La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) La sanadora en la ciudad
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La sanadora en la ciudad

Capítulo X

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La peste de la garganta llegó a Dunheath con las primeras nieblas del otoño, y como todas las pestes, empezó por los niños.

Al principio fue un solo caso en el barrio de los curtidores: una niña que amaneció con fiebre y una placa blanca creciéndole en la garganta, y que al tercer día no podía tragar ni respirar bien, y que hacía al inspirar un ruido silbante, agudo, que las madres de Dunheath aprenderían pronto a temer más que a ningún otro sonido del mundo.

Luego fueron tres. Luego una casa entera.

Luego el barrio. La enfermedad subía de la ciudad baja hacia la alta como sube la marea, sin prisa y sin piedad, y en las callejas empezó a oírse, de noche, ese silbido multiplicado, saliendo de las ventanas cerradas, como si la propia ciudad se ahogara despacio.

Y era en la ciudad baja donde primero mordía, porque la ciudad baja estaba hecha para que mordiera.

Allí, apretadas entre el río y la muralla, se amontonaban las casas de los que sostenían Dunheath con las manos: los curtidores, que curaban las pieles en cubas de orina y cal y llenaban el aire de un hedor que se pegaba a la ropa y no se iba con nada; las tejedoras, que en la penumbra hacían correr la lana, que era la única riqueza verdadera de aquella costa, la que se cargaba en barcazas río abajo y volvía convertida en las monedas cortas y mordidas con que se pagaba todo; los barqueros y los pescadores del muelle sur, que olían a sal, a arenque y a brea.

Vivían pared con pared, seis y ocho en un cuarto, respirando el mismo aire agrio noche tras noche; y donde tantos alientos se mezclan, una placa blanca en la garganta de un niño no tarda en encontrar otra garganta.

Los ricos de la ciudad alta lo sabían, y por eso, en cuanto empezó el silbido, cerraron los postigos, encendieron hierbas y esperaron que la marea subiera solo hasta cierta altura, como había subido siempre.

Los curanderos de los gremios hacían lo que sabían, que no era mucho: sangrías que debilitaban más, humos de hierbas, oraciones.

El barbero-cirujano cobraba un penique por cada sangría y se marchaba antes de ver el resultado.

El fraile iba de puerta en puerta con una reliquia en una cajita de plomo y ponía el óleo en frentes que ardían, y hacía bien su trabajo, que era el de los moribundos, no el de los vivos.

Y las campanas de la parroquia, que al principio doblaban por cada muerto con su cuenta de tañidos, dejaron de distinguirlos cuando fueron demasiados, y doblaban ya sin nombre, a media tarde, por todos a la vez.

Los niños seguían muriéndose. Y en la torre gris sobre el mar, Aethelind de Brynhaeth, que no había podido tener un hijo pero que sentía a cada niño de Dunheath un poco suyo, tomó la decisión que la definiría a los ojos del pueblo para siempre.

Era un otoño para tener miedo. Apenas un año antes, más allá del mar que Aethelind veía desde su galería, una nave se había ido a pique en una noche de calma frente a la costa normanda, y con ella se había ahogado el único hijo varón del rey, el muchacho que un día había de reinar; y desde entonces corría por los mercados y los muelles, de boca de arriero en boca de arriero, la sensación sorda de que el mundo se había quedado sin heredero, de que hasta el más alto de todos podía asomarse una mañana al lugar donde debía estar su hijo y encontrar solo agua.

Aethelind, que se asomaba cada mañana a una cuna vacía, entendía aquella noticia mejor que nadie en Dunheath.

El río, el mar, la garganta cerrada de un niño: al final, pensaba, todo era la misma agua, y venía siempre a llevarse lo mismo.

No se encerró. No cerró las puertas del castillo, como habrían hecho —como estaban haciendo, en otras ciudades— los señores prudentes que ponen sus murallas entre ellos y el contagio.

Bajó. Bajó a la ciudad baja, con las mangas remangadas, y se puso a cuidar enfermos con sus propias manos.

Y mandó abrir los graneros del castillo: aquel grano era suyo por derecho, la parte que la ciudad le rendía cada cosecha a cambio del trabajo de un año, y ordenó que se repartiera entre los que ya no tenían fuerzas para ganárselo; suspendió las rentas de la ciudad baja mientras durase la peste, y perdonó las deudas de los muertos, que era perdonar poco, porque a los muertos ya no se les cobra, pero lo hizo igual, para que las viudas no heredaran, junto al silencio, una cuenta.

A los suyos les dijo que no la siguieran si tenían miedo, y a los que la siguieron —que fueron más de los que ella esperaba— los puso a hervir agua, a lavar y a velar.

Y mandó llamar a la sanadora de las tierras altas.

Se hablaba de ella en los mercados, entre los arrieros y los buhoneros que hacían las rutas del interior: una mujer venida del norte hacía unos años, que curaba lo que otros daban por perdido, que no cobraba más que el pan y el techo, y que no se quedaba nunca mucho tiempo en el mismo sitio, como si algo la empujara siempre a seguir.

Decían que sabía de gargantas. Decían que había parado la peste silbante en dos aldeas de las montañas cuando ya no quedaba a quién enterrar.

Aethelind envió tres jinetes a buscarla con la única orden de traerla como se trae a una igual, no como se trae a una sierva.

Y una tarde de lluvia, la sanadora cruzó la puerta norte de Dunheath.

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Sunniva había jurado no volver a mirar el mar.

Había cumplido el juramento durante casi tres años, tierra adentro, curando por los caminos de las tierras altas, durmiendo en pajares, poniendo un pie delante del otro.

Había aprendido los caminos de un reino que apenas tenía caminos: sendas de barro que el otoño convertía en ríos, calzadas viejas de una gente aún más vieja, con las losas levantadas y robadas para levantar paredes, puentes de tabla que cobraban peaje y vados que cobraban ahogados.

Había caminado entre peregrinos que iban a tocar el hueso de un santo con la misma esperanza con que otros van al médico, entre soldados sin señor, entre pobres que lo eran de un modo que ella empezaba a reconocer como el suyo.

Y sin embargo, cuando los tres jinetes le dijeron el nombre de la ciudad a la que la llevaban —Dunheath, la del puerto, la del mar— algo en ella, más viejo que el juramento, más viejo que el dolor, había dicho que sí antes de que su cabeza pudiera decir que no.

Porque una mujer de mar no huye del agua más de lo que el agua huye de la luna.

Y quizá, se dijo mientras cabalgaba hacia el oeste y el aire empezaba a saber a sal, quizá había llegado la hora de dejar de huir de todo.

Supo que llegaba a una ciudad enferma antes de ver la ciudad.

Lo supo por el silencio. Una ciudad con puerto debía oírse desde una legua: los martillos de los toneleros, los pregones, los perros, el regateo del mercado.

Dunheath, bajo la lluvia de aquella tarde, estaba callada como una casa en la que alguien agoniza.

Cruzó la puerta norte —los guardias ni le pidieron cuentas; miraban el camino con la cara vacía de los que han dejado de esperar buenas noticias— y entró por unas calles donde los postigos estaban cerrados a mediodía, donde el agua de lluvia corría por el centro arrastrando lo que arrastra, y donde, por debajo del rumor de la lluvia, se oía aquello: el silbido.

Fino, múltiple, saliendo de las ventanas tapiadas.

El sonido de una ciudad ahogándose despacio, casa por casa.

Sunniva llevaba treinta años oyendo respiraciones que se cerraban.

Aun así, se le puso la carne de gallina bajo la capa mojada.

Llegó agotada, avejentada antes de tiempo, con su cuchillo de sanar y su aguja y sus raíces en un hato pequeño, y esperaba que la recibiera un mayordomo, o una dama de segunda, o nadie.

Lo que no esperaba —lo que la dejó parada un instante bajo la lluvia, mojándose sin darse cuenta— fue que quien salió a recibirla al patio, con las mangas remangadas y las manos rojas de fregar y un delantal manchado que no era de señora, fuera la propia dama de Dunheath.

—Habéis venido —dijo Aethelind, y en su voz no había la condescendencia de los que agradecen un servicio, sino el alivio puro de quien ve llegar ayuda—.

Gracias. Se están muriendo, y yo ya no sé qué hacer, y os han dicho que vos sí.

—Le tendió las dos manos, mojadas y ásperas como las suyas—.

Venid. No hay tiempo de descansar, y os pido perdón por ello.

Os lo pagaré con lo que queráis después. Ahora venid, os lo ruego.

Sunniva miró aquellas manos tendidas. Manos de trabajo en los brazos de una señora.

En catorce años de servir a los poderosos del norte, ninguno le había tendido nunca la mano así: se la habían alargado para que la besara, o para señalar, o para golpear, pero no abierta, vacía, pidiendo.

Y por primera vez en tres años, algo dentro de ella que estaba muy quieto, muy frío, se movió un poco.

—Enseñadme a los peores —dijo, y se remangó también.

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Trabajaron juntas nueve días y nueve noches.