El anhelo #3
Una noche de esas, la encontró en la galería. No fingió dormir. Se acercó por detrás y le puso las manos sobre los hombros, y sintió cómo temblaba, y no dijo nada durante un rato largo. Abajo, el mar respiraba.
—Hay algo que no te he dicho —dijo él por fin, en voz baja—.
Porque me daba miedo decirlo en voz alta, como si decirlo lo hiciera más verdad.
—Tragó saliva—. Si no tenemos un hijo, Aethelind, cuando yo falte, Dunheath no pasa a un desconocido cualquiera.
Wystan no vivirá para heredar, y no tiene hijos.
Después de él… —dejó la frase suspendida un momento—.
Después de él, por sangre, viene mi tío. Morcar.
Aethelind se volvió. Apenas conocía aquel nombre. Un pariente lejano, exiliado en el norte hacía media vida, del que en el castillo se hablaba poco y sin cariño.
—El del norte.
—El que mi abuelo apartó por tener, dijo, el corazón frío.
—Edric miró el mar—. Yo era un muchacho, pero estaba allí la noche en que se lo dijo.
Y estaba allí cuando se fue. Me acuerdo de cómo me miró antes de irse.
No con rencor hacia mí. Con… cálculo. Como si me estuviera sumando.
—Se frotó la cara—. Dicen que en el norte se ha hecho un nombre.
Y no de los que se hacen siendo blando. No lo he vuelto a ver desde entonces.
Pero a veces, no sé por qué, sueño que vuelve.
Y cuando sueño que vuelve, sueño también con agua.
Con el río. No sé qué significa. Nada, seguramente.
Aethelind le tomó la cara entre las manos. Y en aquel gesto, ella —que había nacido de una mujer que sabía leer los ríos bajo el hielo— sintió pasar un frío que no venía del mar.
—Entonces tendremos un hijo —dijo, con una firmeza que no sabía de dónde sacaba—.
No por Dunheath. No por tu tío, ni por Belcliff, ni por Caermoor, ni por la sangre de nadie.
—Le apretó el rostro—. Por nosotros. Porque quiero verte enseñarle los árboles.
Porque quiero oírte decirle tonterías. Porque este amor, Edric, este amor tan bueno que tenemos, tiene que seguir en alguien cuando nosotros ya no estemos.
No puede acabarse en nosotros. Sería un desperdicio que el mundo no se puede permitir.
Edric la abrazó. Y por primera vez en mucho tiempo, en aquella galería sobre el mar, los dos se permitieron esperar en voz alta.
—Iremos a los santuarios —dijo ella—. A todos.
Al de la iglesia y a los otros, a los viejos, a los que nadie confiesa que visita.
Dejaremos pan al río y sal al mar. Buscaremos a las mujeres que saben.
A las de verdad, a las de las tierras altas, no a los boticarios que venden humo.
—Se le encendió algo en los ojos, una determinación de las suyas, esas que a Edric le habían enamorado en una galería fría hacía media vida—.
Le pediremos un hijo a todo lo que pueda darlo.
Y si nadie nos lo da, lo seguiremos pidiendo.
No pienso rendirme, Edric. No sé rendirme.
Es el único defecto que me dejó mi madre.
Edric se rió, con la risa húmeda de quien ha estado a punto de llorar, y la besó en la frente, y luego en los ojos, y luego en la boca.
Y harían, en los años siguientes, lo que hacía todo el mundo en su caso, porque contra la esterilidad aquel mundo tenía mil remedios y ninguno seguro.
Irían en peregrinación adonde hubiera un hueso santo con fama de abrir vientres cerrados, y dejarían allí ofrendas de cera con la forma de lo que pedían.
Buscarían a las mujeres sabias de las tierras altas, las que conocían las hierbas de la fecundidad y las palabras que se dicen sobre un vientre en menguante.
Beberían cocimientos amargos, dormirían con piedras horadadas bajo el jergón, atarían cintas en árboles viejos.
Y cargarían, además, con la crueldad callada de su tiempo, que daba por hecho que la culpa, cuando un matrimonio no tenía hijos, era casi siempre de la mujer: a ella se la miraba, se la compadecía, se la señalaba, mientras al hombre nadie le preguntaba nada.
Aethelind aguantaría todo aquello —los caminos, los brebajes, las miradas— con la terquedad que le dejó su madre, sin confesarle a nadie, ni a Edric, cuánta humillación había en cada esperanza.
Aquella noche, por primera vez en meses, la cuna vacía junto a la ventana no le pareció a Aethelind una tumba, sino una promesa que aún no se había cumplido.
Tardaría todavía años. Años de esperanzas y de pérdidas, de caminos a santuarios lejanos y de manos de mujeres sabias sobre su vientre. Pero llegaría. Un día de lluvia, cuando ya casi no se atrevían a esperarlo, llegaría.
Y sería tan deseado, tan pedido, tan soñado, que cuando por fin abriera los ojos al mundo, todos —el pueblo, los gremios, los dos padres arrodillados junto al lecho— tendrían la sensación de que aquel niño no había nacido, sino que había sido, por fin, concedido.
Y por eso mismo —aunque eso ninguno de los dos podía saberlo aún— dolería tanto perderlo.