El fuego que devoró más que madera
Capítulo VIII
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El niño llegó, como había dicho Maerwynn dos años atrás, cuando el vado volvió a crecer.
Pero si Elswyth había entrado en el mundo callada y mirando, su hermano lo hizo de la única manera que sabría estar en él desde entonces: a gritos, pataleando, con los puños cerrados y la cara roja de furia, protestando por el frío y la luz y el aire como si el mundo le debiera una disculpa por haberlo sacado de donde estaba tan a gusto.
Maerwynn, que lo recibió también a él, se rió con su risa de hoja seca.
—Este no ha venido a mirar —dijo, poniéndolo sobre el pecho de Aethelwyn—.
Este ha venido a incendiarlo todo. —Y no supo, la vieja, cuánta razón tenía y de cuántas maneras; ni que la palabra «incendiar», dicha en broma sobre una cuna, tardaría solo unos meses en dejar de tener gracia en aquella aldea.
Lo llamaron Wulfric. Y desde el primer día fue evidente que era el reverso de su hermana.
Donde Elswyth observaba, Wulfric tocaba, rompía, probaba, se metía en la boca.
Donde Elswyth callaba, Wulfric llenaba la casa de ruido.
Mamaba con voracidad, dormía poco, reía pronto y fuerte, con todo el cuerpo.
Y Elswyth —que tenía ya dos años y esa gravedad suya de junco bien plantado— se instaló junto a la cuna del hermano como quien acepta un cargo, y no se movió de allí, y lo vigilaba con sus ojos oscuros y serios mientras él berreaba, y a veces le ponía un dedo en la boca para que se callara, y él se callaba.
—Míralos —le dijo Coenred a Aethelwyn una noche, viéndolos a los dos dormidos, la grande abrazada al pequeño—. La que mira y el que salta. —Sonrió con aquella sonrisa suya, rara y grave—. Van a ser fuertes. Juntos van a ser imparables.
—Juntos —repitió Aethelwyn, y por algún motivo la palabra le supo a advertencia, aunque no habría sabido decir por qué.
Aquella primavera y aquel verano fueron, quizá, los más felices que conoció la aldea. Como si el destino, antes de cobrar, quisiera enseñar primero todo lo que iba a quitar.
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La fragua, aquel año, era el corazón caliente de Caerwyc.
Eadric estaba en la plenitud de su vida y de su fuerza.
Wynn tenía ya siete años, larguirucha y descarada, y había heredado de su madre las trenzas cobrizas y del padre la terquedad, y se pasaba las horas en la fragua a pesar de las prohibiciones, encaramada al banco, viendo a su padre domar el hierro.
Eadric fingía echarla, gruñía, amenazaba con lo del fuego que no perdona, y luego, cuando creía que nadie miraba, le forjaba pequeñas cosas: un anillo torcido para su dedo flaco, un caballito de hierro no más grande que un dedal, una campanilla que ella se colgaba al cuello y que sonaba por toda la aldea anunciando por dónde andaba la hija del herrero.
Un herrero de aldea no vivía solo de lo suyo: vivía de todo el valle, y a veces de más allá.
Cuando no le llegaba el trabajo, iba a buscarlo a los caseríos vecinos, semanas enteras fuera, porque el hierro era caro y escaso y el que sabía trabajarlo no abundaba, de modo que un buen herrero tenía siempre encargos y siempre alguien que le debía algo.
Pero su oficio tenía un precio que no se cobraba en grano: era el más peligroso de la aldea.
La fragua vivía encendida de sol a sol, con el carbón ardiendo, las brasas saltando, la grasa, el aceite y el serrín por todas partes, y pegada a la casa, como estaban pegadas todas las cosas de un herrero, porque el fuego era a la vez su herramienta y su pan.
Eadric domaba aquel fuego cada día con la confianza del que lleva media vida haciéndolo.
Y esa era, precisamente, la clase de confianza que el fuego, tarde o temprano, se cobra.
Leofrun cantaba tendiendo la colada. Aethelwyn le llevaba a los niños, y las dos mujeres se sentaban a la sombra del nogal mientras Wynn hacía rabiar a la pequeña Elswyth y el bebé Wulfric dormía o berreaba.
Era una amistad buena, de las que no necesitan palabras grandes.
Un día, Leofrun tomó en brazos a Wulfric, que lloraba, y lo meció, y el niño se calmó, y Leofrun dijo, riendo:
—Con las manos que tengo yo para los niños y las que tienes tú, Aethelwyn, deberíamos alquilarnos. —Y las dos rieron, y ninguna sabía que aquella era de las últimas veces que reirían juntas.
Porque el otoño venía. Y con el otoño, el viento.
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Fue una noche de finales de otoño, con el viento del este soplando seco y frío sobre los tejados de brezo.
El fuego era el terror más viejo y más constante de un mundo hecho de madera y de paja.
Una aldea entera podía arder en una noche: los techos de brezo seco prendían a la primera pavesa, las casas se apretaban unas contra otras, el fuego saltaba de tejado en tejado más deprisa de lo que un hombre corre, y no había contra él más defensa que cubos de agua del vado, mantas mojadas y suerte con el viento.
Por eso el otoño, cuando el viento del este bajaba seco tras un verano que había resecado la paja, era la estación temida: cualquier chispa mal muerta, cualquier lámpara volcada, cualquier rescoldo podía acabar con el trabajo de generaciones antes del alba.
Los viejos lo sabían, y dormían con un oído puesto en el olor del humo.
Eadric no estaba en Caerwyc. Había cruzado el vado tres días antes, con una mula cargada de rejas y herraduras, camino de un caserío del otro valle donde le habían encargado herrar una recua y reparar un arado antes de las lluvias.
Era un trabajo bueno, que pagaban bien, de esos que un herrero de aldea no rechaza.
Se despidió de Leofrun a la puerta de la fragua, con Wynn colgada del cuello pidiéndole que le trajera algo, y le prometió una cinta del mercado del otro valle, y le dio un beso a su mujer, y cruzó el vado, y no volvió a ver a ninguna de las dos con vida.
Nadie supo nunca del todo cómo empezó.
Los que despertaron con el resplandor —y despertaron tarde, porque el viento del este se lleva el humo antes que traer el olor— contaron después cosas distintas, como pasa siempre.
Unos dijeron que se oyó un estruendo, como si algo cayera.
Otros, que no se oyó nada, que el fuego ya estaba alto cuando el primer perro ladró.
La casa del herrero, pegada a la fragua, era de las más grandes de la aldea, con más madera que las otras, y con la fragua al lado, llena de carbón y de grasa y de todo lo que el fuego ama.
Cuando la aldea entera acudió con cubos y mantas mojadas, ya no había nada que hacer.
El calor no dejaba acercarse. El techo se hundió con un rugido, escupiendo una columna de chispas que el viento del este esparció sobre medio Caerwyc, y hubo un momento de terror en que se temió que ardiera la aldea entera.
No ardió. El viento, caprichoso, cambió antes del amanecer, y la lluvia que venía llegó a tiempo para lo demás y demasiado tarde para lo que importaba.
Leofrun y Wynn no salieron.
Coenred fue uno de los que más se acercó, de los que entraron hasta donde se podía entrar, con una manta empapada sobre la cabeza, gritando los nombres.
Salió chamuscado y vacío, y Aethelwyn, que lo vio salir así, con esa cara, supo antes de que él dijera nada.
Y aquella noche, mientras el fuego moría y la lluvia lo apagaba y la aldea lloraba en la oscuridad, Coenred volvió a hablar de fuego en sueños, tres veces, como aquella primera noche, muchos años atrás; solo que ahora Aethelwyn sabía que no todos los fuegos con los que soñaba su marido eran del pasado.
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Eadric volvió al mediodía siguiente.
Vino silbando, cuentan, cruzando el vado con la mula descargada y una cinta de colores en el zurrón para su hija, contento por el trabajo bien hecho y el buen pago.
Vio primero el humo, que todavía subía fino y sucio del montón negro que había sido su casa.
Luego vio a la gente, reunida y callada, que se apartaba para dejarle paso sin atreverse a mirarlo a la cara.
Y luego, cuando entendió, cuentan que no gritó.
Eso fue lo que a todos se les quedó grabado. Que no gritó.
Un hombre de aquel tamaño, de aquella fuerza, y no gritó.
Se quedó de pie ante las cenizas de su casa, con la cinta de colores todavía en la mano, y no dijo nada, ni lloró, ni maldijo, ni se echó al suelo como se habrían echado otros.
Solo miró. Miró mucho rato. Y luego, muy despacio, se arrodilló entre lo negro y empezó a escarbar con las manos, sin herramientas, sin ayuda —nadie se atrevió a ayudarlo—, buscando entre la ceniza tibia lo poco que un fuego así deja de lo que fue una vida.
Encontró la campanilla de Wynn, derretida y torcida, pegada a otras cosas. La limpió con el pulgar, despacio, y se la guardó en el pecho, y siguió escarbando.
Y fue escarbando, con las manos ya quemadas y en carne viva, cuando encontró lo otro. Lo que nunca contó a nadie. Lo que se llevó a la tumba.
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La puerta de la casa —la puerta grande, la de roble reforzado con hierro que él mismo había herrado— había caído hacia dentro, arrancada por el fuego.
Eso era normal. Las puertas caen. Lo que no era normal, lo que a Eadric se le clavó en el ojo bueno como una esquirla y ya no volvió a salir, fue lo que había debajo, del lado de fuera: el eje pesado de una carreta, un tronco de fresno de los que él apilaba para el carbón, atravesado ante el umbral, del lado de fuera, como si alguien lo hubiera puesto allí para que la puerta no pudiera abrirse.
O como si hubiera rodado hasta allí solo, en el desorden de la noche, entre los pies de los que corrían con los cubos. Eso también podía ser. Las cosas ruedan. La gente empuja, tropieza, arrastra, en una noche así. Un tronco atravesado no prueba nada. No prueba nada.
Eadric se quedó mucho rato mirando aquel tronco.