La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El fuego que devoró más que madera #2
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El fuego que devoró más que madera #2

Y después, con un cuidado terrible, lo apartó, lo llevó al montón de la leña como si tal cosa, y no dijo una palabra.

Ni entonces, ni nunca. Porque, ¿qué iba a decir?

¿A quién? ¿Que creía —solo creía, sin poder probarlo, sin saberlo— que a su mujer y a su hija no las había matado un descuido, sino una mano?

¿Y qué mano? ¿La de quién? No tenía enemigos.

O creía no tenerlos. Un herrero de aldea que forja rejas y herraduras y no le debe nada a nadie. ¿Quién iba a querer…?

No. Era el dolor, que buscaba a quién odiar porque odiar es más fácil que llorar.

Era su cabeza, que no soportaba que aquello no tuviera culpable, y se inventaba uno.

El fuego había sido el fuego. Un tizón mal apagado, una lámpara volcada por el viento, una chispa de la fragua.

Un accidente. Los accidentes existen. Existen, maldita sea. No hacía falta buscarles cara.

Se lo repitió tantas veces, en los años que siguieron, que casi llegó a creérselo.

Casi.

Pero desde aquel día, cada vez que el hierro se ponía al rojo en su nueva fragua, cada vez que las llamas subían y le calentaban la cara, Eadric el Tuerto sentía en la nuca la presencia de aquel tronco atravesado, la pregunta sin respuesta, la mano que quizá no existió.

Y forjaba. Forjaba herramientas y rejas y, andando el tiempo, otras cosas más afiladas.

Forjaba de noche cuando no podía dormir.

Forjaba como quien reza, o como quien vigila, para que el fuego —el fuego que le había quitado a su mujer y a su hija, el fuego que quizá alguien encendió y él nunca pudo probar— no volviera nunca a pillarlo desprevenido.

·   ·   ·

Las enterraron dos días después, en la loma de la capilla, cuando la lluvia dio tregua.

Dos fosas, una junto a otra. Una de mujer y una de niña, y la de la niña era tan corta que los hombres que la cavaron no se miraron entre sí en toda la mañana.

La aldea entera subió detrás de los cuerpos, callada, con esa manera de andar de los entierros de los pueblos, que no es pena de uno sino pena de todos.

Eadric fue detrás, solo, con las manos quemadas envueltas en trapos. No se apoyó en nadie. Nadie se atrevió a ofrecerle el hombro.

Cuando la tierra estuvo echada, y Beran hubo dicho las palabras viejas, y las mujeres hubieron dejado el pan y la sal, la gente fue bajando poco a poco, porque los vivos tienen la vergüenza de no saber cuánto quedarse.

Eadric se quedó. De pie entre las dos cruces de madera, con los trapos de las manos ya sucios de tierra.

Entonces se sacó del zurrón la cinta de colores.

La del mercado del otro valle. La que Wynn le había pedido colgada de su cuello, la que él le había prometido a la puerta de la fragua con la niña riéndose. La había llevado encima desde entonces, sin saber qué hacer con ella, porque una promesa cumplida tarde no se sabe dónde ponerla.

La ató a la cruz pequeña. Despacio, con aquellos dedos enormes que sabían doblar el hierro y no acertaban ahora con un nudo de niña. Le dio dos vueltas y la dejó colgando, roja y amarilla contra la madera cruda, moviéndose un poco en el aire húmedo.

—Te la traje —dijo.

Fue todo el responso que pronunció en su vida. Y bajó la loma sin volverse, hacia la fragua muerta, con la campanilla derretida en el pecho y las manos abiertas a los costados, como si ya no supiera qué agarrar con ellas.

·   ·   ·

Aethelwyn volvió al vado al tercer día, porque la ropa no sabe de duelos.

Lavó sola en la piedra de siempre. A su lado quedaba la otra, la buena, la que Leofrun ganaba cada mañana por llegar antes cantando.

Nadie la ocupó. Las mujeres, sin decírselo, lavaron aquella mañana un poco más apretadas en las piedras de abajo, y la piedra buena se quedó vacía con el agua pasándole por encima, limpia, lista, esperando a nadie.

Aethelwyn frotó el lino, y escurrió, y volvió a frotar, y en algún momento se dio cuenta de que llevaba un rato con el oído puesto en algo que no llegaba. El vado sonaba a agua, a paños, a las voces bajas de las otras. Faltaba la canción por encima. Iba a faltar siempre.

Esa noche, dándole las gachas a Wulfric, con Elswyth pegada a su falda, la niña le tiró de la manga.

—¿Y Wynn?

Lo preguntaba cada día, porque tenía dos años y el mundo se le había enseñado entero menos eso. Aethelwyn dejó la cuchara. Pensó en mentirle, como se les miente a los niños para ahorrarles el filo. Y no pudo, porque aquella niña miraba, y a los que miran no se les puede mentir sin que lo sepan.

—Wynn ya no va a venir —dijo—. Pero tú te vas a acordar de ella. Yo te voy a ayudar a acordarte.

Elswyth se quedó pensándolo, muy seria, y no volvió a preguntar. Y Aethelwyn siguió con la cuchara, la mano firme, los ojos secos, porque las madres aprenden a llorar por dentro mientras la cuchara va y viene.

·   ·   ·

La aldea lo sostuvo como sostienen las aldeas: sin palabras y con las manos.

Era la única seguridad que tenían los que no tenían nada.

En un mundo sin más amparo que el vecino, la aldea funcionaba como una bolsa callada en la que cada cual echaba lo que podía cuando a otro le tocaba la desgracia, sabiendo, sin decírselo, que el día en que le tocara a él encontraría la misma bolsa abierta.

No era caridad, que humilla, ni limosna, que se agradece y se olvida: era un pacto tan viejo como el hambre, la certeza de que solo no se sobrevivía a un mal invierno, a una crecida, a un incendio, y de que la única muralla contra la desgracia era la espalda del de al lado.

Era Caerwyc cuidándose a sí misma en uno de sus miembros, como una mano se cierra, sin pensarlo, sobre el dedo que se ha quemado.

Nadie le dijo a Eadric cuánto lo sentía, porque no hay frase que aguante ese peso y todos lo sabían.

Pero apareció leña a su puerta, cortada y apilada, sin que nadie confesara haberla traído.

Apareció un jergón, una manta, un cuenco de caldo cada noche en el umbral del cobertizo donde se instaló, junto a lo que había sido su fragua.

Oswin le horneaba pan de más. Dunstan le dejaba lana.

Y Aethelwyn —que acababa de traer una vida al mundo y que acababa de ver morir a su amiga— fue la que más callada estuvo, la que se ocupó de que aquel hombre roto comiera aunque no quisiera, la que le llevaba a la pequeña Elswyth de la mano algunas tardes, sin decir nada, solo para que en el cobertizo del herrero hubiera, por un rato, el sonido de una niña.

Fue Aethelwyn quien lo oyó la primera vez, una noche, bajando el cuenco al cobertizo.

Se detuvo en mitad del sendero, con el cuenco quemándole las palmas a través del trapo.

Desde el incendio, la aldea dormía en un silencio al que ya se estaba acostumbrando, un silencio con un hueco dentro, como una boca a la que le falta un diente.

Y ahora, en lo negro, del lado del cobertizo, sonaba otra vez el hierro.

No como antes. El martillo de antes rompía el alba, regular, contento de sí, un pulso que decía aquí se trabaja.

Este era más lento. Golpeaba, esperaba, volvía a golpear, con pausas largas en las que solo quedaba el resuello del fuelle, y no parecía estar haciendo nada —clavos, quizá, o nada—, sino diciendo algo, a golpes, en una lengua de una sola palabra.

Aethelwyn llegó hasta el umbral. Por la rendija se veía el resplandor rojo y la espalda enorme del herrero, y las chispas subiendo y muriendo en la oscuridad como las pavesas de aquella noche, solo que estas obedecían.

No entró. Dejó el cuenco en la piedra del umbral, donde todas las noches.

—Está el caldo —dijo, a la rendija.

El martillo se detuvo. El fuelle respiró dos veces.

—Déjalo —dijo la voz de dentro. Y después, cuando ella ya se volvía—: Gracias.

Aethelwyn subió el sendero en lo oscuro, y a su espalda el hierro volvió a sonar, pausado, tozudo, hasta que el cielo clareó.

«Antes el martillo era su día,» pensó. «Ahora es su vela.»

Y ocurrió algo entonces que nadie planeó y que Aethelwyn recordaría después, muchos años después, cuando ya no le quedara casi nadie a quien contárselo.

La niña —Elswyth, que tenía dos años y esos ojos que veían más de lo que debían— no le tenía miedo a Eadric.

No como los otros niños, que se apartaban del herrero hosco y tuerto y ahora, además, marcado por la desgracia.

Ella se le acercaba. Se sentaba a sus pies mientras él golpeaba el hierro, callada, mirándolo con aquella gravedad suya.

Y a Eadric, que no soportaba la lástima de los adultos ni el miedo de los niños, aquella mirada seria y sin miedo de la hija de Aethelwyn le hacía, por alguna razón que él no entendía, un bien que ninguna palabra le hacía.

—Esta cría no habla mucho —le dijo una tarde a Aethelwyn, con su voz áspera de poco uso.

—No —dijo Aethelwyn—. Prefiere mirar.

Eadric asintió, despacio, mirando a la niña que lo miraba a él.

—Bien —dijo—. El que mira aprende. —Y volvió al yunque.

Ninguno de los dos —ni el herrero roto ni la madre— podía saber que estaban viendo el primer día de un vínculo que sobreviviría al fuego de aquella noche y a otras aguas peores; que aquella niña seria que se sentaba a los pies de Eadric sería, dentro de muchos años y en otra tierra, lo único que le quedara a aquel hombre en el mundo, y él lo único que le quedara a ella; que él le forjaría dagas y le enseñaría a lanzarlas, y que ella grabaría en ellas el nombre de un hermano que aún berreaba en su cuna, a pocos pasos de allí, ajeno a todo, gordo y feliz y ruidoso, sin saber que el mundo ya había empezado, en silencio, a afilar los filos con los que un día lo destrozaría.

Aquella noche, en Caerwyc, se encendieron dos velas más en la ventana de la curandera, por Leofrun y por Wynn.

Y muy lejos, en una torre gris sobre otro mar, una mujer que no las conocería jamás encendía otra, por el hijo que había perdido, mirando una cuna vacía.

El mundo estaba lleno de fuegos pequeños ardiendo en la oscuridad.

Y ninguno de ellos sabía todavía que todos, todos, eran el mismo fuego.