La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El anhelo #2
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El anhelo #2

Aethelind llevaba la cuenta con una precisión que no le confesaba a nadie, ni a Edric.

Contaba las lunas como Maerwynn le había enseñado a otra mujer en otro valle que ella no conocería jamás; contaba, y esperaba, y callaba.

Cuando por fin no sangró, cuando el cuerpo empezó a decirle en su lengua antigua lo que ella llevaba tanto tiempo pidiéndole, no se atrevió a alegrarse del todo.

Guardó la noticia como se guarda una brasa entre las manos ahuecadas, protegiéndola del viento, sin mirarla demasiado por miedo a apagarla.

Duró hasta el tercer mes.

Se fue una noche, entre dolores que ella conocía de haberlos aliviado en otras mujeres y que ahora, en su propia carne, descubrió que no tenían alivio.

Edric la sostuvo hasta el amanecer. No dijo esas cosas que dicen los hombres que no saben qué decir —que ya vendrían otros, que era voluntad de Dios, que había que ser fuertes—.

Solo la sostuvo, y lloró con ella, sin vergüenza, y a la mañana siguiente enterraron juntos, en secreto, en el rincón del jardín donde crecía el saúco, lo poco que había que enterrar, y no se lo dijeron a nadie.

Fue de los dos. Solo de los dos. Como casi todo lo suyo.

El segundo lo perdieron dos años después. Y ese fue peor.

Peor porque había durado más. Porque Aethelind había llegado a sentir el aleteo —aquel roce por dentro, como un pez pequeño volviéndose en el agua— y se había quedado quieta en mitad de la galería, con la mano en el vientre, riéndose sola.

Porque aquella vez sí se había atrevido: había tejido, a escondidas hasta de sus damas, una manta pequeña de lana fina, del tamaño de un antebrazo, y la guardaba doblada en el fondo de su arca como se guarda una carta que aún no se puede leer.

Y porque una noche, en la cama, con la vela ya muerta, Edric había acercado la boca a su vientre y había dicho un nombre.

Tan bajo que casi no fue voz. Y ella lo había repetido.

De ese nombre no volvieron a hablar. Ni entonces, ni después, ni nunca. No se lo dijeron a nadie, no lo lloraron en voz alta, no lo gastaron. Quedó entre los dos, enterrado en la misma noche en que se dijo. Hay que haber perdido así para saber que un nombre sin dueño pesa más que una losa.

La manta pequeña, Aethelind no la deshizo. Tampoco pudo mirarla. La dejó donde estaba, doblada en el fondo del arca, debajo del lino de invierno, y bajó la tapa despacio, como se cierra la puerta de un cuarto donde duerme alguien.

Después de aquel, Aethelind no lloró delante de Edric.

Aprendió a hacerlo sola, de noche, en la galería, mirando el mar negro, mordiéndose el puño como se muerde una mujer que no quiere despertar a la casa.

Y Edric aprendió a fingir que dormía cuando ella se levantaba, porque había entendido que su mujer necesitaba un dolor que fuera solo suyo, un rincón de la pena donde no tuviera que sostener también la de él.

·   ·   ·

Lo más cruel era la ciudad.

Porque Aethelind seguía siendo la que iba a los partos.

Seguía siendo la que ponía al recién nacido de una tejedora sobre el pecho de su madre exhausta y le decía las palabras justas.

Seguía cargando a los hijos de otras, meciéndolos, calmándolos, devolviéndolos luego a unos brazos que sí podrían quedárselos.

Toda la ciudad era, en cierto modo, hija suya.

Los alimentaba en los años malos, los curaba en las pestes, los lloraba cuando el río o la fiebre se los llevaba.

Madre de Dunheath entero, la llamaban ya algunos, con cariño.

Y ninguno adivinaba la punzada que aquellas palabras le clavaban cada vez, ni el precio que pagaba cada vez que sonreía a un niño ajeno y se lo devolvía a su madre, ni las noches en que volvía a la torre y se quedaba mirando la cuna que un carpintero del puerto le había tallado sin que nadie se lo pidiera, un año atrás, y que seguía vacía, junto a la ventana, recogiendo polvo y luna.

Una tarde de aquellas, ayudando a parir a una mujer muy joven y muy pobre del barrio de los curtidores, la criatura vino mal, de nalgas, y Aethelind hizo lo que sabía hacer, con las manos y con la calma, y la sacó, y la reanimó, y la puso a mamar.

Y la muchacha, agotada y feliz, la miró y le dijo, con la crueldad inocente de los que no saben:

—Dios os pague, mi señora. Ojalá pronto os toque a vos. Seríais la mejor madre del mundo.

Aethelind sonrió. Le apartó el pelo mojado de la frente a la muchacha, como una vez, en un patio helado, se lo había apartado a un niño pobre sin saber que la miraba un muchacho que iba a amarla toda la vida.

—Ya soy madre de muchos —dijo, con dulzura—. Descansa.

Y salió, y cruzó el burgo con la cabeza alta, y no lloró hasta que estuvo sola, en la galería, mirando el mar, con el puño en la boca.

Porque la falta de un hijo no era, en una casa como aquella, solo una pena privada: era una grieta que otros vigilaban.

Un señorío sin heredero directo era una casa con la puerta entornada.

Si Edric moría sin hijos, Dunheath no se quedaba sin dueño: pasaba, por herencia, a quien viniera detrás en la línea, y entretanto podía caer en manos de su señor mayor, que la administraría —es decir, la exprimiría— hasta que hubiera a quién entregarla.

Las tierras sin heredero claro eran el bocado que todos rondaban: se casaba a la fuerza a la viuda, se compraba la tutela del huérfano, se desenterraba un derecho antiguo.

En aquel mundo, un vientre que no daba fruto no era asunto de dos: era asunto de condes lejanos que hacían cuentas, de parientes que esperaban, de casas que afilaban reclamaciones.

Aethelind lo sabía. Y por eso, a la pena de no ser madre, se le sumaba, sorda, la certeza de que su propio cuerpo se había convertido, sin comerlo ni beberlo, en un asunto de linaje.

·   ·   ·

Fue Edric quien rompió, al fin, el silencio que se había ido espesando entre ellos como el hielo sobre un río.