La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El primer invierno #3
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El primer invierno #3

—No he venido a pedir a tu hija —dijo Aelfric, prudente—. He venido a hablar de grano.

—Lo sé. —Cynric rió, un sonido seco—. Pero he visto cómo mira tu hijo a mi hija.

Y cómo lo mira ella. Los viejos vemos esas cosas.

Solo te digo, por amistad, que si ese fuego prende, no lo apaguéis a medias.

O lo dejáis morir ahora… o os preparáis para lo que arde después.

Porque no seréis solo vosotros dos los que decidáis con quién se casa Aethelind.

Habrá más manos sobre esa brasa de las que imagináis.

Edric se apartó de la cortina con el corazón golpeándole y se fue a acostar sin ver a su padre.

Esa noche apenas durmió. No por miedo —era demasiado joven para el miedo verdadero—, sino porque, por primera vez, entendió que lo que sentía no era un asunto suyo y de ella nada más.

Que había manos invisibles, en castillos que no conocía, que un día se cerrarían sobre su vida como se cierra una mano sobre una moneda.

Y descubrió, con sorpresa, que no le importaba.

Que estaba dispuesto a pagar el precio que fuera, aunque aún no supiera cuál, ni que lo pagarían otros, y no él.

Lo que Edric no alcanzaba aún a medir —lo que solo con los años entendería— era por qué una estirpe vieja podía valer tanto.

Aquellos derechos dormidos de los que hablaba Cynric no eran adornos de abuela: eran, en el mundo real, el estuario y sus mareas, y quien tuviera el estuario tendría un día los peajes de cuanto entrara o saliera por él, las pesquerías, las salinas, el botín de cada barco que la tormenta echara contra la orilla.

Los conquistadores habían escrito encima de los títulos antiguos con su tinta y sus mapas, creyendo que bastaba anotar una tierra para poseerla.

Pero un pergamino no seca un estuario ni cambia por dónde sube la marea.

El derecho seguía ahí, debajo, como el agua bajo el hielo del río que Aethelind le había enseñado a escuchar: dormido, no muerto, esperando el deshielo que lo volviera a hacer valer.

Y sobre esa brasa fría, sin saberlo del todo, Edric acababa de poner la mano.

·   ·   ·

Al sexto día, el cielo se abrió lo justo para que los caminos volvieran a ser caminos, y la embajada de Dunheath preparó la partida.

Edric encontró a Aethelind en la galería, sola, hilando junto a una ventana estrecha por la que entraba una cuchilla de luz fría. Se detuvo en el umbral. No sabía cómo se decían esas cosas. No las había dicho nunca.

—Nos vamos —dijo, y se sintió estúpido, porque ella ya lo sabía; se oía el trajín de los carros abajo.

—Lo sé. —Aethelind no dejó de hilar, pero su voz había perdido la ligereza de otros días—. El hielo aguantó justo lo que tenía que aguantar.

—Aethelind. —Edric dio un paso. El nombre en su boca le pareció, de pronto, la palabra más grande que había pronunciado nunca—.

No sé cuándo podré volver. Ni si me dejarán.

He oído… sé que hay cosas. Linaje, tierras, castillos con nombre que me miran mal sin haberme visto.

No entiendo la mitad. Pero entiendo una cosa.

—Tragó saliva—. Que si algún día soy señor de Dunheath, quiero gobernar como gobiernas tú ese cuenco de caldo en el barro.

Y que quiero que estés ahí para decírmelo cuando me equivoque. No sé pedirlo mejor. Perdona.

Aethelind detuvo el huso. Lo miró. Y en aquellos ojos claros hubo, por un instante, todo lo que a los dos les esperaba y que ninguno podía ver: los años buenos, el hijo, la ciudad justa, y también la lluvia, y el puente, y el río cobrando su deuda.

Pero eso estaba lejos, tan lejos, tapado como el agua bajo el hielo.

—Los ríos vuelven al mismo cauce, Edric —dijo ella—. Aunque se hielen. Aunque los tapen. Vuelven. —Y sonrió, ahora sí, entera, sin sombra—. Vuelve tú también. Y trae mejores palabras la próxima vez. Esas han sido malísimas.

Edric se rió, y la risa le deshizo el nudo del pecho, y por un momento los dos fueron solo lo que eran: dos criaturas jóvenes riendo en una galería fría, sin castillos encima, sin manos invisibles, sin más futuro que el de la tarde.

Cuando la embajada cruzó el portón de Aescholt y enfiló el camino blanco entre los fresnos, Edric se volvió una vez sobre la silla.

En lo alto de la muralla, envuelta en un manto oscuro, una figura menuda levantó la mano.

Él levantó la suya. Y así, con dos manos alzadas sobre la nieve y una distancia creciente entre ellas, empezó lo que un cronista, de haberlo habido, habría llamado el amor de Edric y Aethelind de Brynhaeth, y que la gente de Dunheath, años después, recordaría sin conocer su principio, como se recuerda el calor de un fuego sin preguntar quién trajo la primera leña.

Muy al norte, aquel mismo invierno, en una marca gris azotada por vientos que no traían olor a sal sino a hielo y a estiércol quemado, otro hijo de aquella casa aprendía, a su manera, una lección distinta sobre cómo se sujeta a los hombres.

Pero eso corría por otro cauce.

Y aún no era tiempo de que los dos ríos se encontraran.