho.

·   ·   ·

Pero la peste, como todas, se cobró lo suyo.

El niño se llamaba Cuthred, y tenía seis años, y era hijo de un barquero del muelle sur y de una tejedora, y llevaban tres noches sin dormir a su lado.

Sunniva hizo por él todo lo que sabía, y Aethelind todo lo que Sunniva le enseñó, y durante un día pareció que remontaba, que el silbido cedía, que la fiebre bajaba.

Y luego, al cuarto amanecer, sin drama, como se van a veces los niños, simplemente dejó de respirar, entre el sueño y el sueño, con la mano de su madre en la suya.

No hubo nada que hacer. Sunniva lo supo antes que nadie; lo había visto demasiadas veces.

Se apartó, para dejar a los padres, y se quedó de pie en un rincón, muy quieta, con las manos vacías colgando, y en su cara no había profesión ni distancia: había un espejo.

Porque cada niño que se le moría entre las manos era, un poco, Ari muriéndose otra vez, y esa era la penitencia que se había echado encima al elegir seguir curando: revivir su pérdida en cada pérdida ajena, una y otra vez, sin fin.

Y entonces vio algo que no había visto nunca en tantos años de servir a señores en el norte.

Vio a la dama de Dunheath —a Aethelind de Brynhaeth, señora de la ciudad, estirpe de los antiguos de la costa— arrodillarse en el suelo de tierra de una casucha de barquero, tomar a la madre rota entre sus brazos y llorar con ella.

No un llanto de compromiso. No las lágrimas medidas que derraman los poderosos para que el pueblo los vea sentir.

Lloró de verdad, fea, entrecortada, abrazada a una mujer del muelle a la que hasta hacía cuatro días no conocía, meciéndola como se mece a una hija, susurrándole que no estaba sola, que Dunheath entera lloraría a su niño con ella.

Al pequeño Cuthred lo enterraron al día siguiente, en la colina del oeste, bajo la llovizna.

El féretro lo llevó su padre. Solo. Era barquero: llevaba media vida cargando gente de una orilla a otra, y aquel era el único pasaje que no quiso cederle a nadie.

Una caja de tabla clara que le habría cabido bajo un brazo, y que llevó sin embargo con los dos, apretada contra el pecho, todo el camino cuesta arriba.

Un féretro que un hombre puede llevar solo debería ser ligero. Es el peso más grande que existe.

Detrás iba la madre, sostenida por las tejedoras. Y detrás, Aethelind. Vestida de gris, sin joyas, sin séquito, una más en la fila de la llovizna. Se quedó hasta que cayó la última paletada de tierra, y solo entonces, cuando ya no quedaba nadie a quien consolar, se permitió volver al castillo.