La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El primer invierno #2
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El primer invierno #2

Que Aethelind pasara las horas hilando con las mujeres de la casa no era un pasatiempo de dama: era el trabajo sin fin que sostenía, hebra a hebra, a todo aquel mundo.

Antes de que hubiera un paño para un manto o una camisa, alguien tenía que hilar el lino o la lana, y ese alguien era siempre una mujer, con el huso girando en la mano de sol a sol, en cada casa, de la más pobre a la más noble, porque hacía falta una cantidad enorme de hilo para vestir a una familia y no había más manera de obtenerlo que aquella, girando y girando el huso hasta que dolía la muñeca.

Era una labor tan propia de la mujer que la rueca vino a nombrar a la mitad femenina de un linaje, y una casa se decía sostenida por dos cosas: por un lado, la espada; por el otro, el huso.

En eso —en el trabajo callado, constante, invisible, que ninguna crónica anotaba pero sin el cual nadie iba vestido ni abrigado— consistía buena parte de lo que las mujeres aportaban a un mundo que, sin embargo, las ponía por debajo en todo lo demás: no elegían marido, no heredaban como los hombres, pasaban de la mano del padre a la del esposo sin que casi nunca les preguntaran.

Y aun así giraban el huso que vestía a los señores que las mandaban.

Aethelind lo sabía, y hacía su parte sin queja; pero había en ella, ya entonces, algo que giraba el huso mirando por la ventana, como quien cumple con las manos y se guarda la cabeza para otra cosa.

Una de aquellas mañanas, Edric la encontró donde la primera vez, en el rincón de las cuadras, con el cuenco humeando entre las manos y la fila callada de los que no tenían otro sitio.

No preguntó si podía. Se puso a su lado, y ella, sin mirarlo, le pasó el cuenco lleno y siguió partiendo el pan.

La madera le quemó los dedos a través de los guantes; no lo dijo.

El primero de la fila era un viejo con la barba escarchada que alargó las dos manos juntas, como se recibe la comunión, y Edric se lo dio con una torpeza que le ardió más que el cuenco.

El segundo era un crío. Miró las manos de Edric y luego más abajo, y se quedó quieto, con los ojos clavados en el pomo de la espada, sin atreverse a acercarse a lo que el hierro le hubiera enseñado a temer.

Edric siguió aquella mirada. Se desabrochó el talabarte sin decir nada, dejó la espada tendida sobre la nieve pisada, lejos, y se acuclilló para quedar a la altura del niño.

—Está caliente —dijo—. El caldo, digo.

El crío bebió. Aethelind no había levantado la cabeza del pan, pero cuando Edric se irguió encontró que lo estaba mirando, y en aquellos ojos de agua quieta había una atención nueva, más seria que la burla del primer día.

—Se os enfría la espada, señor —dijo.

—Que se enfríe —dijo Edric—. Aquí no le veo el uso.

«Que se enfríe,» pensó, mientras el vaho del cuenco siguiente le subía por la cara. «Hay maneras mejores de sostener una casa.»

Al cuarto día, ella lo llevó a ver el río.

—El nuestro no es como el vuestro —dijo, mientras bajaban por un sendero abierto a patadas en la nieve—. Dicen que en Dunheath tenéis un río que habla con el mar. El nuestro es más callado. Y ahora está dormido.

Lo estaba. El río de Aescholt se había helado de orilla a orilla, una cinta de hielo blanco-azulado que serpenteaba entre los fresnos como una cicatriz vieja.

Bajo la costra, si uno se agachaba y escuchaba, se oía todavía el agua correr, tapada, tozuda, viva debajo de la muerte aparente.

Aethelind se agachó y puso la mano abierta sobre el hielo, y le hizo señas a Edric de que hiciera lo mismo.

—¿Lo oyes? —preguntó.

Edric apoyó la palma. El frío le mordió la piel. Y entonces sí, lo oyó: un murmullo grave, continuo, corriendo por debajo, indiferente al invierno que creía haberlo vencido.

—Sigue ahí —dijo él, maravillado como un crío.

—Siempre sigue ahí. —Aethelind se irguió y se quedó mirando la cinta blanca perderse entre los árboles—.

Mi madre decía que un pueblo es como un río bajo el hielo.

Puedes cubrirlo, taparle la voz, hacer como que se ha rendido al invierno.

Pero por debajo sigue corriendo. Y un día el hielo se rompe, y entonces más vale no estar de pie en medio del cauce.

—Se volvió hacia él—. Ella murió cuando yo tenía nueve años.

Pero me dejó eso. Y me parece que vale más que las tierras.

Edric no supo qué decir. Lo que sabía, en cambio, lo sentía en un sitio para el que no tenía palabras: que aquella muchacha veía el mundo como lo veía él, solo que ella ya lo había puesto en palabras y él no.

Que gobernar —si algún día le tocaba, que le tocaría— no era tener a la gente bajo el hielo, sino saber que corría por debajo, y respetarlo.

—En mi casa —dijo, por fin, con torpeza— hay quien piensa que a la gente se la sujeta con miedo. Que la fidelidad es como una deuda que se cobra.

—¿Y tú qué piensas?

Edric miró el hielo. Miró el agua invisible corriendo debajo.

—Que el miedo es como este hielo —dijo despacio, encontrando las palabras a la vez que las decía—. Aguanta mientras hace frío. Pero llega el deshielo. Siempre llega. Y entonces solo sigue en pie lo que se sostenía sin él.

Aethelind lo miró largo rato. Y esta vez no hubo sombra de burla en su boca, sino otra cosa, más grave y más honda, la mirada de quien reconoce por fin, en tierra extraña, a alguien de su misma estirpe invisible.

—Cuidado, Edric de Brynhaeth —dijo en voz baja—. Un señor que piensa así se gana el amor de los pobres… y el recelo de los poderosos. Y los poderosos tienen mejor memoria.

«Que me recelen,» pensó él, con la temeridad hermosa de los dieciocho años. «Con que ella me mire así, que me recele el mundo entero.»

·   ·   ·

Esa noche, Edric oyó sin querer lo que no debía.

Buscaba a su padre para retirarse y se detuvo tras la cortina de la antecámara, donde Aelfric y Cynric hablaban con las voces bajas de los hombres que creen estar solos.

—…no es tan sencillo —decía Cynric—. Casar a Aethelind no es casar a una hija cualquiera, Aelfric, y tú lo sabes tan bien como yo.

Por su madre le viene el linaje de los antiguos señores de la costa, los de antes de que llegaran los normandos con sus escribas y sus mapas.

Un derecho viejo. Dormido, pero no muerto.

Sobre el estuario. Sobre las mareas. Sobre cosas que hoy no valen nada…

hasta el día en que vuelven a valerlo todo.

Hubo un silencio. Edric contuvo el aliento.

—Por eso la quieren en Caermoor —siguió Cynric—.

El conde está viejo y enfermo, pero no ciego: sabe que quien despose a mi hija podría, andando el tiempo, reclamar lo que él lleva media vida intentando quedarse.

Y por eso también en Belcliff levantarían la ceja si supieran que un Brynhaeth, que ya les incomoda con su puerto, se sienta a mi mesa en pleno invierno.

Un Dunheath con el puerto y con la vieja sangre de la costa…

—dejó la frase colgando, como se deja colgar una soga—.

Eso, amigo mío, algunos lo llamarían una casa demasiado grande.

Y a las casas demasiado grandes el mundo suele encontrarles remedio.