La herida del Norte #2
El resto no tiene palabras que valga la pena escribir.
Hay dolores que la narración debe respetar quedándose fuera, en el umbral, como Coenred en la noche del parto.
Baste decir que Sunniva entró en el fuego.
Que unos brazos la sacaron. Que volvió a entrar.
Que la volvieron a sacar. Que gritó un nombre hasta quedarse sin voz, un nombre de tres letras y ni una sílaba de más, un nombre que era el mar y era la risa y era todo lo que le quedaba, y que el fuego, que no devuelve lo que se lleva, no se lo devolvió.
Encontraron al niño después, cuando el fuego bajó. No había salido de debajo de la cama. Había obedecido. Había hecho exactamente lo que su madre le había dicho: quedarse, esconderse, esperar a que ella volviera.
Le había hecho caso.
Y por hacerle caso, murió.
· · ·
Morcar lo vio todo desde la loma, sin desmontar.
Vio el fuego saltar de las barcas a las casas, tal como el viento prometía.
Vio a los hombres de Rhedgar, que no habían venido a matar, retroceder incómodos ante lo que crecía.
Vio a la mujer del mar entrar y salir del humo.
Vio, cuando todo terminó, a esa misma mujer arrodillada en la ceniza con un bulto pequeño y quieto entre los brazos, meciéndolo, meciéndolo, meciéndolo, como se mece a un niño que duerme, aunque ya no dormía.
Y Morcar, que lo había prescrito todo salvo aquello —o salvo aquello sí, en el fondo callado donde un hombre guarda lo que no quiere saber de sí mismo—, esperó a sentir algo.
No sintió nada.
O sintió, mejor dicho, la ausencia de algo, como se siente el hueco de un diente arrancado: una extrañeza fría en el sitio donde antes había habido dolor.
Buscó dentro de sí la brasa que aquella mujer le había ofrecido reavivar horas antes.
No estaba. Se había apagado del todo. Y en su lugar quedaba una limpieza rara, una libertad terrible, la del hombre que descubre que ya no hay nada dentro de él que pueda impedirle hacer lo que el cálculo aconseje.
«Conque era esto,» pensó, mirando a la mujer mecer a su hijo muerto en la ceniza.
«Conque esto es lo que mi padre vio en mí cuando yo aún no lo sabía.
No que fuera cruel. La crueldad es fácil, la tiene cualquiera.
Esto. Esta quietud. Poder mirar aquello y no romperme.
Él lo llamó acero mal templado. Se equivocaba.
No hay filo mejor que el que no siente el corte. »
Dio media vuelta al caballo. Abajo, la cala ardía y una mujer mecía a la nada. Al sur, muy al sur, había un puerto, un río, una casa que un día no bastaría con la decencia para sostener. Faltaban años. No importaba. Morcar tenía ahora todo el tiempo del mundo y nada dentro que le impidiera esperar.
—Ha muerto un niño —le dijo Rhedgar, alcanzándolo en la loma. No era un reproche. Rhedgar no reprochaba. Era, casi, una pregunta: quería ver qué hacía su señor con aquello.
—Lo sé —dijo Morcar—. El número cuadra igual.
—Y añadió, tras un silencio, con la voz de quien archiva una lección para más adelante—: Y las tres calas van a pagar puntualmente durante veinte años.
Un niño muerto por descuido asusta más que cien barcas quemadas a propósito.
Recuérdalo, Rhedgar. A veces lo que no planeas trabaja para ti mejor que lo que planeas.
Espoleó al ruano y subió hacia el torreón sin volver la vista.
Rhedgar se quedó un momento más en la loma, mirando el humo.
Y aunque era un hombre duro, un hombre hecho a que el número cuadrara, algo en él —una última decencia soldada de cualquier manera, como la que le queda hasta al peor de los hombres— tomó nota, muy adentro, de que acababa de conocer a alguien que no tenía ni siquiera eso.
Y no supo, aquel día, si lo que sentía era lealtad o era miedo.
Con el tiempo entendería que, con Morcar, eran lo mismo.
· · ·
Sunniva se fue de la costa antes de la siguiente luna.
Lo enterró al tercer día, tierra adentro, en una vaguada de brezo donde no se oía el mar.
No lo enterró mirando al oeste, como enterraban los suyos, porque no soportaba la idea de dejarlo de cara al mar que se había llevado a su padre y que había traído a los jinetes.
Lo puso mirando a la tierra, hacia dentro, hacia donde ella no pensaba mirar nunca más.
Cavó sola. Dos hombres de la cala se ofrecieron, y ella dijo que no con la cabeza, sin palabras, y ellos entendieron y se quedaron atrás, con las gorras en la mano, porque hay trabajos que no se le quitan a una madre.
La tierra estaba dura de escarcha. Mejor. El cuerpo le pedía algo contra lo que pelear.
Le había lavado la cara con agua de lluvia y le había peinado el pelo con los dedos, y le puso entre las manos la concha con la que el niño clavaba agujeros en la arena, porque en la ceniza no quedó otra cosa que hubiera sido suya y de nadie más.
Cuando la última piedra estuvo puesta se quedó de rodillas, sin rezar. No sabía qué rezo valía: el de los curas no era el suyo, y a los dioses viejos de su madre les había dejado pan y sal toda la vida, y no le habían guardado al niño. Así que hizo lo único que le quedaba por darle.
Cantó.
La canción de la mujer que espera en la orilla.
La que su madre le cantaba a ella y ella le cantaba a él las noches de tormenta, con el pulgar del niño en la boca y el viento aullando fuera.
Ari se dormía siempre antes del último verso.
Siempre. En toda su vida no la había oído entera ni una sola vez.
Se la cantó entera.
La voz le aguantó hasta el final porque se obligó a que aguantara, porque aquello no era para ella.
Y cuando el último verso quedó dicho sobre las piedras —el verso que el niño no había oído nunca, el que cuenta que la mujer sigue en la orilla cuando el mar se hace de noche—, Sunniva se quedó callada, vacía, escuchando el viento en el brezo.
«Yo quería que aprendieras la pena poco a poco,» pensó. «En la música. Antes que en la vida. No me dio tiempo. Perdóname. No me dio tiempo.»
Se levantó, se sacudió la tierra de las rodillas como quien se sacude una vida entera, y no volvió a cantar en muchos años.
Recogió lo poco que el fuego había perdonado —su cuchillo de sanar, un puñado de raíces secas, la aguja y la crin— y una mañana cualquiera, sin despedirse, cruzó las lomas hacia el sur, hacia el oeste, hacia cualquier sitio que no fuera aquel.
No iba a ningún lado. Iba lejos de allí, que era el único rumbo que le quedaba.
Caminó durante semanas. Curó a cambio de pan por caminos que no conocía.
Perdió carnes, ganó silencios. Y en algún punto de aquella marcha sin destino, en una encrucijada barrida por la lluvia, tomó sin pensarlo el ramal que bajaba hacia las tierras altas del sur y del oeste, hacia unas comarcas de las que solo sabía el nombre, donde —le habían dicho una vez, en otra vida— la gente moría también, pero al menos moría de otras cosas.
Por aquellos caminos iba mucha más gente de la que las crónicas contarían jamás.
Los desarraigados eran, en aquel siglo, un río callado que corría por debajo de todo: campesinos huidos de un señor o de una hambruna, viudas sin tierra, soldados licenciados sin guerra, familias enteras que un incendio, una crecida o una mala cosecha habían borrado de su aldea y arrojado al camino con lo puesto.
No figuraban en ningún registro, porque el registro solo anota lo que se queda quieto y se puede cobrar, y ellos no se quedaban en ninguna parte.
Se movían de feria en feria, de puerta en puerta, viviendo de la caridad, del pequeño oficio, del hurto cuando no quedaba otra, hasta que un invierno o una fiebre los borraba también del camino sin dejar más rastro que una cruz sin nombre, si había suerte, o ninguno.
Sunniva se sumó a aquel río sin saber que se sumaba.
Una sanadora que curaba a cambio de pan tenía, al menos, con qué pagarse el rincón del mundo que le habían quitado. Muchos no llevaban ni eso.
En aquellos caminos hizo dos juramentos, como los hacen los que ya no tienen nada más que jurar.
El primero: no volver a mirar el mar, que dos veces le había arrancado lo que amaba.
El segundo: no volver a querer a nadie tanto como para que el mundo pudiera quitárselo.
Y no sabía —porque el dolor recién nacido cree siempre que será eterno— que los dos juramentos acabarían rotos.
El primero lo rompería el tiempo, porque una mujer de mar no huye del agua más de lo que el agua huye de la luna.
El segundo tardaría más. Muchos años más.
Pero también se rompería, de la forma más impensable, y sería aquella ruptura, y no otra cosa, la que un día la devolviera a la vida.
Aunque nada de eso, aquella mañana de lluvia y ceniza, habría podido creerlo, ni aunque un dios se lo hubiese jurado de rodillas.
Detrás quedaba la ceniza. Y un nombre enterrado mirando a la tierra.
Delante, el barro, la lluvia, y el largo camino sin nombre de los que ya no tienen a dónde ir.