La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) La herida del Norte
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La herida del Norte

Capítulo VI

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Pasaron los años, y llegó uno en que las calas del oeste no pagaron.

No por rebeldía —esa habría sido más fácil de entender, y de castigar—, sino por la única razón por la que los pobres no pagan nunca: porque no tenían.

El invierno anterior había sido cruel con el mar.

Tres barcas perdidas, dos con sus hombres dentro.

La salazón se había echado a perder por un temporal que entró en los cobertizos.

Y el número que Morcar había escrito con letra pequeña y limpia años atrás —aquel número más alto que el que había, junto a la palabra renuentes — seguía allí, en el registro, exigiendo lo que la costa no podía dar.

Una comunidad así vivía siempre al borde, sin más reserva que la suerte.

No había granero común que la salvara, ni señor que en el mal año perdonara, ni juez a quien acudir: la costa pagaba lo que el registro decía, y el registro no sabía de galernas.

Cuando el mar se llevaba tres barcas, se llevaba con ellas el trabajo de años y la única herramienta con que aquella gente se ganaba el pan, y no había forma de reponerlo salvo con más años y más suerte.

Y sin embargo la deuda seguía en pie, porque en la marca de Greymarch la deuda no era un trato entre partes, sino una orden: no se discutía, no se apelaba, no se aplazaba.

Un campesino del sur podía, al menos en teoría, quejarse ante una corte, invocar una costumbre, escudarse en la ley.

En la frontera no había ley: había un torreón, un registro y un hombre con la espada, y la única costumbre era que el fuerte cobraba y el débil pagaba, o dejaba de existir.

Las calas del oeste, aquel año, no podían pagar.

Y en aquel mundo, no poder era, tarde o temprano, una forma de culpa.

Morcar lo sabía. Sabía mejor que nadie que no podían pagar. Lo sabía porque era él quien contaba, y contar era lo único en el mundo que hacía sin engañarse.

Y sin embargo no tachó el número.

Se lo llevó a Osgar en persona, una tarde de finales de invierno, con el viento del oeste ya empezando a levantarse contra los postigos del torreón.

—Las calas —dijo, dejando el registro abierto sobre la mesa—. No van a pagar. No pueden. Han perdido barcas y hombres.

Osgar apenas levantó la vista de su carne.

—Entonces que pierdan algo más —dijo—. Si el que no puede pagar sale igual que el que paga, el año que viene no me paga nadie, alegando el mismo mar. —Masticó—. Ya lo sabes. Tú me lo enseñaste, en el fondo, con tus cuentas. Un número que no se cobra es un número que se ríe de ti.

—Lo sé —dijo Morcar.

Y aquí es donde un hombre con una brasa de piedad todavía viva en el pecho habría dicho pero son mujeres y niños, mi señor, y el mar ya los ha castigado bastante .

Aquí es donde Aelfric habría dicho eso. Donde Edric lo habría dicho.

Donde, quizá, mucho tiempo atrás, lo habría dicho incluso el propio Morcar, el niño Morcar, antes de que su padre lo metiera al rojo en el agua fría y lo declarara mal forjado.

Morcar no lo dijo.

Lo que dijo, en cambio, con la voz serena de quien resuelve un problema de aritmética, fue:

—No conviene matarlos. Un muerto no rema, y no paga, y encima llora sangre en los demás durante años.

Conviene quitarles lo que los hace ser algo: las barcas y la sal.

Sin barcas no pescan; sin pescar, dependen; dependiendo, obedecen.

Que ardan los cobertizos y los botes al amanecer, a la vista de las tres calas.

Una lección que se ve arder se recuerda más que una que se cuenta.

—Cerró el registro—. Sin muertos, si se puede. Basta con el fuego.

Osgar lo miró un momento, casi con admiración, esa admiración turbia que los hombres brutales sienten por los hombres fríos, porque intuyen que son peores que ellos.

—Sin muertos si se puede —repitió, y volvió a su carne—. Encárgate. Llévate a Rhedgar.

Morcar recogió el registro. En la puerta se detuvo un instante.

Afuera, el viento arreciaba, ese viento del oeste que en aquella costa, cuando se enconaba, traía las galernas.

Un hombre de mar lo habría olido en el aire.

Morcar no era hombre de mar, pero contaba, y sabía leer las señales del cielo tan bien como las de un registro, porque las dos eran, para él, la misma cosa: datos.

Sabía que en dos días soplaría fuerte.

Un fuego prendido a barcas y cobertizos, con viento de galerna, no se queda en las barcas y los cobertizos.

Pensó en decirlo. En esperar tres días, a que amainara. Habría sido lo prudente. Habría sido, incluso, lo que él mismo acababa de recomendar: sin muertos si se puede .

No lo dijo.

Y años después, cuando ya nada tuviera remedio, ni siquiera él sabría del todo por qué se calló aquella señal del viento y no las otras.

Si fue descuido. Si fue cálculo —un fuego que se descontrola aterra más que uno que se apaga, y aterrar es barato—.

O si fue, simplemente, que aquella brasa de piedad que aún le quedaba escogió, esa tarde de viento, apagarse ella sola, sin ruido, para no volver a molestarlo nunca más.

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Sunniva supo que algo iba mal por los perros.

Llevaban toda la mañana inquietos, olfateando el sendero de las lomas, gruñendo a nada.

Y hacia el mediodía, cuando bajó al agua a por percebes con Ari trotando a su lado —el niño tenía ya diez años y no paraba quieto, brincaba de roca en roca como una cabra montés, hablaba con los cangrejos, le ponía nombre a cada poza—, vio venir por la loma, contra el cielo blanco, la línea de los jinetes.

Eran muchos. Bajaban despacio, sin prisa, con esa calma de los que saben que nadie va a impedirles nada.

Y Sunniva, que había vivido toda su vida bajo el torreón gris, supo lo que significaban antes de distinguir sus caras.

Cogió a Ari de la mano y volvió corriendo a la cala, a avisar, a esconder, a hacer lo que fuera que se hace cuando ya no hay nada que hacer.

Ese día no venían a contar.

Venían a cobrar de la única manera en que Greymarch cobraba a los que no tenían con qué.

Al frente iba Rhedgar, con su barba ya cana y sus ojos que no parpadeaban.

No gritó, no arengó. Desmontó, dio tres órdenes cortas, y sus hombres se pusieron a la tarea con la diligencia sin odio de los que hacen daño «para que el número cuadre».

Sacaron las barcas a rastras hasta juntarlas.

Reventaron los toneles de salazón. Amontonaron las redes, los remos, los aparejos, todo lo que a aquella gente le había costado generaciones reunir.

Y al hombre que se atravesó —un pescador viejo que se plantó delante de su barca con un bichero, más por dignidad que por locura— Rhedgar no lo mató: le rompió el brazo con la maza, limpio, y lo apartó de una patada, y siguió.

Y detrás de todo, sin desmontar, envuelto en su capa buena, estaba el hombre de los ojos grises.

El que contaba. Miraba. No hacía. Solo miraba, y en su quietud había algo más terrible que en toda la violencia de los otros, porque los otros al menos sudaban, gruñían, se manchaban; él permanecía limpio, aparte, como quien asiste a una operación que él mismo ha prescrito y espera, sin impaciencia, el resultado.

Sunniva lo reconoció. Era el jinete de la primavera. El que había mirado su cala y la había sumado.

Corrió hacia él. No sabía qué iba a decirle. No tenía palabras, solo a su hijo de la mano y el terror subiéndole por la garganta.

—¡Vais a dejarnos sin nada! —le gritó—. ¡El mar ya nos quitó los hombres este invierno! ¿Qué queréis, que nos muramos? ¿Con qué comerán mis vecinos? ¿Con qué comerá mi hijo?

Morcar la miró desde la altura de la silla.

Y por un instante —uno solo— algo se movió detrás de aquellos ojos grises.

No mucho. Un parpadeo. La sombra de algo que en otro hombre habría sido el principio de la piedad.

La mujer del mar, con su hijo de la mano, gritándole en la cara la verdad más simple del mundo: ¿con qué comerá mi hijo?

Morcar sintió la brasa. La sintió, débil, casi apagada, ahí en el fondo del pecho, ofreciéndole por última vez la posibilidad de ser otro hombre.

Y la pisó.

—Con lo que os deje el mar —dijo, con la voz plana—. Como siempre. Apartaos, mujer. Y llevaos al niño. Esto no es sitio para críos.

Prendieron el fuego al mediodía, con el viento ya cargado del oeste.

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Al principio ardió lo que debía arder.

Las barcas, resecas de sol y sal, prendieron como yesca.

Los toneles de aceite de ballena estallaron en columnas de fuego negro y grasiento.

El humo subió recto un instante y luego, empujado por el viento, se tumbó hacia las casas, y con el humo fueron las pavesas, miles de pavesas encendidas voladas por la galerna que Morcar había leído en el cielo dos días antes.

Un techo de paja prendió. Luego otro. Luego la cala entera fue un solo grito.

Sunniva no estaba en su casa cuando empezó.

Estaba —y esto sería lo que la mataría por dentro el resto de su vida, más que ninguna otra cosa— curando.

El pescador al que Rhedgar le había roto el brazo se desangraba por una brecha en la cabeza, y Sunniva, que era sanadora antes que madre porque así la habían hecho las mujeres antes que ella, le había dicho a Ari quédate en casa, escóndete bajo la cama y no salgas hasta que yo vuelva , y había corrido a hacer lo único que sabía hacer contra el daño: taponarlo, coserlo, sostener una vida que se iba.

Cuando alzó la vista, con las manos rojas de la sangre de un extraño, su casa ardía.