El anhelo
Capítulo VII
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Se habían casado un otoño, cuatro años antes, cuando por fin los muros que otros habían levantado entre ellos se cansaron de aguantar.
No había sido fácil. Nada que mereciera la pena lo era, había aprendido Aethelind, y aquello lo había merecido más que casi todo.
Desde aquel primer invierno en Aescholt hasta la boda habían pasado seis años largos, y en esos seis años el mundo había intentado, de mil maneras corteses, apagar el fuego que Lord Cynric había visto prender y había pedido que no apagaran a medias.
Caermoor había enviado emisarios con propuestas envueltas en seda: el conde, viejo y enfermo, quería a Aethelind para un sobrino suyo, y no por amor —el amor no entraba en aquellos cálculos— sino por lo que ella llevaba en su linaje, aquel derecho dormido sobre el estuario y las mareas del que casi nunca se hablaba en voz alta.
Belcliff, por su parte, había dejado caer, con la delicadeza de quien deja caer una piedra sobre un pie, que no vería con buenos ojos que su vasallo de Dunheath —ya bastante crecido con su puerto— añadiera a su casa una estirpe así.
Durante seis años, Edric había ido a Aescholt cada vez que podía, y cada vez había traído, como ella le pidió, mejores palabras.
Durante seis años se habían escrito cartas que otros leían antes que ellos, y habían aprendido a decirse lo importante entre líneas, en el hueco de las frases corteses.
Y durante seis años Lord Cynric había resistido, cortés y terco, todas las presiones, porque le había dado su palabra a su hija —«con quién te cases lo decidirás tú, o no lo decidirá nadie»— y porque, en el fondo, aquel muchacho del sur que se preocupaba primero por su caballo le gustaba más que todos los sobrinos de todos los condes juntos.
Al final los casó la muerte, como casa tantas cosas.
Murió el viejo Aelfric, el padre de Edric, de unas fiebres de invierno, y Edric se encontró de la noche a la mañana Señor de Dunheath, con el sello del roble en el dedo y la ciudad entera sobre los hombros.
Y un señor puede lo que un hijo de señor no puede.
Ya nadie tenía autoridad para decirle con quién debía o no debía casarse.
Fue a Aescholt sin escolta, en pleno luto, y le pidió a Aethelind que compartiera con él un peso que ya no podía soltar.
Y ella, que lo habría seguido de todas formas, dijo que sí antes de que él terminara de pedirlo.
Se casaron bajo la lluvia, en la capilla de los Santos de las Mareas, sin grandes fastos, porque el luto no los consentía y porque a ninguno de los dos le hacían falta.
Y aquella noche, la primera que durmieron juntos en la torre gris sobre el mar, Aethelind pensó que había llegado por fin a la orilla, después de una travesía larguísima, y que ya solo quedaba vivir.
Los Santos de las Mareas eran cosa de aquella costa y de ninguna otra.
Cada tierra tenía los suyos: pequeños santos locales, la mitad de ellos medio inventados, con unos huesos guardados en un relicario y una fiesta propia, a los que la gente rezaba para lo que de verdad le importaba, que no era la salvación del alma en un cielo lejano, sino no ahogarse este invierno, que la barca volviera, que el parto saliera bien.
En Dunheath se les pedía a los Santos de las Mareas que amansaran el mar, y se les dejaba, en sus días, velas y pescado y a veces cosas más viejas que ninguna misa bendecía.
La Iglesia grande, la de los obispos venidos de fuera, miraba con desdén aquellas devociones de pescadores; pero la Iglesia grande estaba lejos, y el mar, cada noche, estaba muy cerca.
Que Edric y Aethelind se casaran bajo aquella advocación humilde, y no bajo un santo de campanario, decía ya la clase de señores que iban a ser: de los que rezan con su gente, y no por encima de ella.
No sabía que la travesía apenas empezaba.
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Gobernaron bien. Gobernaron, se diría después, como pocos.
Gobernar así costaba dinero, y esa era la parte que nadie veía.
Un señor cobraba de los de abajo y rendía a los de arriba, y su ganancia era el margen entre lo uno y lo otro; aliviar a los de abajo significaba, sencillamente, que Edric se quedaba con menos, que su arca crecía más despacio, que renunciaba a lo que otros señores tenían por su derecho natural.
Casi ningún señor lo hacía, y no por maldad, sino porque el mundo estaba montado para premiar lo contrario: el que apretaba se enriquecía, el que perdonaba se empobrecía, y un señor pobre acababa siendo un señor débil, y a los débiles se los comían.
Edric había decidido correr ese riesgo. Apostaba a que la lealtad que sembraba valdría, el día de una tormenta, más que todo el oro que dejaba de amontonar.
Era una apuesta rara. Y aún tardaría años en saberse si era también una apuesta sabia.
Edric hacía lo que había prometido junto a un río helado siendo casi un niño: no sujetaba a la gente con miedo.
Bajó los tributos de invierno que Belcliff le exigía subir, y absorbió la diferencia de su propia hacienda antes que arrancársela a los pescadores.
Reforzó el puente de madera con piedra traída del este, aunque los mercaderes protestaron por el coste, porque un puente que se cae en la crecida, decía, mata a los pobres primero.
Caminaba el burgo una vez por semana, sin escolta, y conocía a los maestros de gremio por su nombre.
La gente lo quería con esa mezcla de respeto y confianza que no se compra ni se hereda, que solo se gana día tras día y que, una vez ganada, es la muralla más fuerte que puede tener una casa.
Gobernar, para un señor, era ante todo juzgar.
Más que cobrar rentas, más que mandar hombres a la guerra, lo que hacía señor a un señor a los ojos de su gente era sentarse a impartir justicia: dirimir los pleitos, castigar los delitos, decir de quién era la razón cuando dos vecinos se la disputaban.
En su corte —que no era un tribunal de leyes escritas, sino él mismo, su sentido común y la costumbre del lugar— se resolvía la vida entera de sus vasallos: la herencia de una viuda, el robo de un buey, la riña que acabó en sangre, el lindero de siempre.
Un señor podía juzgar con codicia, vendiendo la sentencia al que más pagaba, o con pereza, dejando pudrirse los pleitos; y de esas dos maneras juzgaban muchos, y su gente lo sufría en silencio porque no había adónde apelar.
Edric juzgaba de otra forma: despacio, escuchando a los dos, inclinándose casi siempre del lado del que menos tenía, no por debilidad, sino porque había entendido pronto que la justicia era lo único que un pobre no podía comprarse en ninguna otra parte, y que un señor que la daba limpia se ganaba una lealtad que ni el oro compra.
Por eso podía pasear entre su gente sin escolta; es el otro, el injusto, el que necesita murallas hasta para dormir.
Un día de audiencias, un maestro tonelero de la ciudad baja trajo a rastras a un aprendiz que le había huido, y pidió lo que la costumbre le daba: el muchacho de vuelta hasta cumplir el contrato, y una multa a quien lo hubiera acogido.
El muchacho era medio niño todavía y no negó nada. Se sujetaba el brazo izquierdo con la mano derecha, pegado al cuerpo, de una manera que Edric estuvo mirando un rato sin decir palabra.
—El contrato es justo, maestro —dijo al fin—. Los años de mesa y techo se pagan con años de trabajo. Así se sostiene el oficio. —El tonelero asintió, satisfecho—. Enséñame las manos.
—¿Mis manos, señor?
—Las tuyas no. —Edric no había alzado la voz—. Las del aprendiz.
Se hizo el silencio de los que entienden antes de que se diga. El muchacho estiró el brazo que se guardaba, y lo que había en él no era de trabajar con duelas.
—Se cayó —dijo el tonelero—. Los chicos se caen.
—Los chicos se caen —concedió Edric—. Por eso el contrato dice mesa, techo y enseñanza.
No dice caídas. —Sacó de su propia bolsa el precio de los años de mesa y lo puso sobre la tabla, moneda a moneda, sin prisa, para que todos las oyeran—.
Queda pagado y queda deshecho. El muchacho entrará con otro maestro, que ya buscaré yo.
Y tú, tonelero, tendrás aprendices cuando aprendas a tenerlos.
El maestro recogió la plata con la boca torcida, porque la plata era buena y la sentencia no. Ya en la puerta se volvió, cortés como un cuchillo envainado:
—Sois generoso con lo vuestro, señor. Ojalá os dure.
—Es lo bueno de lo mío —dijo Edric—. Que lo gasto yo.
Y Aethelind no era menos. Desde la galería de la torre organizaba las raciones de los años flacos, mandaba mantas a las casas de los tejedores, se sentaba a la cabecera de los enfermos que nadie más iba a visitar.
Las mujeres del puerto, que al principio la habían mirado con el recelo con que se mira a una señora venida de fuera, aprendieron pronto que aquella dama de ojos claros no tenía asco a arremangarse, que sabía de partos y de fiebres más que muchas comadronas, y que cuando decía «no estáis solas» no era una frase de las que dicen los poderosos para dormir tranquilos, sino una verdad que cumplía.
La amaban. Los amaban a los dos. Y aquel amor, aquella lealtad no escrita, era —aunque ellos no lo supieran, aunque tardarían en descubrirlo del modo más cruel— lo único que un día se interpondría entre Dunheath y la ruina.
Lo sembraban sin saber que sembraban una defensa.
Lo sembraban solo porque era su manera de estar en el mundo.
Tenían todo lo que dos personas pueden desear.
Salvo una cosa.
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El primero lo perdieron en el segundo invierno.